Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Fragmento de la novela “La travesía secreta”

Las palabras siguientes son de Josefa Consuegra (Finita), la hermana de Carlos Victoria que le sobrevive en Cuba, a quien tanto amó y probablemente quien más lo conoció en vida. Pertenecen al libro Chakras, de Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco y publicado por la editorial Verbum (Madrid, 2014). Se refieren al lado humano de uno de los narradores cubanos contemporáneos más importantes. El 12 de octubre de este año se conmemoraron siete años de su muerte; la revista Conexos ha querido hacerle un pequeño homenaje con la publicación de un fragmento de su novela La travesía secreta y un boceto inédito escrito en 1978.

“Nunca se lamentó conmigo de nada de lo que le ocurrió en Cuba. Ni siquiera de su detención, cuando le confiscaron sus escritos. Me lo contó como refiriéndose a algo muy anterior de su vida, un compactado, un resumen. Sobre su expulsión de la Escuela de Letras, solo recuerdo que me dijo: “Me pusieron el cartel de la persona contrarrevolucionaria”, “Diversionismo ideológico”, era el título en aquel momento. Y se fue con su maleta para Camagüey, como el protagonista de La travesía secreta. No sé si eran hechos que le dolían mucho y quería enterrar. Jamás ahondó”.

“Nunca me recomendó leer libros. Incluso, me enviaba los suyos y ni hablaba de ellos. No era de esas personas que llamo “festivas”, que al lograr un éxito o ganar un premio son fuegos artificiales andantes. Para nada, Carlos Manuel era muy discreto. Le comenté sobre La travesía secreta, un libro que me gusta tanto tanto tanto (de hecho mi ejemplar está todo marcado, lleno de frases señaladas) y él: “Ah, qué bueno”. No le gustaba que lo ensalzaran.

“El título Puente en la oscuridad es de alguna manera la imagen metafórica que refleja a mi hermano: Carlos Manuel hacía puentes. Podía sentir mucho odio, mucho rencor, pero al tiempo lo superaba. Fíjense si lo superaba, que al tipo que más mierda le hizo en su vida, su propio padre, Carlos Manuel lo buscó para reconciliarse con él”.

CARLOS VICTORIA

I

El timbre de la salida al recreo sonó al mismo tiempo que las campanas de la iglesia. Los dos anuncios dialogaron brevemente cortando el aire de la mañana. Uno, agudo y chirriante, provocó el vocerío en las aulas, mientras el otro, armónico y pausado, repicó en vano sobre el silencio de la plazoleta. Uno llamaba al placer y al desorden; otro intentaba recordar ¿qué cosa? ¿Eternidad, sacrificio, renunciamiento? ¿Paz de espíritu? ¿O el simple hábito de la hipocresía? Marcos Manuel no tuvo tiempo para reflexionar sobre esas sutilezas. En el patio de la escuela los jóvenes belicosos de tercer año lo esperaban para cortarle el pelo a la fuerza, como habían hecho ya con casi todos los novatos de primero, y en la mano de uno de ellos la tijera sobresalía como un arma.
  Corrió por el pasillo principal, salió a la claridad amenazante, y al atravesar la plaza pensó: Esta es la línea divisoria. Así funcionaba su mente. En vez de apresurar más el paso, se entretenía en categorías, en frases pensadas, en ordenamientos absurdos, y aún cuando los mechones caían al suelo, frágiles remolinos, entre risas y gritos, él se decía: un día cruzaré esa línea. Pero si alguien lo hubiera apremiado para que precisara a qué línea se refería, se hubiera encogido de hombros con desdén para disimular su ignorancia.
  Embarrado de sudor y polvo, rompió los cuadernos y libros en pedazos; los papeles rodaron libremente por el agua ofuscada de la alcantarilla. Ahora verán, se dijo. Pero ¿quiénes verán? Caminaba por la odiosa avenida, un guerrero tembloroso y endeble que con gestos y mascullaciones daba rienda suelta a su cólera. Sin embargo, al llegar a la casa de José Luis, jadeante, ya había olvidado los planes de venganza. Junto a la ventana la anciana inválida jugaba a las cartas con Regina. Sujetaba las barajas con sus dedos llenos de anillos. Se abanicaba con ellas. Se removía impaciente en el balance. Se inclinaba sobre la mesa con voracidad, con lujuria. Reía como una niña.
  Tengo que aprender de ella, pensó Marcos. Tengo que aprender de los que no pueden levantarse de una silla, pero se ríen al jugar a las cartas. Estas eran las cosas que se le ocurrían.
  Pero no sólo éstas. Tengo que hacerme novio de Teresa, pensó también. Dejar la escuela. Aprender a fajarme. Decirle a Eloy que no pienso ir más por su casa. Exigirle a mi tío que no me siga tratando como a un niño. (Pero era mentira: su tío nunca le había prestado atención). No entrar más a la iglesia —Dios no existe. Terminar de leer a Dostoievsky. Aprender a jugar a las barajas, para sentarme con la tía inválida de José Luis todas las tardes. Ir cuanto antes a casa de Teresa, para escuchar el disco nuevo de los Beatles. Y sobre todo, terminó diciéndose, tengo que irme a estudiar a La Habana. Sí, eso es; tengo que conseguir la beca. Irme de Camagüey. Cruzar la línea divisoria.
  Pero no había tal línea. La había, y no la había: era difícil de explicar. El mundo estaba dividido, la gente estaba separada, pero así y todo se mezclaban, chocaban, se reunían, se pertenecían, hasta que uno cruzaba la línea. Allí se estaba a salvo. La vida estaba a favor de los que huían.
  Pero Marcos no huía. Fingía correr, fugarse, cambiar de sentimientos, y terminaba de bruces en la plaza con mechones de cabello picados. Terminaba escribiéndole versos de amor a Teresa. Estudiando en la cocina con Eloy. Sembrando yuca en la quinta de Don Justo. Silencioso delante de su tío. Terminaba, en fin, del lado de los que quieren, se someten, piden y necesitan; de los que tratan de agarrar una mano y de inmediato simulan que esquivan la mano, para luego imaginar que la tienen segura entre las suyas para siempre.
  Porque para Marcos todo tenía que ser para siempre. Todo, menos ahora detenerse en la acera al ver a Eulogio el actor acercarse con su abrigo de cuadros. Marcos entró con rapidez en la casa de José Luis para no saludarlo, y desde la ventana lo vio alejarse, esta vez con paso extraño, como si estuviera cojeando. A lo mejor ensayaba un nuevo papel. Con los actores nunca se sabe.
  Josefa la inválida ganó la partida de cartas, en medio de un tropel de exclamaciones, y Regina a regañadientes le entregó una peseta. Una peseta de ennegrecida plata. Ninguna de las dos quiso hablarle. No le preguntaron por qué traía el pelo de esa forma, ni por qué tenía la camisa rota. El día anterior Marcos había pasado con Eloy frente a la ventana, y Eloy, de fanfarrón, había dicho en voz alta una mala palabra. Quizás ellas creían que Marcos era de ésos que no respetan el sufrimiento ni la tranquilidad. Sin embargo, él deseaba decirles que también sufría, y que en el fondo era tranquilo, demasiado tranquilo; que no se parecía en lo absoluto a Eloy, y que todo había sido una casualidad, un producto de la circunstancia. Pero cuando uno dice producto de la circunstancia, pensó, los que escuchan casi siempre vuelven la espalda. Y hacen bien.
  —Yo sé que ustedes están molestas conmigo, pero están equivocadas. Yo no tuve la culpa —comenzó a decir Marcos.
  —Nadie está molesto con nadie —interrumpió Josefa, y cortó con frialdad las barajas, que se apilaron con un chasquido seco.
  En ese instante José Luis lo llamó desde el cuarto, y Marcos se despidió de las mujeres con un movimiento parecido al de una reverencia. Con ellas puedes ser servil, se dijo. Nunca te lo van a echar en cara.
  En la oscura habitación, las cortinas cubrían el ventanal como telones, mientras en la cama el enfermo de gripe se tapaba hasta el cuello con la sábana, tosiendo discretamente con un aire estudiado de desgano. En el espejo del armario su perfil reposaba como en una moneda: la nariz puntiaguda, los labios finos, la frente combada. Su mano, muy pálida en la sombra, se extendió para tocar la de su amigo, como el que se digna a ofrecer una limosna. Pero Marcos, indiferente, permaneció inmóvil, observando la imagen del Cristo relegada a una esquina. El olor a humedad
y medicina le recordó otro sitio que prefería olvidar, y de inmediato se arrepintió de visitar a su compañero de aula. Compartió con un cesto de ropa la única silla y se dispuso a hacer el recuento de su más reciente calamidad.
  —Los cretinos de tercer año me pelaron —dijo avergonzado.
  —Eso te pasa por cobarde —se rió José Luis—. Ni a Eloy ni a mí nos hubieran tocado.
  Este va a ser el tono de la conversación, pensó Marcos. El tono de la jactancia. Le molestaba darse cuenta que José Luis gozaba con verlo humillado. Siempre se sentía frente a su amigo como si en medio de los dos se levantara un tablero de juego; como si el propósito de reunirse con él fuera ganar una feroz partida, una apuesta malsana. Sin embargo, no dejaba de verlo, ni de desear su compañía. Quizás lo mismo le ocurría a todo el mundo. Quizás al mirarse a los ojos la gente sólo piensa: yo soy más fuerte que tú. O yo luzco mejor que tú. O yo puedo hacer lo que tú no haces. O yo tengo lo que tú no tienes. Pero la gente se sigue buscando, pensó Marcos, y fijó sus ojos en las puntas de las sábanas que tocaban el piso, y en la vasija con agua debajo de la cama, colocada estratégicamente por la madre o la abuela para ahuyentar a los malos espíritus.
  Un gato empujó la puerta en ese instante y trepó elástico sobre la mesa de noche, con aire de absoluto señorío. Luego saltó sobre la cama y caminó sobre el cuerpo de José Luis, deteniéndose para olfatearle el pecho.
  —Acabo de ver a Eulogio —dijo Marcos.
  —Papá me dijo que no quería verlo más en esta casa. Dice que todos los actores son unos pervertidos.
  —A lo mejor es verdad.
  —Tú fuiste el que quisiste conocerlo.
  —Pero el primero que habló con él fuiste tú.
  —Lo hice por ti —la tos de José Luis se acrecentaba entre cada frase pronunciada con sorna—. Yo nunca voy a ser actor, ni escritor, ni me interesan esas obras extrañas que ponen en ese teatro de mala muerte, donde lo único que saben es gritar. Hablé con él para complacerte, porque a ti te da vergüenza todo. El avergonzadito. Pero bien que te desvives por toda esa porquería del teatro, de la poesía, de la literatura.
  —No tengo ganas de discutir ahora.
  —Se ve. Pareces un aura apaleada.
  Marcos evitó mirarse en la luna del armario, donde se reflejaban acuciosos los ojos fosforescentes del gato.
  —Tengo que ir al barbero, no puedo aparecerme así en la casa. Y no traigo dinero.
  José Luis terminó dándole un peso. Pero en los espejos de la barbería Marcos tampoco se atrevía a mirarse de frente, como si en su rostro estuviera pintada una palabra obscena. Las manos del hombre le frotaban el pelo con la violencia del que quiere arrancarlo. ¡Cuántos olores se mezclaban de un golpe! Colonia, vaselina, humo de tabaco, talco. Y en la boca del barbero flotaba un turbio aliento de cebollas, mientras el hombre parloteaba sin pausas con un viejo con sombrero de pajilla y traje de dril blanco, un espectro de una época pasada, de un tiempo que ahora en Cuba se consideraba maldito. Sólo que las arrugas deformaban el vetusto sombrero, y manchas y remiendos deshonraban el traje.
  —Estos muchachos de hoy en día son unos malagradecidos —decía el barbero—. Tienen escuela y libros gratis, pero lo único que saben es joder. Este es el futuro de la Revolución, para ellos es que estamos echando los bofes. Y mira cómo pagan, jodiendo. Dentro de veinte años vamos a estar en las mismas. O peor.
  —O peor —repitió el viejo, mientras la ceniza de su tabaco pasaba de un gris perla a un blanco azulado.
  Las hojas de revistas cubrían el piso; a su vez, despojos de cabellos tapaban parte de las fotos. Allí estaban la nariz de Libertad Lamarque, el mentón de un comandante desaparecido, las ancas poderosas de un león en su jaula. En blanco y negro, sobre las losetas de amarillo chillón. Una mujer entraba a medio vestir en una bañadera. La foto estaba en la sección de Dentro del Suceso: o sea, que ése era quizás su último baño. Pero ella se soltaba las trenzas con la arrogancia de un ser inmortal. En ese momento la navaja resbaló por el cuello de Marcos, saliendo de la espuma con un color rosado. Morir así no tenía gracia alguna: la meta era morir como un héroe, en una cruenta batalla. O como algunos santos, entre oraciones y frases de perdón. Morir por algo que uno amara. Pero él amaba demasiadas cosas a la vez, pensó, y al final la muerte era una sola.
  El barbero le pasó un paño empapado de alcohol por la cortada; después le colocó el espejo frente al rostro. Cejas tupidas, nariz sobresaliente, ojos tímidos o tal vez asustados. Además ojeroso: se masturbaba dos o tres veces cada noche, ensimismado con las fotografías del libro pornográfico. La mujer acercaba la boca a los muslos del hombre. El hombre acercaba la boca a los muslos de la mujer. Ambos cubiertos por un antifaz. Era a la larga la misma rutina: boca y muslos, muslos y boca. Y él poniéndose flaco y ojeroso, perdiendo peso por vivir con furor la burda fantasía, porque detrás de las fotos gastadas no había piel, ni músculos, ni sangre: sólo el aire caliente que se estancaba bajo el mosquitero.
  Al llegar a su casa buscó en vano la llave debajo del ladrillo, refugio de rojizas hormigas. Luego registró, también inútilmente, el segundo escondite: la pajarera junto al limonar, cuyas espinas de puntas amarillas resaltaban entre las tersas hojas. El tronco estaba pintado de blanco: un ardid para detener las plagas, que como todo lo demás en aquel patio y en aquella casa, jamás dio resultado. No corría ni una gota de viento. Esto pasa cuando se tiene una sola llave, se dijo Marcos. Y cuando la madre no está en la casa, sino en el hospital. Había una explicación para todo, menos para lo que uno quería saber de verdad.
  Al fin su tío, maldiciendo en voz baja, forzó la ventana de la cocina; luego al saltar adentro volteó una vasija de manteca rancia. La llave estaba dentro de la vitrina. Marcos, con la cabeza baja, se dispuso a escuchar el discurso que sabía de memoria.
  —Chico, ya ahorita cumples dieciocho años y no tienes responsabilidad ninguna, ni siquiera para acordarte que cuando sales tienes que sacar la llave. Muchos libros estrambóticos, pero más nada. Vives recostado a nosotros porque estamos al lado, como si te fuéramos a durar toda la vida. Eres un abusador. Te lo he dicho mil veces, que Luisa y yo no podemos estar ocupándonos de ti todo el tiempo, ya bastantes dolores de cabeza que tenemos con nuestros hijos. Tú tienes que pensar que tu madre esta enferma y que tú eres lo único que ella tiene. Por favor, ya es hora de que sepas dónde tienes la cabeza.
  Sé dónde está, quiso contestarle. Pero no dijo nada. Su tío, con el cigarro apretado en la boca, parecía siempre a punto de agredir a alguien. Especialmente a Marcos. Aunque después de todo, el tío no tenía la culpa de no querer a aquel sobrino raro y nervioso. La gente no elige querer, pensó Marcos: hay algo casual en el cariño.
  Al quedarse solo, decidió terminar el poema que había comenzado la tarde anterior. El primer verso se le había ocurrido en el ómnibus atestado: La flor y la calle son una misma cosa.
  Pero eso era mentira, pensó ahora. La flor y la calle no son una misma cosa. Claro que la poesía no era asunto de lógica; es más, la lógica y el razonamiento atentaban contra la belleza, y la poesía venía al rescate de esa víctima frágil. Pero Marcos quería ser fiel a la verdad. Toda su niñez y sus primeros años de adolescencia se habían disuelto en un limbo de fantasía y engaño, trastornados por la simulación. Y a su alrededor todos se alimentaban de falsificaciones. Él quería derribar esa cárcel de embustes.
  Sin embargo, tampoco se animaba a sentarse a escribir: mi madre está ingresada en un hospital de locos, no conozco a mi padre, no sé pelear con los puños, me avergüenza la familia que tengo, me miro al espejo y no me gusto, sospecho que la Revolución es otra gran mentira, sexualmente soy un indeciso, cada día me vuelvo más ateo. Esas cosas no podían jamás interesarle a nadie, porque en esencia negaban la belleza. Y él, por supuesto, aspiraba también a la belleza. Por eso en el ardor del mediodía, con el cuerpo pegado a otros ásperos cuerpos, pasajero agobiado de un ómnibus enclenque, se le ocurría la frase: La flor y la calle son una misma cosa. Con eso le prestaba un servicio a la estética, en el dudoso caso de que el verso tuviera valor, se decía, pero a la vez contribuía a continuar la farsa, a alargar la fila interminable de espejismos. ¿Por cuál de las dos alternativas se decidiría entonces? Podía igualar la flor y la calle y ser un mentiroso, cortejando la magia de la imaginación; o ser sincero y admitir que siempre serían distintas, negando la eficacia de la poesía. Al final terminaba escribiendo los versos con rapidez; más tarde los guardaba en lo más hondo de la crujiente y repleta gaveta, como si fueran parte de una conspiración.
  Sólo la música se salvaba de la mentira; ahora trataba de sintonizar la emisora americana en la radio. Las guitarras hablaban de verdades. La batería afirmaba lo que ya se sabía. Las voces cantaban a dúo: When I woke up this morning you were on my mind. Marcos había logrado descifrar la frase. Cuando desperté esta mañana tú estabas en mi pensamiento. ¡Qué extrañas sonaban esas palabras en inglés! Sin embargo, a pesar de su singular sonoridad, expresaban a la perfección lo que él sentía. Porque era cierto: Esta mañana estabas en mi pensamiento… Pero, ¿quién estaba? Había pensado en Teresa, pero también en Eloy. Teresa tenía los cabellos lacios y la piel blanca. Eloy, trigueño, llevaba el pelo crespo cortado casi al rape. Teresa le había dicho que por ahora no, pero le había permitido acariciarla en el fondo del aula, debajo del retrato del apóstol Martí. Y Eloy lo manoseaba por debajo de la mesa cuando estudiaban en la estrecha cocina de su casa. Los insectos revoloteaban alrededor de la luz con un loco zumbido, y a Marcos comenzaban a sudarle las manos. Siempre decía: «No sigas,» pero al fin se dejaba. Y las caricias a Teresa hubieran podido convertirse en mucho más si él hubiera insistido, pero las manos le sudaron igual; las sombras sofocantes en el aula vacía lo habían amedrentado. Marcos siempre quería, y a la vez no quería. Y más tarde terminaba queriéndolo todo, cuando ninguno de los dos se encontraba a su alcance.
  Como ahora, sentado junto a la radio y escribiendo: La melodía penetra más fuerte que una aguja. ¿Era un verso o el comienzo de un cuento? Si Teresa hubiera estado sentada sobre las piernas de él, como ocurrió una vez, él no tendría que perder el tiempo de esta forma. O si Eloy estuviera tocándolo con los ojos fijos en el mantel, respirando como si padeciera de asma. No, mejor trataría ahora de memorizar en español la canción de los Beatles: Cierra los ojos y te besaré, mañana te extrañaré. Esas palabras lo resumían todo. Uno besaba para luego extrañar el beso y pensar en la cara que uno había besado. El beso duraba sólo un momento, y las manos sudaban de tal modo y la cabeza daba tantas vueltas que apenas se podía distinguir el sabor. Pero después se recordaba a lo largo de la entrañable noche, en la que se sufría pero se era feliz. Era difícil diferenciar entre una cosa y otra.
  Esa tarde Marcos dejó la radio a toda voz y se acostó en el piso de la sala. Se había negado a seguir escribiendo. Las caras rondaban muy cerca de la suya; las manos se movían junto a su cuerpo. No soportaba estar solo en su casa. No es que echara de menos a su abuelo, ni tampoco a su madre: se había acostumbrado a la idea de que su abuelo ya no estaba en el mundo, y de que su madre por ahora no podía abandonar el hospital. Pero el sitio lleno de música parecía decirle: es tu oportunidad, puedes hacer lo que nunca has hecho. Busca a uno de los dos. Pero sólo aparecían las mismas caras inconclusas —faltaban las cejas, las gotas de sudor en la frente, las líneas que cruzaban las barbillas— hasta que al fin se quedó dormido.
  Una hora después el vozarrón maniático de un locutor anunciando a Elvis Presley lo despertó de un golpe. Empapado en sudor recordó que en el sueño los guapetones de tercer año lo habían vuelto a pelar, esta vez con cuchillos. Pensó que se le había hecho tarde otra vez para la obligatoria visita al hospital. Mientras se preparaba a toda prisa, en la radio Elvis Presley cantaba con su cálido inglés: Los sabios dicen que sólo los tontos se apuran. Tenía razón, se decía Marcos tratando de alisar la camisa estrujada. El siempre andaba de prisa, correteando, queriendo, deseando, mientras su sudor empapaba la ropa. En el hosco papel las tachaduras borraban sólo a medias las palabras confusas. Y el grabado en la pared de la sala decía: Tendrás que renacer. A esto Nicodemo había repuesto: ¿Cómo se puede renacer siendo viejo? El anciano no podía entender el universo secreto del espíritu. Marcos tampoco. Había pensado una vez que entendía, se había arrodillado en el altar del templo protestante al terminar el sermón del pastor, había orado con frenesí por aliviar las dolencias de enfermos (en especial la dolencia mental de la enferma que ahora esperaba paciente su visita,) se había bautizado en un río entre himnos y palmadas, se había convertido en un muchacho lleno del «temor de Dios,» y por último había renegado. Nadie puede renacer, pensó, ni de joven ni de viejo. No comprendo qué se entiende por Dios, he perdido la fe. Nada de lo que veo me recuerda una voluntad divina. Y al conversar a solas en voz alta observaba su rostro de reojo en el maltrecho espejo.
  Ahora volvió a sentarse y escribió: La memoria de tus enseñanzas no se aviene a nuestro árido presente. Se refería, por supuesto, a las lecciones impartidas por Cristo. De la casa de enfrente llegaban las voces de Ramón y su esposa, que se acusaban mutuamente de infidelidad. Marcos quería enterarse de los pormenores. Quería escribir versos contra los Evangelios, pero al mismo tiempo estar al tanto de las debilidades de los pobres vecinos. Las suyas eran muchas. Pero lograba olvidarlas al proseguir: Tu antiguo amor no es un razonamiento. Este verso lo satisfacía. El cristianismo no corría parejo con la razón, pensaba, y su prédica de amor sonaba irreal y falsa. Tocaba sólo la parte sentimental, la que al final llega a inspirar recelo. Marcos había vivido dominado por ella y se había convertido en un inútil.
  Luego añadió dos versos: Tal vez por eso te desmiento, aunque el error deshaga mis palabras. Porque había que dejar abierta la posibilidad de que a lo mejor uno se hubiera equivocado. Era justo. Aunque también cobarde. Quizás en el fondo seguía creyendo en algo, y tenía miedo de blasfemar demasiado. Las dudas regresaban. Bruscamente despedazó el papel, como había hecho con los cuadernos y libros luego de la escena vergonzosa en la plaza.
  El reloj marcaba las cinco; hoy se le había hecho más tarde que nunca. El pantalón se deshilachaba por las rodillas: no sabía zurcir. Los zapatos estaban enfangados: no quería limpiarlos. Los escasos pelos de la barba le daban un aspecto sucio al rostro; debía haberle pedido al barbero que lo afeitara; a él le costaba trabajo hacerlo. Al entrar en la cocina esquivó con cuidado los charcos de manteca. El cubo de agua guardaba apenas una lámina de agua en el fondo, donde unas nubes de polvo flotaban inseguras. Acercó el rostro a la turbia superficie. Parecían manchas, cabellos, cenizas de cigarro. Pero aún más importante, allí estaba Narciso, absorto en una vasija de agua sucia, sin nada que admirar ni de que enamorarse. Las moscas se posaban en el borde oxidado.
  Cebó el pozo con el resto del agua, y tuvo al fin el valor de decirse: no quieres ir. Los hierros sonaban como si fueran a desplomarse; el primer chorro de agua brotó achocolatado. ¿Cuál era la palabra? Ingratitud. Eso era. Marcos el hijo ingrato. Si hubieras tenido hermanos hubieras sido peor, se dijo. Escribir versos audaces, escuchar noche y día la emisora en inglés, leer novelas, estudiar Filosofía, enamorar a Teresa, manosearse con Eloy, admirar en secreto a los actores, discutir con José Luis, todo menos visitar a la madre enferma en el manicomio.
  Sin embargo, la Revolución había abolido el término: Marcos lo agradecía. Ahora le llamaban Hospital Siquiátrico. Sonaba impersonal y elegante. La siquis es algo complejo y profundo, en griego quiere decir alma. Nada que provoque miedo o vergüenza. Para eso se recurre a las lenguas muertas en ciertas ocasiones. En estos casos la cultura exhibía, como rara excepción, un viso práctico.
  Afuera la tabla reposaba sobre la cuneta; los pasos jamás la desgastaban. El pedazo de júcaro unía el jardín con la calle, la hierba con el polvo, la intimidad con la hostilidad, la cercanía con el distanciamiento, la propiedad de Marcos Manuel Velazco con el mundo exterior. La flor y la calle son una misma cosa. ¡Qué idea tan estúpida! Por la zanja corrían, con terca voluntad, hebras de lodo. El abuelo había planeado hacer un minúsculo puente de cemento, pero la muerte decidió que el tablón bastaba. Y era cierto. Además, el nieto no era albañil, ni tenía vocación de constructor. Nunca aprendió a combinar la argamasa, ni a colocar los ladrillos parejos. La lomita de arena para preparar mezcla comenzó a achicarse al lado del portal; los perros se revolcaban en ella hasta cambiar el color de la pelambre. La lluvia la arrastraba hasta la zanja, mientras los sacos de cemento se endurecían como secos cadáveres bajo el alero que protegía los cuartos. Y el tablón de júcaro seguía siendo el remedio para Marcos no verse obligado a saltar.
  Pero saltó esta vez: no había tiempo para hacer el papel de equilibrista. Eran las cinco y media y la visita duraba hasta las siete. El viaje en ómnibus no resultaba largo, pero la espera en la parada podía durar a veces más de una hora.
  Durante el recorrido siempre adivinaba quiénes se dirigían al mismo lugar que él, no sólo porque ya conocía a algunos de vista, sino por una expresión peculiar en el rostro. Era difícil describir la expresión, el aire sutil que los diferenciaba. En esta ocasión, debido a lo avanzado de la hora, sólo logró reconocer a una anciana en el asiento posterior del ómnibus. Era primera vez que Marcos la veía, pero los ojos eran inconfundibles. Miraban y no miraban, y cuando miraban parecían susurrar: aquí me tienen. La gente que regresaba del trabajo nunca miraba así, y mucho menos los que venían ufanos por haber conseguido ropa o comida luego de un día de afán. El viento que entraba por la ventanilla le levantaba el cuello de la blusa a la anciana, que sin embargo no parecía advertir la brisa.
  Posiblemente es el marido, pensaba Marcos. O alguno de los hijos. Los parientes lejanos no cuentan. Ni los amigos, ni los vecinos, ni los compañeros de escuela o de trabajo. Además, allí estaba el paquete, las pocas cosas que dejaban pasar: ropa interior, algún dulce, cajas de cigarros. Envuelto con habilidad pero sin gran esmero, como un regalo ocasional, algo a lo que no se le da mucha importancia, un mero recordatorio de que uno se preocupa por los que piensan que ya nadie se preocupa por ellos, y que han respondido a su vez con una suerte de sorda indiferencia.
  Pero, ¿era en realidad indiferencia? Junto a la cerca los que no habían recibido visita esperaban en vano; o quizás no esperaban. Pedían cigarros, hablaban sin cesar, gesticulaban; exigían la atención del muchacho que cruzaba entre ellos con paso rápido. Sólo que él no traía nada en las manos, sus bolsillos se encontraban vacíos, y había perdido desde hacía muchos meses la costumbre de saludar a los que lo acosaban con una impúdica familiaridad. Se negaba a mirar las ojeras, y las sonrisas que significaban cualquier cosa menos una sonrisa. Se negaba a observar las cabezas peladas casi al rape, y las manos que a veces temblaban. Se negaba a escuchar las frases de súplica, las quejas, las obscenidades, los tarareos en voz baja. ¿De qué servía tanto aspaviento? Detrás de todo se escondía algo simple, pensaba Marcos, una historia trivial, un accidente, una traición, una mentira, un vicio, un fracaso, un deseo no alcanzado. Sus palabras y gestos eran sólo una feroz parodia, una burda representación. Y él, por supuesto, prefería las fantasías más inofensivas de la literatura y el teatro.
  Sin embargo, su madre no era una actriz, pensó después. O al menos no había elegido serlo. Carmen, en un banco casi al final de la larga avenida, parecía absorta en una compleja labor de tejido. El uniforme blanco le quedaba holgado; tenía el pelo cubierto por una redecilla. No había nada llamativo en su atuendo ni en su actitud, y al hablar no solía alzar la voz como la mayoría de los otros enfermos. Claro que también tenía ojeras profundas, pero no sonreía de la misma manera extraviada. Quizás porque no sonreía. Por alguna razón esta tarde se encontraba tranquila, a pesar de la tardanza del hijo. Describió con detalles el punto de tejido que había recordado por puro azar, y Marcos se apresuró a admirar los rombos que iban formando los hilos enredados en dos gruesas agujas. Aunque no estaba seguro de que esos fueran rombos. Además, qué le importaban a él las formas caprichosas en que puede cruzarse el estambre. Rombos, círculos, triángulos: trazando esas figuras se le va a uno la vida. Pero era necesario fingir asombro, alzar el tejido hasta los ojos, admirar la paciencia, la habilidad, mientras a su alrededor el murmullo de voces se enardecía de pronto y luego se aplacaba. Una mujer en el banco de al lado insistía en repetir la palabra tarmide.
  —Llevé a mi tarmide esta mañana hasta donde estaba el tarmide, pero el tarmide no me dejó pasar.
  O sea, pensó Marcos, para ella todo se había reducido al tarmide. Qué afortunada. Porque la igualdad nos ofrece confianza, se dijo: es la diferencia la que sin duda causa el sufrimiento. Sobre todo la diferencia que pone al descubierto nuestras desventajas.
  La tarde caía sobre los pabellones, sobre los uniformes de los ingresados, sobre los rostros de los visitantes. Estos últimos parecían decir con la mirada: aquí me tienen. Pero, ¿y los otros? ¿Acaso no tenían más derecho a expresar: aquí me tienen? Sin embargo, más bien querían decir: no trates de entender. Si te atreves a hacer una pregunta, responderé con otra. O con más precisión: no importa, puedes volver la espalda. O simplemente, un monosílabo: no.
  ¿Dónde Marcos había leído algo similar? Eran unos versos de Cavafy. A todos nos llegaba un momento de decidir, esto es, de decidir la cuestión suprema; algunos aceptaban la propuesta, otros la rechazaban. Todo nuestro futuro dependía de un simple sí o no. Pero el poeta se negaba a aclarar cómo él interpretaba las respuestas. De lo contrario no hubiera sido poeta. Eran unos versos hermosos, pero a Marcos no le servían de nada. El procuraba una revelación, una señal concreta, y sólo hallaba rombos, triángulos o círculos: meras formas carentes de significado.
  Mientras escuchaba a medias a su madre, e intentaba mantener la mirada fija en la redecilla, se dio cuenta que era una suerte haber llegado tarde. Al poco rato repicó la campana que llamaba a comer y que anunciaba a la vez el fin de la visita. El viento de las últimas horas del día arrastraba las hojas sobre el pavimento y rizaba los blancos uniformes. De repente hubo abrazos, besos, exclamaciones, como en la despedida antes de un viaje. Una escena de andén. Sólo que no hay tal viaje, pensó Marcos. A no ser el viaje hacia uno mismo. Se inclinó sobre su madre y con la mano le rozó la mejilla, y luego se alejó apresurado por la avenida que el sol enrojecía. Al llegar a la verja se detuvo un instante, pero no quiso volver la cabeza.
  Un césped incoloro, pensó, un jardín maltratado, una hilera de bancos, una estatua; unas ventanas perpetuamente enrejadas, un olor a humedad, a medicina; las luces que comenzaban a encenderse en los pabellones y que contrastaban con la lívida claridad del cielo. Nada que uno quiera mirar por segunda vez, se dijo; nada que uno quiera recordar más tarde. Además, para qué volver a mirar unos ojos que sólo dicen: no. Allá ellos. Cada cual hace lo que puede. El sacudía sus botas, subía con prisa al ómnibus, se alejaba hacia el pueblo en cuyas calles al menos se intuía una levísima promesa de vida.
  ¿Y la tarde? ¿Y la noche? Ambas se cruzaban, se diluían sobre el magro paisaje; se disputaban las nubes inmóviles que enrojecían detrás de los árboles: naranjales, limonares, mangales, siluetas recortadas contra la estéril planicie del potrero. Desde las casas llegaban el ruido de los platos y de las cucharas, el tonificante aroma de comida, y también las palabras de la canción que en ese instante resonaba en el aire: casi tan gris como es el mar de invierno. Era verdad, el cielo tenía el color de un agua sucia. Pero la canción, la melodía quejosa, se refería al matiz de unos ojos. Las canciones siempre hablaban de lo mismo: ojos, bocas, deseos, reproches. Era como en el libro con las fotos; la rutina interminable de poseer, o dejar de poseer; un mundo sin treguas, ni sosiego.
  Con la oscuridad llegaba un viento cortante —la sombra y la frialdad descendían a la vez. Era noviembre y él ni siquiera había podido conseguir un abrigo, sólo la raída chaqueta que el abuelo había dejado en el ropero al morir. Al bajarse del ómnibus ya era noche cerrada. El tren de las ocho pasaba con sus vagones iluminados al final de la calle, trastornando la quietud con su estrépito ansioso. ¡Cuánta gente viajaba en él cada noche! ¡Cuántos cuerpos se movían, cuántas luces se desplazaban! De inmediato se le ocurrieron unos nuevos versos. Pero no, esta noche no quería encerrarse a escribir: se había propuesto ir a una función teatral.
Por eso al entrar en su casa evitó mirar la mesa cubierta de papeles, y se esforzó en interrumpir sus pensamientos; como el que absorto en la lectura decide de pronto que es hora de volver a enfrentarse a las cosas que lo rodean, y antes de cerrar el libro dobla con cuidado la punta de la página.

La travesía secreta (Ediciones Universal, 1994)

La travesía secreta
(Ediciones Universal, 1994)


 
Carlos Victoria (Foto de Eva M. Vergara)

Carlos Victoria
(Foto de Eva M. Vergara)

Carlos Victoria (Camagüey, Cuba, 1950-EE.UU., 2007). Publicó los libros de relatos Las sombras en la playa (Miami, 1992), El resbaloso y otros cuentos (Miami, 1997), El salón del ciego (Miami, 2004) y las novelas Puente en la oscuridad (Premio Letras de Oro, 1993), La travesía secreta (Miami, 1994) y La ruta del mago (Miami, 1997). La traversée secrete (París, 2001) fue seleccionada como la mejor novela del mes de noviembre del 2001 por el Jurado del Premio al Mejor Libro Extranjero en Francia. A Bridge in Darkness, (Los Ángeles, 2005).

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4 comentarios el “Fragmento de la novela “La travesía secreta”

  1. Juan Carlos Valls
    03/11/2014

    Gran idea la de recordar a Carlos Victoria en este número de Conexos,no he leido la novela y sé que después de este fragmento ,mi intranquilidad no se calmará sino cuando mis ojos enrrojecidos ,consigan el final.

  2. Luis
    03/11/2014

    Es un acierto la publicación de un fragmento de “La travesía secreta”, la novela más emblemática y abarcadora de Carlos Victoria, pues invita a la lectura de la novela. Lo que me parece desafortunado es que se inicie este homenaje con unas palabras de la Josefa Consuegra sobre su medio hermano Carlos Victoria, destacando que Carlos “Nunca se lamentó conmigo de nada de lo que le ocurrió en Cuba. Ni siquiera de su detención, cuando le confiscaron sus escritos”. Carlos se pasó toda su vida lamentando esa etapa trágica de su vida donde perdió todo lo que había escrito hasta entonces. Carlos habló de ello en varias ocasiones y lo escribió, poniendo incluso como condición, que si algún se publicaba algo suyo en Cuba, en la ficha biográfica era imprescindible escribir que su obra escrita en la isla había sido confiscada por la Seguridad del Estado. ¿Qué sentido tiene intentar minimizar ahora, ese agónico momento en la vida del escritor? Por qué enfatizar esas palabras de su hermana. No sé, qué objetivo persigue o si se trata de otro intento por “reordenar” la vida de un escritor que vivió, escribió el grueso de su obra y murió en el exilio. No olvidemos que la hermana de Carlos… Finita era fiscal en Cuba (incluso su padre, el Sr. Consuegra, era un militar de alto rango en el ejército castrista). De manera que Carlos sería muy cuidadoso en su desenvolvimiento con esos miembros de su familia que había conocido de adulto.
    Luis de la Paz

    • revistaconexos
      04/11/2014

      Luis,
      Finita, como la llamaba Carlos, no sólo era una de las personas que más amó, es también una de las personas a las que dejó de albacea. De haber tenido ese “extremo cuidado”, no hubiese puesto en sus manos la posibilidad de publicar su obra, precisamente con las condiciones de las que hablas. Todo lo que dices lo repite ella en la entrevista. Utilizo tu cita “cuando le confiscaron sus escritos”. Ella especifica “nunca se lamentó conmigo”, según tu análisis es por extrema prudencia, lo cual quiere decir que apoyas la idea. Tal vez no entendiste el objetivo de las citas que escogí, te lo explico: Digo al comienzo que “se refieren al lado humano..” A esa capacidad de ser indulgente que para aquellos que lo son, los pone por encima de sus verdugos. Esa grandeza de Carlos Victoria es muy loable a los ojos de todos los que lo conocieron. Es por eso que la última cita escogida es esa otra: “Podía sentir mucho odio, mucho rencor, pero al tiempo lo superaba. Fíjense si lo superaba, que al tipo que más mierda le hizo en su vida, su propio padre, Carlos Manuel lo buscó para reconciliarse con él”. Espero haber aclarado tus dudas y muchas gracias por leer Conexos.
      Rodolfo Martínez Sotomayor

  3. Félix Luis Viera
    03/11/2014

    Les quedo agradecido por este homenaje (más mereciera Carlos,lo sabemos) a un excelente escritor cubano, un ser noble, derecho, un buen amigo.

    Félix Luis Viera

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Esta entrada fue publicada el 02/11/2014 por en Narrativa.
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