Fíjate, Feijóo, cómo se fija la fama
Fíjate, Feijóo, cómo se fija la fama, partida en dos como el mar bíblico, una franja de luz y otra de sombra, fíjate no más Feijóo cómo está cayendo desde lo alto el sol en este día de ruidos, fíjate Feijóo en la muerte de estos peces que la lluvia arrastra hasta los pies del pueblo, fíjate en la faz de la finca feroz. Fíjate. Yo ya no puedo hacer nada, pero tú eres joven, tú tienes la fuerza que a mí me falta, Feijóo. Súbete a lo más alto y grita. Busca en la montaña la caverna de la que tanto hemos hablado y halla en sus paredes musgosas los dibujos que te describí cuando viniste a visitarme para que te contara cómo se cuenta y te conté y te describí paso a paso cómo se enlazan los sucesos y cómo se esculpe un personaje desde adentro hacia afuera y entendiste Feijóo y te fuiste a contar historias por los campos como un juglar y te escuchaban, te escuchaban calladamente para irrumpir luego en aplausos cuando terminabas la historia y todos creían que eras Dios pero más piadoso y te fuiste de pueblo en pueblo a hacerlos felices con tus fantasías de barcos piratas y tesoros escondidos en islas inhóspitas. He sabido de ti por las malas lenguas que son las que saben contar, he sabido de tus miles de aventuras en los llanos y las montañas, en los caudalosos ríos del este del país donde más de una vez estuviste a punto de ahogarte, he sabido de tus miles de amoríos y corazones rotos (las mujeres siempre quieren entregarte algo, ya sea una sopa caliente, un plato de frijoles o su cuerpo desnudo), me han contado sobre la vez que le gritaste al presidente que no era otra cosa que un general descolorido y alcohólico, entregado a la destrucción de su hígado y de una nación entera, me lo contaron, me lo dijeron Feijóo y me estuve riendo por horas, porque así se fija la fama, es como una costra que viaja contigo en cada camisa que te pones y en vez de ir aclarándose va oscureciéndose y creciendo, así es la fama, Feijóo, me cuentan de tu desdén por el ruido de las ciudades y como caminabas por las calles con las manos cubriendo tus oídos y no escuchabas a nadie, solo repetías que había ruido, mucho ruido y seguías camino a no sé dónde porque qué ibas a hacer tú en una ciudad si eres un hombre de monte, fíjate cómo es la fama, Feijóo, como un mar bíblico, una franja de luz y otra de sombra, que va contigo a todos lados, incluso después de muerto, así es la fama, Feijóo, así es la fama.
Los tres pescadores
Es domingo en las tristes orejas de mi burro alcohólico, dijo Martín cuando en sus manos cayó una gota de lluvia y al mirar al cielo notó la extraña forma de unas nubes grises que se movían rápidamente. Siguió caminando hasta llegar a su destino: una cabaña que había construido en un claro cerca del río. Desde ahí podía escuchar las voces de los tres pescadores y la algarabía que formaban cada vez que uno de ellos pescaba algo. Venían desde muy lejos cada domingo, desde la ciudad enorme situada miles de kilómetros al sur, parqueaban sus carros cerca del río y desmontaban sus kayaks de pesca. Con ellos, siempre traían suficiente alcohol para hacer sus jornadas de pesca una aventura emocionante. Por lo menos, eso decían a menudo. Martín los escuchaba decir frecuentemente que solo se sentían vivos allí, en aquel río donde tomaban alcohol a sus anchas y de vez en cuando pescaban algún que otro salmón.
A eso de las seis de la tarde Martín escuchó el primer disparo seguido por insultos políticos. Uno de los hombres tenía una pistola en la mano y le apuntaba a otro que sangraba y no dejaba de gritarle al que le había disparado. Martín entró de nuevo a la cabaña a buscar su rifle y entonces sonó el segundo disparo. Cuando salió, Martin vio que el tercer hombre le había disparado al que tenía la pistola en la mano. Mientras corría hacia el río con su rifle, Martin vio como el tercer hombre introducía el barril de la pistola en su boca y se daba un balazo. Al llegar finalmente al río, Martín vio los tres cadáveres, cada uno en sus kayaks de pesca rodeados de salmones recién pescados y aún con vida.
Patentado
Un día escritor inventó un verbo y decidió registrarlo en la Oficina de Patentes del Estado. Fue un proceso engorroso como todo lo relacionado con estos asuntos burocráticos donde se requieren formularios, firmas y el visto bueno de notarios y funcionarios públicos. Pero finalmente lo logró.
De ahí en adelante cada vez que alguien quería usar el verbo, tenía que pedirle autorización por escrito y por lo menos con dos meses de antelación, además de pagar una suma considerable. Con el tiempo el escritor dejó de escribir ya que se acostumbró a vivir del verbo que había patentado.
Hasta que un día el verbo cayó en desuso cuando la Real Academia lo consideró un barbarismo anticuado. Entonces el escritor trató de inventar uno nuevo, pero ya no sabía cómo. Además, tenía competencia. Otros escritores le habían cogido el gusto a eso de vivir de verbos patentados. Después de pasar años en la más oscura insignificancia, se le ocurrió una brillante idea: trabajar en la Oficina de Patentes del Estado.
¡Blake, Blake!
Blake es un tigre saltando en una escalera de auxilio de un viejo edificio de apartamentos en Centro Habana. Tómese un buche de alcohol, maestro, le dice el calesero de turno y en el bar de la esquina, Chucho coloca una moneda en la victrola para escuchar su bolero favorito mientras se toma el que promete será el último trago de la noche. Blake sigue saltando, escaleras arriba, como asustado y huyendo de unas llamas invisibles, sucumbiendo a la simetría sumisa de aquella sinuosa escalera. Te cambio un gato por dos perros, le dice un niño con orejas de elefante que lleva una caja sobre la cabeza y un pirulí en el bolsillo de su camisa blanca de rayas azules. Blake apresura su paso y llega a la azotea. Desde allí puede divisar toda la bahía, incluyendo el Morro, el Paseo del Prado y parte del malecón. En el bar Chucho escucha las notas finales de su bolero favorito. Recoge su sombrilla, se ajusta el saco y el sombrero y se dispone a emprender el camino de retorno a casa cuando ve a un hombre muy pálido con ojos de tigre abrazado a una escalera de caracol sobre la que parece flotar como si hombre y escalera se hubieran fundido convirtiéndose en un inmenso pájaro. William, William, le grita, pero el hombre no lo escucha y sigue flotando allá arriba hasta que se aleja tanto que es apenas visible.

Ernesto G. (foto: Chienfa Wong)
Ernesto G. (La Habana, Cuba, 1967), narrador y poeta. Licenciado en Lengua y Literatura Inglesas por la Universidad de La Habana. En 1987, obtiene Primera Mención de Poesía en el Concurso 13 de Marzo. Radica en los Estados Unidos desde el año 1995. Ha colaborado con varias revistas digitales y páginas de Internet. Ha publicado Los relatos de Maurice Sparks (Editorial Silueta, 2011) y El transeúnte considerable y otros relatos (Editorial Silueta, 2016). Su más reciente libro, Crónicas de la Pequeña Habana (Ediciones Furtivas, 2023), será presentado en noviembre en la Feria del Libro de Miami.