Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Fragmento de la novela inédita «Cueros contemporáneos», de Denis Fortún

DENIS FORTÚN

Mala pécora

Comentas con sigilo que te da vergüenza, y ríes. Desde otra mesa nos miran que te beso el cuello y le tomo la mano a la “sobrina”. Te juro, nada interesa en esta hora oscura: la luz del poste apenas hace el encargo de una luz; la mesa que mencionas, la ocupa una pareja que tampoco nada le importa, como no sea pasarla bien; al dependiente y el cantinero, únicamente les concierne estafarte y encima le dejes una buena propina, y para que te relajes propongo nos vayamos a un sitio más íntimo, que has de pagar tú, evidentemente. Y me choca que descubro un pudor inusual en ti, mi cuero contemporáneo, mi bandida, “la chica mayor” que yo le regalaba canciones:
  Yesterday —la favorita—, con innumerables “forros” por mi pésimo inglés, acompañado de una guitarra socialista y vergonzosa, con unas cuerdas de acero inhabilitada para buenas notas. The Beatles, Marinita, esos excelentes “diversionistas ideológicos”, los más grandes que ha conocido el mundo revolucionario isleño. Esos peludos que, por “la culpa de ellos”, en la Secundaria me llevaron a la dirección de la escuela un día que el maestro de matemáticas descubrió en mi libreta, en la última hoja, la letra de Come Together. Y me pregunto, Mi Marinita ¿Qué cojones es diversionismo? Una palabra que, años después, supe no la reconoce siquiera el corrector ortográfico de una laptop, de un smart phone ¿Qué será diversionismo y, además, ideológico, en la neblineada Bretaña? No, el eufemismo no tiene pinta de ser anglosajón. El eufuismo es el arma favorita de estos cabrones, y las siglas, que les encantan en mayúsculas, enormes, en pancartas más enormes aun ¡Ah, Cannabis! La mejor fabricadora de risas ¿Verdad, John? Pásame el cigarrito, Marinita. Tú, Melissa, “sobrina bella”, dame un beso “riquito”, de “piquito”.
  Mala pécora, así te decía mi abuela, como si fueras una bestia, la cabeza de una res empotrada a la pared de una taberna en el wild west. Para ella siempre fuiste la “malvada tortillera”, sin embargo, algunas veces creí que tú no le caías tan mal como aparentaba. Gracias por preguntar, años más tarde de irse el abuelo a la relojería con la que Dios presumo lo recompensó en el cielo, ella fue con él y aún hoy los extraño a los dos.
  —¡Los hombres decentes no la tratan!
  —Pero la desean, abuela. Y soy yo quien se acuesta con la “mala pécora”.
  —¡Ay, mi Lazarito! ¡Mi único nieto, creyendo que esa puta-tortillera, ya vieja para ti, por si fuese poco, es el amor de tu vida! ¡De verdad eres comemierda! —gritaba cerca de mi rostro. Yo, como si conmigo no fuera.
  Me parece escucharla, asegurándome que su nieto merecía una mujer diferente y no una “prostitorti”, un consejo con el que estaba de acuerdo cuando afloraba en mí un flashazo de sano juicio, un acto esporádico, debo confesarlo. Pero no la contrariaba, quedándome mudo, consiente que nada que ella hiciese, los insultos que me gritara para en menos de un minuto arrepentirse, lograrían ponerme en contra tuya. Estaba loco y medio por todo aquello que tuviese que ver contigo, algo que pensé tiempo después, se debía a mi poca edad. Y no, ya crecidito, me sucede lo mismo. Acabo medio loco por la mujer que me gusta de veras, más si es tan puta y loca como tú, y de alguna forma en este minuto continúo loco por ti. ¡¿Qué mejor motivo que ese, el de puta y loca, para enloquecerme?!
  Era como si mi abuela se regocijase en su intuición, que tu cuerpo me quemaba el alma, quemaba a mi cuerpo, perseverando ella en su guerra contra ti más por joder que por estar convencida que la ganaría. Recuerdo una vez, conversando con mi madre, la escuché decir que tú eras bonita, con lindas piernas, luego entonces, ¿cómo Denys Lázaro no va a estar trastornado por esa chiquita? Tus piernas, antesala del éxtasis que me arrastraba para tropezarme con esos muslos que, en este segundo, te los miro descaradamente y los acaricio al auxilio de una mímica que se empeña en mostrarse como un ligero descuido por la borrachera que tengo, un acto que elaboro suave y saboreo cómo no te imaginas; la piel de tus muslos se me antoja la mejor y más preciada de todas las pieles del mundo. Y no me alcanza a comerte con los ojos, por ello mis manos vienen en asistencia, transformándome en un pulpo sicalíptico mientras cruzas una, ya sea la derecha primero, un rato después la izquierda. Y me regañas con dulzura, como si fuese un niño travieso, con un gesto que no me convence porque tu pudor del inicio va cediendo. Y tus labios gruesos, boca responsable de que me haya convertido en fan de Angelina Jolie, y tus ojos azules, distingo que reclaman lo contrario. Y me susurras que no me apresure, ladeando la cabeza con sensualidad, a un lado primero, luego al otro, como si escucharas una música que te cuadra enormemente y pretendes bailarla de manera lenta. Y entrecierras tus ojos, te muerdes los labios, “la sobrina” ríe y me acaricia el cuello, y señalas otra vez a la mesa de enfrente apuntándome con tus adorables bembas, que me provocan mordértelas, y yo insisto que no se enteran, siguen en lo suyo. Tú juras que ya no estás acostumbrada a estos juegos, menos delante de otros, y rematas riendo escandalosamente. Y de pronto, sin esperármelo, me preguntas muy seria dónde están los waiters, como si fueran familia mía, que hace rato desaparecieron. Deseas más cervezas, algo para picar, y el resto ya veremos. Tampoco te adaptas a este calor cienfueguero, sin importar que sea diciembre y esté a punto de amanecer, por consecuencia deba correr una brisa que nos refresque, y que no pasa. Isla de mierda, caliente.
  ¡Ay, Mi marinita! Por fin asoman los camareros con más cervezas, quesito criollo, y pedacitos de una mortadella vieja y agria que ni las moscas se atreven a posarse, veneno indiano para matar el hambre del que trasnocha, que de pollo no queda rastros. Y por el porrito, y el trópico, te subes la saya de tela fina, floreada, y de una vez te olvidas de la susodicha mesa de enfrente. Sin cuidado alguno buscas te alcance entre tus piernas esa brisa de la madrugada, que no llega; este diciembre resulta exiguo en cuanto a temperaturas agradables, como todo en esta exigua Isla. Y me arrebatas, mi bonita mariposa, que por fin irá a posarse en la flor de mi calabaza. Y mis ganas de templarte van en aumento, y tú contándome de un Miami que no conozco. Y tus senos pequeños, parecidos a dos platanitos manzanos, no se me escapan a través de tu blusa blanca, de hilo, que alguien comentó por la tarde ha de ser cara porque es de “marca”; teticas sin bozal que me estimulan a bebérmelas, con esos pezones como dos chapas rojas que, con tus casi cuarenta, aún se empecinan en ir en busca de lo alto, portándose desobedientes, adorables, cagándose en lo dicho por Newton, y que disfruto meterme en la boca y hasta hacer gárgaras. Junto a ese triángulo felpudo, agridulce, húmedo y constantemente “prevenido”, delta boscoso en su época de oro —la borrachera me hace cursi y patético al memorizar tu fresa, tu delicioso toto, pero créeme que lo disfruto—. No, mejor te recuerdo tal y como te decía, mientras lo manoseaba con ternura, besándolo como tú me enseñaste que lo besara, pasando mi lengua para que finalmente me lo comiese despacio, hasta que terminaras retorciéndote, chillando, asegurándote yo, en tanto te lamía como un puto felino, que tu bollito, tu fresa, el toto, me recordaba a Platero —y tu reírte hasta mearte casi la primera vez que te lo solté, estando yo borracho— por ser tu fresa-bollo-toto “peludo, suave, tan blando por fuera, que se diría todo de algodón”, hoy una vagina alopésica debido a la moda y la higiene, pero lo mismo similar al burrito de antaño por lo suave y jugoso, eso sí, papaya más compacta y “masuda”, quizás por los años, sabrosa siempre como una cuña de kake; fresa que sabes, su gravedad me arrastra idéntico al Triángulo de las Bermudas. “Platero” que descubrí siendo un muchachito que comenzaba recién a mear “dulce” —y ya por eso me creía un cabronazo de la vida— una vez que no aguaté más estar repleto de miedos, deseos, y por qué no, de una pasión que aún no deja de dar señales. Reminiscencia de la tarde que me aparecí en tu casita en la cuartería de Rosalina “La Pirata”.
  ¡No puede ser! ¿No te acuerdas? Haz memoria, Mi Marinita. ¡Claro! La negra tuerta, gruesa y bonachona, con aquella extraña expresión de tranquilidad en su rostro, que asustaba su poquito —una tranquilidad supuesta—, con su parche rojo en el ojo derecho, color elegido para las malas vistas, aseveraba. Negra que sobrevivía vendiendo cualquier cosa “en el peor de los tejidos sociales”, como le gusta decir a mi Aliusha, la jovencita sibarítica y sociológica que creció prácticamente a mi lado y que tú, por mucho que te lo propongas, tampoco te acuerdas ¿Ya te ubicas quién fue Rosalina? Olvídate de Aliusha, es solo mía.
  ¿No lo sabes? Sorry My Marinita. Una noche la negra cruzó El Prado casi a rastras por tanto alcohol en su grueso cuerpo, y en la esquina de Arguelles y Prado, justo frente al Bar La Fernandina, una camioneta la arrolló. El muy hijoeputa chofer se dio a la fuga y nada más vino a ocuparse de ella Rudolf, un cantinero con pinta de mejicano que decía ser descendiente de alemanes, y que vendía “metralleta líquida” de contrabando en el Bar con tal de buscarse lo suyo. Rudolf estuvo con Rosalina hasta el último segundo. Ella sobre el asfalto, Rudolf de rodillas, dispuesto a salvarla, mientras unos cuantos noctámbulos, que por suerte sobran, intentaban conseguir un carro que se llevase a la buena negra al hospital. Y viendo cómo se le muere en sus brazos, abrazándola fuerte, sin importarle que su camisa blanca se le empape de sangre, una de las tres camisas que tenía para trabajar en la cantina, Rudolf le gritaba:
  —¡Resiste, negra, aguanta que ya vienen!
  Y más tarde soportar que la policía, cuando por fin apareció, se lo llevara preso por bocón, por desacato, y a Rosalina la dejaran tirada en la calle, tapando nada más su rostro y parte de su enorme pecho con un saco de harina de pan que trajeron de la panadería de la calle Santa Clara, hasta que asomara el carro de la funeraria en medio de un Prado desierto, ya sin noctámbulos.
  Vuelvo entonces a la evocación nuestra, Mi Marinita, de esa tarde divina, mientras ahora me besas, pasas la mano por encima de los muslos de tu “sobrina”, y me confiesas que finalmente te sientes relajada, con la pregunta:
  —¿Dónde conseguiste ese “cigarrito”, Denys Lázaro? ¡Estaba buenísimo! ¡Los de allá huelen distintos!

DenisFortun

Denis Fortún (foto: cortesía del autor)

Denis Fortún Bouzo (La Habana, Cuba, 1963). Poeta, narrador y bloguero. Reside en Miami. Ha publicado los poemarios Zona desconocida (Editorial Itinerante Paradiso, 2007), Serio divertimento (Neo Club Ediciones, 2016) y Noticia en desarrollo (Editorial Exodus, 2019), este último presentado en la 37 Feria Internacional del Libro en Miami. En narrativa El libro de los Cocozapatos (Cuentos. Editorial Silueta, 2011), Diles que no me devuelvan. Crónicas del aeropuerto (Crónicas. Alexandria Library, 2013) y la novela 324 Mendoza (Editorial CAAW, 2018), presentada también ese mismo año en la 35 Feria Internacional del Libro en Miami. Sus artículos, reseñas literarias, entrevistas y versos han aparecido en diferentes medios impresos y en línea de Cuba, España y Estados Unidos. Igualmente, sus poemas y cuentos han sido incluidos en antologías de Cuba, México y Estados Unidos. Actualmente tiene dos poemarios inéditos, próximos a publicarse: «Coordenadas ilícitas» (décimas), «Alma Vieja» (sonetos y romances), y su segunda novela, «Cueros contemporáneos». Publica en su blog Fernandina de Jagua (denisfortun.blogspot.com), artículos de opinión, entrevistas, poesía, cuentos, reseñas de otros autores, entre otros trabajos. Ha participado como invitado en programas de televisión y radio de la ciudad de Miami, que abarcan temas políticos y culturales sobre de Cuba.

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Esta entrada fue publicada el 17/09/2023 por en Narrativa.