Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

La edad de la peseta

ERNESTO GARCÍA

 

Estaba nervioso. Busqué las llaves en mi pantalón de uniforme y abrí la puerta. El verano llegaba plagado de sudores y un futuro prometedor; las vacaciones.
  Suzette era alta, rubia, de rostro aplatanado y amplia sonrisa. Parecía más delgada de lo que realmente era. Su altura me confundía pero debajo de cada pulgada, las piernas y un culito que apenas despuntaba, escondía una mujer en potencia.
  ¿Catalina? Muy diferente. Sus ojos azules, de cabello grueso y esponjoso, complexión fuerte, piernas torneadas, las tetas y las caderas pegadas con firmeza a su cuerpo.
  Entramos. La sala era amplia y confortable. Mi madre era cuidadosa con los detalles de la decoración. Los largos ventanales de vidrio filtraban la luz del sol y teñían de ópalo las camisas blancas de nuestros uniformes. No las abrí, me gustaba alejarme. Se sentaron.
  Quinto grado había sido muy duro y mis calificaciones tan buenas para dejarme pasar a sexto y tan malas para recibir una tanda de cintazos cuando mi madre se enterara. A quién le interesaba eso ahora. Hacía unos minutos había terminado el acto de graduación y nuestras camisas estaban garabateadas con mensajes, nombres y firmas de todos los de la clase.
  -¿Entonces? –dijo Suzette.
  Estaban sentadas en el largo sofá amarillo que un año antes mi madre había mandado a tapizar. Las miraba incrédulo. Me preguntaba qué hacían allí, por qué habían venido. No éramos tan buenos amigos, nunca habíamos estudiado juntos, apenas si habíamos cruzado palabra. ¡Qué coño! A quién le importaba.
  Les sonreí y por alguna razón creí que deberían llamarse Susy y Caty, corto, sonoro y sabía bien cuando repetía sus nombres con los labios mudos de mi mente. ¡Suuusyyy! ¡Caaatyyy! ¡Susy, Caty! ¡Caty, Susy!.
  -Son cerca de las cuatro y media, dentro de un rato me tengo que ir –sonrió Caty y se abrió el primer botón de la blusa del uniforme– Hace mucho calor aquí.
  «Sí, hace mucho calor». Pensé. No lo había planeado pero vi en el verano el inicio de un plan que se iba dibujando ante mis ojos. Un plan genético, sin cálculos. Un plan que venía de muy dentro y que no entendía ni podía predecir.
  -¿Verdad? ¿Eh?
  Con la seguridad de un hombre me fui a un esquinado bar y serví tres copas de licor de menta. Verde y viscoso se posaba en las copas y aquella textura provocaba entre mis piernas cierto escozor. Lo serví lo antes posible, el pantalón comenzaba a abultarse en la zona de la portañuela y me sentiría incómodo explicarles el por qué.
  -Para que se refresquen.
  Bebieron el primer sorbo y una vez pasada la sorpresa del alcohol se dejaron llevar por el dulzor de la menta. Yo conocía muy bien los efectos de aquella bebida, muchas veces había perdido el equilibrio y los recuerdos.
  -Está muy rico.
  -¿Tienes más?
  Claro que tenía más… y más les di.
  Mientras les servía recordaba cómo años atrás Ramy y Rafa, dos hermanos diabólicos, unos años mayor que yo, me habían introducido al porno mostrándome unas viejas fotos en blanco y negro. Al inicio me asusté. No era la primera vez que veía mujeres desnudas. Creyendo en la inocencia infantil, las mujeres de mi familia se desvestían sin tomar en cuenta mi presencia. Las había visto a todas. Pero aquellas tetas de las fotos, aquellos muslos y la pendejera tenían un efecto diferente. Me latía el corazón a tal velocidad que pensé que estaba asustado. Pero no, no era susto. Era una mezcla explosiva de conspiración, secreto y descubrimiento.
  Tenía el rabo tieso entre las piernas de imaginarme las tetas de Susy y Caty. El sudor les había pegado a la piel las blusas de polyester y sus pezones aparecían milagrosamente tras el blancor de la tela.
  -¿Jugamos? –preguntó Susy dándose otro trago.
  Puso una peseta sobre la mesa de centro.
  -Yo soy cara y Suzette es cruz –dijo Caty tomando la moneda y extendiéndomela.
  La tomé y la miré como quien nunca antes había visto una. Creo que tenía toda la sangre entre los muslos porque apenas reconocía las figuras de la moneda. A punto del desmayo reconocí a Martí que dibujaba una sonrisa socarrona bajo su gran bigote. Del lado opuesto el escudo cubano, con tantos símbolos patrios que se me habría bajado el encabillamiento. Gracias a Dios nunca había prestado atención en clase. Aquella peseta solo tenía por un lado a Caty y por otra a Susy, sudadas, abiertas, recién hechas.
  -¿Por qué tengo que escoger? – pregunté con sinceridad.
  -Así es el juego –contestó una de ellas pero a mí me parecía que hablaban las dos.
  Era injusto. ¿Por qué escoger? Aquello me parecía estúpido y debí tener esa cara porque miraba necio la moneda sin lanzarla a la suerte.
  Ambas me habían escogido para su primer juego de caricias y descubrir lo que hasta ahora eran historias de princesas salvadas. ¡Era el escogido! ¡Coño!
  Una de ellas me gustaba más. ¿Pero cuál? En cuanto pensaba en una y maquinaba como la besaría, le mordería el cuello, la oreja y le apachurraría las tetas con mis egoístas manos; me venía a la mente la lengua y los muslos de la que no tendría. Era un cachumbambé escurridizo que se tambaleaba entre el tener y el desear.
  No fue hasta este momento que entendí aquella frase que repetían los adultos. «Está en la edad de la peseta». Y sí, tenían razón, este era el momento de iniciación del que nadie me había hablado, el instante en que uno debía escoger. Nadie; ni padres, ni tíos, ni los amigos mayores me habían anunciado que un día como hoy llegaría. «El día de la peseta» y allí estaba yo: ante aquellas téticas florecidas, la menta transfigurada en el rojo de sus labios y un olor penetrante a mar que llegaba desde el sofá.
  Debió pasar una eternidad porque ambas se miraron extrañadas ante mi letargo. Se ataron las miradas y en un segundo eterno se acercaron y se besaron. Vi como Caty le mordía la boca a Susy que le masajeaba gustosa las tetas. Vi los pezones de ambas luchar alegres por romper el tejido sintético del uniforme. Las vi cerrar los ojos y tantearse entre los muslos que jugaban a cerrarse y abrirse. Escuché un gemido que nunca antes había escuchado. Un gemido que venía de un hermoso lugar jamás explorado y me oriné. No mucho, casi nada, solo la sensación caliente entre los muslos y una descarga mítica, un rayo de luz que me cegó instantáneo. Cuando abrí los ojos reparé que era yo quien gemía y que ellas pasmadas me miraban.
  -Lánzala y veremos qué sale. Cara o cruz.
  Seguía en silencio con la peseta en la mano. Las eternidades se sucedieron una y otra vez. Sin explicaciones Catalina y Suzette se levantaron y se fueron.
  ¿Habría pasado la prueba de la peseta? No sé. Desde aquel día de finales de junio cuando terminaba el quinto de primaria me quedé con el vicio de no elegir; con el deseo que repetía «Susy y Caty. Caty y Susy». El vicio de es mejor multiplicar y sumar que restar y dividir. Cuatro tetas son mejor que dos.
  La peseta cayó de mi mano. Sentí el tintinear y me animé a ver qué habría escogido el destino aquella tarde. Miré debajo del butacón y allí estaba la peseta, de canto, equilibrada al borde del azar.

2014

 

Ernesto García (Foto de Eva M. Vergara)

Ernesto García
(Foto de Eva M. Vergara)

Ernesto García (La Habana, 1969). Dramaturgo, director teatral, músico y diseñador. Cursó estudios de Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Desde muy joven comienza su carrera como músico trabajando en radio, cine y televisión. En 1990 se une como actor y músico a la compañía teatral más importante del país, Teatro Estudio, donde trabaja bajo la dirección de Raquel y Vicente Revuelta en obras como Concierto Barroco, Medida por Medida entre otras. Es en esa época que escribe su primera obra teatral, El mismo viejo temor y algunos entremeses. A fines de la década de los ochenta comienza su trabajo en la radio manteniendo por años varios proyectos y programas. En 1995 se exilia en Miami, donde inmediatamente trabaja con diferentes grupos teatrales como Avante, Prometeo, La Ma Teodora por nombrar algunos, como músico y diseñador de luces en obras como; Balseros, Suandende y Persecución, A Park In Our House, El álbum, El enano en la botella, La Feria de los inventos, Manteca… En el año 2000 crea uno de los portales en español de Teatro más importante: TeatroenMiami.com, escogido por Yahoo como uno de los 10 mejores portales en Español en el 2003. Es precisamente en ese año que estrena y dirige su primera obra en Miami, El Celador del Desierto ya con el sello de su propia compañía teatral Teatro en Miami fundada junto a su esposa, la actriz y profesora Sandra García. En el 2004 escribe y dirige el documental Raíces Aéreas: Dramaturgos, estrenado en varios festivales y universidades en todo el país. Improvisando a Chejov es su última obra antes de fundar en el 2007 Teatro en Miami Studio un laboratorio de investigación teatral donde escribe y dirige sus obras: Sangre, Aromas de un viaje, El Reloj Dodecafónico, Enema, Al Horizonte no se llega en una barca de papel, Fifty Fifty, Oda a la tortura, Drume Negrita, Diente por Diente. Hace versiones con piezas de Shakespeare, Chejov, Pirandello y Montes Huidobro. Ha escrito y dirigido cortometrajes: En un lugar…, El Cuadro y Red Poem. También innumerables proyectos y guiones para la cadena televisiva Telemundo. Parte importante de su trabajo teatral es la formación de jóvenes teatristas; actores, diseñadores de luces; la formación de creadores a partir de la investigación teatral y el trabajo sobre el escenario. Este estudio será material para un libro sobre el arte del teatro.

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Esta entrada fue publicada el 08/02/2015 por en Narrativa.