Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Mártir de más

ROLANDO MORELLI

A lo mejor, había en él —allá en lo más hondo, o recóndito de su ser— un ferviente deseo siempre insatisfecho de probar a los otros alguna cosa: su valor, o acaso su valer definitivo. Con una palabra ahora, y una frase después, los otros espoleaban dicha insatisfacción conscientes de la fiebre, inconscientes de la naturaleza o de la profundidad del mal que la provocaba, acaso dándole un contenido enteramente diferente tras el cual el muchacho se parapetaba convenientemente. Y no se trataba de que éste no sintiera arder asimismo en medio del pecho aquella pasión cívica que consumía a todos por igual, sino de otra cosa innombrable que lo devoraba al mismo tiempo, aunque ésta fuera de naturaleza amorfa, algo a lo cual no se atrevía él a mirarle a la cara por temor a quedar convertido en piedra cuando menos; algo que a pesar de originarse en él debía poseer una naturaleza parásita, adventicia, tal y como era oscuro, inaceptable, inconcebible, sucio. Sí eso debía ser él —pensaba a ratos mientras buceaba en su alma en busca de respuestas que pudieran aportarle certezas de alguna índole, pero no una respuesta cualquiera o de cualquier índole— un trozo de carbón que ardiera por los dos extremos, y cuyo centro aguardara en una sola tensión mineral el momento en que ambos fuegos habían de encontrarse.
Como era indiscutiblemente el más joven del grupo se atribuía a sus escasos años ese afán de generoso protagonismo que lo caracterizaba, pero también por causa de la edad se le relegaba —mediante invocaciones a la disciplina entre otras— a las tareas que se juzgaban menos arriesgadas. El jefe lo admiraba con la misma devoción de todos los otros. Alguna chispa de ese incendio doblemente devastador que asomaba a los ojos del muchacho, sobre todo cuando al comienzo aún escribía o leía sus poemas, o hablaba de Martí y del generoso desprendimiento de su amor a Cuba, pudo revelarle al jefe atento una veta de la tragedia íntima del muchacho, lo que no habría bastado sin embargo a constituirse en evidencia de nada concreto. De cualquier modo que fuera, el líder había sido asesinado en su refugio clandestino a manos de la policía, denunciada su presencia allí por un vecino soplón al que no pudo identificarse. Semejante golpe, impuso a los sobrevivientes una dinámica diferente al quedar colocados de repente bajo una nueva jefatura más o menos elegida por ellos.
La ciudad ya no era segura siquiera para los que pasaban por ella en dirección a las montañas, procedentes de la capital o de otras ciudades del país. Allá en lo alto de la sierra se disponía de la tranquilidad raras veces perturbada de un cielo azul, y del ancho palpitar del monte. Se combatía cuando se atacaba un objetivo, pero aún entonces era posible morir de cara al sol —como Martí quería— y no en un agujero de la ciudad, defendiéndose como ratas si eran sorprendidos, con uñas y dientes, pero sabiéndose perdidos de antemano. Todos llegaron a pensar en algún momento, que allá y no aquí estaba el sitio adecuado para morir por la causa que defendían. El heroísmo verdadero quedaba allá, o al menos así se les antojaba. Allá se peleaba —cuando había ocasión— con la conciencia de tener el cielo por encima de uno. Aquí se moría en cualquier instante, pero morir no era lo mismo que vencer, se decían. Claro que algo hacían también ellos, proveyendo armas y recursos para la Sierra, pero el sueño acariciado en silencio por muchos era el de alzarse. Para ser un alzado había que irse a las montañas. Al menos esto pasaba muchas veces por la cabeza del muchacho. Los partes de la Radio Rebelde que oían muy bajo los conspiradores llegaban a marearlos con el arrebato de sus marchas, ataques a cuarteles, incontables victorias, himnos y discursos, y él sentía avivarse la llama a uno de los extremos de su ser, como si el incendio de aquel lado pudiera acabar por imponerse al otro, abarcarlo y consumirlo. ¡Cuánto deseaba que así ocurriera! Para alentar aquella presunción o porque creía posible que si lo deseaba más que ninguna otra cosa en el mundo podía ocurrir tal y como lo deseaba, se aplicó a concebir la idea de que acabaran por enviarlo a las montañas con alguna misión urgente, o para servirle de práctico a alguno que debía escalarlas para refugiarse en ellas, como ya antes había ocurrido muchas veces. Entonces —fantaseaba— se le indicaría igualmente permanecer allí para engrosar la tropa.
Abelardo Coquina y él se conocían de niños, del Colegio de Dolores. Juntos habían hecho allí casi todos los grados. Abelardo se había ido por un tiempo a Camagüey, de donde era su madre, y luego había regresado para terminar sus estudios. Aunque alguna vez llegara a rumorarse algo turbio, no había entre ellos más que una buena amistad arraigada en la costumbre de tratarse como parientes, haber estudiado juntos y sentir una gran afinidad fundamentada en la poesía, por la que ambos sentían gran atracción, algún proyecto en común, que había quedado en aquello, y nada más. Los meses que Abelardo pasó fuera lo cambiaron de golpe, es decir, al regreso ya parecía otro: más hombre, más hecho, más determinado, pero no lo cambiaron radicalmente al extremo de alejarlos. Por el contrario, en cuanto regresó a Santiago, lo primero que había hecho fue llamarlo a su casa, y como no lo halló en ella, se fue a esperarlo a la salida del Colegio, al cual Abelardo debía reintegrarse muy pronto. A la salida se encontraron, y caminando juntos fueron hasta el centro a tomar un helado. Abelardo invitó con gestos desinhibidos y seguros que eran algo nuevo, lo que a él le gustó sin qué supiera explicar la causa. Cuando se despidieron prometiendo verse al siguiente día para el partido de básquetbol y él regresó a la casa donde la madre lo aguardaba ya con inquietud por su tardanza, una como nube lo sustentaba a su pesar, o inconsciente de ella, mientras andaba. Si temió un instante que el padre o su hermano mayor fueran a reñirlo, diciéndole algo de aquello de otros tiempos, y que tenía que ver con el caminar de una cierta manera y no de otra, este temor no consiguió acabar con la sensación de vértigo que sentía. Depositó un beso rápido en la mejilla de su madre y valiéndose de una excusa cualquiera para evitar el almuerzo corrió a encerrarse en su cuarto. Tenía mucha tarea que hacer, y con aquel pretexto se echó sobre la cama y comenzó a soñar. Soñar no cuesta, había oído decir innumerables veces, pero él sentía que aquello no pasaba de ser una frase, incluso sin sentido, que se decía, o tal vez se tratara de afirmar que valía la pena intentarlo. Para él, se trataba de algo totalmente diferente. Soñar venía a ser casi como su estado primigenio. No se trataba de que no costara, sino de algo como respirar, dormir, o comer, incluso de algo menos irrenunciable. ¡Se trataba de un estado!
De aquel sueño, o estado, procedió el proyecto que luego tendría lugar. Los detalles se ultimaron entre todos. El nuevo jefe era partidario decidido de la acción, y desde el inicio abrazó la idea, no menos por lo arriesgado del plan que fue emergiendo del grupo que por la necesidad siempre acuciante de proveer de armas a los combatientes de la Sierra. Al muchacho lo complació sobremanera la circunstancia de que ninguno se animara a objetar nada respecto a su deseo manifiesto de ser él mismo uno de quienes llevara a cabo la operación. El plan parecía sencillo —tal vez lo fuera—, pero requería de un montaje cuidadoso de los detalles, fastidioso incluso, así como de una ejecución impecable para contar con el éxito requerido. Las palabras de caución sobraban. Todos sabían muy bien lo que arriesgaban, y saberlo no hacía la misión menos atractiva. La idea del ataúd y la ficción del muerto se le ocurrió al muchacho al recordar que un tío de Coquina era dueño de la mejor funeraria de la ciudad, y que ya antes, sus simpatías por los revolucionarios lo habían llevado a colaborar en lo referente a esconder un alijo de armas en el local de la funeraria hasta el momento de trasladarlas a su destino. El plan que se le presentaría no era más arriesgado que el otro, y en todo caso el riesgo corría más a cargo de quienes se encargaran de ejecutarlo a cara descubierta. Sin revelar más de lo necesario —el funerario tampoco buscaba saber más— consiguieron un sarcófago y se agenciaron una carroza funeraria ornada con coronas de latón niquelado. Eligieron el más grande de los ataúdes disponibles, y durante toda una noche estuvieron trabajando en el embalaje de las armas que se colocarían respectivamente en el interior del ataúd y en un compartimiento secreto —parecido a una caja de llaves— que se construyó con la anuencia del funerario entre el piso de la carroza y la parte inferior de la carrocería, a la que iba soldada. Al día siguiente, tendría lugar el traslado.
A la salida de Santiago, cuando ya había amanecido, los detuvo la primera patrulla. Aunque ceremonioso (acaso con una solemnidad más aprendida que impuesta por la presencia de la muerte) el militar que iba al frente de la patrulla hizo bajar al chofer para someterlo a un registro. Al hacerlo, Arsenio acentuó una cojera que estaba muy lejos de sufrir, y se dejó cachear dócilmente. Con el cabello y el bigote teñidos de blanco, aquella cojera que parecía congénita y el hablar cansino que había adoptado desde hacía un par de días para habituarse a él debió dar satisfactoriamente la parte de un hombre mayor.
La mujer que ocupaba el asiento delantero, próximo al del chofer, sollozaba a intervalos cortos mientras sostenía con mano trémula junto a la nariz un pañuelito de encajes, una primorosa miniatura que el muerto mismo le había puesto en las manos poco antes de embarcase en aquella travesía.
—Te dará un aire más convincente —había dicho él, ya aprestándose a fingir su muerte dentro del ataúd preparado—. Confía en mí.
Todos habían reído de buena gana y la presunta viuda se había echado por encima aquel velo que debía añadir convicción a su papel.
Mientras el militar revisaba los papeles y hablaban del traslado de un cadáver hasta Mayarí, el viejo procuraba distraerlo con una charla que, sin embargo, no debería ser demasiado ostensible.
—Oiga, teniente, y disculpe mi’jo si peco de indiscreto, pero usted no cree que los maus maus esos, con to’ y lo bandolero’ que pue’an ser vayan a atacar un cortejo fúnebre como éste. Porque y que habría que ser muy sinvergüenzas y muy poco de ley… ¿no?
A manera de respuesta, y luego de observar a la mujer cuyos ojos bajos y rostro demacrado ocultaba un velo no muy tupido que le cubría el rostro, el militar lo autorizó a seguir:
—Los maus maus esos son el mismísimo diablo, mi viejo. ¡Como ser capaces, son capaces de cualquier cosa! Pero no se preocupen —dijo mirando nuevamente a la mujer— que por toda esta zona de aquí no se atreverán a hacer nada. Y menos con la luz del día. —Y echándose hacia atrás el casco, ensayó un saludo militar dirigido a la mujer—. ¡La acompaño en su sentimiento!
Ya debían haberse alejado bastante como para que los militares los perdieran de vista cuando estallaron las carcajadas de Arsenio dentro de la carroza fúnebre, acompañadas de las que en vano intentaba apagar la mujer a su lado. Sin que nadie les indicara hacerlo, sin embargo, muy pronto se interrumpieron y las sustituyó un largo y pesado silencio sólo roto ocasionalmente por las frases que se cruzaban los mismos que habían reído, o aquéllas que le dirigían al muerto en el interior del ataúd.
—De este lado todo marcha bien. ¿Cómo van las cosas por el otro mundo?
Un tumbo inesperado como consecuencia del deslizarse abruptamente de la carroza funeraria sobre el pavimento, maniobra a la que se viera obligado el chofer por causa del deslizamiento de una enorme roca sobre la carretera poco antes de pasar ellos, sacó de su sitio el ataúd pese a la doble carga que acarreaba, y fue como la respuesta que el muerto no había tenido oportunidad de brindar. Fue necesario detenerse entonces para recobrar el aplomo y volver a colocar en su lugar el féretro.
—No es nada. No es nada —avisaron Arsenio y la muchacha, sin dar tiempo a que el muchacho encerrado en el ataúd pudiera preguntar nada, o sin llegar a escuchar nada que él hubiera dicho, tal era el estado de sobresalto que los llenaba y que ambos se esforzaban en someter—. Nada más que una roca que por poco nos aplasta. Bien visto, no eres tú el único que va metido en una caja de muerto. —Ya esto último se dijo cuando el ataúd estuvo colocado nuevamente en derechura.
Antes de seguir marcha, sin embargo, Arsenio avisó que se trataba de la última parada antes de llegar a su destino, a menos que alguna patrulla del ejército volviera a pararlos, así es que si quería él orinar o algo así, que se diera prisa. El cadáver debió responder con alguna salida de las que le eran características, pero ellos no alcanzaron a oírla porque de repente se acercaba el ruido de un motor en sentido contrario al que ellos llevaban, y ya del automóvil les dirigían voces que era imposible ignorar.
—No. Gracias a Dios, no hubo novedad —se escuchó decir a sí mismo el conductor de la carroza fúnebre respondiendo al otro que lo interrogaba, sin percatarse de la ironía aparente en su respuesta—. Por suerte, nos dio tiempo a maniobrar para quitarnos del medio. Nosotros tenemos que seguir camino. Si encontramos una patrulla avisamos para que manden a despejar la carretera. Ustedes hagan lo mismo si se topan con una por ahí. Podría ocurrir un accidente, sobre todo de noche.
Los que recién llegaban se rezagaron en la contemplación de la enorme roca en el centro de la carretera, que obstruía el paso de manera que sólo alrededor de ella podía un carro que no fuera demasiado grande pasar no sin dificultad.
La muchacha que viajaba junto al chofer había sacado de su cartera un rosario muy largo que apretaba entre las manos y comenzó a deshojar, mientras musitaba sus oraciones a media voz.
—Virgencita de la Caridad, Señora nuestra, madre nuestra…
Comenzaba a pensar en que a lo mejor algo había de blasfemia en aquella empresa, o en la manera de su ejecución. Una carroza fúnebre, después de todo; un cadáver…; el dolor que alguien siente por un ser muy querido… Todos estos reproches se agolpaban ahora en su pecho. Pero, naturalmente que lo hacían en aras de una causa que no admitía dudas. Por ella morían cualquier día decenas de compañeros cuyo único propósito…
—Todo va a salir bien, no te preocupes —dijo ahora el chofer, tomándole, por primera vez desde que habían salido, una de las manos, y apretándosela ligeramente con la suya—. ¡Tiene que salir bien! Ya estamos muy cerca.
La mujer sonrió aquiescente. Si él lo decía, así debía ser. Arsenio era de por ahí mismo. Procedía de una de las granjas de por allí. Al principio de sus estudios en Santiago, es decir, antes de que la lucha lo acaparara tan intensamente, iba y venía con harta regularidad a visitar a sus padres y hermanos que permanecían en la zona. Ahora mismo nada hubiera querido más que parar a visitarlos sin avisar de su llegada, pero se trataba —bien lo sabía él— nada más que de una fantasía.
En el interior del ataúd, el falso muerto comenzaba a sentir el cuerpo bañado de sudor. Un sudor frío que lo hacía tiritar, cada vez más violentamente. Para no dar contra las maderas del mueble que lo envolvía, pegó las puntas de los zapatos contra la tapa. Debió percatarse entonces de que apenas si había espacio bastante entre las puntas de sus zapatos y la madera del ataúd, que le permitiera libertad para golpearla. Un conato de pánico se apoderó de él, pero logró someterlo. (No iba a ponerse a gritar como un poseso o un desesperado. De todos modos era improbable que sus compañeros pudieran oírlo). ¡Tenía que serenarse! Control y serenidad. Probó a hacer sus ejercicios de respiración, aquellos que tanto lo habían ocupado particularmente durante los últimos días. El hermano Gonzaga, antiguo profesor del Colegio de Dolores se los había enseñado, y con él se había entrenado hasta la minucia en aquel arte de inspirar y expirar al punto de llegar a controlar de tal modo estas funciones que podía simular su propia muerte con harta convicción.
Naturalmente, aquel arte no había sido concebido para practicar trucos de ninguna clase, que por otra parte debían de ser una cosa sacrílega sino para enseñarnos a controlar nuestras reacciones, nuestros excesos, nuestros impulsos —le repetía el hermano Gonzaga— a los que tan dados podemos ser los españoles… —decía esto último de los españoles como si aquí todos lo fueran, como él mismo.
Con el bote de la carretera algo se había salido de lugar y, aunque los tripulantes de la carroza se habían asegurado enseguida de que estuviera levantada, la media tapa encristalada sobre el rostro se había cerrado nuevamente por sí sola tan pronto se pusieron otra vez en marcha, sin que desde dentro pudiera él levantarla a voluntad pues ahora le resultaba imposible mover las manos. La gruesa frazada que separaba su cuerpo de las armas no bastaba a impedir la incómoda presión de los fusiles contra la columna vertebral. Esforzándose por ignorar este hecho, se concentró en el control de la respiración. El tiempo dejó de pasar, y el espacio mismo cesó de ser el que era, determinado por las dimensiones del ataúd.
Coquina invocó el nombre del amigo ante el oficial que ahora lo interrogaba. ¿Qué más habría querido él que poder ser útil a los fines de aquella investigación? No se trataba de una excusa cualquiera. Todo el mundo sabía la amistad tan profunda que los ligaba. Ignoraba los detalles de la operación por la que se le preguntaba como ignoraba el hecho mismo de la operación. Él nunca estuvo vinculado a aquel aspecto de las actividades del amigo. Lo sospechaba, naturalmente. Alguna vez llegó a tener verdaderas sospechas, pero nunca… Lo único que había llegado a saber luego del triunfo por medio de su tío, el funerario, era el hecho de que un alijo de armas había sido trasladado a la Sierra, valiéndose de la estratagema de un muerto. Como seguramente sabían los oficiales, el tío se había marchado hacía cosa de un año a Venezuela, luego de que las nuevas autoridades le expropiaran el negocio. (Cauteloso, el interrogado se abstuvo de decir aquello precisamente que había sucedido, y valiéndose de un subterfugio declaró en su lugar “después de perder el negocio”). Súbitamente a Coquina le resultaba difícil explicar, explicarse incluso, porqué había permanecido al margen de los acontecimientos a pesar de ser joven como ellos.
—Nunca me interesó la política —se oyó decir como si su declaración procediera de otro. Había dicho nunca como si quien hablara no fuera un hombre joven sino alguien cuya vida hubiese decursado los infinitos meandros de la existencia y estuviera ya a punto de extinguirse, fatigada. Lo había dicho tal vez instintivamente, como prevención contra algo o como anticipo de cosas que no acertaba a comprender del todo, pero que intuía, y lo alertaban de que si ayer fue posible tal vez no interesarse en la política hoy resultaba contraproducente cuando menos declarar igual renuencia.
La mirada que le echaron los oficiales interrogadores no le dejó dudas, sin embargo, de que aquella declaración de su parte no lo dejaba mejor parado.
—Miles de jóvenes sacrificaron generosamente sus vidas por la Revolución… —Esto de miles era indudablemente una exageración que debía surtir el efecto de hacer sentir al interrogado aún más cobarde y miserable—. ¡Aquí mismo! ¡En la cuna de la Revolución! Y no lejos de aquí también. ¡En la Sierra…! ¡Y en toda Cuba! ¿Y tú nos dices que a ti nunca te interesó la política? Coño, chico, pero qué clase de sangre tienes tú. ¿Es que tú tienes sangre en las venas como todo el mundo?
—Si no fuiste de los jóvenes que se sumaron a la lucha, seguramente fuiste de los que simpatizaron con la dictadura…
Coquina abrió desmesuradamente los ojos, francamente descon-certado con la proposición.
—Yo soy el mayor de tres hermanos, teniente. Una hermana y dos hermanos. Mi madre enfermó de cáncer, y a partir de entonces no tuve otra preocupación que ocuparme de ella y de mis tres hermanos.
—No tienes que contarnos. Sabemos eso.
—Lo sabemos todo.
—Mi padre murió cuando yo aún era pequeño —insistió Coquina, que no estaba buscando la simpatía de sus interrogadores, sino a quien le parecía pertinente aquella explicación de sus actos, o de lo que aquellos consideraban su inercia o su indiferencia culpable ante los hechos de la Revolución.
—Seguramente te hacía falta dinero… ¡Es comprensible entonces!
—Dinero no nos sobraba, teniente. No conozco a nadie a quien el dinero le sobre, especialmente tratándose de un familiar enfermo, pero mi familia tampoco era de las muy necesitadas.
—Entonces admites que no fue por dinero…
—No entiendo lo que quiere decir con eso.
—¿Admites también entonces, que por tu extracción social eras enemigo natural de la Revolución?
—Teniente, ya le he dicho que… ¡Yo no soy enemigo de la Revolución! No entiendo nada de política, eso es lo que he dicho, y que no me interesó nunca para nada la política. Además, tenía otras preocupaciones… Cosas más importantes…
Las sonrisas de los interrogadores le comunicaron de inmediato que había terminado por decir un despropósito. ¿Qué podía haber más importante que la Revolución? Decir aquello era admitir que se era culpable de infinitas culpas. Potencialmente peligroso de actitudes y hechos que no admitían dudas. Su culpabilidad era una cuestión indiscutible. Cuando se retiraron, dejándolo solo en la pieza por unos minutos antes de que un guardia viniera por él, ambos oficiales estaban convencidos de tener frente a ellos a un culpable.
—¿Enemigo natural de la Revolución? —Se preguntó la mujer, francamente desconcertada, en leyendo los argumentos que se le presentaban como hechos concretos y fundamentales de la acusación—. ¿A causa de su extracción social?
Más de dos tercios de sus compañeros, lo mismo que ella, procedían de la clase media. El propio Fidel… Eran estudiantes, profesionales, hijos de papá y mamá. Algunos, eran o habían sido obreros, los menos. Pero en cualquier caso, a nadie se le había preguntado nunca por sus orígenes de clase, o por su extracción social como ahora, al parecer, se decía.
Cuando levantó el teléfono para hablar con Arsenio, ya tenía en mente lo que buscaba saber:
—Lo que quiero es que alguien me explique a mí lo que quiere decir eso de “por su extracción social”
Pero Arsenio no estaba localizable, y ninguno de sus antiguos camaradas con los que logró comunicarse, pudo o deseo enfrascarse con ella en una disputa de aquella índole.
—Fíjate bien, compañera… Si los compañeros del DGI dicen que ese sujeto es culpable… No hay más que hablar del asunto. Si no es de una cosa, será de otra, pero de algo será culpable… Tenlo por seguro. Y si no denunció a nadie, ni ha hecho nada, será entonces que dejó de hacer lo que debía, o que se entiende que es culpable de cualquier otro modo. Eso, ¿quién mejor que tú para comprenderlo?
Ella, claro estaba, no acertaba a comprender nada de nada. Es decir, nada de aquello que se le hacía un ovillo denso y complicado de razonamientos, cuyas puntas desaparecían frente a sus ojos, tragadas por el amasijo de la propia hebra.
Cuando días después, la sacudió la noticia de que el propio Arsenio había sido arrestado bajo cargos de conspiración y sabotaje contra el orden revolucionario y los poderes del estado, y sumariamente juzgado y ajusticiado en Santiago, consiguió darse cuenta, sin embargo, de que asimismo la suerte de Coquina estaba sellada.
Con un esfuerzo de voluntad supremo consiguió preparar un viaje urgente a la capital del país para recabar el esfuerzo de otros compañeros en los que confiaba encontrar un apoyo y una solidaridad decisivas. Haydee la recibió con los brazos abiertos y la solemne promesa de que se haría justicia. Había que buscarla en la cima, pero se materializaría en la forma de un Júpiter tronante. ¡Ya vería ella! Aquí se habían acabado ya para siempre los abusos de poder. Rodarían cabezas, que no le cupiera la menor duda. Esto, sin embargo, era lo que la preocupaba, precisamente, y así se lo hizo saber. ¿No habían rodado ya demasiadas cabezas por cuestión de esto o de lo otro? ¿Cómo parar de una vez? No buscaba venganza. La otra le prometió que ella tampoco la buscaba, ni la habría. Estaba interesada nada más que en salvar la vida y devolver la libertad a una persona inocente. El esfuerzo conjunto de ambas mujeres convocó el interés que se requería, y la orden de libertad fue expedida de inmediato. Para ganar tiempo se hizo por teléfono.
—El problema… —dijo ahora Celia, cuya mediación se había hecho imprescindible, exhibiendo una expresión contrariada y el rostro ensom-brecido, mientras colgaba el teléfono—. El problema es que se trataba de un hombre del Che: Carmenates. Quiero decir, que este hombre cumplía estrictamente las órdenes que había recibido: fusilar primero y hacer las preguntas después. O lo que es lo mismo: fusilar a los enemigos aunque sean inocentes, porque no puede haber inocentes entre nuestros enemigos. Estas fueron sus palabras exactas. Esto es lo que me ha explicado el propio Carmenates en persona. ¡No se puede hacer más nada! Llegamos demasiado tarde, aunque de cualquier forma no sé bien lo que hubiéramos podido hacer de otro modo. Yo, personalmente, no estoy de acuerdo en eso con el Che. Pero ésas son las órdenes e instrucciones que les ha dado a sus hombres de confianza. Habrá que ver lo que piensa Fidel de eso, y tratar de convencerlo de hacer sus excepciones cuando sea del caso, si es que coincide en esto con la visión de el Che.
Los brazos de Haydee la sostuvieron antes de caer al piso, y con la ayuda de Celia consiguieron arrastrarla hasta un sofá donde la depositaron, con semblante preocupado.
En la cama del hospital donde abrió los ojos nuevamente se encontró rodeada de flores, un mar de flores como no recordaba haber visto otro, nunca antes. O a lo mejor sí, se dijo, reflexionando, mientras intentaba precisar ese momento —aquél— al que el presente le evocaba. Finalmente lo precisó. La idea había procedido de él, como tantas otras.
—¡Flores! ¡Muchas flores! ¿Quién ha visto nunca un cadáver sin flores! Serán como el merengue que se pone por encima del pastel para coronar la obra. —Recordaba que el muchacho había dicho pastel, en lugar de quei, como seguramente otros habrían dicho—. Si el muerto no consigue convencer a los batistianos, las flores los harán suspirar y hasta les arrancarán lágrimas. Después de todo no hay que perder las esperanzas de que algunos entre ellos aún sean capaces de conmoverse como los demás seres humanos.
Ahora, la contemplación de las flores, su aroma penetrante, conseguía arrancarle a ella sus lagrimones a pesar de resistirse a pensar en el muchacho o en los acontecimientos más recientes. Experimentó la ligera presión que una banda de gasa ponía alrededor de su cabeza y se concentró en aquella sensación para evitar los pensamientos que, de repente, la agobiaban. Debía haberse golpeado en la cabeza al caer —pensó—. Eso. Había sufrido un desmayo —podía recordar— y al caer se había golpeado. Luego ya no recordaba nada más. O a lo mejor sí. A pesar suyo, comenzó a recordar. Recordaba un olvido que era una extensión de la memoria sin memoria. No habría podido decir cuánto tiempo pasó así, intentando articular un no-recuerdo —esfuerzo que lindaba a ratos la desesperación—, agotándose en el esfuerzo de reunir una dispersión que no podía sospechar. Inconcientemente tal vez, dio con un collado de la memoria, un montecillo verde que parecía emerger en medio del océano de desolación que la circundaba, y a él se acogió instintiva, desesperadamente. Volvía a pisar el terreno firme de lo conocido. Vivía los días heroicos y sacrificados de la lucha. Volvía a ser muy joven y hermosa. ¿En qué momento —se preguntó— había dejado de ser una cosa y la otra? Tal vez no se tratara de haber dejado de serlo de manera absoluta, sino gradualmente. Tal vez se tratara de una mera conjetura o de una premonición. Los ojos, fijos en el techo como atrapados en una cera gris, creyeron deambular por las paredes en busca de un espejo constatador que no podía estar en ninguna parte. Los preparativos del viaje, el entusiasmo y la disciplina de la ejecución. ¿Dónde había fallado algo? ¿Qué mecanismo pérfidamente esquivo había saltado inesperadamente en el momento menos pensado, para producir aquella catástrofe de la que ninguno de ellos consiguió nunca reponerse del todo? Las acusaciones y los denuestos que entonces habían tenido lugar, y que los tenían a ella y a Arsenio como objetivos —insinuándose más tarde, cuando todo parecía haber quedado esclarecido y la decisión de enterrar las recriminaciones de cualquier índole había sido tomada por el mando— volvían a producirse con acrimonia y malevolencia insospechada. Dios, que leía como nadie en nuestros corazones, sabía bien que nunca podría ella llegar a perdonarse lo ocurrido por más que nada objetivo pudiera acusarla. Y lo mismo hubiera podido decir de Arsenio, quien por entonces era su novio. Acaso el rápido deterioro posterior de la relación hubiera sido precipitado por lo sucedido, por la insoportable asociación con la tragedia del muchacho, como si ambas cosas guardaran alguna relación que no fuera la casualidad. No habían faltado las insinuaciones —recordaba— de quienes arriesgaban que el desenlace no habría tenido lugar si ellos, en vez de prodigarse miraditas tiernas se hubieran concentrado en el desempeño de su misión. A lo mejor no se trataba en justicia de un recuerdo, sino del recuerdo de una auto-recriminación que se hubiera hecho. ¿No había dirigido en efecto más de una mirada tierna, cargada de complicidad y de sano entusiasmo por la causa al conductor de la carroza fúnebre? Acaso, ¿no era cierto que en algún momento se habían tomado de la mano; que a partir de otro habían cesado de cruzarse frases con el muerto que viajaba en el interior del ataúd? ¿No debió acaso alertarlos el hecho de que aquél no prodigara sus ocurrencias, de que algo fuera de orden ocurría? ¡Era tan joven! Ella, que ya no lo era —se dijo una vez más, consciente o temerosa de haberse vuelto muy vieja más que de haber dejado de ser muy joven— pensó que su muerte lo había sorprendido y eternizado en plena juventud; que ya él nunca envejecería. Contempló el retrato del muchacho con los ojos de la memoria. Repasó los detalles del rostro. Recordó la mirada y aunque se trataba de una foto en la que el joven aparecía extrañamente serio, se acordó de su sonrisa.
—Tú deberías sonreír siempre —le había dicho muchas veces—. Tienes una sonrisa muy bonita.
Bonita, no alcanzaba a describir la extensión de esa sonrisa, pero a ella ahora le parecía apropiada, como si la palabra pudiera devolverle el alcance de aquello que quería decir.
El rostro de una enfermera muy solícita se inclinó en ese instante sobre ella para observarla. Lucía una sonrisa amable, pero la comparación con la sonrisa del muchacho la perjudicaba. Sus ojos —los ojos con que miraba a la enfermera— fijos por esa cera rígida que los inmovilizaba, estuvieron obligados a verla, a notar el rostro próximo al suyo. Sintió que la mujer elevaba su cuerpo de manera que la parte superior del mismo quedara más alta que el resto. Detrás de la enfermera alcanzó a ver asimismo la concurrencia que se alineaba como si —la idea misma le pareció un desatino divertido— vinieran a rendirle honores. Aunque el tiempo se hubiera vuelto un compartimento estanco tuvo la vaga sensación de que pasaba, arrastrado tras de sí por el desfile incesante de personas conocidas y desconocidas que se inclinaban para mirarla —quien sabe si para mirarse en sus ojos, bruñidos por la muerte—. Alguien reparó en el hecho de que los ojos aún estuvieran abiertos y poco después una mano anónima, pero sin dudas autorizada a ello, los cerró. Todavía aguardó un tiempo que debió ser largo, aunque ella no pudiera medirlo con reloj propio, a que la pequeña tapa encristalada se cerrara sobre el rostro, y entonces, mientras comenzaba el descenso del ataúd alcanzó a oír las descargas y tal vez porque las confundiera con otras, tuvo un último pensamiento: ¡Coquina! Se acordó de que… Había que hacer algo, impedir que… En medio de las tinieblas se hizo la luz y se dio cuenta de su urgencia. ¡Salvar a Coquina!

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Esta entrada fue publicada el 01/12/2012 por en Narrativa.
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