Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Seis relatos breves

PATRICIA NASELLO

La plegaria

Viene en contramano, toma mal una curva, derrapa, se desbarranca y cae en el patio de la vieja casona familiar. Construcción solitaria, hoy derruida, de la que salió huyendo treinta años antes nada más que por sentirle el gusto al afuera y  ser su único, permisivo, jefe, y buscar lo que de todas maneras habría encontrado porque era su destino. De todo lo que  tuvo sólo resta un gato azul y ambos se acomodan en el último, infecto cuartucho.

Cada atardecer, hunde el rostro en ese azul inefable y, por unos instantes, se apropia de lo perdido: aquellas risas, las únicas que hallaban eco en su corazón, aquellas caricias que amaba.

No recuerda cómo fue que hoy logró conseguir las mandarinas que hacen su cena mientras su compañero sale de correría. Cigarrillos siempre tiene, eso sí. Fuma sin descanso. Cuando ve que el cielo comienza a clarear por alguna de sus puntas, vacía la taza que usó de cenicero y ventila el cuarto. Al gato no le gusta el olor a humo y volverá a marcharse si oye esa toz cavernosa que lo ahoga.

De pronto ve que la silueta felina se recorta, elegante e impasible, contra la ventana abierta.

Respira lenta, cuidadosamente.

—Un atardecer más —suplica.

Suplica, sí, sin embargo su actitud no es la del suplicante. Nadie podría adivinar tras esa calma, ese dominio de la situación que muestra aún cuando nadie ve (y quizá más aún cuando nadie, excepto él, ve), la enormidad de su nostalgia.

El gato permanece en el alféizar.

Sin impaciencia (con un esbozo de sonrisa incluso, como quien entiende que la realidad es sólo un juego) comprueba lo que ya sabe: las  mandarinas se acabaron anoche.

Estaba hecho

 

“…  que quien no crea en las hadas cierre este libro y lo arroje a un canasto o lo reduzca al papel suntuoso de relleno de su biblioteca…”

Manuel Mujica  Laínez

 

Pone su vara sobre la roca y pronuncia esa palabra que no debía ser dicha. La luz que parecía generar la propia vara, como si fuese una flor, se desprende y eleva hasta extraviarse en el cielo.

—¡Ahora soy parte de la humanidad! —exclamó ansiosa, consciente de haber perdido el origen de su poder.

Pronto comprende que renunciar a sí misma fue sólo un primer gesto, que convertirse en otra, demanda mucho tiempo. Concreta su objetivo dedicándose por años a sumar gestos mínimos, resultantes de cálculos precisos, a través de los cuales obtiene un título de grado, dos maridos sucesivos y trillizos varones.

Sin embargo esta tarde, quizá nerviosa o cansada, esta tarde en la que se siente incompleta, deja los chicos al cuidado de la niñera, el estudio a cargo del socio, miente al marido una cita con el peluquero y camina varias horas por una senda escondida en las sierras pensando “bien puede criarlos el padre”.

Llega a aquella roca. Con calma, repite lo que no debía ser dicho, pero lo dice al revés. Y espera.

Morirá de vieja, en su propio cuarto, rodeada por su familia, de espaldas a la ventana abierta al cielo.

Cáncer

—Despertáte que me voy a morir —te dije aquella mañana de domingo. Los chicos estaban en el club.

—¿Qué?

—No ahora, ni esta tarde, pero de esto me muero.

Nos sentamos en la cocina, yo lloraba, el dolor en los intestinos era insoportable, vos comenzaste a hablar.

Ahora aquel momento me recuerda a unas líneas del Señor de los Anillos, cuando Gandalf advierte a los compañeros: “el poder de un mago está en su voz”.

Conversando acerca de cosas sin importancia, acerca de nada, me encantaste. Tu sortilegio detuvo tanto la diarrea, que ya me había hecho perder varios kilos en esas últimas semanas, como los horribles espasmos. Detuvo el miedo. Recuerdo la ternura y serenidad de tu tono, que no varió en las casi cuatro horas que tardaron los chicos en regresar a comer.

El almuerzo fue preparado y la vida siguió su curso. Durante ciertos días me sentí mejor, otros no tanto, hasta que alguno de los muchos médicos que consulté dio en recetarme la pastilla que puso fin a un problema que resultó menor.

Ocho años después, un cáncer de colon te mataba. Nunca me despertaste asustado, mucho menos llorando. Quizá alguna vez haga acopio de valor y te escriba sobre eso.

Samarkanda

La alfombra entra por la ventana, se deposita a sus pies. Ella se arrodilla y la acaricia, el contacto le agrada, trae a su memoria el recuerdo de su yegua favorita, y algo que nunca confesó: para montarla, se quitaba cuatro de sus cinco enaguas. Pero eso fue hace mucho, ahora se contenta deslizando las yemas de sus dedos sobre los hilos de oro de la recién llegada, observándolos bajo la luz de las velas descubre que dibujan una palabra: Samarkanda.

—¿Qué significa?

—Es el nombre de una ciudad que no existe —contesta él, hombre de ideas firmes y de manos que todas las noches toman firmemente lo que desean.

Cuando despunta el  nuevo día, él, como lo hace siempre, se va. Ella queda y procura olvidar ciertos movimientos que se repiten, ciertas torpezas.

Pero esta mañana no se ata el pelo y en lugar de ponerse ropa, se la quita, y ya está en cuclillas sobre la alfombra que se eleva.

—Llevame a Samarkanda.

Podría ser una orden, sin embargo es una súplica.

Regocijo

Él  vio a una desconocida, está seguro.

—¿Cómo, si el amontonamiento del basural apenas deja ver de noche? —lo increpa un niño cara sucia cuyas costras de roña parecen duplicar su peso exiguo. El resto de la barra apoya al desconfiado.

—¡La vi con estos dos ojos! —los chiquilines ríen, su ojo izquierdo, que a ratos se desvía como si quisiera unir fuerzas con la nariz, ni derecho ni torcido logra ver nada—. Dejó un ramo de flores abajo del árbol que está después del paredón. Capaz que hay un muerto ahí, enterrado —agrega con el desparpajo que le otorgan sus diez años largos de hambre. Sonrisa torcida, perversa.

Haciendo caso omiso a la escarcha que el sol  aun no derrite, recogen del basural algo que fue una pala. Entusiasmados, discuten quién será el que cave, cada uno encuentra el argumento que justifique su derecho a usarla. La expectativa colorea sus mejillas magras, los excita.

—Yo pateo las flores si todavía no las han cagado los perros —anuncia—. ¿Y si el muerto tiene anillo, cadena, medallita? —habla entre risas.

Los otros, mocos expuestos al aire gélido, ríen con él. La felicidad es contagiosa.

Génesis

Cayó como cae todo, desde arriba. A los pocos que vimos el suceso nos pareció un desprendimiento de la nada. Podría haberse tratado de una nueva especie de víbora o de un dragón muy viejo porque su color era amarillo.

—Es un gusanomio —dijo alguien.

Penetró la tierra fácil y hondamente. Entró y salió varias veces por el túnel que había abierto. Desapareció. Discutimos, algunos decían que permanecía bajo tierra. Otros, yo entre ellos, que había regresado al misterio de donde saliera.

Pocos minutos después la ciudad se estremecía. La plaza, las calles, la ribera del río y hasta sus aguas, todo se cubrió, como quien despliega una alfombra, por seres pequeños como babosas, gordos como gusanos y amarillos como los dragones cuando se ponen muy viejos.

Patricia Nasello

Patricia Nasello

Patricia  Nasello, narradora, nació el 28 de septiembre de l959 en Córdoba, Argentina, donde reside.  Obtuvo el título de Contadora Pública en la Universidad Nacional de Córdoba, profesión que nunca ejerció. Tiene publicado el libro de cuentos breves “El manuscrito” edición de autor, 2001. Coordina talleres literarios desde 2002 (a partir del 2005, en el Centro de Jubilados de SADOP, Sindicato Argentino de Docentes Privados). Algunos de sus cuentos han sido premiados  tanto a nivel provincial como nacional. Posee trabajos publicados en periódicos,  revistas culturales y antologías de cuentos,  soporte papel y digital. En el año 2012 su cuento breve “Fuego” ha sido publicado en el manual escolar “Lengua, Prácticas del Lenguaje 6” Editorial Kapelusz Norma. Y su nanorrelato, “Reanimación”, en el libro “Teatro X la Identidad” editado por el Ministerio de Educación de la Nación Argentina. Edita los blogs “Patricia Nasello microrrelatos” (textos propios) y “Narrar en Córdoba” (cuentos y microcuentos de escritores cordobeses).

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Información

Esta entrada fue publicada el 10/02/2013 por en Narrativa.
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