Abuela Lola era pequeña y delgada, y cuando caminaba lo hacía con la ligereza de una liebre.
Cada tarde, en el momento en el que el reloj de la sala dejaba sonar tres campanadas, la abuela salía de la casa, completamente vestida de negro y con una sombrilla colgando del brazo. Si alguien le preguntaba que a dónde iba, decía que a cumplir con un doliente. Cuando tuve edad suficiente como para interesarme por el significado de las palabras, pregunté a mi madre que si la abuela se dedicaba a visitar a las personas en los hospitales, aquejadas de algún dolor, y ella me contestó que los dolientes eran los que acababan de perder algún ser querido. Esto no lo entendí por completo hasta que aprendí a leer. A partir del momento en que pude enlazar los sonidos de las vocales y las consonantes, la abuela me encargó la tarea de leerle todos los días la página de obituarios del periódico con los nombres de los fallecidos más recientes. Poco después se metía en el baño y al rato salía vestida y calzada, todavía con algunos motazos de talco en el cuello, y dejaba la casa con un rosario enrollado en una mano y su sombrilla sujeta con la otra.
Algunas veces le pedía a mi padre que nos dejara ir con ella a mi hermano y a mí. Antes de salir de la casa nos recomendaba que debíamos tomarla del brazo para caminar por la calle y permanecer callados durante la visita, sin pedir nada de comer mientras esta durara. Solo si cumplíamos esta recomendación al pie de la letra, nos recompensaba con un helado antes de regresar a la casa.
Los hermanos de la abuela vivían relativamente cerca de nosotros, pero a mi hermano y a mí nos parecía un trayecto larguísimo las pocas cuadras que caminábamos sujetando el brazo delgadísimo de abuela Lola, hasta llegar a la casa de su familia. Al llegar a la última cuadra, debíamos doblar a la izquierda y pasar por frente a la entrada de una iglesia. Justo al dejar atrás la esquina de la cuadra, abuela decía: “esta cuadra es un vendaval”. Se refería a una corriente de aire que se producía cuando este chocaba con los muros de la iglesia y que hacía que se sintiera una brisa fresca que no llegaba a ser fría, pero que a ella, que era tan friolenta, le producía escalofríos. Desde una cuadra antes mi hermano y yo empezábamos a contener la risa y a dirigirnos miradas de complicidad, esperando la consabida frase del vendaval.
Como ella no daba más explicaciones, un día decidimos buscar la palabra en el diccionario, y desde entonces las visitas a los hermanos de la abuela nos parecían más atractivas. Durante el trayecto nos imaginábamos peleando contra los fuertes vientos de tormenta en la cubierta de un barco pirata, y enfrentando los peligros de un mar infestado de tiburones hasta el momento de tocar tierra, o más bien tocar a la puerta de los parientes de mi padre.
Una de las pocas cosas que lograban sacar a abuela de la rutina era el juego de la Ouija. Mi madre guardaba el tablero bajo llave, en el armario, y solo lo sacaba en contadas ocasiones, cuando se reunían todas mis tías con mi otra abuela en nuestra casa. Eso sucedía casi siempre durante las fiestas de fin de año, y aunque abuela Lola tenía fama de hacer caminar la Ouija mejor que el resto de los mortales, costaba mucho convencerla para que se sentara a jugar con las demás mujeres de la familia. Ella creía a pies juntillas que los espíritus de los antepasados se manifestaban enviando mensajes desde el más allá que se podían descifrar uniendo las letras que se asomaban por el agujero transparente en una pieza de plástico que se deslizaba por el tablero, una vez que dos valientes colocaban sobre ellas las puntas de sus dedos. Vamos, que el juego no era cosa de juego, si me perdonan la redundancia, así es que el primer requisito para lograr que ella aceptara jugar era poner cara de solemnidad y hacer como si el dichoso juego fuera cosa muy seria.
Así llegó la víspera del año 1970, si mal no recuerdo. Un año que hubiera sido como cualquier otro y que hace rato que hubiera caído en el olvido, si no fuera porque, según abuela Lola, ese sería el año de su muerte.
Así lo había dicho la Ouija unos años antes, motivo por el cual, desde aquel día, en cada despedida de año, “la abuela nos echaba a perder el brindis”, según mi madre, pues en el preciso momento de alzar la copa, empezaba a sollozar y a abrazar a todos alrededor de la mesa a modo de despedida, pues iba quedando un año menos para su día final.
Así habíamos despedido el año desde el 1966 o 1967, no recuerdo bien, y estábamos a las puertas de la hora cero: el año 1970.
Abuela Lola, al contrario de lo que suponíamos, se comportó con una serenidad que nos desconcertó a todos. Eso sí, apenas habló en lo que duró la cena de Nochebuena, pero no hubo lágrimas ni caras de tragedia. Poco antes de las 12 de la noche, abuela le pidió permiso a mis padres para llevarnos a mi hermano y a mí a la misa en la iglesia que he mencionado antes, y aunque a mi madre se le notó en la cara que no le gustaba mucho la idea, una mirada de mi padre bastó para recordarle que debía ser paciente; después de todo aquella sería la última Nochebuena de la abuela.
Recuerdo como si fuera hoy la esperada frase de “esta calle es un vendaval”, y que por primera vez mi hermano y yo no nos atrevimos a reír a carcajadas cuando la pronunció. Para entonces ya habíamos escuchado las palabras que intercambiaban mis tías y mi madre en voz muy baja, como para que no pudiéramos oírlas, y atando cabos llegamos a la conclusión de que aquella sería la última salida que haríamos con la abuela.
“Abuela, ¿tú te sientes bien?”, preguntó mi hermano, haciendo caso omiso de mis recomendaciones de un rato antes.
“¿Yo? ¡Perfectamente!”, respondió la abuela Lola, mientras sacaba de la cartera unos caramelos que nos puso en las manos.
“No se preocupen, que nadie se muere la víspera”, agregó mientras apuraba el paso. “Caminen rápido, acuérdense que esta calle es un vendaval”.
Todavía nos reíamos cuando regresamos a la casa aquella noche, diecisiete años antes de que abuela Lola cerrara sus ojos para siempre, arropada bajo tres mantas y con una temperatura de 37 grados Celsius a la sombra.

Elvira de las Casas
(foto: Diego Rodríguez Arche)
Elvira de las Csas. (Cienfuegos, Cuba, 1955). Licenciada en Lengua y Literatura Alemanas en la Ciudad de La Habana, reside en los Estados Unidos desde 1991. Ha trabajado en varias publicaciones periódicas y colaborado con páginas digitales como editora. Con Editorial Silueta ha publicado las novelas, Doce mensajes a Hercules (2012), La cruz de bronce (2015) y La mujer del cuadro (2018). Varios relatos suyos han sido publicados en la revista digital Conexos y uno de ellos vio la luz en la compilación Crear en femenino (Editorial Silueta, 2017), además de ser traducido al húngaro ese mismo año, para la revista Magyar Napló.