Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Dos relatos de Sindo Pacheco

SINDO PACHECHO
SOBRE EL OSO

El oso movía la cabeza y yo me incorporaba: reflejo asimilado a fuer de repetirlo. La celda es redonda y alta como un tubo vertical. El oso, cuya cadena atada al centro le permitía circular en el tiempo como el secundario de un reloj, me obligaba a convivir rozando la mampostería, único modo de evitar sus ásperos zarpazos. De vez en cuando se abría una ventana lateral por cuya claridad asomaban potes de comida: carnes exquisitas, dulces acaramelados y manjares dignos de un monarca. Con infinita ansiedad esperaba ese momento —único placer que me era disfrutable—, hasta advertir que en la medida en que aumentaba mi volumen, mi rival lograba lastimarme con más severidad. Al principio parecía golosear mis alimentos con sus pobres ojos fijos en el rectángulo bendito, pero luego se contentaba con la obra de sus garras y bebía mi sangre con especial delectación. Calculé que ambos éramos eslabones de una cadena interminable, donde uno de los dos debía prevalecer, y me dispuse a vencer tamaña prueba, sometiéndome a una dieta que indirectamente impedía el suministro a mi rival. Durante innumerables jornadas, que eran medidas por la exactitud con que ignoraba mis raciones, el oso no consiguió debilitarme. Logré tal capacidad de adhesión a la pared, que su hocico sólo conseguía soplarme un vaho fétido y caliente, y sus uñas apenas rozaban los vellos de mi vientre. De esa forma comencé la anulación de mi adversario, dispuesto a reducirlo, pero en la medida en que él se iba consumiendo, la aterradora idea de la absoluta soledad se iba estableciendo en mi conciencia. Recapacité: prefería que algunas veces el oso me arañara, y mantuvimos así un precario balance sobre el hilo de la vida. A veces caía una lluvia densa, como si se hubieran abierto las puertas del celeste. La lluvia arrastraba el sudor de nuestros cuerpos y se llevaba nuestros ácidos olores a través de un orificio de ocasión. El agua era fría en extremo, y ambos, el oso y yo, permanecíamos temblando hasta que el cielo se cerraba y el calor de la celda nos devolvía los sudores. Entonces mi oponente dormitaba y yo solía desplazarme en mi celda o sentarme sobre el piso con entera libertad. Si el oso movía la cabeza, yo me incorporaba, reflejo asimilado a fuer de repetirlo… Así, hasta que la balanza se fue de un solo lado y mi rival terminó inmóvil en el tiempo. En mi infinita curiosidad llegué a rozarle la mandíbula, a palpar su rostro enmarañado. Yo también debía estar indescifrable. Mis ropas eran jirones que colgaban de mi piel como estalactitas de fieltro. La barba me había crecido hasta el pecho y el bigote me cubría parte de la boca. Mi uñas, lejos de doblarse o de partirse, habían adquirido una rígida dureza. Una mañana sentí ruidos de puertas, de candados, de fierros que crujían contra fierros. Eran los carceleros que se llevaban a mi oso, arrastrando el peso muerto de su cuerpo mediante una faja que envolvía su cintura. Con su partida se aclaró el ambiente de la celda, como si un aire de sabana hubiera perforado este círculo implacable. Pero apenas he podido disfrutar los metros circulares de mi encierro. Suele durar poco el bienestar del encerrado. Hace un siglo que no recibo ningún tipo de alimento. He sufrido de vértigos continuos y de una vaga sensación que no termina de girar. La celda se estira hacia el cielo como una goma interminable en cuyo final hay muchos rostros que me miran. De nuevo suenan las puertas y los fierros. Una masa tierna y delicada me examina, con inusitado terror en su mirada. Nos mantenemos a distancia durante un tiempo que parece ser la eternidad hasta que la ventana se abre, y la comida inunda de aromas el recinto. Mi rival, pegado a la pared, se dispone a engullir mis alimentos. Me aproximo a él casi hasta tocarlo, hasta donde permite mi atadura. Huele a aire manso de hierbas y de flores, de abierta y esencial naturaleza, pero él me esquiva horrorizado, circulando la piedra, receloso de mis buenas intenciones.

***

EL INICIADO

                                                                                                              A Bernabé

—¿De quién es ese maletín?

Los pasajeros se miraron unos a otros, luego sus infidentes miradas miraron al joven del labio leporino.

El policía se adelantó a sus compañeros y se detuvo frente a él.

—Bájelo.

El joven se puso de pie y tomó la valija.

—Siéntese.

Se sentó.

—Ponga el maletín sobre sus piernas.

Lo puso.

 —Ábralo.

Descorrió la cremallera, y el gendarme observó el contenido.

—Ya lo tenemos —sonrió, mirando a sus colegas.

El silencio se había apoderado del coche. Solamente las ruedas del tren golpeaban los empates de los rieles, y el sonido, como una letanía inacabable, entraba por las ventanillas junto al vapor caliente de la noche. El joven del labio leporino se puso de pie y colocó su equipaje en el piso. Luego alzó la vista, inexpresiva, al oficial.

—Aquel otro también es mío.

—¿Cuál?

—Aquel de allá.

—Búsquelo.

El joven avanzó unos pasos entre los aturdidos pasajeros. Simuló tomar un equipaje; pero repentinamente, como una liebre acosada, saltó por la ventana del tren.

La pausa fue breve, apenas un relámpago. Cayó de costado sobre una pendiente dura y áspera que lo absorbía como un torbellino.

Cuando por fin se quedó quieto sintió una punzada en el tobillo izquierdo, le ardían ambos codos y la sangre le mojaba el pantalón a la altura del muslo derecho. Escuchó a lo lejos los chirridos del tren frenando contra los rieles. Trabajosamente se incorporó. Había perdido un zapato en la caída, pero comenzó a alejarse de la línea hasta alcanzar la protección de unos arbustos. El tren había retrocedido y se detuvo frente a él como un rollo de película por cuyos cuadros iluminados, los actores miraban a la noche. Vio a los agentes descender con sus linternas, y escudriñar los contornos.

Uno de ellos alzó la vista y alumbró en la dirección adonde él estaba, tal vez un centenar de metros.

Luego subió al coche y casi enseguida la locomotora pitó y el tren se puso en marcha. El joven respiró aliviado y comenzó a caminar en sentido contrario manteniendo la guía de los rieles.

El silencio era casi absoluto, apenas roto por el cojear de sus pasos en la hierba, un lento andar que sólo conseguía dilatar el tiempo. Ni un débil rayo de luna se asomaba en un cielo apático y sombrío. Un vaho pegajoso parecía flotar sobre las cosas, como si todo el calor acumulado en el día, la tierra lo devolviera ahora antes de recibir otra carga similar. A ratos el camino se obstruía con algún arroyuelo o una franja de marabú, y tenía que retomar la vía férrea para salvar el obstáculo, pero luego volvía a separarse.

Ya se veía un resplandor de pueblo en la distancia, cuando se sentó sobre  una piedra. Se quitó el zapato y se colocó ambas medias en el pie descalzo. Tomó aliento unos minutos y luego prosiguió la marcha.

Era uno de esos pueblos olvidados, que había envejecido como un parásito prendido del ferrocarril. Las luces del alumbrado público eran pocas y escasas: una claridad neblinosa que se diluía a pocos pasos. El joven tomó una vía más amplia y vio una luz a lo lejos. Caminó por la acera, pegándose a las casas, dormidas, sin un perro que ladrara su presencia. La luz resultó ser una cafetería solitaria a esa hora de la madrugada.

—¿Tienes algo de beber?

—Refresco de limón al tiempo —dijo el muchacho, de unos dieciséis años, que atendía el mostrador.

—Dame uno.

El dependiente sirvió un vaso con la bebida, que sacó de una cubeta mediante un jarro de aluminio, y se lo alcanzó al joven.

Éste lo bebió de un golpe.

—Ponme otro.

El muchacho repitió la operación.

—¿Algún problema?

—¿Por qué?

—Tiene el pantalón roto, y lleno de sangre.

El joven del labio leporino miró a ambos lados.

—Me asaltaron.

—Es normal por esta zona. ¿Quiere que llame a la policía?

—No, voy a esperar que amanezca —terminó con el refresco—. ¿Qué número tú calzas? ¿No tienes un par de zapatos viejos por tu casa? Te doy cuarenta pesos por un par de zapatos.

—No puedo salir de aquí hasta las cinco.

—No importa, yo espero.

El joven del labio leporino se sentó en un banco de cemento que había en una parada de autobús, y estiró las piernas. Por la rotura del pantalón vio la herida en su muslo de la cual seguía manando sangre.

El muchacho entregó su turno y regresó a los pocos minutos con un par de botas de uso y una aguja de coser e hilo.

El joven se probó las botas.

—Me quedan.

Extrajo dos billetes de a veinte y se los alargó al muchacho. Éste se perdió por una callejuela y el joven fue hasta la estación de ferrocarriles, una casona de madera de tabloncillo, la más alta del pueblo, tal vez la más antigua. Allí se metió en los baños, se quitó el pantalón y lavó las manchas de sangre. Luego ensartó la aguja con doble hilo, lo torció hasta formar una hilaza más fuerte y comenzó a coserse la herida, demasiado dura en sus bordes. Finalmente se vistió y llegó a la taquilla.

—¿Algún tren hacia el Este?

—A las nueve pasa el Ferro Viejo —contestó el anciano.

—¿Quedan boletos?

—Sí, pero tiene que ir de pie.

—Está bien, déme uno.

El regreso fue más rápido que la ida; pero cuando arribó a su pueblo, bajo un intenso aguacero, el dolor en el tobillo era poco menos que insoportable.

Un hombre mayor, de barba descuidada, abrió la puerta de su casa.

—¿Y eso?

—La policía… Tuve que tirarme del tren.

—Dios mío, estás estropeado.

El joven avanzó unos pasos con dificultad. Era una pieza alargada, con un viejo sillón y dos camas personales. La foto de una señora colgaba en la pared, con un florero y dos rosas marchitas. Hacia el fondo, la oscura cocina tenía una mesa y un par de sillas con sendos orificios en el espaldar. Encima de la cama había una palangana en la cual caían las gotas del techo. Más allá había dos calderos sobre el piso, donde la lluvia también estallaba contra el metal, una música carente de ritmo y de compás. El hombre tomó una toalla que colgaba de un cordel y empezó a secar al muchacho.

—No debías ir más. Un día te van a echar al guante. Tienes el labio ese… Es muy fácil reconocerte.

El joven caminó hacia la cocina, destapó un caldero que había sobre el fogón, y luego volvió a ponerle la tapa con desdén.

—¿Y de qué vamos a vivir?

—De lo que vive todo el mundo.

—Yo no soy todo el mundo.

El viejo miró la foto de la señora en la pared, luego se volvió al joven.

—De cualquier cosa, hijo, nadie va a morirse.

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5 comentarios el “Dos relatos de Sindo Pacheco

  1. laperezaediciones
    03/07/2012

    Ayer le comentaba a un amigo que lo que me encanta de Sindo Pacheco es su gran dominio de las técnicas narrativas, algo que se deja traslucir en estas dos historias magistrales, donde el autor hace gala de ellas, una vez más.

  2. Rolando Jorge
    03/07/2012

    muy buen por Sindo!

  3. sindo Pacheco
    03/07/2012

    Gracias, greity, gracis Rolando, en este oficio siempre estamos aprendiendo, es lo nunca acabar, gracias.

  4. Ernesto G.
    04/07/2012

    Dos cuentos magistrales. Sindo, es un honor tenerte por acá.

  5. sindo Pacheco
    06/07/2012

    Gracias, Ernesto, un abrazo

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 29/06/2012 por en Narrativa.
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