Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Convoy

ROLANDO MORELLI

 

Para Julio Matas, con estimación y afecto.

 

—¡Qué desastre! ¡Qué desastre! —Se lamentó el viejo, sin dirigirse a ninguno en particular—. Viajaremos como sardinas en lata, unos encima de otros.

Aniuska debió buscar su voz en la apretada oscuridad del recinto mientras consideraba cómo era posible que el hombre se detuviera todavía en tales reparos, teniendo en cuenta las circunstancias generales. El perfil y la perilla que sin saber por qué causa le atribuía a éste, la hizo pensar en la imagen de Ivan Petrovich Pavlov. Alguna vez, en el tranvía, se había encontrado nada menos que con el reconocido y famoso fisiólogo. Piotr Sergeiveich, que era su compañero del instituto, se lo señaló con evidente enfado, a causa de la bronca armada por el anciano, de entre la que sobresalían palabras como incompetencia, absurdo, atropellos, hambruna y otras de este tono, por las cuales algunos saltaban del tranvía tan pronto alcanzaban a oírlas, temerosos de que pudieran alcanzarlos las represalias que adelantaban por descontado.

—Es un viejo mimado y orgulloso de su estirpe. —Se creyó obligado a aleccionarla Piotr—. Cree que debido a su renombre internacional por causa de sus aportes a la Ciencia tiene el derecho a expresarse de cualquier modo acerca de la Revolución… Ya le meteremos por el aro a su debido tiempo. ¡Tiempo no es precisamente lo que nos sobra si queremos cambiar las cosas como es debido, camarada! —Admitió a continuación su compañero, con un guiño que buscaba ser cómplice. En ese entonces, Aniuska aún pertenecía por determinación o convicción, o se identificaba, con todo ese fervor revolucionario de los bolcheviques, aunque ignoraba casi todo lo que verdaderamente representaba, pese a las evidencias. El atractivo de Piotr, o la atracción que suscitaban en ella su porte, y en particular el encanto de sus ojos intensamente azules, no resultaban ajenos al mareo general en que vivía desde que se conocieron en el instituto. Era todavía por esa época sólo una buena chica, soñadora, ignorante, nada tonta, pero completamente desapercibida, sobre todo en cuestiones políticas.

Aunque el viejo de voz quebrada que hablara antes, no lo hiciera para ella, su mujer, que estaba junto a él, debió pensar que lo hacía, por lo que dijo:

—Ojalá fuera eso lo peor que aún nos espera.

No se trataba en absoluto de que tuviera ella una idea más clara que el resto de lo que acontecía.

—Al matadero… —aventuró alguien cuya proximidad delataba su voz, a la derecha, constató Aniuska aunque no alcanzara a ver de quién se trataba, salvo por la ubicación del sonido—. A él nos llevan, qué dudas caben, y nosotros nos dejamos conducir mansamente, como si de un paseo se tratara. Dóciles como ovejitas. Mansos como corderitos. Hasta con cierto entusiasmo. Esperanza, creo que le llaman a eso. —Ahora había en su voz un tono cortante, mordaz—. ¡A lo mejor…!  Podría no ser tan malo, después de todo… Lo dicho: mansos corderitos blancos, de cabezas al picador. ¡Baah leemos!  Como mejor cuadra. Eso: ¡A balar todos!

Al final, se alzaron algunos siseos enojados.

—Eso, sí, claro: molesta la verdad. Soñemos que vacacionamos sosegadamente a la orilla de un lago soleado.

Entre tanto el convoy se había detenido finalmente después de un largo arrastrarse sobre las vías, con una sacudida que lo paró en seco.

—Otra parada. —Comentaron varios en susurros—. A lo mejor ya hemos llegado.

Desde afuera, la puerta del vagón se abrió para dejar paso a un nuevo grupo de viajeros. Aún no estaba amaneciendo, aunque se oyera a los gallos cantar a la distancia por entre los ruidos diversos de procedencia desconocida, el chirrido metálico que indudablemente provenía de las paralelas, las voces, y el opresivo silencio sobre el que todo esto parecía planear como si se tratara del decorado de un tapiz.  Los que ya ocupaban el espacio disponible en el interior del vagón, vacilaron a su pesar, entre proceder según se esperaba de ellos que hicieran, y acomodar los ojos a la súbita luz del exterior, que procedía de los faroles del alumbrado o emanaba de poderosos reflectores dirigidos hacia ellos. Quienes se incorporaban al transporte lo hacían empujados por los guardias, y ellos a su vez empujaban, intentando rehuir así el contacto de las culatas de los fusiles. Al cabo, todos se apelotonaban unos sobre otros sin que quedaran espacios entre los cuerpos. La puerta corredera volvió a cerrarse sobre la negrura que mejor los definía como un todo compacto, impersonal y anónimo. Aniuska retuvo como más duradero el sonido que produjo la puerta al cerrarse: un fustazo, o el violento golpear de una cabeza contra la pared, eso le pareció. Pero el convoy aguardó todavía en la estación desierta por la autorización debida, o alguna orden semejante, antes de entrar nuevamente en movimiento. El cambio de guardia se produjo según lo previsto con la llegada del relevo, y muchos de estos que cumplían aquí su parte del viaje, se reunieron con sus novias y otros familiares que los aguardaban para darles la bienvenida cual si volvieran de cumplir una larga y peligrosa misión.

Los rifles y otras armas fueron requisadas como estaba estipulado por el reglamento. Un sargento pelirrojo de enormes bigotes como manubrios y mirada azul anotaba en un cuaderno el número de cartuchos y balas correspondientes. Luego los destacamentos de soldados fueron autorizados a marcharse.

Alexis buscó con la mirada por entre el gentío el rostro de su novia. Enseguida la descubrió por el vestido de flores que le había regalado para su cumpleaños, y ella solía llevar en ocasiones memorables como ésta. Si todo marchaba como esperaba —se dijo— dispondrían de un pequeño departamento cuando se casaran. Nada de vivir por separado en la casa de los padres de cada cual, procurándose de vez en cuando una habitación para pasar juntos unas horas de intimidad, casi siempre en un lugar de aspecto tenebroso, impregnado del olor a semen de incontables otras parejas, mezclado con cloro.

Cuando por fin el convoy se puso en movimiento nuevamente, y echó a rodar sin término —según les parecía a sus ocupantes—, el viejo procuró en silencio la mano de su mujer. Era ésta una mano pequeña. El contacto con esa piel le transmitió de inmediato una sensación de seguridad, no, más bien debía tratarse de certeza.  La luz del día naciente penetraba ahora por las ranuras de las paredes como si el sol pudiera producir grietas de una sorprendente y perfecta verticalidad en la superficie antes compacta de negrura. Consideró por unos instantes si a cada uno de los viajeros correspondería respectivamente una de aquellas ranuras iluminadas que iban a juntarse en un haz refulgente a poco de separarse de la pared de tablas. Si nada más pudiera apretarse uno por uno de ellos hasta escurrirse afuera por la rendija conveniente, ¿quién podría luego —a la luz benefactora del exterior— volver a encerrarlos allí donde estaban, transportados como ganado de un lugar a otro, sin conciencia de nada que no fuera la incomodidad extrema en que eran trasladados?

Una mezcla del hollín de la locomotora, sudor y muchas otras cosas, componía una máscara oscura que les emporcaba el rostro y las ropas que vestían, algo que también la luz que ahora penetraba por las rendijas les permitía observar.

 Tal vez su novia acabara por rendirse al fin, como un castillo largamente asediado, pensó Alexis. Después de todo ya habían hablado de casarse, en cuanto “se dieran las condiciones óptimas”. ¿No era cierto, acaso? Además, esta determinación de ella de conservarse virgen hasta el matrimonio, además de algo anticuada podría hasta considerarse contraria a la nueva moral que se proclamaba como la verdadera y única virtud. ¿Cabían dudas al respecto? Bueno, es cierto que tampoco era él de los más avanzados o “progresistas” en tales asuntos.  Aquellas vagas nociones de amor libre y parejas desemparejadas con las que algunos jugaban, no eran lo suyo precisamente, pero eso otro de conservarse intacta en que ella parecía empeñarse… ¿No sería después de todo él mismo quien le arrebatara su preciosa virginidad más antes o después? Él no se inmiscuía en ninguna de aquellas especulaciones, incluso contrapuestas, de otros camaradas. Lo suyo era más simple —pensaba—. Tal vez ella al fin cediera para complacerlo, como la prueba suprema de su amor. Ahora pensó si también él no sería un poco chapado a la antigua, casado con los viejos modos heredados. Acabó por sentirse un poco abrumado a causa de su misma confusión. Cuando abrazó al fin a su novia, y la besó en los labios largamente, había dejado de prometerse que insistiría en su proposición.

En el vagón, cuyo interior había vuelto a anochecer de una apretada oscuridad, no hubiera podido hablarse de ángulos o puntos de referencia espacial de ninguna clase. Ninguno, salvo Aniuska Vlasieva Gagarina, que contaba con lo que ella misma definía como “una mirada interior” largamente ensayada en previsión de la ceguera, anticipada por la progresiva degeneración de la retina que sufría, podía disponer de un mapa o plano en el que colocar convenientemente a los ocupantes del vagón, según su ubicación original. Muchos años de labor como ayudante de escenografía en el Teatro Nacional de la Ópera, también aportaban una impronta, un oficio. Ahora se concentró en escuchar el silencio, o más bien los silencios individuales, cual si a falta de palabras, cada uno de sus compañeros fuera capaz de emitir una forma única de silencio. De vez en cuando algún susurro venía a interrumpir la tersura de la superficie cual si pudiera tratarse de una onda que surcara la extensión reposada o inerte. Por el sonido que habían tenido antes voces y silencios respectivos, podía sacarlos ahora. Tal vez confeccionara para ellos un diseño en el que muchas veces antes se ensayara con los ojos cerrados o el escenario a oscuras. Calculaba el número de pasos que en determinado momento separaban a éste de aquél; comparaba la fisonomía o la altura de las parejas y los individuos, y de repente se dio cuenta de no poder hacer otro tanto respecto a sí misma: como si estuviese muerta, o a la perniciosa oscuridad fuera posible sustraerle una sombra  —la suya— o cual si la penumbra la hubiera absorbido inscribiéndola con un borrón luego entintado y emparejado al resto. No disponía, como hubiese sido elemental, del menor espacio requerido para buscar el pulso, o consultar por el latido perdido allá en sus sienes, la persistencia de una manifestación de vida. Ni siquiera la inmovilidad de los hombros, presos de otros hombros que la rodeaban, servían para indicarle nada, desde que no los sentía más. Entumecidos o muertos, ¿cómo llegar a saberlo? Un leve reflejo involuntario, allá junto a los pies…, una descarga apenas… Un músculo o el esfínter que ceden, y cuyos flujos descienden…

Estaba muy nervioso. Vaya, lo mismo que si se hubiese tratado de un buen chico, sin experiencia alguna. Ella no sólo había accedido, sino que había sido quien lo planteara con todas sus letras.

—Quiero darte algo muy grande…  —o cosa parecida a ésta le dijo.

Claro que él, novato no era, pero le había tomado de sorpresa la súbita rendición de la plaza. Espontánea, directa. Como no acertaba con los botones acabó por medio desgarrar el vestido que le regalara con motivos de su cumpleaños, y ella se pusiera para recibirlo a la llegada.

—No te preocupes. Ya te regalaré otro. —Se disculpó, pero ella no parecía contrariada en lo más mínimo.

—No sabes cuánto te he echado de menos. —Dijeron poco más o menos a la misma vez, luego rieron de esto que les pareció divertido.

El hedor del encierro había acabado por hacerse compacto como la misma oscuridad. Una masa oleaginosa endurecida. Hasta los guardias del transporte acababan por acostumbrarse a él por el tiempo que duraba su función. No era raro que a las emanaciones naturales se sumara con frecuencia la que se desprendía de uno o varios cadáveres, de modo que quienes habían pasado más tiempo cumpliendo labores en los puntos de destino, acabaran por considerar igualmente “normal” el olor de la muerte. Por eso, al abrirse el portón, alguno de olfato más acucioso adelantó que “tenían dos muertos” esta vez.

Dos eran, se comprobó luego, y no faltaron entonces las felicitaciones al perdiguero, como antes no habían faltado las apuestas a propósito de su declaración. A veces los soldados se distraían con apuestas de este género, que además de procurarles diversión, servía para conseguirles un extra de cigarrillos y hasta de dinero.

Al fin se detuvo el convoy. Sí, había algo definitivo en este nuevo detenerse, diferente de otras paradas, sin que los viajeros supieran a qué se debía esta certeza. Los veteranos de otros transportes, tal vez podían reconocer este carácter distinto mejor que el resto —habían sobrevivido hasta cinco de ellos—, pero todos sin distinción sabían que habían llegado a su destino. Al abrirse las puertas les ordenaron descender de prisa, y todos obedecieron en silencio. Incluso, llegaban a sentir verdaderas ganas de llegar a alguna parte, de desplazarse en cualquier dirección o sentido con tal de dejar atrás la forzada inmovilidad de sus cuerpos, que amenazaba convertirse en un estado permanente. Si bien otra fuerza interior, a la que habrían sido incapaces de responder, los empujaba a la vez a retroceder y a desparramarse en todas direcciones antes de que los guardias pudieran reaccionar, sobreponerse a la sorpresa, disparar, echar sobre ellos los perros de presa, de momento prevalecía la urgencia que sentían de abandonar de una vez aquellos vagones de muerte. No importaba lo que pudiera venir después, al hallarse fuera de esas cajas repletas de hediondez y parálisis.

Uno de los cadáveres permaneció de pie, rígido cual un cadete, para hilaridad de los soldados, uno de los cuales lo empujó  con el extremo del cañón de su rifle, a la vez que le ordenaba colocarse en posición de descansen. Cuando se desplomó, entre el crujir de las esquirlas del hielo que lo envolvía como un popsicle, vino a caer cuan largo era sobre el suelo del vagón, y a quedar perpendicular al cadáver de Aniuska, cuyos ojos retenían un extraño fulgor, vivo.

—Sólo dos —confirmó uno de los apostadores, con algo de contrariedad, porque él había aventurado que serían seis o siete por lo menos en esta ocasión.

 
 
 

ROLANDO MORELLI: Pertenece a la llamada “Generación del Mariel”. Obtuvo su doctorado en Temple University. Ha enseñado en la Universidad de Tulane y en la Wharton Business School de la Universidad de Pennsylvania. Actualmente enseña en la Universidad de Villanova. Entre sus publicaciones podemos citar: Algo está pasando (cuentos), y Coral Reef: voces a la deriva (cuentos), Varios personajes en busca de Pinocho (pieza teatral para niños), Leve para el viento (poemario). Sus poemas y narraciones han aparecido en varias antologías, entre ellas Shouting in a Whisper/Los límites del silencio de Santiago de Chile y en números antológicos de varias revistas. Repaso de sombras (cuentos) y la compilación de Cuentos y relatos de José María Heredia, publicado por Ediciones La gota de agua. Recibió la única mención del concurso del Instituto Cultural Iberoamericano “Mario Vargas Llosa”.

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Esta entrada fue publicada el 09/09/2012 por en Narrativa.
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