Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

El camino de alpiste y Jamesetta

EDUARDO CORZO

 

No desembarazarse de sí mismo, sino devorarse a sí mismo.
FRANZ KAFKA
(Cuadernos)

 

Aquí estamos, un domingo más, interponiendo a todo diálogo el lenguaje de las miradas que se pierden en el horizonte. Mi madre ha venido a nuestra cita semanal con un vestido blanco de flores negras y rojas que el viento agita invariablemente. Me alegra ver su lucha contra el microclima del parque; tal parece que multiplica sus manos en un intento por no quedar desnuda ni despeinada.
  Luego de besarme, abre las cestas de mimbre e inicia su ritual. Primero el mantel de cuadros, extendido como una ventana enrejada sobre la inmensidad monótona del césped. Rápido la vajilla, puesta en lugares estratégicos para impedir que la tela eche a volar. Después el colorido de alimentos y bebidas. Al final, la pregunta: «¿Qué te sirvo?».
  —Lo que sea —respondo mientras observo el cometa azul que un niño empina a lo lejos.
  Mamá sabe que no me va bien. Su clarividencia es incapaz de detectar un elefante a tres metros de distancia, pero en mí lo ve todo, aun cuando trato de volverme impenetrable. Y por si fuera poco, mi estado físico, desmejorado con este invierno áspero, pone en evidencia cuanto me acontece durante el tiempo que separa nuestros encuentros.
  —¿En qué trabajas ahora? —se interesa.
  —Tengo una novela en mente, aunque todavía no me atrevo a escribirla.
  —Adelántame de qué va la cosa —dice y me alcanza una tostada con mantequilla—. Tal vez te sugiero algo.
  —Solo te puedo adelantar el final; es la imagen más clara que guardo: dos hombres besándose, libres de prejuicios, en una tienda de aves domésticas.
  Detiene el cuchillo de untar. Pensativa entorna los ojos.
  —No se me ocurre nada. —Sonríe con tristeza, a modo de disculpa. De súbito añade—: ¿Cómo está Ignacio?
  —Bien —le digo sin convicción—. ¿Y papá?
  —Ahí, mortificándome. Ya desconfía de mis visitas «a la iglesia». Hay que cambiar de pretexto; no quiero darle más disgustos. Si por alguna casualidad se enterara…
  —…de que sigues en contacto con el hijo maricón —completo la frase a mi manera, o a la manera de mi padre, no sé.
  Un profundo silencio, casi fantástico, se instala entre nosotros, se aferra a nuestra piel con sus extremidades de medusa. El viento trasquila árboles pero no puede librarnos de esta cortina gelatinosa, como tampoco puede vencer la arrogancia del cometa azul del niño, que de nuevo contemplo para evitar el rostro de mamá.
  Ella me extiende una cuña de pastel. «Lo hice de chocolate», anuncia. «Tu favorito». Pruebo el dulce. El agradable sabor me aísla del parque por unos segundos.
  —Te traje dinero —dice sacando de su bolso un sobre que me entrega—. Tienes que alimentarte, Cristóbal. Pareces un zombi. —Me sirve un poco de jugo. Antes de beber agarro mi libreta de apuntes. Ella continúa su sermón—: Y no te obsesiones con la literatura, y mucho menos con los que no valoran tu talento. Algún día esa pandilla de iletrados que hoy se niega a publicar tus libros, te aplaudirá.
  Esbozo una sonrisa para que se calle.
  De pronto el viento arrecia. Las páginas de mi cuaderno ejecutan una danza veloz, sucediéndose unas tras otras con un murmullo de banderas en alta mar. Logro entorpecer la coreografía usando de marcador el sobre del dinero. Entre tanto, el niño, a simple vista feliz, alimenta con cordel su cometa azul. Y sin que nadie se lo esperara, cuando parecía que el ritmo de las personas y animales allí reunidos, de la vegetación allí plantada, de los objetos desperdigados por doquier iba in crescendo, el clima se aquieta en un instante. Todo adquiere una nueva dimensión, menos íntima, más parsimoniosa; todo, excepto el cometa, que inicia su desplome con raras espirales y sacudidas. Creo poder sentir el pánico del chiquillo, las lágrimas que habrán de saltarle en cuestión de segundos. Desvío la mirada en dirección a mamá, para no quedarme con la estampa del juguete destrozado contra los árboles. Oigo el llanto y los gritos que reclaman la presencia del abuelo. Una grieta de luz, tan dramática como los boquetes que de seguro arruinaron el papel color cielo del cometa, ilumina las habitaciones de mi mente.
  —Empezaré a escribir la novela en cuanto llegue a casa —declaro al mundo, más que a mi madre.
  Después cierro mi libreta de apuntes, con el sobre del dinero en su interior.
 

Vuelves a abrir la libreta de apuntes en la página donde descansa el bolígrafo. Reproduces la frase que te llama la atención: «No desembarazarse de sí mismo, sino devorarse a sí mismo». Y agregas: «Franz Kafka (tomado de sus Cuadernos, página 364)». Piensas que valdría la pena iniciar una de tus historias con semejante cita.
  Nunca te ha gustado dejar anotaciones en los libros que lees. Los prefieres impolutos, tal y como salieron de la imprenta, acariciados solo por los dedos y la concentración respetuosa de sus víctimas. Debido a esto has acumulado cinco cajas llenas de cuadernos con frases, esquemas y observaciones, las mismas que puedes llevarte contigo siempre que te ausentas del hogar por largos periodos de tiempo; cada una exhibe la palabra frágil en forma de alerta, como si contuvieran porcelana de la Dinastía Ming, y no papeles.
  Sin esperártelo, tampoco sin asombrarte, Maia te desentierra de tu abstracción tocando la puerta de la biblioteca-estudio. Con su vocecita de esposa dócil y provinciana pide tu autorización para pasar. «Adelante», respondes.
  La ves aparecer con la bandeja del desayuno. Compruebas la hora; Maia posee una puntualidad desquiciante.
  —Buenos días, cariño —te dice acomodando el cargamento sobre una mesa cercana a tu sillón, de frente al librero carmesí que guarda las ediciones de tus obras—. ¿Dormiste bien?
  Sus palabras te recuerdan que anoche no dormiste con ella (ni siquiera dormiste). Encerrado en tu búnker casi terminas de beberte el libro del genio checo. A las tres de la madrugada lo abandonaste y te pusiste a pensar en tu último viaje de trabajo a La Habana.
  La ciudad caribeña, con su fuerza arrolladora de colores y relieves antiguos, con su promiscuidad y sus razas insólitas, con su cadencia que lo empapaba todo, te convenció desde el primer vistazo de lo grises y fríos que resultaban los textos que habías redactado antes del viaje, como parte de la novela de ese entonces. Ninguna guía turística, ninguna de tus pesquisas en Google se comparaba a estar allí.
  Anoche recordaste también lo que verdaderamente te hacía optar por esta o aquella latitud para situar tus exitosas historias: los hombres. Sí, Arturo, los hombres. Lejos del prejuicioso cerco que trazan tus familiares, tus amigos, tu agente literaria, tus lectores más cercanos, tu esposa, te permites agradables deslices, pequeños affairs. Por espacio de un par de semanas liberas tu espíritu, que durante el resto del año vive reprimido o sofocado por el temor de ser visto en bares de ambiente. Y La Habana superó tus expectativas. Al apartamento que rentaras en la calle Colón llevaste de todo, desde negros que parecían príncipes africanos, hasta transexuales, bailarines de danza clásica y enanos contorsionistas. Si se te hubiese ocurrido la morbosa idea de retratar a cada uno de los empleados sexuales que te han servido a lo largo de tus excursiones, ahora podrías publicar una enciclopedia sobre las maravillas del mundo.
  —Olvidaste traerme los periódicos —le adviertes a Maia, y enseguida sale a buscarlos dándose una palmadita en la frente.
  Te sirves un pedazo de pastel de chocolate, tu favorito.
  Maia vuelve a aparecer, esta vez con la prensa y media docena de sobres que revisa de forma rápida. De ellos te entrega solo uno, remitido por una de tus mejores amistades; los demás son de fanáticos que por lo general te proponen estupideces como escribir novelas a cuatro manos o inspirarte en sus vidas de mierda. Abres el sobre y encuentras la hermosa fotografía de un parque lleno de campistas hambrientos, donde asoma tu ahijado empinando el cometa azul que le regalaras por el Día de Reyes.
  —Cariño, recuerda que hoy tienes reunión en la Editorial —dice tu esposa, antes de marcharse y cerrar la puerta.
 

Ignacio abre la puerta con un terrible agotamiento; lo sé sin necesidad de despegar la vista de la Underwood, pues cierta pesadumbre se adueña del desván. Suspendo la escritura al término de una acotación, para luego atreverme a enfrentar su presencia sudorosa, de hombros caídos y rostro melancólico. Él deja caer al piso el maletín de sus clases de yoga. Enseguida se sirve un vaso de agua que apura de un tirón. Finalmente se acerca y me da un beso.
  —¿Le echaste comida a los pájaros? —pregunta, aunque seguro sabe mi respuesta.
  —Lo olvidé, amor —digo en voz baja, como disculpándome—. Es la novela, que me absorbe por completo.
  —Un día voy a llegar y todos van a estar muertos de hambre. —Dando muestras de enojo, retira los quince pozuelos de comida y los quince bebederos de las quince jaulas, y añade—: Al menos fuiste capaz de cocinarte algo, ¿no? —Dedico mi atención a la única ventana del cuarto, muy cercana al piso y con una altura que no supera mis rodillas; quisiera escapar por ella para no tener que sufrir el discurso de Ignacio—. Si continúas atado a la máquina y te olvidas incluso de almorzar, dentro de poco serás invisible… Además, vengo cansadísimo: ¿no crees que merezco una pizca de consideración?
  Incapaz de seguir oyéndolo, pongo en marcha un plan que nunca falla. Primero me le aproximo por detrás con pasos de tigre inofensivo. Después lo envuelvo con mis brazos, dibujo caricias en su piel usando la yema de los dedos, le muerdo suavemente las orejas entre susurro y susurro. Al momento noto cómo su pulso se aquieta, cómo sus exclamaciones terminan diluyéndose en un gran suspiro. Ignacio es un hombre que se deja moldear a base de ternura.
  —Ya estoy al terminar la novela —le digo aprovechando su vulnerabilidad—. ¿Con cuánto dinero contamos para imprimir unas… diez copias?
  —¡Diez copias de una novela que tiene casi doscientas páginas! —grita alarmado—. No podemos darnos ese lujo, Cristóbal.
  —Amor, se trata del tour. —En nuestra lengua, «el tour» es visitar las editoriales más importantes de la ciudad para dejarles un ejemplar de la obra; a esta lista se suma la casa de mi escritor favorito, en cuyo portal hay una enorme caja de madera con un cartel lapidario: «Eche su correspondencia aquí, y lárguese. Procuraré responderle»—. He puesto mucha fe en esta historia —agrego con rostro de niño compungido.
  —Eso dijiste la última vez, y han pasado más de seis meses y nadie te llama.
  —Quizá lo que falló en esa ocasión fue el escenario: ubiqué los acontecimientos en La Habana, y yo ni en sueños he estado allí. Pero ahora la situación es diferente. Siento que conozco cada segundo de mis nuevos personajes. Hasta me parecen vivos.
  —Cristóbal, hay que saber cuándo se puede y cuándo no —dice Ignacio con un tono que vuelve a ganar firmeza. Rápido se libera de mí y continúa su labor, su perorata—. Llevo años deseando tener mi propio negocio de aves domésticas, pero entiendo que por ahora es imposible porque el dinero apenas nos alcanza. Deberías entenderlo tú también.
  —¿Y si le vendemos el canario negro con rojo intenso al criador que estaba dispuesto a pagarte una fortuna? —Un silencio feroz, solo interrumpido por la algarabía de los pájaros, me hace mirar de nuevo la ventana. Ignacio detiene su trabajo, se voltea hacia mí, y sosteniéndome el mentón me obliga a afrontar el dolor creciente de su rostro.
  —Ese canario no está en venta.
  —Amor, los padres ya esperan su próxima nidada…
  —¡No está en venta, Cristóbal! La probabilidad de que vuelva a nacer otro con esas mismas características es de una en un millón.
  —Comprendo que no te guste la literatura —digo en un último intento por obtener su aprobación—; solo me pregunto si al menos confías en lo que escribo.
  Los labios le tiemblan como si quisiera articular media palabra pero una fuerza mayor se lo impidiese. Después explora el interior de la caja-nido de los diamantes de Gould.
 

«La madre se comió uno de los huevos: señal inequívoca de su falta de calcio», tecleas antes de cerrar la tapa del ordenador portátil. Te detienes a ver cómo el artilugio comienza a hibernar con ese mundo de pájaros que te has construido. Gracias a esta historia, y luego de varios libros ya publicados, adviertes por fin cuánto de refugio tiene la literatura, más aún para aquellos que, como tú, no pueden vivir del modo que quisieran.
  Una pluma negra, moteada de rojo intenso, se posa encima de tu mano. No es ningún espejismo, Arturo. Miras en dirección al amplio ventanal y allí encuentras la jaula con el hermoso espécimen: hace tres semanas que está bajo el techo de tu búnker, y hace cuatro que conociste al que te lo regaló.
  Aquel día ibas camino a tu reunión en la Editorial. Decidiste coger el ómnibus, cuyos rodeos y lentitud te permiten armar ficciones extraordinarias. Como siempre, te sentaste en uno de los últimos asientos tratando de pasar desapercibido. Y para tú desgracia (que pronto sería felicidad), él se sentó frente a ti y sacó tu última novela, la de los acontecimientos en el Caribe. Después, ajeno al ómnibus y a los paisajes anodinos que se sucedían enmarcados por las ventanillas, empezó a leer. Así estuvo cerca de diez minutos. En uno de los cambios de página levantó la vista y te descubrió, a todas luces sorprendido. Rápido, sin siquiera disimular, buscó en la solapa del volumen tu retrato. Comparó la realidad con aquella imagen que odiabas, y al establecer las coincidencias sacó un bolígrafo y te pidió una dedicatoria. «Soy un gran admirador de su obra», fue lo primero que logró decirte. «Al fin tengo el honor de conocerlo. ¿Por qué nunca participa en el lanzamiento de sus libros?».
  Como si atesorase muchísimas ideas que le gustaría compartir contigo antes de que bajaras en alguna estación, desató un excelente discurso a igual distancia del caos y la inteligencia, de la ironía y la sensibilidad. Tanto te conmovieron sus palabras, que tu oscura predisposición se fue transformando de a poco en un interés ávido, progresivo. Dejaste, incluso, que pasara la esquina donde debías abandonar el ómnibus. Y al gusto por oírlo le sucedió un deleite mayor, más preocupante: contemplarlo. Sí, Arturo, contemplarlo como jamás te habías atrevido a hacerlo dentro de los límites de tu geografía falsa. Esa dulce sensación de naufragio solo te la permitías en tus «viajes de trabajo», y aun en tales excursiones los sentimientos resultaban menos nítidos.
  El joven se llamaba Luigi. Era homosexual. Dirigía una tienda de aves domésticas frente a la Plaza del Espíritu. Había leído y releído todas tus obras; las conocía mejor que tú. No compartías sus preferencias musicales, filmográficas ni literarias, pero te atraía su sinceridad, sus ocurrencias y, por qué no, su físico.
  Mientras hablaba, tu desdoblamiento de escritor comenzó a fabricar una historia basándose en sus experiencias, las mismas que te entregaba de forma limpia, sin paliativos, como si se hubiera propuesto facilitarte el trabajo de la creación. Gracias a Luigi y a tu imaginación frondosa, para ese entonces sabías bastante del que había de ser tu próximo antihéroe: joven narrador, vive en un desván, el padre no puede verlo ni en pintura a raíz de su homosexualidad declarada, la madre organiza encuentros clandestinos con tal de sentir su presencia, el novio está a punto de abandonarlo por su egoísmo feroz.
  Finalmente, el primero en descender del ómnibus fue él. Le prometiste pasar por su tienda para recoger el canario que pensaba regalarte.
  Como consecuencia de tu entretenimiento, llegaste a la Editorial tardísimo, ebrio de júbilo. Tu agente literaria te esperaba con un vestido blanco de flores negras y rojas, que parecía un objeto anacrónico a causa del mobiliario de Mies van der Rohe dispuesto en la oficina. Te preguntó en qué proyecto andabas metido, si necesitabas dinero para visitar algún lugar «exótico», si te complacía el diseño gráfico de tu última obra publicada, siempre barajando las interrogantes con frases que mucho tenían de adulación, pues tú representas su mina de platino.
  —La nueva historia se aparta de todo lo que he escrito hasta ahora —le advertiste.
  —Arturo, no te me pongas a experimentar que nos hundes el negocio —repuso ella, dando muestras de nerviosismo—. Los lectores detestan los cambios bruscos.
  —El protagonista será homosexual —continuaste, sin prestarle atención.
  —¡Ah! —exclamó como aliviada—. Si se trata de eso no hay ningún problema: ahora el rollo gay está de moda.
  Cuesta creer que en pocas semanas hayas cambiado de forma radical tu manera de discernir el mundo. De aquel Arturo que vivía cómodo en su perfecta mentira, ya nada queda. Ahora se trata de un individuo que, ansioso, feliz, maravillado, visita con frecuencia la tienda de aves de la Plaza del Espíritu, disfrazando de justificaciones cualquier necesidad del canario negro con rojo intenso.
  Eufórico, vuelves a abrir la laptop para reanudar la escritura. Te burlas de Hemingway y su consejo de detener el trabajo cuando se sabe lo que va a pasar después.
 

Y no me detengo. Primero derramo los papeles sobre la bandeja del horno. Luego los salpico de aguarrás y con un gesto trémulo de la mano lanzo un fósforo encendido. La rápida parábola que dibuja en el aire me basta para asistir otra vez a cada instante de mi existencia. Al contrario de lo que supuse, me siento libre, casi vacío, con una nostalgia distante que no me preocupa. Sin embargo, me gustaría creer que es mi orgullo de pésimo escritor el que combustiona en semejante hoguera, para no ponerme a contabilizar el tiempo dedicado al oficio. Pero la verdad se impone como un muro infranqueable: son tus huesos, Cristóbal, los que se amontonan en la bandeja, tus huesos forjados a golpe de máquina e intuición, tus huesos que se estremecen cuando el fuego les mutila capítulos, escenas, párrafos, oraciones, palabras, caracteres, blanco.
La literatura me ha ignorado de nuevo: han pasado dos meses y no he recibido mensaje alguno de las editoriales ni de mi escritor favorito. Por si fuera poco, Ignacio se ha marchado, y junto a él mi única posibilidad de trabajar durante horas en lo que me gusta, ajeno a todo lo superfluo y fastidioso de la existencia humana. No hizo falta que me anunciara nuestra separación, pues la vi acercarse desde que le propusiera vender el canario negro con rojo intenso (lo que hizo pese a su resistencia inicial y gracias, como siempre, a su carácter maleable).
Echo un vistazo hacia la pared que sostuviera las jaulas, en busca de los dos primeros cráteres que dejó mi fatídica sugerencia: uno, el del espécimen de cromatismo inusual; otro, el del canario rizado francés que (según él) fue preciso añadir al negocio con el comprador para mayor provecho. Luego vino el desmonte absoluto, el silencio tan grande que dificulta la concentración. Ahora el desván parece un museo desvalijado.
El fuego se apacigua. Los últimos cuerpos de humo escapan por la ventana. Con ambas manos retiro dos tajos de humedad que me surcan el rostro. De camino a la cocina tropiezo con la Underwood, echada en el piso como una tortuga de herrumbre. Descubro alarmado que mi maldición persiste: tengo ganas de escribir.
 

Era el cumpleaños número cincuenta y tres de su padre. A la hora de la comida la larga mesa estaba llena de personas. Mientras esperaba el momento para pronunciar su discurso y entregar el obsequio que guardaba bajo su silla, reflexionó en torno al manuscrito que hallara días atrás en la caja de madera que le servía de buzón.
  Nunca revisaba él la correspondencia. Esa tarea recaía en Rosario, su empleada, que poseía una habilidad notable ordenando el caos de sobres y paquetes, y cediéndole solo lo imprescindible. Pero aquella mañana la Biblioteca Nacional le enviaría unos libros que solicitó con motivo de su nueva novela, y ante la posible demora de la muchacha en busca de un regalo para el cumpleañero, decidió salir al portal y enfrentarse él mismo a la abrumadora labor.
  Desde el principio aquel volumen lo sedujo, pues se trataba de la fotocopia de un original hecho en alguna máquina de escribir. «Los fanáticos adoran el vintage», murmuró. Pese a sus reservas iniciales, del título que le parecía maravilloso pasó al primer capítulo, después continuó con el segundo, el tercero, el cuarto…, hasta que se le hizo imposible abandonar la historia sin conocer su final.
  Y fue una revelación, un acontecimiento, un impulso oportuno que lo sacó de sus terrores. La última escena, dueña de una perfección que merecía por sí sola los mayores elogios, al punto de que recorrió media docena de párrafos sin hacerles anotaciones ni esquemas en sus márgenes e interlíneas (algo que disfrutaba muchísimo) por miedo a romper la magia de la lectura, había de girar a su alrededor varias veces: dos hombres besándose, libres de prejuicios, en una tienda de aves domésticas. Muy tarde le preguntó a Rosario si aún conservaba los demás títulos a que se refería el joven remitente en la carta de presentación. Para su sorpresa, la empleada apareció con tres de los siete mencionados; los otros habían perecido en el ajetreo del hogar. «Cuando recupere el tiempo que perdí desembarazándome de mí mismo, tendré que ponerme en contacto con Cristóbal Bassi, el artífice de este rayo de luz», le dijo alzando el manuscrito que acababa de leer. Ella adoptó la expresión de quien no entiende nada y le da igual.
  De pronto alguien lo tocó con el codo para indicarle que era su turno de homenajear al cumpleañero, luego de que Rosario le regalara a este una corbata azul marino. Todos lo observaban en silencio, no sin cierta envidia afectuosa, como si ser hijo único implicara una responsabilidad mayor hacia el padre.
  —Estoy enamorado —anunció con valentía, antes de que se desataran los aplausos, los cumplidos, las palmaditas en los hombros, la vanidad de su progenitor que ya hablaba de sortijas y nietos. Nadie más que Rosario, quien había llegado a conocerlo como ninguna otra persona, parecía escapar de semejante ilusión. Tal vez la muchacha comprendió de golpe a qué se refería la frase dicha durante la profunda lectura de días atrás.
  —¿Quién es la afortunada? —quiso saber la madre.
  El escritor sacó de debajo de su silla una jaula con un canario rizado francés. Solo entonces respondió la pregunta: «Ignacio, mi profesor de yoga».
 
 
 

JAMESETTA

 

A Etta James, con nostalgia.

 

Otra vez ante al micrófono. Otra vez me avergüenzo desde la lejanía y la penumbra de mi mesa. Un sudor frío me recorre la frente, la espalda, las manos temblorosas. Me estremezco. Nadie en el mundo, excepto ella, es capaz de contarme una historia (su historia) con tan solo una nota. ¡Pero qué nota! Una nota con anima, con passione, con dolore. Un dulce arañazo de voz que se imprime en el silencio, que precede al torrente de frases camufladas de emociones y ubicuidad como Dios Padre Todopoderoso. Hay momentos en que no importa lo que diga, sino cómo lo dice. Es la experiencia misma del bel canto, y como experiencia al fin, lo valioso es vivirla. Y ella lo sabe, ella disfruta sumergirnos en esa atmósfera que mucho tiene de fondo oceánico, de relojes que avanzan al ritmo melancólico de sargazos, donde se teje una respiración común, donde a veces ni se respira cuando a un matiz grave, que se arrastra, le sigue uno agudo que supera la capacidad de cualquier instrumento, o bien una sucesión de notas rápidas que se tornan prodigio, cascada de voz. Entonces deja adivinar sus preferencias musicales, que van del gospel al blues y de este al jazz. Su amplísima tesitura nos habla de ídolos y héroes. En cada octava que supera, en cada gesto o transgresión, asoman Memphis Minnie, Frank Stokes, Marian Anderson, Rosetta Tharpe, Ma Rainey, Ethel Waters, Mahalia Jackson, Louis Armstrong, Mamie Smith, Lady Ella, Billie Holiday. En su cuerpo convergen las calles del antiguo Storyville, minado de salas de espectáculos y de artistas ebrios de experimentaciones, tanto como convergen las rutas marítimas que siglos atrás poblaran de negros todo un continente. Si habla de amores marchitos, ante nosotros se extiende un horizonte de nubes grises. Si habla de los negros que se tragó la ferocidad blanca, vemos cientos de cuerpos ahorcados, vemos edificios que arden, vemos una bandada de sombras hambrientas de crímenes. Porque ella jamás olvida de dónde vino ni cuánto sufrimiento lleva en el pecho. Ella recuerda (me recuerda, aunque no sepa que la oigo) que desde los cuatro años acompañaba a su madre a la iglesia y se infiltraba en el coro para cantar gospel, que ocho años después el pulso implacable de su garganta la convirtió en solista principal, que junto a su mamá también trabajaba como sirvienta en la mansión lúgubre de Muff Lawrence, entre animales embalsamados y retratos de familiares dudosos, que cierta noche, oculta tras un cortinaje de terciopelo rojo heráldico, vio cómo su patrón sentó a su madre sobre el teclado del piano más querido, el mismo piano en que minutos antes le diera vida a algunas de las Rapsodias húngaras de Franz Liszt, y la penetró sin compasión, con espasmos que hacían del instrumento una caja de sonidos inútiles, y se volteó de súbito y descubrió su carita enmarcada por las cortinas, sus ojos verdes perforando la oscuridad, y no se detuvo sino que redobló la fuerza de los embates, y la madre lloraba y él reía y volvía a mirar a la Jamesetta-Nena (que luego había de ser la Jamesetta-Divinidad) porque le daba morbo, y ella petrificada de espanto, sin saber qué hacer, como tampoco supo qué hacer cuando creció y fue su turno de sentarse en el piano y su madre vino por detrás y quiso enterrar en la espalda del patrón la cornamenta fabulosa de un antílope, pero no pudo, antes bien se quedó quieta mientras él reía y empujaba y empujaba y empujaba… Ahora resulta que la noticia del horrible asesinato de un hombre al que mucho quiso le está vaciando el cerebro a la soprano dramática de coloratura. He sabido con misericordia que asiste a consultas de psiquiatría. Según me dicen, son pocos los meses en que no atraviesa por periodos de hibernación mental cada vez más largos y preocupantes, con los que se vuelve una muñeca muda, de pasos lentos, enamorada de lo imperceptible, como la marcha de los astros, y de lo diminuto, como un río de hormigas arrastrando recortes de hojas hasta su fortaleza. La Jamesetta-Ausente invade, se alimenta, desocupa de talento a la Jamesetta-Divinidad, de la que solo quedan brevísimas temporadas de lucidez que aprovecho al máximo oculto en los rincones menos iluminados de los centros nocturnos que la contratan. Como este, por ejemplo, donde hace un segundo se paró frente al micrófono para avergonzarme de mi descendencia esclavista, de la infamia que sucedía a mis sesiones de piano y de lo mucho que disfruto darles apariencia de vivos a animales muertos.
 

Eduardo Corzo
(Foto cortesía del autor)


 

Eduardo Corzo (Manzanillo, 1992). Narrador y arquitecto. Miembro de la Asociación Hermanos Saíz y egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ha obtenido, entre otros, los premios Farraluque de Literatura Erótica con su relato «Esa clase de enfermos»; Beca de Creación «El caballo de coral» por su novela El desierto y la clepsidra, y Pinos Nuevos 2015 con su libro de cuentos Estampas de asuntos oscuros, publicado en Cuba el mismo año. Es autor además de Los detestables.

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Esta entrada fue publicada el 22/07/2017 por en Narrativa.
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