Revista Conexos

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Elvira de las Casas y la prolongación de un imaginario insular

MARÍA CRISTINA FERNÁNDEZ

 

A Elvira de las Casas la vi por primera vez la noche en que Elena Tamargo presentara en Zu Gallery la segunda edición de su poemario “El caballo de la palabra”. Estaba ahí en calidad de ilustradora del libro, un proyecto que reafirmaba lo que fue una intensa y larga amistad. Las ilustraciones aluden a un mundo donde lo vegetal señorea sobre los perfiles antropomórficos que se adivinan en la oblicuidad de los ojos, las cabelleras que son frondas, los brazos retoñados bajo las formas primigenias que cuelgan en racimos a modo de cuerpos. Los originales formaron parte de una exhibición llamada “La mujer del güije”, desplegados en el propio espacio de la Pequeña Habana. A simple vista no es fácil relacionar a nivel semántico “La mujer del güije” con “El caballo de la palabra”. Hay algo demasiado recio, definitivo, en la segunda enunciación, mientras que en la primera una sensación lúdica y montaraz se nos encima. ¿Era este proyecto sólo un guiño a la amistad que reunía a estas dos mujeres de aparente distanciamiento en temperamento y sensibilidad? Digo aparente pues había mucho de lúdico y criollo también en Tamargo, la filóloga y germanista, y mucha suficiencia y seriedad en esa constante entrega al dibujo que desde hace tantos años acompaña a de las Casas. Elena, nacida en el pueblo costero de Cabañas, hablaba de su sangre campesina como quien menciona un abolengo ancestral. La obra plástica de la creadora de “La mujer del güije” se inserta en una raigambre cubanísima que entronca con los llamados dibujantes de las Villas, que tuvieron en Samuel Feijoó su mejor promotor y un trasgresor cultural por antonomasia.
La cultura popular o folclórica, comúnmente separada por paradigmas y convenciones de la llamada alta cultura, tuvo creadores de lujo como Feijoó, o su discípula en el dibujo, la poeta Cleva Solís, que tanta admiración despertara en el propio Lezama Lima: “Para Cleva Solís, un güije y un elfo salen del agua y le regalan una cestilla con agua mágica…” Cienfuegüera como Cleva, de las Casas comenzó a dibujar desde muy jovencita, estimulada por las historias que su madre le narraba cada día a su regreso de la escuela donde trabajaba. “Todas eran historias aterradoras, de hombres sin cabeza, güijes, madreaguas y otras criaturas de la imaginación campesina de aquella época”, cuenta la propia Elvira. La muchacha, receptiva, aunque no viviera en un medio típicamente campesino, se permeó de este sustrato poético. “El mito lo canta el chamán, el poeta, el profeta, el sabio, pero asimismo lo transmite la madre y el maestro”, apuntó el investigador Oscar E. Muñiz. La inoculación de un acervo cultural estaba garantizado; la forma de extravertirlo luego en creaciones propias le vino a Elvira por instinto y observación, pues no tuvo formación académica en este campo. Fueron sus maestros la repetición constante y la perseverancia, como el monje que se esmera en la caligrafía porque sólo el afán del trazo lo librará de sí para entrar en la vacuidad.
La obra plástica de Elvira de las Casas está relacionada con el legado de Feijoó y de Mateo Torriente, fundadores de la llamada Academia del Bejuco en la ciudad de Cienfuegos. Según la leyenda, de bejucos se visten los güijes cuando no andan desnudos, y son ellos el ornamento figurativo central de esta escuela de dibujo. Busquemos en las propias palabras de “el zarapico”, como era llamado Feijoó: “que cada línea viene de Natura, de sus formas graciosas, alegres, matojos, bejuqueras, flores, hojas, gajos, pájaros, bosques, mariposas, caracoles, gusanos…” Este entrelazamiento de las formas que se da en la maleza está en la obra de Elvira de una manera abundante, y aunque en algunas de sus obras más recientes asoma el color rellenando el propio tramado de sus dibujos o en forma de aguadas sobre los fondos, el color no llega a tener el protagonismo que tiene la línea, principal atributo de la escuela de los bejuqueros nuestros.
De las Casas es una continuadora fuera de la Isla de esta tradición en la que a la preeminencia de la línea, al barroquismo formal, a la temática recurrente de mitos y leyendas de los campos cubanos, se suma el uso extendido de la tinta y el papel o la cartulina como soporte. Sus figuras son definidas con graciosas líneas curvilíneas que van ganando en progresión sobre el fondo blanco y con ellas va entrelazando formas, desgajando unas de otras y luego rellenando minuciosamente hasta conseguir un verdadero tejido o enjambre que definen esas criaturas o deidades que celebran las formas orgánicas. Elvira de las Casas es una artista que no ha sucumbido a la tentación de la tela, algo bastante insólito para un creador visual. La pintora Zaida del Río, que también tuvo sus raíces en esta escuela feijosiana, confesó que comenzó a pintar en telas por la exigencia del mercado, lo que la alejó de esos dibujos a plumilla de su primera etapa. Elvira ha perseverado en la tinta a través de una pluma regular de dibujante, y usando como aliados el papel o la cartulina ha sabido prescindir de las enseñanzas ortodoxas y hacer una obra que la identifica. Ha sido pródiga en explorar ese lenguaje formal que alterna y coquetea con la naturaleza. No necesita vivir en un contexto rural para inspirarse si a la entrada de su casa una copiosa buganvilia la seduce con su exuberancia. Nada descarta la artífice: las imágenes se desbordan al desplegarse y se bordan en apretada urdimbre en busca de una identidad. Así logra en ellas un equilibrio en la exploración de esas imágenes; cada una es un viaje sin boceto previo, sólo es familiar la repetición del ornamento, hecha con paciencia casi devocional.
El imaginario de un artista no se quiebra fácilmente con la separación física del lugar de origen; el sentido de pertenencia está en esa potencialidad de reproducir y acrecentar el bagaje cultural, en perpetuarlo bajo otra luz, otros espacios. Eso ha hecho Elvira de las Casas y continúa haciendo, porque como respondiera al escritor Armando de Armas en una entrevista que le hiciera hace algún tiempo, hablando de esas criaturas míticas que ella tan bien ha representado: “Me gustaría pensar que aún quedan algunos por allá, en las lomas del Escambray, aunque no me sorprendería encontrarme por acá con alguno. Si tantos cubanos estamos de este lado del charco, ¿quién puede asegurar que no haya güijes exilados?” Lo autóctono forma parte de su ser; su sentido de pertenencia está en sus trazos. No podremos entonces escandalizarnos ante su presunción de que haya güijes en el corazón de Miami, como tampoco hay escándalo en aquella definición del propio Feijoó cuando dijo irreverente que el folclor era un campesino meando en un caracol. Con lo que tal vez aludía a un acto natural, no exento de belleza, y a la misma vez irrepetible. Elvira de las Casas, como artista visual, ha sabido sin duda aprender lecciones y prolongar ese imaginario criollo más allá de los límites de su origen. Porque la tierra no es más sagrada que la imaginación.

 

María Cristina Fernández (Foto: Ernesto G.)

María Cristina Fernández
(Foto: Ernesto G.)


 

María Cristina Fernández. Narradora. Tiene publicados los libros de cuentos “Procesión lejos de Bretaña” y “El maestro en el cuerpo”, además de otros dos libros para niños. Cuentos y textos suyos han aparecido en revistas y antologías de Cuba, EE.UU., México y España. Desde el año 2006 vive en Miami.

 
Dibujos de Elvira de las Casas

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Para más detalles visite esta página:
http://www.artslant.com/global/artists/show/61908-elvira-de-las-casas

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5 comentarios el “Elvira de las Casas y la prolongación de un imaginario insular

  1. teresa m.
    30/03/2014

    bello homenaje escrito y muy bien merecido.

  2. Elvira de las Casas
    30/03/2014

    Es tan hermoso lo que ha escrito María Cristina que me he quedado dudando si merezco algo así. No tengo cómo agradecerte, Cristi, tu absoluta seriedad y sorprendente vuelo poético al abordar no solo mis dibujos, sino la obra de aquellos artistas espontáneos que tanto abundaron en mi bella tierra cienfueguera de los que aún sigo aprendiendo. Y por supuesto, mi agradecimiento también a los amigos de Conexos.

  3. Ivan Canas
    30/03/2014

    Muy profesional, agil e incluso amena nota de esta Sra que no creo tener el gusto de conocer…..Elvira sale impecable -como se merece- por su talento no solo en escribir, tambien por su habilidad como pintora….y se cita con el mayor respeto a la Tamargo, bella persona que tuve la desdicha de ver partir, asi como a Feijoo, personaje de la cultura Cubana que conoci a traves del inacabable archivo de deliciosas anecdotas que archivaba de el nuestro siempre amigo Sergio Vitier.
    Gracias entonces a Conexos por regalarnos este tipo de articulos que sanan las almas y estimulan el deseo de vivir…….Ivan Canas

  4. Maria Cristina Fernández
    30/03/2014

    Elvira, ese vuelo poético está ahí, en tus dibujos; yo sólo percibo y celebro. Lo mismo que le ocurre a Iván con las palabras, a mí me pasa con las imágenes que uds nos entregan de manera tan auténtica. Gracias a todo lo que confabula entonces para dejar que la interacción se de.

  5. Manuel Arce Pardo
    03/04/2014

    Elvira, espero poder leer tu libro muy pronto, aunque te conzco hace tantos años y no tengo dudas sobre de tu talento, estoy muy seguro que tu obra está llena de toda la poesía y amor que llevas por dentro y que también salen a refrescar los ojos en los bellos dibujos, que ya yo conozco desde la época de la Universidad.

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Esta entrada fue publicada el 30/03/2014 por en Crítica.
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