Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Fotogramas

MARÍA CRISTINA FERNÁNDEZ

 

Tú tampoco saldrás de aquí. Eres un condenado que paga con su vida el precio de tres muertes. Te llevaste a tres de un golpe, mejor dicho, fue tu mano sobre el rifle la que invocó la fatalidad. Tu mano que estaba destinada a mejores empeños, pero acabó disparando sobre esa tríada de cuerpos que en conjunto formaban lo que llaman “la sangre”. La sagrada familia aniquilada de cuajo.
  Tienes el pelo cano y la dulce mirada del miope de la que habla Susan Sontang. Te expresas en el más distinguido castellano que pueda oírse en la clase. Hubieras dado hermosos sermones de haberte hecho cura, o apacibles conferencias de haberte investido como profesor. Con la palabra seducirías a las mujeres más impresionables del señorío de Miami Lakes, donde vivías en un “fashionable” apartamento cuando sonaron aquellos disparos. ¿O no sonaron? Debiste haber puesto un silenciador porque los vecinos no escucharon nada. Fue lo que olieron días después lo que les hizo sonar la alarma. Olía a cadáver, a carroña. Como tal vez olían las calles de Cali o de Bogotá cuando tus padres prepararon el plan de fuga de un país que se hundía en la droga y la muerte. ¿Cuánto tiempo los dejaste solos, entregados a la descomposición? ¿En qué rincón de Miami esquivaste el tormento de ser un homicida precoz, abandonado por los dioses que debieron proteger a un adolescente de mente brillante pero polifónica?
  El olfato de los vecinos es poderoso, lo mismo a la hora de oler un asado, el detergente de lilas del laundry, que el pasmoso hedor de los cuerpos que se pudren.
  “El señor Paz era un hombre tranquilo, de buenas costumbres. Se levantaba cada día para atender el negocio. Un dry-cleaner en el Downtown de Miami, con nombre francés: Mon Ami.”
  “El señor Paz sacrificó su carrera de ingeniero en su país para poner a salvo a su familia. Tenía el temor de que ocurriera un secuestro y empezó de cero para resguardar a los suyos. No merecía esto.”
  “Unos días antes lo vi caminando frente al canal, conversando con su hijo. Le pasaba el brazo por encima del hombro, posiblemente dándole un buen consejo. Estos muchachos de hoy, que lo tienen todo, pero no saben querer…”
  “Tenían problemas como cualquier familia, peleaban, porque él era un hombre muy estricto. ¿La señora Paz…? Una mujer muy decente.”
  La señora Paz es una pieza muy interesante en esta historia. Como dama, debió hacer una jugada mejor, más decisiva. ¿Hay manera de alterar esta historia, cambiar su derrotero patriarcal? Llevas treinta años intentándolo, Carlos. Cambiar los detalles de la historia, o mejor, revertir el desenlace. Lo que tú acertadamente llamas “la tragedia”. La introducción y el conflicto de la pieza narrativa pudieran mantenerse igual. ¿O me equivoco? Sí, me equivoco una vez más. Como cuando le dije a Nicolás que no era aconsejable reunir tantos elementos trágicos en su cuento, donde a semejanza del peor culebrón de Telemundo se combinaban oscuras premoniciones, un parto mortal para la madre, un accidente de carro, en fin… Ilusa yo que pretendía dosificarles el fatum a hombres que han visto la estampida de la desgracia correr como manada de caballos desbocados en la pradera de la vida. ¿Qué pensaste entonces de mí, Carlos? ¿Por qué no me dijiste que ni Shakespeare o Sófocles, ni Poe ni Truman Capote, te hacían cosquillas cuando recordabas aquel día de Navidad en el tranquilo suburbio en las afueras de Miami? Y es ahí cuando entra un elemento que no podía deducir en tu rostro sereno, en esa pasmosa ecuanimidad del prisionero que alguna vez fue un jovencito de pelo oscuro, estudiante de high school, con una novia argentina y un padre de temperamento marcial que no podía admitir que su primogénito escuchara voces y fuera diagnosticado con esquizofrenia. No, en esa familia no había un solo caso de locura, eso decía el patriarca. Los hombres no se permiten esas debilidades. ¿Cómo hacerle ver a su mujer que los siquiatras son sanguijuelas que te chupan el dinero a costa de hacerte un incapaz, dependiente de ellos de por vida?
  “El amor son una serie de malentendidos e ilusiones que no llegan a realizarse.” Me hiela la frialdad de tu frase. Dicen que estas personas con esa bioquímica especial en el cerebro son pobres en afecto. Sin embargo, tú elegiste alguien a quien querer. Esa muchacha con la que te refugiaste en el cine, después de “la tragedia”. Esa mujer que amaste más que nada en el mundo porque no hubo otra, nunca más hubo otra… Siento pena de no poder cambiar esta historia, de que no baste el papel, la pluma, de que en tu caso el otro, el de las voces, te ganara la pelea. Si al menos haciendo algunos cambios en la introducción o en el nudo, cambiáramos el desenlace. Por ejemplo, que no exista ese rifle, o que se le trabe algo en el mecanismo., o te tiemble la mano antes de… O que alguna regulación sensata te hubiese impedido comprarlo. Sería mucho pedir que la NRA no fuera esa organización criminal que sabemos que es. ¿Acaso una asociación semejante puede tener escrúpulos? Recuerdo a Danny, el veterano de la guerra de Vietnam, que me contaba, apoyado en sus piernas con linfangitis y el olor a cerveza pudriéndosele en la boca, como en nombre del gobierno americano le vendía armas al ejército colombiano, y por debajo del tapete y valiéndose de su amplia e inescrupulosa licencia para operar, armaba por igual a los guerrilleros.
  Pero hablábamos de cambiar ciertos detalles. Tu padre me parece una pieza intocable, inamovible. En paz descanse Paz. Saltemos a tu hermana: siempre trataste de protegerla cuando en las grandes crisis se hablaba del divorcio. Puedo imaginar cuánto lamentas haberle disparado a la pequeña Alina. Queda tu madre, la periodista que se arriesgó a hacer reportajes sobre el susceptible tema del narcotráfico. La que probablemente intuía cuánto pudieron haberte afectado esos vahos de violencia social y familiar en el trastorno del mecanismo de tu relojería mental. El abuelo también debe haber intuido tu necesidad de amparo, pero quedó lejos. Amparo, amparo…, el nombre de tu madre. He visto un pequeño video sobre una poeta cubana que vive en Chile, en una casita hecha con materiales rústicos, como un collage. Damaris Calderón ha nombrado “Amparo” a su habitat sobre la tierra, allá en la zona austral, lejos de la isla que la parió. ¿Por qué tu madre no pudo construir para ti y para Alina un refugio semejante?
  ¿Cómo pudieras llamar al townhouse donde estallaron torcidamente los frutos del desamparo? Casi idéntico a la de cualquier vecino, con su Papá Noel, su árbol navideño, el asador en el patio, las cortinas vistosas, que como un teatro a puerta cerrada los mantenía aislados de la serenidad del lago. A ese lago debiste haberte tirado tú a tiempo. Con o sin piedrecitas en los bolsillos. Hubiesen encontrado tu cuerpo flotando entre los patos. O mejor, debió tu madre tener un amante. Debió haber huido con él, llevándose a Alina y al desencajado pero amado Carlos. Sin embargo, ¿existirá amante capaz de semejante sacrificio? Un hombre dispuesto a afrontar el riesgo de unirse a una mujer huida de un país en guerra y de un marido obcecado. Una mujer que escondió su nombre bajo un seudónimo para publicar sus artículos peliagudos, y que no moriría por esto, aunque Cano, el director de “El espectador”, el diario para el que escribía ella, moriría asesinado el mismo día en que el jovencito Paz fue arrestado. Se habló de represalias, de oscuras relaciones entre un suceso y el otro, pero nada de eso fue demostrado. ¿Coincidencias? La desgracia siempre tiene resonancias, como el eco en una cueva profunda. Una fuga más al norte tal vez hubiera sido la solución…La fuga, siempre la fuga. La fuga como última ilusión. La fuga al cine, a arrimarse a un cuerpo de mujer.
  De aquí sí que no habrá escapatoria. Hasta confiesas que en la cárcel poco a poco dejaste de oír voces. Que has encontrado cierto alivio a la vuelta de los años. Es tranquilo aquí, como en un sepulcro. Algo de tu propio horror se neutraliza entre estas paredes y los senderos vigilados. Solo los guardias con su acritud te recuerdan que aún habitas en la tierra. A su manera, otros prisioneros te admiran. Para muchos fuiste un vengador y no un cerebro fuera de sintonía.
  Un día les anuncié que para una próxima clase les llevaría a Octavio Paz, a petición de un recluso mexicano que no conoce la literatura de su país. “Paz es uno de los escritores más brillantes que ha dado Hispanoamérica”, les adelanté emocionada. “Es que lo llevamos en la sangre”, intervienes tú, que compartes su apellido. Podía notar esa chispa de contento asomando en tus ojos blindados por cristales. Has aprendido a convivir con la sombra de aquel crimen y hasta sonreír cuando viene al caso. Al menos lo intentas.
  Y yo que no tengo más que un manojo de preguntas, inquiero: ¿cuántos rifles a esta misma hora se están vendiendo en este país que les dio amparo? Sabemos que hay quienes llevan la cuenta de tus años de encierro, y las cuentas de los años de otros, pero, ¿quién lleva la cuenta de los rifles que se fabrican y se venden? ¿Cómo puede un país ser tan magnánimo bajo el sol, pero en la sombra los talleres donde se fabrica la muerte trabajan sin descanso noche y día? ¿De qué va este juego, Carlos?
  Lo increíble no es que algunos seres pierdan eso que llaman raciocinio; lo increíble es que no todos y sin aviso atiborremos los cines y dejemos que las pantallas nos inunden, sintiendo el placer de escuchar una respiración en lo oscuro a nuestro lado, ayudándonos tragar abundantes porciones de palomitas de maíz y una infinitud de fotogramas. Y por ninguna razón queramos salir, ni siquiera cuando enciendan las luces y alguien se apreste a barrer nuestros desechos y haya que volver a actuar ese guion que llaman vida justo por donde antes lo habíamos dejado.
 
 

María Cristina Fernández
(Foto cortesía de la autora)

María Cristina Fernández nació en Santiago de Cuba y vive en Miami desde el año 2006. Tiene publicados los libros de cuentos Procesión lejos de Bretaña, El maestro en el cuerpo, y No nací en Castalia (Editorial Silueta, 2016), además de otros dos volúmenes para niños. Textos suyos han aparecido en revistas y antologías de Cuba, Estados Unidos, México, Italia y España.

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Esta entrada fue publicada el 15/10/2017 por en Narrativa.
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