Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Alas de mariposa

ERNESTO GARCÍA GONZÁLEZ

Foto: Ernesto G.

Una mariposa que mueva

sus alas en un lugar,

posiblemente rompa las alas

de otra que esté a su lado.

Su mano instintivamente aprieta el acelerador de la moto asiática de chapa azul, que conduce desde hace muchos kilómetros sin apenas tener conciencia del recorrido, ni mucho menos reparar en el bello paisaje, de lomas color verde intenso, salpicadas de palmas y maleza, que seguramente emocionaría a otro que no lo transitara diariamente durante los últimos treinta años “mirando sin ver” –cómo diría alguien que no recuerdo–.

En su cabeza se suceden pensamientos de todo tipo, unos mayormente desagradables, otros no tanto, que la vida es bien difícil, sobre todo si eres padre de familia, las preocupaciones nunca faltan,… es del carajo vivir…, el salario no alcanza ni para empezar, coño si al menos pagaran un poco más, si la niña saliera bien en el examen, si el jefe no fuera tan hijo de puta, que rico sería pasar las vacaciones en la playa azul de aguas transparentes que vi en una revista americana –mira que uno imagina boberías, contento estaría si me alcanzara para comprar el arroz y los frijoles hasta el fin de mes–. Me preocupa la tos que tengo últimamente, es el cabrón vicio de fumar, un día me sale un cáncer y me jode, pero mira a Joseito, el desmochador, nunca fumó y el cangrejo lo liquidó en un mes, definitivamente lo voy a dejar –cavila, mientras se aprieta el bolsillo de su camisa–. ¡En la casa me tienen loco! Mi hija, me pide que lo haga por ella, pero total, de algo hay que morirse; pensando en mi hija, está encaprichada en unos tenis feísimos de los que antes usábamos para jugar pelota en la manigua; ahora valen como 90 dólares. ¡De madre, los hijos piensan que los padres somos ricos! ¡Ese es mi salario como de cinco meses! Así que ni hablar, que se compre unos baraticos de los que hacen aquí y ya; pero me da lástima, es tan buena y estudiosa; además, ya le compré un par a su hermano; imagínate que problema, la verdad es que no puede ser menos que los demás, dice que en su escuela casi todos los usan. Tal vez pueda raspar algún dinerito de aquí o allá para comprárselos, ¡imagino su cara cuando se los ponga!; por cierto, tengo que comprar jabón y aceite –decididamente mi mujer no ahorra lo suficiente–, hace pocos días le traje un litro que compré en el trabajo, la verdad que las papas fritas sabían a rayos, pero estaba bastante barato, lo gastó en menos de una semana, dice que fríe viandas para alegrar un poco la comida –la pobre, a lo mejor ella cree que así no me acuerdo de un buen bistec–, deja ver si al socio que lo vende aún le queda…

El añejo tractor, llega a la curva, tose, se estremece intentando avanzar unos metros más, finalmente se detiene, como cansado de su larguísima vida. El sol se va convirtiendo en una delgada línea roja en el ocaso de la tarde, en esa hora donde todos se apuran por llegar al hogar: bueno, malo o regular; los felices y los que no los son, siguiendo como siempre el llamado ancestral de la cueva y el fuego.

La muerte mientras tanto observa aburrida las maniobras del tractorista, éste se baja de su maltratado asiento y con la resignación que produce la adversidad que se repite casi diariamente, levanta el capó del motor en una maniobra mecánica e inútil, pues si apenas puede ver por la oscuridad, mucho menos encontrará el desperfecto –maldice en voz baja a todos sus ancestros y por supuesto a los de su cacharro–. A lo lejos, alguien prende la luz de un bombillo en su portal, su cara se ilumina, por suerte hay una casa cerca, que sino, quién sabe cuánto tendría que caminar; decididamente hoy le espera una buena descarga.

El brillo repentino de la luminaria lo trae de repente a la realidad. ¡Coño, casi es de noche! –gira el interruptor que prende la luz de la moto–. Unos metros hacia delante, descubre un tractor detenido en la carretera, su corazón se acelera, ¡qué bárbaro! roto en una curva y sin ninguna señalización, ¡cualquiera se mata! Bueno, pobre chofer –piensa–, éste seguro sale mañana de aquí con buen tiempo. Lo rebasa con esa sensación de inmortalidad que nos ofrece el peligro que ha pasado, aliviado además de no correr la suerte del otro, sabiéndose ya cerca de su casa, donde lo espera un buen baño y una comida al menos caliente: tal vez logre ver el juego de pelota en la TV.

La muerte sonríe con la ironía del que comprende a fondo las cosas de la vida y se recuesta tranquilamente a un poste de almácigo –ese que pierde la piel todos los días de su vida, como nosotros, sólo que nunca nos damos cuenta–.

El joven acelera su carro, un Lada de la época de los rusos, pero a fuerza de pintura y remiendos, es ahora un irreconocible “frankenstein” sin fecha de nacimiento, ni nacionalidad. Debe llegar temprano a casa de la novia, media una promesa echa por ella, dándole la esperanza de obtener esa noche algo más que las caricias habituales, motivo más que suficiente para impulsarlo con toda la impetuosidad de sus veinte años.

Divisa una luz en la carretera, al acercarse reconoce la moto de su padre que regresa del trabajo; él mismo, por señas, le pide que se detenga para decirle algo. Si paro, me da una trova y llego tarde, seguro quiere que le haga algún mandado –cavila mientras aprieta aún más el acelerador–, saluda con la mano y se hace el desentendido. Al llegar a la curva, recuerda vagamente algo sobre una seña que le hacía su padre desde la moto, estira su mano hacia el tablero del auto, mientras observa sólo en la fracción de un segundo, una sombra negra que se interpone irremediablemente en su camino.

La muerte hace el gesto de cansancio de aquel que trabaja todo el día sin esperar  una palabra de afecto o comprensión, convencida de la importancia de su trágica tarea, avanza, sin ningún remordimiento, hacia lo que fuera un tractor, ahora convertido en un amasijo de hierro fundido con otros hierros humeantes. Próximo a la orilla de la carretera, sólo y olvidado, reposa un tenis de esos que usan los jóvenes ahora, roto y ensangrentado.

En la TV comienza puntualmente la transmisión del partido de béisbol, miles de aficionados gritan desde las gradas delirantemente, claman por la victoria de su equipo.

El tractorista se acerca con un farol en la mano: maldito trasto –cavila preocupado– si llego tarde otra vez, sí seguro mi mujer me mata.


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Un comentario el “Alas de mariposa

  1. mercedes
    17/07/2012

    Un saludo para todos ..me gusto la narracion de la vida cotidiana y de realidades inoportunas …yo no estare mucho tiempo por aqui , como comente anteriormente estoy trabajando en el hospital hace dos dias ..el primer dia fue intenso y catastrofico..meritorio de unas cuantas letras , pero no me siento con ganas hoy ..puede que otro dia lo cuente ..un beso y un abrazo para todos. mercedes lopez.

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Esta entrada fue publicada el 15/07/2012 por en Narrativa.
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