Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Rostros en el cajón

MARCO MARTÍNEZ

 

Ya la madrugada tiene un olor, una forma diferente al resto del día. Pero en una madrugada que llueve, el mundo cambia totalmente, el olor es otro, los sonidos se dispersan, imprecisos, y las ideas se alargan espesas, como si se deslizaran lentamente.
  Manejaba hacia la estación. El estribillo de una canción, monótonamente, se repetía y se repetía en mi mente. De pronto, recordé la conversación que tuve con alguien que trabaja conmigo, ayer en la tarde, mientras esperábamos el tren de regreso. Hablábamos de otro compañero de trabajo, que ahora está ingresado para operarse. Tengo entendido que es algo simple; la vesícula, creo.
  Mientras escuchaba lo que decía el que conversaba conmigo, me asaltó la idea de que tal vez ya no volvería a ver más a esa persona. Fue una idea que surgió de la nada. Si no volviera y lo dejara de ver, ese hombre, en muy poco tiempo, “dejaría de existir”. De hecho, en este momento, me cuesta definir un solo rasgo de su cara. Recuerdo algunos gestos, una forma precisa de andar, el tono de voz. Pero su rostro se me difunde entre miles de otros rostros. Si lo viera ahora, al instante lo reconocería, pero por el contrario, si me pidieran describir su cara, me llenaría de dudas.
  Estoy leyendo una novela donde el personaje principal está echando en un cajón las pertenencias de su esposa, que abandonó la casa para irse con su amante. Es una situación común en la vida y en el arte. Pero lo que me atrae de este relato, este instante específico, es la falta de sentimientos. O, entendámoslo mejor: es la ausencia de la descripción de esos sentimientos.
  El personaje comienza la limpieza por el baño. Lo primero es el gorro plástico para el cabello, que aún cuelga de la ducha. Después será casi un ritual descrito con una precisión perfecta: el champú, el cepillo de dientes, los cosméticos, las toallitas para limpiarse el cutis, el desodorante, los perfumes, las blusas colgadas, los vestidos, los cajones con la ropa interior, un reloj inservible, zapatos, libros, pequeños adornos.
  Mientras leía, palabra tras palabra, yo sentía que se iba difuminando el cuerpo “real” de la mujer. Que iba desapareciendo en cada uno de los artículos depositados en la caja. No sé lo que el hombre pensaba. No me mostraba nada preciso con relación a sus sentimientos, pero el cepillo para el pelo, la blusa de color azul, el olor del perfume, “sí” me decían cosas. Era un silencio a gritos, un desprendimiento en cada insignificante acto de agarrar un objeto y depositarlo en el fondo de la caja. Con cada objeto guardado, la mujer desaparecía aún más, hasta que al final, no quedaba nada de su presencia. Fue una especie de despedida para quien ya había dejado de existir.
  Cuando termina de guardarlo todo va a la cocina, prepara una ensalada, cuece dos huevos y con una cerveza helada, se sienta a la mesa. Mientras va arrancando la cáscara de los huevos, distraídamente, observa por la ventana las ramas de un árbol que se mecen al viento.
  No me siento capaz de poder explicar con palabras el sentimiento o la sensación que me dejó ese instante de la novela. Un momento que no es ni siquiera definitorio para el desenlace del argumento. Pero, ahora que los charcos dejados por la lluvia, van reflejando las sombras y las luces de mi auto, mientras me dirijo a tomar el tren, recuerdo que hace treinta y seis años, yo también recogía y guardaba en un cajón de cartón, las pertenencias de mi padre.
  En el pequeño cuarto había un ventilador con las aspas desnudas, sin la rejilla de protección, varios periódicos, una máquina de afeitar, la brocha para la espuma, una loción, un jabón, dos camisas sucias, un pantalón tirado en el suelo, un cenicero con colillas de cigarro, una silla, un maletín vacío, tres baterías de linterna, una libreta de teléfonos y un bolígrafo.
  Todo lo que rodeaba a mi padre, cupo en un cajón, menos el ventilador. Puedo describir con precisión cada detalle de aquel cuarto, los olores, el rostro de la mujer embarazada que me rogó que le regalara el ventilador, hasta las manchas tan habituales en las camisas de mi padre, pero no podría describir su rostro.
  Cuando, buscando alguna cosa, me topo con una foto suya, su imagen me muestra una cara conocida, pero es solo un conocimiento de algo aprendido. Me explico: el rostro de mi padre es “el rostro de la foto”.
  El suyo desapareció, dejándome en su lugar, un ventilador viejo, una máquina de afeitar y dos camisas sucias.
  Estaciono el carro. Subo en el elevador y camino sobre el puente que cruza, por encima, las líneas del ferrocarril. Me siento en uno de los bancos que están bajo techo. Espero a que llegue el tren.

 

Marco Martínez (Foto cortesía del autor)

Marco Martínez
(Foto cortesía del autor)

Marco Martínez (La Habana, 1961). Generación de El Mariel. Escribe periódicamente en el blog personal: Palabras http://marco1661.blogspot.com/

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Esta entrada fue publicada el 08/02/2015 por en Narrativa.
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