Revista Conexos

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Alzheimer

ELVIRA DE LAS CASAS

  ALZHEIMER

El viejo se sentó ante la máquina de escribir y comenzó a teclear acompasadamente. Poco a poco sus dedos fueron adquiriendo rapidez al recorrer las letras en el teclado, y pronto el rítmico tap tap de la máquina inundó la casa, rompiendo el silencio habitual a esa hora, las seis de la mañana.
El hijo se levantó un poco más tarde, y lo encontró, como cada día, con los brazos colgando a los lados del cuerpo y la vista perdida en algún punto únicamente percibido por él, en la inmensidad de la pared desnuda del comedor.
Se sirvió una taza de café y contempló a su padre. No tenía que acercarse a la mesa donde estaba para saber lo que había escrito. Era una historia que había comenzado a redactar al día siguiente de haber enterrado a su esposa, dos años antes.
Al principio pensó que le haría bien poner sus pensamientos en el papel para sobrellevar la ausencia de la mujer que había sido su esposa durante más de la mitad de su vida, pero cuando se decidió a leer los papeles que se amontonaban a un lado de la máquina de escribir, comenzó a preocuparse.
La historia comenzaba el día que su madre y su padre se conocieron, en el parque de Cienfuegos, un domingo de mayo que destilaba perfume de mariposas. Fue un amor a primera vista que se consolidó con el matrimonio, tras dos años de noviazgo y después de vencer la oposición de la familia de ella, porque él apenas era el dependiente de una farmacia de medio pelo y todos albergaban la esperanza de casar a la muchacha con un pretendiente que tuviera un futuro más prometedor.
El día de la ceremonia religiosa, el viejo, que por entonces era un jovencito a quien aún no le crecía una barba cerrada, sino apenas una pelusilla en el bigote, esperó orgulloso ante el altar a quien sería su compañera hasta que la muerte se la arrebató, 50 años más tarde.
En su escrito, redactado sin frases rebuscadas y con muy pocos signos de puntuación, el viejo contaba lo felices que habían sido en los primeros años de casados, hasta que decidieron dejarlo todo y comenzar una nueva vida en los Estados Unidos. Para entonces ya se habían convertido en padres.
El hijo revisó cada uno de los papeles, hasta comprobar que en todos se repetía la misma historia, contada casi con las mismas palabras, hasta que se interrumpía con la llegada de la joven pareja a Miami, en 1960. Y comprendió que era en ese instante, cuando estaba a punto de contar los detalles de su nueva vida en el extranjero, cuando el viejo dejaba caer los brazos y se quedaba mirando al vacío, como si de pronto hubiera perdido el interés por lo que hasta entonces había estado escribiendo.
“Es el comienzo del Alzheimer”, le dijo el médico cuando llevó al viejo a su consulta.
También le recomendó que tuviera paciencia, porque aún faltaba lo peor.
“Puede pasar mucho tiempo así, mientras la enfermedad va evolucionando, pero al final ya no recordará nada, ni siquiera podrá identificar tu rostro o pronunciar tu nombre, como si su mente hubiera dado un salto al vacío”.
Desde entonces el viejo no había dejado pasar ni un solo día sin escribir. Cada día escribía la misma parte de su historia, antes de perder la poca lucidez mental que conservaba y que no volvía a recuperar hasta 24 horas más tarde.
Esta mañana, cuando el hijo salió del baño, le sorprendió no escuchar el sonido de la máquina de escribir, y al mirar hacia la mesa del comedor comprendió cuál era la causa: la cabeza del viejo reposaba sobre el rodillo de la máquina, que aún tenía puesto el papel en el que había estado trabajando. Solo después de los engorrosos trámites funerales y de la cremación, tuvo tiempo de leer lo último que su padre había escrito.
“Abordé el avión con el niño en brazos, delante iba ella, que no paraba de llorar. Cuando nos sentamos en los asientos que nos asignaron, el niño ya iba dormido; entonces me incliné para secarle las lágrimas a mi mujer y ella me dijo al oído: ‘Tendremos que volver a empezar, nos vamos con las manos vacías’. Yo traté de consolarla: ‘No todo está perdido, nos llevamos los recuerdos’”.

 

Elvira de las Casas (Foto: Diego Rodriguez-Arche)

Elvira de las Casas (Foto: Diego Rodriguez-Arche)

Elvira de las Casas nació en Cienfuegos, Cuba, en 1955. En 1981 se graduó de Licenciatura en Lengua y Literatura Alemanas en la Universidad de La Habana, y trabajó como traductora y periodista radial hasta 1991, cuando llegó a los Estados Unidos. Desde entonces ha trabajado como editora en varias revistas de entretenimiento. Ha publicado la novela Doce mensajes a Hércules (Editorial Silueta, 2012).

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6 comentarios el “Alzheimer

  1. Marciam
    11/05/2013

    Muy conmovedor.Excelente….

  2. Eduardo Mesa
    12/05/2013

    Elvira me ha gustado mucho tu relato. gracias por este regalo.

    • Elvira De Las Casas
      12/05/2013

      Eduardo, gracias a ti por leerme y por tus generosas palabras. Un abrazo

  3. alfredo rodriguez
    13/05/2013

    flaca ese aleman tuyo me sacudio sigue escribiendo para difrutarte

  4. Roberto Ruiz
    14/05/2013

    pude leeer tu interesante historia. lo que me ha impactado es la vitalidad del discurso narrativo que nos da la impresión de que es una historia muy real y muy cercana. te felicito.

  5. Z & M
    29/05/2013

    Los recuerdos quedan aun cuando falta la memoria. Limpio y conmovedor! gracias!

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 11/05/2013 por en Narrativa.
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