Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Nuestra señora de la leche

ROLANDO MORELLI

Toda la mañana había estado pendiente de ver aparecer en lo alto de la calle, la silueta de la desvencijada camioneta del reparto de leche, pero ya iban siendo las diez pasadas y el lechero no daba señal de aparecer por parte alguna. A los muchachos los había despachado finalmente para la escuela con un poco de manzanilla endulzada, y unos trozos de galleta. Cuando volvieran a mediodía inquiriendo sobre lo que había de almorzar y queriendo devorar lo que se les pusiera por delante, ella esperaba contar con la toma de leche que debía corresponderles a los muchachos para reforzarlo.

—No hay mal que por bien no venga. —Debió razonar para animarse a ver en aquello que ocurría algún género de bien—. Así llegan de la escuela con más hambre que de costumbre y se toman su leche sin chistar para quedar hartos que da gusto. Y todos contentos.

Entonces sucedió inesperadamente que alguien llegara con la noticia de que la leche, como ya ocurriera antes en un par de ocasiones por lo menos, había llegado más temprano que de costumbre, y lo peor, que parecía poca para que alcanzara a todo el mundo.

—Parece que la vaca se secó o el ternero se bebió la poquita que nos tocaba —alcanzó a decir la voz que pasaba muy rápido por frente al portalito, buscándola con su agudeza en alguna parte del interior de la casa—. Si no te das prisa, te pasa como a Clemencia y a otras cuantas antes de ayer.

Iraida Artola llegó en una carrera hasta el expendio de leche, no obstante las doscientas setenta y cinco libras que acarreaban sus pies, unos piecesitos de geisha muy menudos, embutidos en unos desastrados zapatos de antigua colegiala, con sus hebillas que habían sido plateadas; y pese a su respiración acesante de irremediable asmática.

—¡Ay, vieja, yo lo siento mucho, pero llegaste tarde! —le dijo la mujer del expendio cuando Iraida consiguió al fin protestar airadamente—.  Nada, vieja, que te pusiste fatal. ¿Qué le vamos a hacer?

Pero como Iraida no quisiera resignarse a su declarada mala suerte, y estrellara con determinación una de sus manos regordetas sobre el mostrador improvisado con una tabla, la mujer llamó en su ayuda a la presidenta del Comité —en cuya casa se efectuaba la venta.

—¿Qué es lo que pasa, compañera? —preguntó ésta, quien seguramente había alcanzado a oírlo todo desde la pieza contigua, fingiéndose la desentendida mientras asomaba la cabeza enrulada.

Iraida no se dejó confundir por semejante maniobra, ni permitió tampoco que la otra mujer allí presente hablara por ella. Sin detenerse a medir las consecuencias de nada se desquitó de haber llegado tarde para el reparto de la leche. Dijo que parecía mentira que se robaran la leche que les tocaba a los niños y a los ancianos, así como así; que la leche era algo sagrado, sagrado…  —y lo siguió diciendo muchas veces hasta que la palabra pareció rebotar sobre la tabla, al conjuro de su mano que golpeaba—.  Dijo que era una vergüenza. Que eran ellas y todos unos desvergonzados y unos criminales. Lobos disfrazados de carneros  —eso dijo—. Que en este país lo que hacía falta era acabar con tanta sinvergüenzura… Y así estuvo diciendo, hasta que llegó la policía alertada enseguida por la presidente de la cabeza enrulada, ahora cubierta por un pañuelo de seda agujereado en varios puntos.

Sin mucho gastar en palabras los uniformados le informaron que estaba arrestada por ‘escándalo público’ y ‘conducta impropia’ dos delitos que podían ser uno solo o no serlo, atinó a pensar ella, sin saber muy bien porqué.

—Tienes que acompañarnos. Dale, monta.

 Mientras a duras penas conseguían los oficiales que la arrestada entrara en el alfita, las miradas divertidas de muchos que se habían congregado seguían la escena, olvidados por unos instantes de los asedios cotidianos.

—¡Arriba, gorda, que te llevan en carroza… —se atrevió a decir alguno, creyendo de este modo congraciarse con los oficiales.

—¡Oiga, ciudadano —le conminó a callar el de más rango, contrariado por las risotadas que amenazaban convertir aquello en un circo. (No tenía él la menor vocación de payaso; ni estaba dispuesto a consentir que se propasaran. Estas cosas debían tener su seriedad). ¡Más vale que no se inmiscuya en el asunto!

El otro oficial se creyó obligado ahora a decir:

—¡A ver! ¡A ver! ¡Circulen! Aquí a ninguno de ustedes se les perdió nada. Circulando. —Remató estas palabras con unas palmadas que efectivamente pusieron en movimiento a los rezagados.

Cuando al fin Iraida ocupó con su cuerpo toda la parte trasera del alfita, éste partió llevándola en dirección desconocida. Después se diría que la vieron rezar de pasada; encomendarse a no sé qué santo patrón de indulgencias precarísimas,  pero todo lo que en verdad hizo en ese momento fue recoger sobre su vientre suplicatorio las colgaduras de los brazos, a la vez que trababa los deditos amorcillados de una mano en los de la otra.  Allí donde la condujeron, el interrogatorio no duró ni remotamente lo que ella temía y esperaba. La habían despedido casi, con una advertencia:

—La próxima vez no vamos a molestarnos por ti. No vamos a perder el tiempo, buscándote y trayéndote aquí para conversar contigo.

—Te echamos arriba a la gente de tu misma Empresa para que te haga papillas, gorda. ¡Conque ya lo sabes!

—Nada de más escándalos públicos.

—Si llegamos a imaginarnos nada más que esto tiene algo que ver con alguna de las maniobras de la contrarrevolución interna…

Iraida debía estar demasiado aterrada para coordinar una protesta cualquiera suscitada por la sospecha que de repente podía caer sobre ella, pero los hombres a los que se enfrentaba tampoco estaban interesados en nada de lo que ella pudiera o tuviera que decir.

—Tenemos demasiado trabajo, ¿me oyes? Cosas más importantes de que ocuparnos que tú y tus líos. Nosotros no estamos aquí para perder el tiempo contigo. Así es que ya sabes, si te pones en nuestro camino te llevamos en claro sin hacer preguntas…

Iraida tragó en seco lo que pudo ser un bolo de saliva difícilmente juntado. La enorme papada dio cuenta del esfuerzo de tragar. Ambos oficiales la miraron hacer detenidamente, entre desdeñosos y divertidos con la impresión que la mujer les causaba, y ya sin poder contenerse uno de ellos añadió:

—¡Aunque tengamos que pasarte por arriba con un tanque de guerra!

El segundo de los oficiales rió a carcajadas la salida que había tenido su compañero quien permaneció imperturbable, y entonces Iraida se persignó ante ellos verdaderamente atemorizada de no sabía muy bien qué cosa, como si el hombre que hablara fuera nada menos que el mismísimo Dios —o en su defecto, el diablo— pero ninguno de sus vecinos estaba ahora allí para verla hacer, y luego comentar que se había santiguado.

—Acaba de largarte —volvió a decir el que había hablado último, extendiéndole un pase que según le explicó, debía presentar a la puerta de salida—. Para que no te vayan a dejar aquí encerrada hasta que nos acordemos de ti.

—Y a ver si juegas agua, vieja. ¡La peste a alcantarilla no hay quien la aguante!

Iraida se marchó lo más de prisa que atinó pese a su temor y a su torpeza. Al final, cuando se halló fuera del recinto, en la calle, aceptó que aquello que sentía era llorar. Lloraba por dentro, en silencio, reconcentradamente. (No iba ella a darles el gusto encima de que la vieran derramar lágrimas). De todas, las últimas palabra más que ninguna otra habían tenido el efecto de una pedrada en medio de la frente. Podía tratarse de una verdadera tontería —sin dudas lo era— pero lo cierto es que con ella sentía que habían conseguido aniquilarla, reduciéndola a cosa de muy poco valer. ¡Verdad que era gorda! —se dijo—. Vamos, que la llamaran gorda no debería ofenderla. Y bien visto, era verdad también que había dado un escándalo público (con su razón que fuera), pero escándalo a fin de cuentas. Todo eso podía pasar, pero oírse llamar apestosa cuando todo el que la conocía sabía bien lo aseada que ella era… Si no hubiera estado obligada ahora a desandar de regreso el camino que antes hiciera en automóvil, aquel sólo pensamiento le habría parecido ya un castigo lo bastante brutal. Más que las risas de los oficiales, era ese oírse llamar apestosa lo que no le concedía paz. Y por más que luchara consigo misma por restarle importancia a las palabras —se trataba de cosas más importantes y significativas— éstas seguían golpeándola entre los ojos con violencia:

—¡La peste a alcantarilla…!

Quienes la vieron llegar al cabo, arrastrando con harta dificultad los jamones de sus piernas —algunos compadecidos verdaderamente de sus pequeños pies, ampollados y sangrantes— se le acercaron para interrogarla. Pero los más, se acercaban para golpearla con una frase soez, a ratos hasta graciosa.

—Gorda, ¿vienes de recitar los zapaticos me aprietan?

—Te metiste a redentora, y ya tú ves lo que pasó. ¡Te clavaron!

—No hagas caso, mi hermanita. Toma. Tírales piedras.

—Atajo de bestias que son todos. ¡Déjenla ya tranquila, que con ninguno de ustedes se ha metido!  ¿Es que no ven en el estado en que viene?

—Los muchachos están bien, no te preocupes.  Cunda hasta me prestó una toma de leche para Eugenito. Ahora están en casa de los viejos. Blanquita te cubrió el turno en la Empresa para que no vayan a considerarte ausentista.

—Dicen que se armó una buena después que te llevaron, vieja —susurró casi, aunque habría sido imposible que los otros no oyeran sus palabras, una de las mujeres que se le había acercado—. Es un verdadero relajo el que se traen esas dos con la leche. ¡La tángana que diste nos vino a todos caída del cielo! ¡Dios te lo tenga en cuenta!

Cuando por fin llegaron a la casa, Iraida se echó a morir en un sillón monumental de mimbre, que parecía aguardarla allí en el portal con los brazos abiertos.

—Ana, mi hermanita, por favor te pido. ¡Qué toda esta gente se vaya de aquí enseguida! No quiero más problemas. Y no vayas a traerme a los niños todavía, antes necesito un buen baño. ¡Y descansar! Descansar un poco. No me siento muy bien.

El color habitualmente blanco ceroso del rostro de Iraida había dado lugar a un rojo encarnado, en el que parecían flotar grandes lunares blancos.

—Tú necesitas que te vea un médico, mi hermana.

—No es nada.  Un poco de tranquilidad, y se me pasa seguramente.

Del grupo de curiosos que se había reunido frente al portalito de la casa de madera, salió una voz conocida de todos:

—Gorda, gusana. ¿De qué te quejas, descará’?  Tu comidita no te falta.

Iraida lo reconoció también por entre el mareo de su respiración entrecortada, y aquellas lágrimas mezcladas con sudor que ahora sí le rodaban por el rostro sin ocultamientos. El que así hablaba era Cacaruso, cuya única reputación conocida en el barrio descansaba sobre dos hechos al parecer incontestables, su fama de magnífico cornudo y ser el menor de tres hijos que Sandra, la flamante presidenta del Comité de barrio, había tenido con otros tantos maridos.

A Iraida no le había gustado nunca hablar mal de nadie, ni saber vidas ajenas.  Lo que sabía del asunto, más que saberlo —apenas de oídas— creía barruntarlo ahora. No podía estar segura de nada, pero en este momento eran tal su encono y su desdén por todo que habría podido incluso llegar a mentir con tal de vengar en quien tenía delante todas las afrentas recibidas desde siempre, según ahora le parecía. Las fuerzas la abandonaban rápidamente. Una suerte de engañosa serenidad la inmovilizaba, comenzando por su espíritu. Se ahogaba. Perdía pie y se hundía. De manera que tuvo que hacer un esfuerzo para reconcentrarse en lo que iba a decir, como si en ello le fuera nada menos que la vida misma.

—Mejor vete a bañar, Cacaruso, que la peste a buey la llevas encima —consiguió decir la figura sedente de la mujer, sacándose de lo más hondo aquella voz, hermosa y bien timbrada, que ninguno le había conocido antes. Los más cercanos respondieron de inmediato a estas palabras con risotadas, y algunas observaciones de su cosecha. Retribuida tal vez por el efecto de sus palabras, Iraida tomó aliento una vez más para añadir—. Si es que la cornamenta que llevas, aún te deja entrar en el baño de tu casa. —Y para últimas, calculadamente dejó la palabra más injuriosa de todas—. ¡So Tarrú  !

Cacaruso no supo de momento qué hacerse con el tamaño de semejante injuria hecha en público y en su presencia, la cual parecía multiplicarse en las risotadas y palabras de la gente que lo rodeaba. Cuando creyó saberlo al fin, se colocó de un salto en el borde del portalito donde reposaba la mujer, y se le fue encima a la vista de todos con el cuchillo pelado. La mujer, sin embargo, no pareció inmutarse. Sus ojos, fijos en una distancia que no hubiera podido medirse con los ojos de él, lo contemplaban ya sin poder verlo. El agresor intentó en vano parar el golpe —porque es inútil, o debía ser muy malo en todo caso— rematar a un muerto, pero aquello ya estaba escrito que pasara seguramente. La palabra injuriosa seguía allí (inscrita y suspendida en alguna parte), pero él sólo alcanzaba a ver el surtidor de sangre cuando sacó el cuchillo. En ese momento el agresor pudo medir en sí mismo el hombre que realmente era, y se sintió perdido en su pequeñez. Un horror del cual ni él mismo se hubiera creído capaz lo definía, empequeñeciéndolo. Ya no eran las palabras, ni siquiera el gentío que de repente lo asediaba, los que importaban, sino el sentimiento de horror que lo dominaba. Y mientras caía de rodillas ante la sangre derramada por su mano, el asesino sacó con torpeza de algún sitio desconocido un gesto, que era lo más parecido a persignarse, aunque seguramente se tratara de otra cosa. Luego siguió repitiendo ese gesto frente al cadáver de su víctima, acostumbrándose a él. Todos los que habían acudido pudieron verlo aunque ninguno alcanzara muy bien a comprender de que se trataba. Uno cualquiera de los presentes dijo entonces aquello que les devolvía una cierta seguridad de comprender.

—Se quemó, caballeros. A Cacaruso se le quemaron las pilas… ¡Ésas de las que ya no vienen!

La sangre que ahora bañaba el piso de madera del portalito, y alcanzaba a los canteros, y los gritos de Ana y otras mujeres, comunicaron por las claras lo demás a un gentío de curiosos que crecía como una riada súbita que se soltara en cualquier parte para venir a encajonarse en este punto.

En esta ocasión la policía tardó algún tiempo en acudir.

ROLANDO MORELLI: Pertenece a la llamada “Generación del Mariel”. Obtuvo su doctorado en Temple University. Ha enseñado en la Universidad de Tulane y en la Wharton Business School de la Universidad de Pennsylvania. Actualmente enseña en la Universidad de Villanova. Entre sus publicaciones podemos citar: Algo está pasando (cuentos), y Coral Reef: voces a la deriva (cuentos), Varios personajes en busca de Pinocho (pieza teatral para niños), Leve para el viento (poemario). Sus poemas y narraciones han aparecido en varias antologías, entre ellas Shouting in a Whisper/Los límites del silencio de Santiago de Chile y en números antológicos de varias revistas. Repaso de sombras (cuentos) y la compilación de Cuentos y relatos de José María Heredia, publicado por Ediciones La gota de agua. Recibió la única mención del concurso del Instituto Cultural Iberoamericano “Mario Vargas Llosa”.

Anuncios

Información

Esta entrada fue publicada el 23/09/2012 por en Narrativa.
A %d blogueros les gusta esto: