Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales o geográficas

Anatomía de un orgasmo

YLLA KANNTER

Necesitamos doradas,

inmensas copulaciones.

Jim Morrison.

 

I

Son cerca de las tres de la mañana. Los ojos están cansados, llorosos, con las pupilas tristes que reflejan la pantalla marcada por mis huellas. Sin embargo las ganas de buscar lo que ni siquiera he definido que busco me mantienen despierta, respirando con lentitud. Observando con atención lo que podría ser un escape. Lo singular es que no tengo de quién escapar, pero me escondo, como cazador furtivo busco mi presa, celosa, instintiva.

Las imágenes se atiborran, todas tintinean con esa luz que anuncia una llamada en la ventana de navegación. Bajo el volumen de la computadora. Intento esconderme, es extraño, estoy sola. Decido colocarme los audífonos y así evitar ser escuchada por las orejas que tapizan las paredes según mis tías. Me encuentro en la intimidad de mi ser, sin decir nada, sin moverme un centímetro. Miro a mi alrededor, tomo la computadora y me instalo en el baño. Pienso que es un buen momento para agradecer la existencia de las laptops, así como el internet inalámbrico. Me tiemblan las manos, sudo, siento que violo de pronto la totalidad de las leyes universales. Y reviso otra vez antes de por fin abrir la pestaña que parpadea con tanta insistencia, nadie mira, nadie escucha, nadie está. Sin embargo no puedo quitarme de la cabeza que estoy pecando, que no es normal. Abro por fin la pestaña. Me encuentro con un video cuyos cuadros penetran hasta el cerebro, los gemidos que escucho me asustan, por reflejo me arranco los audífonos, silencio la máquina. Después del sobresalto respiro profundo, no me dejo dominar por el temblor de mis manos. Regreso a la pantalla, y reinicio el video. Observo atentamente, ya sin escuchar sonidos. Y luego de un rato me descubro agazapada, con los músculos contraídos, y tiesa como un muerto. Es entonces cuando me doy cuenta que algo anda mal. Tengo treinta años. Vivo sola. Tan sola que tengo que recurrir a la pornografía para poder divertirme un rato. Y lo peor de todo es que ni sola, ni con la frialdad mediática puedo dejar la culpa. Agacho la cabeza para recordar lo que me decían las monjas cuando estaba en el colegio: “Dios está en todas partes”. Dios omnipotente. Dios omnipresente. Dios. Dios. Dios y quién sabe cuántas cosas más son las que me frenan, las que pienso cuando intento masturbarme por las noches. Cierro los ojos, prefiero pensar en los hoyos negros, en los adelantos de la medicina, en la contaminación del aire, en lo que sea que haga que olvide, aunque sea un instante, el calor que me come las entrañas y me hace divagar en la red buscando cibersexo, sin tener siquiera una cámara web. La dejo y prefiero irme a dormir. Tal vez mañana las hormonas vuelvan a su lugar.

II

Después del trabajo me aventuro a la búsqueda en internet. Esta vez ya estoy decidida, no me importa lo que diga la gente, o lo que piensen de mí los hombres que me encuentre, mi mente gira en torno a un objetivo: sexo. Abro la cuenta del chat porno y encuentro grandes sorpresas, hay invitaciones para conversar. Son muchas, no puedo escribir tan rápido para poder contestar a todos. Me emociona que me busquen tanto. Una sonrisa triunfante se asoma en mi rostro. Hasta que las frases como “ricura”, “has de estar bien buena”, “pon tu foto, quiero verte el culo” y cosas por el estilo empiezan a aparecer. Mi incomodidad se acrecienta, me indigno por la manera en que intentan abordarme, pienso que son unos calientes que sólo quieren sexo. Me separo molesta de la computadora. De pronto, respirando profundo vuelvo a la calma. Recuerdo que se trata de una sala de pornografía. Me siento otra vez frente a la máquina. Leo mi nombre de usuario: cogelonapuntocom. Me río. Me pregunto cómo los instintos pueden empujarme a tanto, pero no son los instintos, son mis instintos, mismos que no controlo como antes.

III

Llevo ya tres semanas de búsqueda, de martirio. Según mis amigas es normal; es una descarga hormonal por la edad. Treinta años. Treinta que no he aprovechado, años que desperdicié por la bendita mentira de que el sexo es sólo con amor. Me pregunto cómo hice para cruzar el siglo veinte con las ideas de mi abuela plantadas en mi inconsciente, amenazando con quedarse ahí para siempre, mientras yo me deshago de ganas por tocar y que me toquen la piel, las nalgas. Estoy al borde de la desesperación. No es suficiente la autosatisfacción que me brindan las manos o los artefactos de hule. Entonces quiero saber qué quiero. Hace apenas dos meses que terminé con Alfonso, me sentía asfixiada, con el peso de la fidelidad sobre mis hombros. Con la extraña certeza de saber que no era el hombre de mi vida y que podría vivir célibe por un tiempo. Gran mentira. Gran traición, según el doctor me voy a calmar en un par de semanas. Nada más recomienda darle placer al cuerpo pues estoy en una edad donde las descargas hormonales son para disfrutarse. Ironías de la vida. Miro alrededor mientras camino, encuentro parejas de la mano, hombres guapos que transitan con la mirada fija en el trasero de alguna chica. Es entonces cuando decido repasar mi agenda en busca de un amigo de confianza. A, sólo mujeres y un par de homosexuales. B, nadie agendado. C, casa de cultura, CECATI, dos chicas y una revista. D, mi jefe, mi primo, mi papá y una amiga de mi hermana. E, dos de mis tías y un maestro de la universidad. H, los números del banco de algunos parientes. J, tres de mis ex alumnos y un compañero de trabajo que me dobla la edad. Desisto. Además, no tengo la astucia de decirle a alguien por teléfono que necesito sexo y nada más.

IV

Otro día más en la fría búsqueda en internet. Ahora encuentro a un hombre de cincuenta años, que desea invitarme a bailar y a tomar una copa. Suspiro con resignación. Contesto que no me gusta el vino, que en todo caso necesitaría un tequila triple. Él insiste diciendo que la seducción es un arte. Yo me defiendo diciendo que no quiero perder tiempo, él me confiesa que vive en Cancún. Me río a carcajadas y recuerdo que esta vez estoy en la oficina. Prefiero rechazar la oferta. Recargada en el respaldo del asiento empiezo con el recuento de los daños. Primero, me encuentro con que no tengo a nadie cerca y recurro a un chat porno. Segundo, no me satisface la mano amiga y cuando me dicen directamente lo que quieren, me ofendo. Tercero, cuando me decido a contar con alguien de mis conocidos, descubro lo mojigata que soy. Cuarto, cuando intentan seducirme para disfrazar un poco la cosa, se me hace una pérdida de tiempo. Sin ánimo me entero que mi castidad obligada es psicológica. Se debe en su totalidad a la sarta de prejuicios morales que hicieron favor de inculcarme y que hasta esta urgida etapa de mi vida salen a relucir. Sin embargo en esta búsqueda me doy cuenta que no soy la única. Muchas de mis amigas están casadas con pusilánimes por el simple hecho de no estar solas, hasta ahora entiendo la razón. Otras se refugian en los hijos y el montón de cosas que esto implica. Otras se la pasan en las actividades de la iglesia. Y así, saciando unas, evadiendo otras, sortean las olas hormonales que la traicionera naturaleza nos ha dado. ¿Acaso Dios gozará mientras nos mira? Y me doy cuenta que no es cierto, que fue una invención humana. Por eso se rumora que el hombre es tan ególatra que creó a Dios a su imagen y semejanza. Quiero ahora crear una Diosa, una que sea como yo, que me entienda e ilumine mi camino para encontrar solución a este problema. Camino a casa, me encuentro con un par de testigos de Jehová que están en la puerta de mi edificio. Intento evitarlos pero me acorralan para darme la palabra, cuando se van me dejan un folleto que habla de la tal Lilith y del infierno que gobierna por dejarse arrastrar por la lujuria. Suspiro mirando el cielo. Ya es suficiente, yo sólo quiero un orgasmo. No es posible que algo tan peculiar dependa de tantas y tantas cosas que no están en mis manos.

Me tomo un café para meterme a la cama. Me visto con la pijama de cebra y las pantuflas de flores. Otra vez me voy a dormir esperando que mañana las hormonas vuelvan a la normalidad.

Cuento contenido en el libro “Agua ardiente”
Editorial Kapelmex. México, 2009.
YLLA KANTERFoto tomada del blog http://festivalpoesiaymovimiento.blogspot.com/

YLLA KANTER
Foto tomada del blog http://festivalpoesiaymovimiento.blogspot.com/

Ylla Kannter (Distrito Federal-Tierra Blanca, Veracruz, México. 1983):

Investigadora, poeta, cuentista y editora. Cursó la licenciatura en Lengua y Literatura hispánicas en la UNAM. Es investigadora independiente en literatura tradicional y popular y lingüística social. Ha participado en encuentros y congresos nacionales e internacionales con ambas líneas de investigación. Actualmente es editora de la revista Beat Cultura digital.

Su narrativa y poesía suelta se han publicado en diversas ocasiones: Asientos de café, microficciones (2008), Agua ardiente, cuento (2009), Mi tierra poesía (2009), Abrazar a los muertos, poesía (2011), Engendremos olas, poesía (Madrid 2011). Autora en la antología de poesía erótica iberoamericana, Cascada de palabras (2012), y en la antología de Ciencia ficción, Cuentos para sobrevivir al futuro (en edición, 2012), El Cristo de mis caderas y Sherezada de papel, Revista Álamo Nocturno, sección de poesía, año 4, n° 8 (Xalapa-Enríquez, Ver.).

Tiene un blog de poesía:

http://yllakannter.blogspot.mx/

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Esta entrada fue publicada el 06/04/2013 por en Narrativa.
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