Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

La manta

ELVIRA DE LAS CASAS

 

a Chema

El cuerpo de Fernando se sumergió de golpe en el agua putrefacta, y descendió casi dos metros para luego emerger lentamente a la superficie, donde el contacto con el aire le provocó un agradable erizamiento de la piel.
  No pudo evitar entonces evocar un recuerdo de muchos años atrás, cuando siendo un niño flacucho y asmático su padre se empeñó en que aprendiera a nadar, como lo había hecho antes con sus hermanos mayores. Sólo que el viejo Antonio tenía un estilo muy particular de enseñar las primeras brazadas en el mar.
  Una vez que su padre consideraba que había llegado el momento de comenzar las lecciones, tomaba al chiquillo en brazos y lo lanzaba al agua, consciente de que el instinto de conservación le obligaría a patalear a la desesperada para mantenerse a flote. Únicamente cuando veía que las fuerzas comenzaban a abandonar a su hijo, se quitaba la camisa y se lanzaba al mar para ayudarle a alcanzar la orilla.
  El método no tenía muchos partidarios entre las mujeres de la familia, pero ninguna se atrevía a intervenir por temor a provocar la ira del viejo. Y lo cierto es que, después de muchas bocanadas de agua salada, todos los muchachos le perdían el miedo al mar.
  Aun en las noches sin luna, el entretenimiento favorito de hermanos y primos era nadar desde el muelle hasta la orilla para recoger un farol que el viejo dejaba encendido en la arena. El juego aquel llegó a convertirse en una verdadera prueba de hombría. Era la máxima demostración de valor que podían darle al viejo Antonio, que los esperaba sonriente en la punta del muelle con un tabaco humeante entre los labios.
  Después vinieron las competencias de natación en el Yatch Club, donde las muchachitas esperaban ansiosas conocer quién sería el ganador para ser su pareja en el baile con motivo de las regatas. A pesar de la desesperada situación en la que se encontraba, Fernando no pudo menos que sonreir imaginando la cara de sus amigas de entonces si hubieran podido verlo tratando de mantenerse a flote en una cisterna de la época colonial, manoteando constantemente para alejar de su cara todo tipo de inmundicias que asomaban en la superficie.
  En realidad, tampoco él hubiera podido imaginar esa mañana que iba a bañarse tan temprano. Fernando llevaba ya tres noches sin poder dormir, en medio de una crisis asmática que parecía no tener fin. Antes de almuerzo lo llamó el oficial de guardia para comunicarle que lo llevarían al hospital. Pero antes lo condujeron de tránsito a la cárcel provincial, cuyo jefe de orden interior, acostumbrado a tratar con delincuentes, le exigió que se pusiera el uniforme azul de los presos comunes para que el médico lo examinara. Y esto era una humillación que ningún político hubiera aceptado.
  Fernando sabía que, si se negaba a ponerse el uniforme, los guardias usarían la violencia. Miró a su alrededor y su vista tropezó con una cisterna que calculó tendría unos dos metros cuadrados y quién sabía cuántos de profundidad. Parecía ser muy antigua, posiblemente de finales del siglo pasado, cuando fue construido el penal, y debía haber perdido la tapa hacía muchos años ya, a juzgar por la suciedad que se acumulaba en la superficie. Estaba situada en el patio central, alrededor del cual estaban las galeras destinadas a los condenados por delitos comunes.
  Los guardias estaban decididos a hacerle vestir el uniforme azul, usando el argumento de que “en este país no hay presos políticos y ustedes no son más que unos delincuentes”. Y Fernando, sin pensarlo dos veces, corrió a toda la velocidad que le permitieron las piernas en dirección a la cisterna.
  Lo inesperado de su reacción dejó tan sorprendidos a los guardias que no tuvieron tiempo de darle alcance, ni de impedir que se dejase caer dentro de la cisterna, mientras escuchaba la algarabía de los presos comunes que le gritaban divertidos, como apostando a su caballo favorito.
  Ya dentro del agua, Fernando sabía que estaba en una posición ventajosa. Ninguno de aquellos hombres estaría dispuesto a manchar su uniforme de excrementos y desechos de animales muertos, sólo por sacarlo de la cisterna.
  “¡Sal de ahí! ¡Aquí los que mandamos somos nosotros!”
  “Entonces, ¡vengan a sacarme!”

 

Varias veces los guardias se habían acercado a la cisterna, intentando convencer a Fernando de que la abandonara. Pero ni las amenazas primero, ni las promesas de olvidar lo ocurrido después, lo hicieron desistir.
  El inusitado acto de rebeldía era más que eso, porque de su éxito dependía la dignidad de todos los que, como él, guardaban prisión por motivos políticos. Solamente si el jefe del penal se comprometía a no obligarlo a vestir el uniforme de los comunes accedería a salir de allí, y así se los hizo saber. Pero el tiempo seguía transcurriendo y Fernando no sabía cuántas horas o minutos más podría seguir resistiendo.
  Cuando los guardias se alejaban se acercaba al borde de la cisterna para descansar, pero resultaba casi imposible mantenerse mucho tiempo así, porque la espesa capa de musgo que cubría el cemento hacía que los brazos resbalaran poco a poco, hasta tener que volver a patalear con todas sus fuerzas para mantenerse a flote.
  Muy pronto sería de noche, y Fernando recordó una historia que le contó Juan, un viejo pescador experto en freir manjúas y ahumar serruchos que a los muchachos les encantaba comer cuando estaban de vacaciones, en la casa que la familia tenía en un cayo a pocas millas de la ciudad.
  Fue en una ocasión en que a los hermanos mayores se les ocurrió construir una balsa con caña brava para cruzar la bahía, a pesar de que en aquella época era muy frecuente encontrar tiburones por allí y los mayores les habían prohibido salir solos mar afuera. Llevaban horas navegando a la deriva, sin querer confesarse el miedo que comenzaba a hacerles un nudo en la garganta, cuando tropezaron con el bote de Juan, que regresaba de una pesquería.
  El buen hombre los condujo hasta una caleta que servía de refugio a las embarcaciones cuando había mal tiempo, donde estarían a salvo hasta ser encontrados por los hombres de la familia que los buscaban de cayo en cayo. Fue allí, saboreando el pescado que Juan asó en una improvisada fogata, donde supieron la historia de la manta de la bahía.
  “El mar de noche es muy traicionero”, comenzó diciendo el viejo pescador.
  “Ni siquiera el hombre más macho puede ganarle la pelea al mar cuando la oscuridad no le deja ver ni sus propias manos. Yo he conocido a muchos que se han tirado al mar de noche y no han podido hacer el cuento. Porque el peligro no está en las olas, ni en los tiburones que, aunque muchos digan lo contrario, no se meten con nadie si no se meten con ellos primero. El problema está allá abajo, donde la gente pierde la razón y en lugar de nadar hacia arriba, buscando la superficie, comienza a ver pejes de todos los colores, y como son tan bonitos, sigue bajando y bajando para seguir viendo esa maravilla. Y ahí es donde aparece ella, la manta de la bahía, que aprovecha la tontera de la gente cuando está embelesada mirando los pejes y le envuelve las piernas para halarlos hasta el fondo. No hay cristiano que se salve de la manta de la bahía”.
  El relato exagerado de Juan, que ahora le parecía pura fantasía, en su momento causó el efecto deseado por el astuto pescador: nunca más se aventuraron a salir solos mar afuera.
  Ya debía ser cerca de la medianoche, y en las últimas horas lo habían ignorado por completo. Sentía que el sueño lo podía vencer en cualquier momento, de hecho varias veces se había despertado al sentir que el agua cubría su cabeza y no lo dejaba respirar.
  Pero tampoco al sacar la cabeza del agua lograba llenar de aire sus pulmones. Cada inspiración le provocaba un sonido ronco que le sacudía el pecho, y una tos seca que sabía era la antesala inconfundible de un nuevo ataque de asma.
  Desde la galera de los comunes llegaba a sus oídos un golpeteo constante de latas que se confundía con las voces de los reclusos que le animaban a no rendirse. “¡Político, aguanta! ¡Moré, cántale algo, para que no se duerma!”
  Se acercó una vez más al borde de la cisterna y se sostuvo con todas sus fuerzas, decidido a no dejarse vencer por el cansancio y el sueño.
  Santa Isabel de las Lajas, querida…
  Mientras comenzaba a escuchar las notas entonadas por el improvisado cantante, Fernando comprendió que, aunque quisiera desistir de su propósito, ya no tendría energías suficientes para salir de allí sin ayuda, así es que no le quedaba más remedio que esperar.

 

Los guardias no salían de su asombro. Era la primera vez en la historia del penal que sucedía algo así. Los presos comunes no ocultaban su simpatía por el político.
  Lo que había en la galera era un verdadero desorden, los condenados habían lanzado al exterior las latas en que se les servía el desayuno y le gritaban frases de aliento al loco que se había metido en la cisterna desde el día antes.
  “¡Resiste, blanquito, resiste!”, gritaba a voz en cuello un negro grande que se había enrollado la camisa en la cabeza, dejando al descubierto un tatuaje de la Virgen de la Caridad del Cobre que le cubría el pecho de lado a lado.
  Fernando, sacando fuerzas de donde no tenía, llevaba un largo rato aferrado al borde de la cisterna. Apartó con una mano el cadáver putrefacto de una rata y se sumergió para despejarse un poco. Pero al volver a la superficie, con los pulmones a punto de estallar, comenzó a desear dejarse ganar por el cansancio y no seguir luchando.
  Recostó la cabeza al borde resbaloso y lo último que vio, con los ojos semicerrados, fueron las botas del jefe del penal que se acercaba, mientras aumentaba la gritería de los comunes.
  “¡No te pongas el uniforme si no quieres, pero acaba de salir!”
  Fernando no pudo oírlo, porque en ese momento lo envolvía una miríada de peces de colores, mientras un brazo gigantesco abarcaba sus piernas y lo halaba suavemente hacia el fondo de la cisterna. Desde lejos le llegaba, amortiguada por el agua, la voz del recluso Moré que seguía cantando:
  Cienfuegos es la ciudad,
  que más me gusta a mí…

 
 
La manta, Premio Museo Cubano de Literatura, 1999.
 

Elvira de las Casas (Foto: Diego Rodríguez-Arche)

Elvira de las Casas
(Foto: Diego Rodríguez-Arche)

Elvira de las Casas nació en Cienfuegos, Cuba, en 1955. En 1981 se graduó de Licenciatura en Lengua y Literatura Alemanas en la Universidad de La Habana, y trabajó como traductora y periodista radial hasta 1991, cuando llegó a los Estados Unidos. Desde entonces ha trabajado como editora en varias revistas de entretenimiento. Ha publicado la novela Doce mensajes a Hércules (Editorial Silueta, 2012).

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3 comentarios el “La manta

  1. Juan Carlos valls
    08/02/2015

    Wow….no esperaba este final, a pesar de que la historia contada por el viejo Juan tiene el misterio de lo fantástico y la fuerza que impone el peligro, lo leo Elvira y me pone triste, aun cuando lo leo montado en un forklif mientras trabajo y me escondo para poder avanzar en la historia, cuánto hay de lo anónimo en este cuento, cuanta gente sencilla ha decidido los peces de colores porque su corazón le de dice que el azul es mas que un color ……

  2. Elvira de las Casas
    09/02/2015

    A mí también me entristece esta historia, Juanca, por eso prefiero pensar en los peces de colores y no en la podredumbre que asoma en la superficie del agua de la cisterna. Gracias por tu comentario, que aprecio muchísimo.

  3. Kika
    12/02/2015

    Me encanta este cuento por lo bien escrito que esta. Fabuloso. Tiene de todo. Es brillante.

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 08/02/2015 por en Narrativa.
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