Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Poemas de Ana Gabriela Padilla

A LEONOR SILVESTRI Y EZEQUIEL D´LEÓN

I

Que no Tijuana, no,
Xelajú,
sextísimo estado de los Altos,
con su innombrable kiosco agujereado,
valle que se extiende entre la montaña honda
o constelación abstracta de las sombras.

Finísimo el instante,
vendaval,
lámina tensa, múltiple hoja,
claro mezcal corriendo en nuestra calle oscura.
 
II

Fría era la noche, allí,
donde olvidábamos al hombre,
ése,
el de las gafas negras y la mente muerta;
donde los cuerpos hilvanábanse en futuro pronto.

Después lo otro,
el balanceo interno
como silvestre péndulo que ya impacienta y muerde.
Reunión en la que todas
te conjugamos femenino,
explícita complicidad,
inherente guiño en nuestra cara urgente,
oscilante llamada en alta voz.
 
III

Porque fuimos siamesas, nosotras,
Blanca gata Ana, Alí.
Ágatas medulares,
sibaritas de la carne,
ángulo y vértice
furioso y contenido.
Triple exclamación, aquélla,
la de las anchas notas cinceladas,
cuando la convulsión asoma,
estallido.

Pero sin duda hemos partido,
en impúdica orfandad,
partimos,
a esperar asombros,
cualquier destierro esperanzado
en hacernos perder desesperanza.
 

DECIRES COTIDIANOS

A Genoveva Calero

 
Ausente,
obcecada en mirar sin ser parte de…
 
La firme columna que observa el esperpanto:
                                    la engalanada mujer
                                                 —­más,  muñeca quebrándose—
                                    inhóspito maullido que ahuyenta,
                                    voluntarioso cuerpo destinado a lo frío,
                                    a las vueltas
                                                        de ir
                                                        y de venir
                                    y no hacer nada.
 
Un hombre viejo
      —ufanoso él—
el siempre-patriarca,
procreador sin par,
energúmeno y valeroso
ante el recuerdo del vano afán.

                                       y el otro,
                                       el embebido de su propia máscara,
                                       el incicuérvido
                                       que de puntillas cae
                                                            hasta tus ojos.
 
En el fondo,
la rueda de aficionados,
erguidos de ansia
mordiendo su vil estafa,
inhalándose y exhalándose,
innata ociosidad
que asoma su cabeza
entre los hombros.
                    Aquí,
                    larva, vapor, astilla.
                    encerrada en mi humo,
                    prefiero:sola. 
 

POPOGATEPE

Que hiciéronme salir:
viejas las manos
desnudas de una vieja
desgarrando uñas
      en los dientes azulados del ancho cono.
Nadie
si las cabezas se alzarían indómitas
o si los cuerpos vendrían vomitados
en su propia sangre
supo ya.

Y en sus espadas
          pezones fracturados
             tendones opacados de su lepra
como insulsa  llama roída
flama blancuzca en su punto más álgido.
Provocación unísona hacia el vahído
a amontonar sus huesos
entre mi vientre
terco emblema
de rocas y de fuego.

Voluntad estéril
ésta
que baja desde los pueblos blancos
despertando la danza nocturna
cuita obstinación
o sagacidad innata
hasta entrar aquí
donde el hombre ha sido uno
en su fragilidad existente.

Y verme
hermana del guardabarranco
y del venado
vestida de intangible
como espectro eterno en sus cabezas:
sospecha de libertad
opacada por el miedo.
Disposición de unos ojos moribundos
al que todo lo cura,
al que cura sin medicina:
como peripatéticas fusiones doctrinarias
que han sepultado mi nombre.
 

AEDES

Váyase a saber de su insolencia
quejumbroso díptero de larvas.

Cualquier exclamación es nula:
retuerce su aguja delgada
y zapa las pieles dormidas
cuando los gritos se oyen
                    desde atrás
          –allí–
en la doliente realidad del sueño.

Y es el imán
  –sangre de zumos innombrables–
breve sustento
para el vampiro aminorado.

Me niego a la calma
–Yo,
arácnido imperfecto–
hasta juntar mis manos
sobre su carne.
 

NOTA FINAL

Junto al escrótico abismo. Así nos vimos,
como exactitud humeante
que tambalea su existencia ante la nada.

Mientras abajo
el pulpo ansiado de carne
carcomía huesos,
nosotros,
zambullidos en el aqueje,
saboreamos
la ininterrumpida gana de vacío:
aquélla,
la kunderiana atracción vertiginosa
o magnetismo hondo

–agua que no se negara nunca
    a la pupila palpitante
    del conciente animal etéreo–.

No hubo más que decir,
sólo el pez agazapado en la garganta
que intenta escape
y no resiste;
agotamiento ineludible
al que veloces llegamos
como si desde allí,
desde el inicio,
supimos el momento
y lo ansiamos.
 

Ana Gabriela Padilla

Ana Gabriela Padilla

 

Ana Gabriela Padilla (San Salvador, 1984). Ha sido miembro del equipo organizador del Encuentro Permanente de Poetas de El Salvador. Es autora de un poemario inédito titulado Noctívagos. Colabora con revistas literarias centroamericanas y, además de poesía, escribe cuentos, artículos y reseñas literarias. Actualmente reside en Nicaragua, donde se encuentra realizando estudios de Lengua y Literatura Hispánica. Con la selección “Aedes y otros poemas”, obtuvo el segundo lugar en el Certamen Interuniversitario “Carlos Martínez Rivas”.

 

 

 

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Información

Esta entrada fue publicada el 10/02/2013 por en Poesía.
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