Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Tres relatos breves

ERNESTO G.

 

El pianista

Después de tomarse el café, que ya se había enfriado, el pianista encendió la radio para escuchar la música que tocaban otros. Siempre hacía lo mismo antes de salir rumbo a un concierto. El pianista era un hombre muy supersticioso. Temía que de no seguir su rutina, algo inevitablemente saldría mal en el concierto. Hoy, sin embargo, algo andaba mal. Al encender la radio, sólo escuchó un silencio exasperante. Esto lo desconcertó. Se cercioró de que la aguja marcara el sitio correcto en el dial. Apagó y encendió el radio dos veces. Nada. Silencio total. Para no romper la rutina y convencerse de que nada de esto había sucedido, regresó al baño y se volvió a cepillar los dientes. Al regresar a la cocina, bebió café frío de nuevo y encendió la radio. Silencio. No sabía qué hacer. Sus manos temblaban. Le parecía que aquel silencio antes del concierto no era un buen presagio. Decidió regresar una vez más al baño a cepillarse los dientes y reiniciar la rutina, pero tropezó con un ejemplar de la Biblia que estaba tirado en el piso y cayó estrepitosamente. Al caer, se dio un golpe muy fuerte en la cabeza y empezó a sangrar. Fue en ese instante que vio ante sus ojos la solución. Su piano. Decidió sentarse a tocar su propia música. Al tocar las teclas, del radio empezaron salir las mismas notas que el pianista tocaba magistralmente en su piano. Comenzaba así una nueva rutina.

 

El señor

El señor vino una tarde. Andaba buscando unas joyas que había visto una vez en un sueño. El joyero lo miró desconcertado. Nunca había oído algo semejante. Pero los joyeros son mercaderes y no deseaba perder a un posible cliente. El señor describió las joyas con esmero. Habló de oro y de diamantes, de piedras preciosas, de brillos que el joyero supo entender. Los joyeros son gente que entienden muy bien ciertas cosas. El señor decía que estaría dispuesto a pagar en efectivo sin importarle la cantidad. El joyero, que estaba agotado después de un largo día de trabajo, le explicó que la encomienda tomaría días, pues había otros pedidos anteriores. El señor, insistente, contestó que él sólo deseaba las joyas, que ni el tiempo ni el dinero le preocupaban mucho. El joyero demoró tres semanas en completar el trabajo. Cuando las joyas estaban listas, llamó al señor. Nadie contestó. El joyero dejó un mensaje. “Sus joyas están listas.” Al día siguiente, la policía vino a la joyería y le dijo al joyero que tenían una orden de registro. El joyero, hombre amante del dinero pero respetuoso de la ley, no puso objeción alguna. Al encontrar las joyas que el joyero había hecho para el señor, la policía le informó que estaba bajo arresto. El joyero, desconcertado, preguntó cuál era el motivo. La policía le explicó que las joyas habían pertenecido a un señor muy acaudalado que había muerto en circunstancias muy sospechosas hacía un año.

El tío Fernando

Descubro dentro de un libro que traje de Cuba este soneto inglés que escribió mi tío abuelo Fernando Fermín González Quesada. Después de varias llamadas a miembros de la familia, me confirman que tío Fernando escribió decenas de poemas, sobre todo durante su prolongada estancia en el hospital psiquiátrico de La Habana (Mazorra). El poema lo encontré mientras hojeaba el libro “A Farewell to Arms” de Ernest Hemingway en una edición de 1929 (Charles Scribner’s Sons).

Tío Fernando aprendió inglés de niño cuando sus padres se mudaron a Chicago a principios del siglo pasado. En los años veinte regresan a Cuba y tío Fernando entra a la Universidad de La Habana. Es ahí donde su vida cambia radicalmente. Obsesionado con el marxismo, se lee “El Capital” varias veces. Me cuentan que se encerraba en su habitación días enteros sin bañarse y sin apenas comer. Las paredes las llenaba de notas y citas del libro de Marx. Una tarde empezó a construir un modelo, una especie de representación gráfica de los pasos necesarios para construir el comunismo a escala mundial. Se le podía oír serruchar los listones de madera y hablar de cómo cada pieza encajaba dentro del gran rompecabezas que estaba armando para ayudar a los proletarios del mundo a entender la tesis de Marx. Un día sucedió algo muy extraño. Cuando tío Fernando ya estaba a punto de poner la última pieza, dio un tremendo alarido que estremeció las paredes de la vetusta casa de madera. Después del grito, vino lo peor. Tío Fernando, al parecer enloquecido por el resultado final de su obra, le prendió candela al artefacto de madera. El fuego consumió toda la casa. Sus padres decidieron entonces ingresarlo en el hospital para enfermos mentales donde estuvo recluido cerca de diez años. Fue durante esa estancia que escribió muchos de sus poemas, incluido éste. Me dicen que nunca les ponía título. Se los dejo a su consideración.

Descubro en el lodo un toque de luz

que se contrae y  esparce a la vez,

hay razones que fermentan la cruz,

hay aguas donde mora la tozudez.

La luz se tensa detrás de sus bríos,

cual sombra que construye su destierro.

Abrígase de sus muertes y de sus fríos

como un soldado débil le huye al hierro.

Marcado el silencio de mis despojos,

rasgo el musgo harto de los adoquines

en busca del tiempo y sus mil confines.

La luz cual velo ensombrece mis ojos,

magreo las manchas de los deseos,

frutos del mal, hijos de mis vareos.

Ernesto G

Ernesto G. La Habana, Cuba, 1967. Poeta, narrador, videasta y blogger. Licenciado en Lengua y Literatura Inglesas por la Universidad de la Habana. Primera mención (Poesía) en el Concurso “13 de Marzo” (1987). Codirector de revista de arte y literatura Conexos y director de iSawFinger Productions. Editor del blog www.losrelatosdemauricesparks.com. Ha publicado Los relatos de Maurice Sparks (Editorial Silueta, 2011). Reside en Miami.

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Esta entrada fue publicada el 29/07/2012 por en Narrativa.
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