Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Amarilys

VLADIMIR MONTES VALDÉS

 

–¿Ya sacaste las cuentas? –preguntaba Amarilys desde la mesa del salón del bar a Ernesto, su encargado, que estaba al otro lado de la barra. Procuraba que su voz fuera lo más agradable posible. Para que aún, sin dejar de ser la dueña del bar, percibiera que no era impositiva al menos con su persona
  –Ya está todo cuadrado, podemos irnos.
  –¿Tengo las llaves, recoge que nos mudamos! –dijo con una sonrisa mientras recogía su bolso y se lo acomodaba en el hombro. Todo fue rápido y como una coreografía ensayada. Ernesto salió por la derecha del mostrador y se dirigió a la puerta de cristal de la entrada. Amarilys acomodó la silla y rodeó la mesa para dirigirse hacia la alarma, que en tres movimientos de dedos quedó activada. Salió rápidamente hacia la misma puerta, colocándose junto a Ernesto. Él con una llave arriba y ella con la otra debajo giraron al unísono los cierres. El local quedó a solas, oscuro y protegido por el sistema antirrobo.
  La noche era calurosa. Si no fuera un martes invitaría a tomar unas cervezas entre compañeros, pero se imponía el descanso para recuperar fuerzas y poder enfrentar otro día de trabajo a la mañana siguiente. Amarilys se despidió de Ernesto dándole los dos consabidos besos en la cara.
  –Bueno mañana vengo una hora más tarde para resolver lo de la seguridad social –recordó Ernesto
  –Vale no hay problema –Amarilys le quitó hierro al asunto–, tú sabes que no hay lío.
  Se despidieron, él entrando a la boca del metro y ella dirigiendo sus pasos al parking. Acomodándose en el auto, tiró su bolso a los asientos traseros y encendió el motor, saliendo ligera del estacionamiento. Superando las calles del centro, tomó la autovía para llegar a su casa en una urbanización en las afueras de Madrid. Entreabrió la ventanilla para sentir la brisa nocturna. Activó la radio y en su búsqueda, sintonizó una emisora que trasmitía la canción de Gloria Stefan que decía “…Con los años que me quedan por vivir…” y en lo que terminaba la melodiosa letra, llegaba a su chalet. Dejó el auto en la calle, abrió la verja y se adentró en su casa. Se encaminó hacia la cocina tomó una botella de tinto rioja y se sirvió una generosa copa, estaba sedienta. Se dispuso a mirar los “wassaps” que había recibido en su iphone… vio el de su esposo, José María, quien le decía que no regresaría hasta el sábado por la mañana. Estaba en Asturias por asuntos del negocio que regentaba. Amarilys sonrió. Dirigiéndose al baño, se dispuso a tomar una cálida ducha para refrescar “la Huella” como ella misma diría.
  Se acomodó en el sofá chaise longue en la media luz de su espacioso salón y encendiendo un cigarrillo se acercó el cenicero. Sintió ese click que le indicaba que ya se podía relajar, que su cerebro no tenía que seguir calculando respuestas, sacando cuentas o previendo consecuencias a mediano o largo plazo. Había terminado un día mas de trabajo, como cada día de su vida. Sintió como su cuerpo se distendía, sus articulaciones se relajaban, sentía como sus formas de desvanecían en el mullido sofá. Tranquilidad. Silencio envolvente. Relax total.
  –Ahora descansaré –pensó mientras daba cual beso, un sorbo al vino de la copa.
  Sola, en la diáfana casa, montada con todas las comodidades imaginables y pagables. Una tranquilidad que al fin tenía. Era por lo que había luchado en su vida: casa propia, negocio propio, sus ahorros y además, estaba muy bien casada. Sentía que se lo merecía. Lejos quedaban atrás muchas cosas, que no por haberlas vivido, dejaban de tener importancia y habían marcado su actual vida. En la quietud y la tranquilidad, los recuerdos comienzan a fluir y a desempolvar situaciones que fueron enterradas, sin permiso previo, y afloran de manera caprichosa. Se entretuvo mirando la estela del humo del cigarrillo que se elevaba al techo y antes de difuminarse le pareció ver un nombre: Adrián… uno de sus primeros novios cuando apenas era una chiquilla de 16 años, el primer amor y el primero con el que se acostó deliberadamente. Fue quien descubrió que ella era todo temperamento. Sensibilidad, explosión de deseos y locuras del placer… hecha mujer. Por Adrián vibró como nunca se repitió. Duró sólo unas vacaciones. Adrián junto a su familia abandonaba en una lancha el país de forma ilegal por la costa de Matanzas, una noche del caluroso septiembre. Él en su abandono, fue quien le mostró el camino al deseo por conocer nuevos olores y temperamentos masculinos que le proporcionaran esos momentos de placeres inexplorados, en cada milímetro de su piel. Después de varios tropiezos, engaños y desengaños, aprendió que sus deseos tenía que regularlos y dejarlos para los momentos precisos. El sexo no podía condicionar su vida, pero ella si podía condicionar su vida por el sexo. Eso lo supo cuando aquel chico, Israel que no le gustaba por lo poco agraciado que era… ¡El muy condenado! más bien por lo apasionado y lo que se desempeñaba en la cama; de manera espontanea empezó a regalarle cosas cada vez que se veían. Al principio las aceptaba con un poco de vergüenza. Ya después empezó a pedirle caprichitos de diferentes maneras: sin querer, insinuándose, y finalmente mientras él iba cediendo, exigiéndoselo. Fue él, Israel, quien le consiguió aquel trabajo en la Shopping, tiendas en divisas, que era de los mejores trabajos que existían en aquel entonces, en menos de mes y medio, ya era dependienta del departamento de perfumería de una gran “diplotienda” en La Habana. Al principio le costó lo suyo, recién cumplidos los 18 años, era su primer trabajo. Poco a poco, le fue cogiendo el ritmo al trabajo y sus posibilidades de búsqueda: cómo lograr propinas de los clientes masculinos, cómo alterar precios en productos para sacar ganancias en contubernio con los almaceneros de la tienda. ¡Ja! Recordaba aquella vez que junto con Lidia –con la que hizo muy buena amistad–, mientras ella se abría el escote de la blusa para que se le viera bien el canalillo y después se hacia la que buscaba algo en los estantes de abajo, empinando su trasero para que los de las cámaras de seguridad de la tienda le enfocaran. Lidia se guardaba rápidamente los perfumes más caros en sus ropas intimas, que después compartirían o revendían fuera a menor precio. Pero con ganancia total. Amarilys, sonreía mientras pensaba: “¡La verdad es que la vida te hace hacer cosas del cará!”.
  A todo esto recordó otras locuras con consecuencias beneficiosas. Su primera experiencia de puro negocio: con apenas 21 primaveras, tuvo que acostarse con aquel gerente gordo, de más de 50 años, para que la dejara pasar el curso de cajera, que le garantizó ingresos diarios por algunos años. Siendo cajera y con las ganancias se permitió comprar un apartamento en el Reparto Guiteras, con todos los rejuegos legales, que previo pago en negro y unas cuantas aparentes permutas, hicieron ver que todo estaba en regla. Por aquel entonces las ventas de casa estaban prohibidas como tras tantas cosas.
  Estuvo también con aquel moreno almacenero de electrónica, que le consiguió una antena parabólica para ver canales satélites, cuando eso solo era posible a personal diplomático.
  Así, recordaba Amarilys, como aprendió la disciplina de un horario laboral intenso que la obligaba siempre estar alerta, para que no la despidieran y defenderse de enemigos y enemigas que le salían al paso día a día, minuto a minuto. Situación que compensaba con “las equivocaciones en las vueltas a los clientes”. Los atontaba con sus maneras y saterías, para que no atendieran al vuelto de la compra, mientras ella les birlaba 10,20 o hasta 50 dólares. Había que tener un par de tetas… y, ella, las tenia bien puestas, redondas y erguidas. Nada, lo que se dice: armas de mujer.
  Como todo en esta vida dura un tiempo, sus hormonas a veces se imponían y le jugaban una mala pasada. Por eso se enredó con aquel gerente, Armando. Que porque no reconocerlo, en un principio la sacaba de razonamientos calculadores y la llevaba muchas veces a situaciones emocionales muy intensas. El magnetismo que le infundía era más fuerte que cualquier excusa lógica. Fue él quien la empezó a mover por locales solo en divisa, hasta volverlo en una costumbre. El Turquino, el Gato Tuerto, el Capri, Tropicana. Lo imposible a la gran mayoría, para ellos era rutina. Como mismo se hicieron las borracheras de Armando, cada vez más habituales. Sus escándalos, broncas y desinterés creciente en la cama. Razón por la que una noche se fue sola al Cabaret del Capri, ya era conocida. Y se sentó en la mesa de las bailarinas. Para después de unas copas, animarse y olvidar del lastre de Armando, que estaba durmiendo una mona más de su habitual modus vivendi. Fue un 23 de agosto, la noche que conoció a Giovanni. Estaba sentado tres mesas detrás de donde ella compartía con sus amigas del cabaret. En un momento se le acercó y le pregunto si tenía fuego. Ella al percatarse de aquel hombre, alto, rubio y de unos ojos azules que la desnudaban continuamente sin darle tiempo a poderse componer. Sintió un nerviosismo que la motivó a seguirle el juego. Recordaba cuando preguntó si todas eran bailarinas y ella no lo negó. Se unió al grupo. Subió al escenario y bailó junto a las chicas, los pasos que mas que vistos, cualquiera que bailara medianamente bien la salsa, sabía cómo imitarlos y convenció a el Napolitano, de su profesionalidad. Esa noche no regresó a la casa.
  Comenzó así su relación con Giovanni, que pasaba más tiempo en Cuba, que en su Italia natal. Tenía negocios en la isla con el gobierno. Con Armando le costó trabajo terminar, soportando inclusive amenazas de muerte. Hasta que un día tomó la decisión: propinarle una paliza. Por unos cuantos dólares, un grupo, que sin preguntar mucho cobró, actuó y dejó mes y medio a Armando en el hospital con más de una costilla rota y dos brechas en la cabeza. Lo convencieron que lo de ellos había terminado definitivamente.
  El compromiso con el italiano iba a más. Con la ayuda de él y unos cuantos dólares por encima logró permutar su apartamento, por una impresionante casona en el reparto Mónaco, con piscina incluida. Seguía trabajando en las tiendas en divisa, así podía tener más o menos al día el mantenimiento de dicha casa. Ya que su salario apenas equivalía a 10 dólares. En sus ratos sin el Napolitano, ella continuaba divirtiéndose en el Capri, en Guanabo o en cualquier otro sitio de esparcimiento en moneda libremente convertible. Y, secretos inconfesables: allí se topó una vez con algún chico joven vigoroso que le quitó el cansancio de la semana. Situación que Giovanni previa, por lo que le había dejado un espía para vigilar sus movimientos en su ausencia. No olvidaba Amarilys la discusión por este motivo que tuvieron en plena calle con todo el barrio mirando el show. El italiano le arrancó la cadena de oro que le había regalado el día de los enamorados y ella al intentar hacer lo mismo, por poco lo degüella, al pretender arrancarle la gruesa cadena que él tenía en el cuello. Cuatro días después hicieron las paces.
  En ese tiempo cambiaron al gerente de la tienda por séptima ocasión, por esa “compañera” con un historial intachable. Ex-directora de la cárcel de mujeres, había degenerado en gerente de las tiendas en divisas. Señora con evidente inclinación por las chicas de buen ver, en sus preferencias sexuales. Amarilys fue una de las despreciadas, al no “guataquearle” como hacían los demás empleados por temor a la ira de camionero de la ex directora de cárceles. Además era mal mirada al tener un reconocido novio extranjero. Esta situación se fue agudizando …empeorando y la obligó a tomar la decisión de pedirle a Giovanni que la llevara a Italia. Era el siguiente paso en su escalada de metas. Sería la solución a lo insoportable que se le hacía vivir ya en las condiciones cada vez más precarias por las que atravesaba el país en aquellos años 90, recordado como Período Especial. En la primavera-verano del año 94, a la razón del éxodo de salidas en balsas hacia la Florida aprobado por el gobierno, abandonaba el país en condición de casada legalmente con el ciudadano Giovanni Gandini. Obteniendo la visa que le reconocía como ciudadana cubana en el extranjero. Pasando así a engrosar el listado de la emigración light. (cubanos que no se radican en los EE. UU.)
  Recordaba cuanta emoción contradictoria le causó abandonar Cuba. El mareo, en ese primer vuelo interminable hacia la vieja Europa. Ver un aeropuerto inmenso como el “Fiumicino de Roma” y descubrir otra forma de vida en la lejana y fría Italia. Frialdad que se le hizo evidente durante los tres años que vivió en Nápoles. Giovanni, de un complaciente y atento esposo, descompensaba la relación con sus celos desmesurados que llegaron al maltrato psíquico, solo por puras conjeturas. Nunca le perdonó el affaire en su ausencia en la Habana. Le recordaba que estaba sola y que era lo que era, gracias a su condescendencia. Hasta que le grito en aquella discusión…
  –¡Si no fuera por mí, estarías revolcándote en Cuba con cuanto vendedor de churro te diera un dólar¡
Giovanni jamás olvidaría aquella ofensa. La punta de un tacón de aguja quedó como constancia de la respuesta de Amarilys en su frente. Cuando el Napolitano recuperó el conocimiento al siguiente día en el hospital… Amarilys ya estaba en España en casa de su amiga Lidia que le dio abrigo en su piso en Madrid, donde vivía hacia unos años. Los primeros meses fueron estresantes, pensando que en cualquier momento la vendrían a detener por lesiones a un ciudadano europeo. Más con el tiempo todo fue calmándose, el miedo esfumándose y entonces decidió buscarse la vida. Limpiando escaleras, cuidando niños, haciendo sustituciones en bares y cafeterías; como camarera, ayudante de cocina, friega platos, etc. Desempeños que le sirvieron de escuela para conocer el mundo de la hostelería. Precisamente trabajando como camarera, fue que conoció a José María, que se había divorciado de su peleona e insoportable esposa, hacia apenas un año y que desde que vio a esta bella cubana, por la dulzura, simpatía y temperamento explosivo… quedó convencido que esta era la mujer de su vida. Amarilys, le demostró a este pequeño Empresario, que no estaba equivocado. Este señor ávido negociante pero de buen corazón, también recibió en el trato, lo que necesitaba: atención y cariño. Tomó las riendas en el divorcio de Amarilys con Giovanni, para en poco tiempo hacerla su esposa y a insistencia de Amarilys que se negaba a ser solo una ama de casa, ponerla al frente de su bar restaurante en el centro de Madrid. La diferencia de esta nueva y madura relación se notaba y la experiencia acumulada no le iba permitir repetir errores de aficionada, ya tenía 39 años muy bien llevados. Y, justo ahora, estaba ahí trabajando en su negocio, con su vida estable, pero estaba también Ernesto…
  Si cada persona tiene un doble. Indiscutiblemente que Ernesto era el clone de Adrián. Era ternura y evocación lo que sentía Amarilys al observarlo. Era recordar ese sentimiento temprano que le parecía olvidado, como los recuerdos de sus vivencias pasadas en Cuba. Ernesto-Adrián los desenterraba con su presencia. Ella sabía que no debía, ni nada podía pasar. Él se lo dejo bien claro en aquella ocasión cuando le dijo: “Te buscan unas señoras de tu edad, Amarilys”. evidenciando la diferencia de años que los separaban. Sólo como consuelo, lo más disimuladamente que podía, le permitía al “doble”, tomarse ciertas libertades en el trabajo, como llegar tarde y otras mejoras de índole salarial a cambio de su desempeño como encargado, por supuesto. Y otras malacrianzas consentidas. Sólo por recordarle, sin él saberlo, la parte más bella y pura de su vida.
  Amarilys apagó el cigarro en el cenicero de alabastro, y con la última bocanada de humo puso fin a todos esos pensamientos. Traspasando la puerta se adentró en el dormitorio. Suavemente se dejo caer en su imperial cama… y con una sonrisa de satisfacción se quedó dormida, acariciando tiernamente las blancas sábanas de seda. Otro día de trabajo intenso, la esperaba a la mañana siguiente.

 

Collage de V. M. V.

Collage de V. M. V.


 
Vladimir Montes Valdés (Foto cortesía del autor)

Vladimir Montes Valdés
(Foto cortesía del autor)

Vladimir Montes Valdés. Escritor, dibujante y caricaturista cubano radicado en España. Cursó estudios de Economía y Diseño Gráfico en La Habana.

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4 comentarios el “Amarilys

  1. Rodolfo Jorge Poe Maresma
    02/08/2014

    Los emigrados cubanos y nuestras experiencias… en este ancho y ajeno mundo en el que nos movemos.En el caso de Vladimir y muchos otros y otras, son una fuente de inspiración . Felicidades a los que se enfrentan al reto de una hoja en blanco y la llenan de buenas palabras y creatividad.

    • vlaco
      06/08/2014

      Gracias por valorar mí propuesta y estimular mi modesto empeño.

  2. Miguel
    06/08/2014

    El duro trabajo, el labrarse el futuro y aprobechar las oportunidades. Consiste en esto la vida, porque no queda otra alternativa. Luego está el amor, el sexo, la amistad, la familia. Tambien es la vida, pero luego. O no!

    Como siempre, tienen tus cuentos la velocidad pausada de la realidad. Cuentas, desde el centro de lo cotidiano, historias extraordinarias. Bravo Amigo!!!

    • vlaco
      06/08/2014

      Gracias por apreciar en mi historia lo que intento recrear. Una realidad escrita que condenso en cuatro folios. Me estimula a continuar pintando con palabras mi cotidiana existencia. Agradecido.

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 02/08/2014 por en Narrativa.
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