Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Lenguaje misterioso

  RAÚL HERNÁNDEZ ORTEGA

Iraidita siempre fue un peso pesado. A pesar de ser una gorda con curvas y figura, era una mujer imposible para los estrafalarios donjuanes de la Universidad. Se pasaba la vida en la biblioteca cuando no estaba en clases o reuniones de la Juventud. No había quien la invitara ni a tomarse un helado y cuando se te acercaba era para decirte que había que analizarte porque llegabas tarde, tenías una asignatura suspensa o había que ir a la reunión de la FEU. Razones suficientes para que perdiera cualquier posible encanto. Tuvo un novio con aspecto de perro faldero, flaco y desaliñado, que le cargaba los libros y la esperaba hasta el final de sus infinitas reuniones. Un día nadie lo volvió a ver.

Joaquín era de los que siempre aparecía en las “listas de las dificultades”. Por eso aquella tarde se erizó cuando Iraidita lo llamó. Estaba sentada bajo los árboles del parqueo, sitio reservado para quienes decidían no entrar a alguno de los turnos de Gramática o Latín.

—Dime —le dijo él cuando llegó a su lado.

—¿Qué vas a hacer ahora? —le preguntó ella.

Iraidita permanecía sentada sobre una de las grandes raíces del laurel. Él estaba de pie. Percibió que ella hacía un esfuerzo para levantar la cabeza, estaba despeinada y tenía los ojos enormes y brillantes. Se veía bella. Parecía otra. El amplio escote de la blusa enseñaba la piel limpia y tersa del pecho en una explosión de carne fresca que dejó a Joaquín tieso en la contemplación de la mujer.

—¿Tienes algo que hacer? —le volvió a preguntar.

—No…, no sé…, nada…

—¿Por qué no me llevas al Malecón?

Iraidita le estaba pidiendo que la llevara al Malecón. Eran casi las seis de la tarde. Eso sonaba a despelote y él parecía un bobo mirándole los ojos, la boca, las tetas…

—¿Me llevas o no? —dijo y extendió hacia Joaquín su mano derecha.

Con no poco esfuerzo, él la ayudó a levantarse. Salieron caminando por la calle G como si fueran lo que no eran. Joaquín no sabía qué decirle y ella tampoco decía nada. Sus cuerpos sí se rozaban el uno con el otro. Cuando cruzaron 23 ella le agarró la mano. Ya empezaba a oscurecer. Él empezó a temblar.

—¿Qué te pasa? —le preguntó ella.

—Nada, a mí no me pasa nada —le respondió él tratando de mostrarle una sonrisita.

—Tienes la mano fría y estás temblando.

—Es que yo soy muy friolento —fue lo más tonto que pudo decirle.

Entonces Iraidita se detuvo, se paró frente a él, le miró fijamente a los ojos y empezó a besarlo en la boca mientras lo apretaba contra la reja de una de las casonas del Vedado. No llegaron al Malecón. Fueron hasta la parada más cercana y se montaron en una 174 con rumbo a Santos Suárez. Al fondo del ómnibus, que iba medio vacío, volvió Iraidita a arremeter contra la anatomía de Joaquín, que se mostraba indefenso ante el empuje de la hembra. Besos iban y apretones venían. Los labios de ella parecían tajadas de mango. Él sentía sus tetas duras contra el pecho y por mucho que lo intentaba no alcanzaba a abarcarla con sus brazos. Se bajaron en la parada de Cerro y Boyeros. Caminaban cogidos de la mano como cualquier pareja de enamorados.

—Ya llegamos —le dijo mientras lo invitaba a girar a la izquierda—. ¿Pides tú el último o lo pido yo?

Entonces fue que Joaquín se dio cuenta de que estaba en La Campiña. No había casi nadie en la cola de la posada. Pidió el último. Tenían dos parejas delante.

—¿Tú tienes dinero? —le preguntó Joaquín.

—Tengo cuarenta pesos. Yo creo que nos alcance —le dijo sonriendo y otra vez le mordió la boca.

Cinco pesos costaban las primeras tres horas y a peso las adicionales. Con aquella suma de dinero podían estar un día y medio en la posada. No se demoraron mucho en entrar. Esa mañana en el comedor habían dado arroz blanco, chícharos y sardinas. Cuando Iraidita llamó a Joaquín, él iba a comerse un pan con croqueta en la cafetería de la Facultad, porque tenía un hambre que se comía un buey entero. Ahora le parecía que había perdido el apetito.

Entraron a la habitación en penumbras. Era intenso el olor a humedad que salía de las paredes sucias y descorchadas. Detrás de la cama colgaba una acuarela de Jesús de Armas que a Joaquín le resultó familiar y lo relajó un poco. Todavía no estaba convencido de lo que iba a suceder allí por más evidente que pareciera. Iraidita tiró la cartera con los libros encima de la cama y le hizo una seña indicándole que entraría al baño. Desapareció tras el chirrido de la puerta. Ahora sólo se escuchaba el sonido de una gota de agua cayendo en un cubo plástico. Él estaba parado al lado de la cama.

Cuando se abrió nuevamente la puerta del baño, apareció Iraidita totalmente desnuda. Un bombillo de 60 wats recortaba su voluminosa figura y pronunciaba en destellos luminosos las curvas sensuales de sus caderas, de sus muslos, de sus hombros. Tenía el pelo suelto.

Se abalanzó sobre Joaquín como una fiera. Demostró habilidad para quitarle la ropa en un santiamén. De pronto él quedó sobre la cama en cueros, debajo de ella que no cesaba de besarlo y abrazarlo. A Joaquín le faltaba el aire y por un momento pensó que se iba a desmayar. Entonces decidió tomar la iniciativa, pero al intentarlo reparó en que no había respuesta alguna por parte de su miembro viril, que había desaparecido entre los muslos exhibiendo una flacidez pasmosa.

Iraidita respiró profundo.

—No te preocupes, mi amor —fue lo único que dijo.

Él quería que se lo tragara la tierra. Era la primera vez en su vida que le pasaba algo semejante. No daba crédito a lo que estaba sucediendo. Agradeció la oscuridad del cuarto que por ahora hacía invisible su impotencia. Se sumergió entonces en una indagación en busca del cero, la nulidad, el vacío. Algo que le permitiera sentirse incorpóreo, etéreo, volátil y cuando pensó que lo había logrado, se  percató de que ya Iraidita no estaba encima de él. Ahora buscaba con su boca los genitales del macho. La lengua parecía una serpiente, los labios succionaban con gracia y sin prisa. El pene de Joaquín empezó a crecer dentro de la boca de Iraidita hasta conseguir una erección como para pedir la palabra.

Allí permanecieron hasta el amanecer, sin dormir ni comer.

No sé desde entonces cuánto tiempo ha pasado. Ahora Joaquín está en la puerta de la Facultad, con un montón de libros encima, esperando que Iraidita termine su reunión.

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Esta entrada fue publicada el 06/10/2012 por en Narrativa.
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