Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Un café y mil olvidos

MICHAEL SIXTO

Foto: Michael Sixto

Por muchos años me había dedicado a comprar recuerdos. Sucios, gastados, maltrechos, descoloridos, olvidados. Por puro placer fui almacenándolos en un secreto lugar de la cocina entre las galletas y el café. A la gente no le molestaba deshacerse de ellos. Por lo general conseguía muy buen precio en barrios donde la vida transcurría muy de prisa. Con tal de hacer más, las personas vendían lo ya hecho. Era un hábito elemental de supervivencia. Como el extra peso que se tira por la borda de un barco a punto de hundirse, ellos se despedían del pasado. A nadie le importaba el pasado, excepto a mí; incluso el ajeno me parecía fascinante.

En las noches, cuando había silencio, sigilosamente me escurría hasta la alacena y me sentaba a repasar uno por uno todos mis recuerdos. Allí, amontonados entre comida sin preparar, se mezclaban con los míos propios y jugaban a crear historias siempre con finales diferentes. En esos minutos de paz, creía ser un hombre feliz.

Después de pasar tanto tiempo comprando espacio andado por los demás fue difícil hacer por mí mismo. Los viajes a los suburbios se fueron limitando a medida que mi hambre de recuerdos seguía creciendo. Era una droga y ya no podía parar, pero estaba atrapado en espacios del ayer. La casa se me hizo inmensa. La idea de salir afuera lentamente se fue evaporando como el agua en la tetera que nunca serví. Entonces sentí mucho miedo. Refugiarme en el pasado de recuerdos ajenos no me ayudaba. Mis recuerdos se habían fusionado de tal manera que ya no sabía distinguir entre los comprados y los genuinos. Tenía que desechar todos esos recuerdos para salir de mi encierro.

Fue entonces que los puse a la venta. Sorprendentemente y a pesar de mi escepticismo, muchos vinieron y muchos compraron. En el proceso rostros familiares comenzaron a repetirse. La gente venía a buscar recuerdos que años atrás me habían vendido. Al parecer solo se podía hacer hasta un punto, después solo quedaban los recuerdos. En mi caso la ecuación se había invertido.

Cuando me libré de ellos, de cada uno de ellos y el escondite secreto estuvo vacío, me hice un café acompañado de galletas… y salí afuera, a caminar.

Anuncios

Información

Esta entrada fue publicada el 29/06/2012 por en Narrativa.

Navegación

A %d blogueros les gusta esto: