Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales o geográficas

Gina Pellón: Todos los colores de la libertad

ARMANDO VALDÉS-ZAMORA

 

  Nabokov en las primeras páginas de su libro Cosas transparentes sugiere que el pasado no sería tan atractivo si se pudiera conocer con certeza lo que ocurrirá en el futuro, si fuera, como las cosas, algo que se puede contemplar entre las manos. Es más seguro acomodar lo ocurrido, como una manera de que siga viviendo siempre: a lo que no elegimos podemos aplicarle al menos el esfuerzo y el ejercicio del olvido, la forzosa negación de la memoria. Va más lejos Nabokov cuando expone la tesis de su libro: existe una transparencia en cada cosa, en cada piedra, a través de la cual se puede ver brillar el pasado.
  Llega entonces la noticia de la muerte de la pintora Gina Pellón, mientras leo en el metro este libro de Nabokov. Es la muerte quien llega, pero en realidad es breve esta llegada de la muerte, porque hace semanas que Gina está en el hospital y el diagnóstico era ya bastante delicado. Y sobre todo, porque en medio del anochecer de la primavera, veo saltar cintas de colores. Los rostros de los viajeros del metro se hacen multicolores como la ropa que llevan, sus siluetas policromas andan tras ellos al salir de la estación. El orden de las líneas y los contornos que me rodean y saltan ante mis pasos, giran imprecisos a medida que marcho hacia mi casa.
  Me pregunto si estoy viviendo ahora el futuro de mi llegada al exilio, si este es el después del adiós a Cuba. Si acaso necesitamos siempre un golpe que nos pare la realidad que nos ciega el paso del tiempo. Comprendo entonces algo más de lo evidente, que ya va siendo tan extenso mi pasado en París que las personas que me recibieron al yo llegar pueden morir. Que la perspectiva de desaparecer idealiza ese pasado en su momento angustioso de llegar de fugitivo a un país desconocido, sabiendo que no se puede volver atrás.
  Pero me consuela la transparencia de las cosas a la cual se refiere Nabokov. Me doy cuenta cuando en casa, que los colores esparcidos por toda la ciudad, evocan los cuadros de Gina Pellón, que quedan como piedras luminosas en los retratos de sus damas floridas, y a la espera de algo que termina siendo nuestra propia mirada: enciendo un tabaco, y mientras me balanceo en mi sillón, me pongo a contemplar los cuadros de Gina que decoran desde hace unas semanas mi escritorio.

 

II

  Fue Lázaro Jordana quien me llevó a conocer a Gina Pellón a finales de 1996. Lázaro había llegado a Francia casi una década antes, después de haber pasado 6 años en la cárcel como preso político, y dirigía la revista Trazos de Cuba. Era en casa de Gina donde se daba cita la mayoría del exilio cultural cubano en París, buena parte del cual publicaba en la revista.
  Llegar a casa de Gina provocaba siempre la sorpresa y el consuelo de entrar a un fragmento de la isla de Cuba en pleno París. No sólo como pintora de imágenes que encandilan los párpados y remplazaban el cielo casi siempre gris de la ciudad, sino también como minuciosa coleccionista, todo lo que rodeaba al visitante lo fascinaba. Gina atesoraba esculturas, medallas, mapas, cuadros, diarios, manuscritos, cartas, ediciones príncipes, enciclopedias, que, en su mayoría tenían que ver con la historia y la cultura cubanas. Alrededor de su escritorio y en su luminoso taller, uno podía respirar, ver y tocar toda esta paciente colección que ella, además, te brindaba como hacía con todo: de manera generosa porque tú también, para ella, formabas parte de esa Cuba a la deriva que un día, en sus anhelos, regresaría a una isla real libre de dictaduras.
  Poco tiempo después de ese primer encuentro, Gina nos propuso hacer tertulias literarias las tardes de un domingo al mes. Yo llegaba siempre con algo de adelanto, y aprovechaba esas visitas durante las cuales leíamos poemas, artículos o ensayos, para consultar algún libro que necesitaba para mi tesis de doctorado sobre José Lezama Lima. Fue en una de esas visitas que le pedí a Gina que ilustrara con uno de sus cuadros la edición española de mi novela Las vacaciones de Hegel invitación que aceptó con entusiasmo.
  Al publicarse mi libro llamé a Gina que me pidió que le llevara 10 ejemplares. Así lo hice, y después de conversar un rato, se levantó un momento y volvió con unos billetes en las manos: ¡Gina me obligó a aceptar el dinero por los ejemplares de un libro al cual ella había ofrecido la imagen de uno de sus cuadros! Y cuento porque soy testigo de haberla visto hacer y enviar cheques a múltiples publicaciones cubanas del exilio para ayudar a financiar las ediciones. Fue para mí un privilegio haber podido estar cerca de una persona tan excepcional como Gina que en el apogeo de sus éxitos, se imponía con bondad el deber de ayudar a los demás sin siquiera mencionarlo más tarde. Pero lamento a la vez no haberla prevenido de la rapacidad, el oportunismo y la villanía de la cual sería víctima también su benevolencia: esa es otra historia que un día se esclarecerá, y que forma parte de la leyenda negra que acompaña a muchos cubanos nacidos y deformados a la sombra del castrismo.
  Hablar con Gina, escucharla o verla trabajar, te obligaba a la admiración y te ponía al mismo tiempo ante un compromiso. “Todos los días hay que añadir algo a la obra”, me aconsejaba. “Eso es lo que quedará de nosotros. No te preocupes por el resto”. Una tarde, admirando sus éxitos, le hice un comentario al respecto. Ella se viró hacia mí y me dijo una frase en francés que me parece todavía escuchar:
  -Le chapeau est arrivé quand je n’avais plus de tête. (El sombrero llegó cuando ya yo no tenía cabeza).
  Era el trabajo sin respiro, una fe absoluta en la creación y un talento natural que tardó en reconocerse, lo que le permitió a Gina llegar a triunfar en la pintura. Durante años no había sido así, y ella siempre abordaba con orgullo ese tema que la engrandecía a los ojos de todos.
  El verano pasado la llamé para saludarla. Para contarle que me habían dejado volver a Cuba a ver mi madre inválida, que había caminado por el Prado de su querido Cienfuegos. Me repitió lo que era para ella algo constante desde hacía décadas, que en verano nunca viajaba porque tenía que aprovechar la luz de París en esa estación. Esa luz que entraba por el ventanal acristalado de su taller, esa luz metamorfoseada por sus manos en una libertad de matices que permiten reconocer para siempre el estilo de sus obras.
  Como en otros veranos nos pusimos de acuerdo para ir a visitarla con mi hija Ariane. Al llegar a su casa Gina me pidió que la ayudara con unos cuadros de gran formato que estaba preparando para enviar a Miami, a la galería de Cernuda. A pesar de caminar con un bastón, estaba allí, pintando aún esas damas elegantes, esos pájaros que traspasaban cielos inauditos, sin saber, ambos, que ese sería su último verano en esa ciudad luz que había elegido para crear y vivir.

 

III

  He retomado la lectura del libro Cosas transparentes de Nabokov y me detengo en una frase: cuando nos concentramos en un objeto material, sea cual fuere su situación, el acto mismo de la atención puede provocar nuestra caída involuntaria en la historia de ese objeto.
  Pienso en esta frase esta mañana al estar de vuelta de casa de Gina adonde he ido a buscar los libros sobre Cuba que ella me legara antes de morir.
  Mucho se ha escrito sobre su pintura. Mucho se ha hablado de la fuerza de los colores de sus cuadros y de su filiación con el grupo COBRA. En mi casa puedo ver, a través de 4 de sus cuadros que me rodean ahora cada vez que escribo, la evolución de sus tres etapas esenciales. Ese camino inesperado a través del cual el artista se abre paso desde un pasado que va dejando atrás y un futuro que será su voz definitiva. Puedo, sin ni siquiera haberlo previsto y siguiendo a Nabokov, participar en la historia de los personajes de esos cuadros de Gina Pellón, ver a través de ellos la transparencia de su alma a lo largo de su extenso y feliz exilio en París.
  Y me doy cuenta de que sólo la libertad total puede explicar tanta destreza, tanta luminosidad irrespetuosa e inventiva. Que esa libertad conquistada le permitió a Gina abrirse al mundo y abrir las puertas de su casa sin egoísmos ni prejuicios a esa otra libertad, la de Cuba, que ella tanto deseaba. Que la práctica de esa vocación de total libertad es lo que va a quedar en nuestra memoria de una obra única que seguirá creciendo con el paso del tiempo.

 

Armando Valdes-Zamora y Gina Pellón (Foto cortesía del autor)

Armando Valdes-Zamora y Gina Pellón
(Foto cortesía del autor)


 

Armando Valdés Zamora. Escritor y profesor universitario cubano exilado en París. Se doctoró en la universidad de la Sorbona en 2003 con una tesis sobre José Lezama Lima, es profesor Adjunto de la Universidad de Paris XII y de la Escuela Superior de Gestión (ESG). Ha publicado un libro de poemas y una novela, Les vacances de Hegel (2003).

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Un comentario el “Gina Pellón: Todos los colores de la libertad

  1. Belkis Cuza Malé
    30/03/2014

    Magnífico texto, que hará muy feliz a nuestra Gina Pellón. Su memoria y su arte permancen para siempre.
    El pasado y el presente de estos dos cubanos han sido iluminados de súbito bajo esa luz que vemos entrar por el ventanal del estudio de la artista.
    Gracias, amigo Valdés-Zamora.
    Muchas bendiciones de domingo,
    Belkis

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Esta entrada fue publicada el 30/03/2014 por en Crónica.
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