Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

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GYöRGY FERDINANDY

En aquellos años de la guerra fría, el mundo se dividió. Al Este, se extendía el Oriente viviendo de esperanzas, y al Oeste, el Far West repleto. Los del Oriente soñaban con el Oeste, y, a su vez, los intelectuales del Far West imaginaban el paraíso al otro lado. Una cortina de hierro separaba los dos mundos, un no man’s land sembrado de minas. Gracias a ella, no se daba intercambio de población. Mano de obra e intelectuales se quedaron cada uno en su país.

Por supuesto, los dos bloques estaban en guerra. Se denigraban uno al otro con entusiasmo. El Oeste se vanagloriaba de la libertad, y el Este, de la igualdad. ¡Cada uno como el mayor bien para la humanidad! En cuanto a la fraternidad, eso era asunto de los grupos religiosos en el Far West, y en el Oriente esperanzado, de los campos de concentración.

Sea por caprichos del destino, o por la propia fantasía, todo el mundo se ubicó en el mapa. Los que tuvieron suerte, se encontraron del lado de sus convicciones.

Pero todo el mundo no tuvo suerte. En lo que me concierne, no compartía las esperanzas que alentaban a mi país, situado en el Oriente. Atravesé la cortina de hierro, poco importa en qué circunstancias, para comenzar –como se dice– una nueva vida en el Occidente Libre, que llamábamos también “la civilización”.

No hubo nada excepcional  en ello. En esa época, cosas parecidas ocurrieron a muchos, no solamente a mí. Pero, y siento vergüenza al admitirlo, a pesar de toda su paciencia y generosidad, el Far West me decepcionó.

La isla tropical inundada de sol a la que llegué era, como se dice, un auténtico paraíso terrenal. Sin embargo, probablemente bajo la influencia de las doctrinas aprendidas en mi mundo anterior, yo juzgaba injusta la repartición de la sombra en este paraíso.

¡Qué más podía hacer! Así vivía. No tenía otras cartas que jugar. Sabía cosas que poca gente sabía. Podía sentirme afortunado.

Sin embargo, para vivir, aun en el paraíso, se necesita dinero. Me hice colaborador de Radio Free Europe. Mi trabajo consistía en convencer a los del Este que la verdadera vida se encontraba aquí. Y que la libertad al fondo del desierto valía más que la igualdad en una jaula.

Pero de medias verdades no se puede vivir. Tarde o temprano, el artilugio se derrumba, y entonces para el soñador necio, no queda más que el lavado de cerebro de las sectas o la paz de los campos de concentración.

***

Mi artilugio se tambaleó un fin de año. Y sin embargo, ¡qué linda es una Navidad tropical! A principios de diciembre, los vapores cargados de pinos perfumados echan ancla en el puerto. Una música alegre se derrama de los altoparlantes, la gente baila en cada esquina a la caída de la noche. Los negocios prosperan, en la fachada de los bancos, los accionistas cabalgan melancólicos montados en sus camellos.

Este año tenía un invitado de calidad: mi director de Washington –en persona– pasaba las fiestas en mi modesto hogar. Era la primera vez que visitaba las islas y claramente ignoraba lo que representaban los honorarios que enviaba a sus colaboradores del trópico. Tuvimos que mudarnos a casa de mi suegra, dejándole el cuarto minúsculo donde criábamos a los niños.

El jefe se sentía a gusto. Aquí, la gente del Norte pasa su tiempo untando de cremas primero su piel, luego sus quemaduras. De vez en cuando, mi esposa limpiaba la casa del ilustre convidado.

Así ocurrió que fue ella quien contestó el teléfono, cuando, después de Washington, a su vez, un reportero de Radio Moscú anunció su llegada.

Tuve que resignarme: pasaré las fiestas recluido entre las dos grandes potencias del mundo civilizado. Después de la caída del sol, nos trasladamos al hotel donde el colega del Este eligió domicilio. Fuimos los dos ya que –responsable del incidente– mi esposa me acompañó.

Por un momento, dimos vueltas en la recepción. Yo no tenía la menor idea de cómo se vería un periodista de Moscú. Luego, un hombre vestido con una camisa sembrada de flores tropicales nos paró. Disfrazado de turista, mi hombre sonreía con satisfacción.

Hablamos en tres idiomas. Nosotros dos en ruso, Blanca-Nieves en inglés con el hombre del Este, y en español conmigo, como siempre. Terminamos la cena cuando entendí el porqué de esta insólita visita.

 ***

Como dije anteriormente, todo esto ocurrió en un mundo dividido. Los años de la guerra fría. Claro está, nosotros en el trópico no percibíamos de este frío otra cosa que la proliferación de las bases militares del ejército occidental.

Pero este invierno, la Navy se puso en movimiento. Practicaba desembarcos, un ejercicio que no tuvo la oportunidad de llevar a cabo desde la invasión a Europa. Ocupada y evacuaba varias veces al día las islas de su predilección.

Por aquí no hubo guerras mundiales: los autóctonos observaban los acontecimientos con curiosidad. Pero cuando las bombas empezaron a caer, y una de ellas cayó sobre la cabeza de un apacible agricultor, la indignación explotó. Las banderas flotaban a media asta, la universidad declaró una huelga.

Este es el acontecer que quiso informar Radio Moscú. El colega me pidió que lo llevara a la universidad, donde –me explicaba– se enfrentaban tropas de choque y estudiantes armados de palos.

Pues entramos. el periodista del Este pudo tomar sus fotos. Hay que decir que, en el campus, poca gente se enfrentaba. Los estudiantes entonaban sus cánticos, los guardias tomaban su café. Un espectáculo poco belicoso para alguien que pensaba complacer a su público con imágenes de levantamientos o quizás hasta de una guerra colonial.

Para el período de los exámenes, hasta esta demostración se acabó. Nadie quiso perder el semestre.

Por las noches, cenaba con mi director. Estaba rojo como una langosta. Ya no iba a la playa. Visitaba el bosque tropical. Se bañaba en los ríos y degustaba los platos tradicionales que recomendaban las guías gastronómicas.

No sabía nada de los ejercicios de la marina, ni de la huelga en la universidad.

––¡Pues sí! –me dijo, secando la transpiración–. Estamos en un país libre. Allá en el Oriente, ya los hubieran fusilado.

En eso había parte de verdad. Pero, en cuanto a los isleños, aquí tenían la Navy. A pesar de todo, esa bomba cayó en la cabeza de un campesino de aquí.

***

Pues sí, mis dos invitados me explicaron lo que esa escaramuza significaba para Moscú y Washington. Sin embargo, algo faltaba en sus discursos: el hecho de que la isla tenía habitantes. Seres humanos que no vinieron al mundo para justificar sus ideologías.

––¡Tienen el mar! –me dijo el director de Radio Free Europe.

––¡Y este bendito calor!

No le dije que la gente de los cafetales no ve a menudo la playa. Para eso, se necesitarían medios de transportación. En cuanto al calor, sin aire acondicionado, le parecería menos exótico.

La mayor preocupación del periodista de Moscú también tenía que ver con la transportación. Según su gusto, había demasiados autos en la calle. Los hacía desplazar para poder retratar los barrios.

––¿Cómo explicar que hay tantos taxis en una isla tan pequeña? –gruñía.

Luego, otro incidente llamó su atención. Un incidente menor: los habitantes de un barrio perdido fueron desalojados para facilitar la construcción de un complejo turístico, trescientas personas ocuparon un pasto que el partido del Gobierno les había prometido antes de las elecciones, cuando los candidatos a la gobernación suelen hacer sus promesas.

La gente rodeó la colina de vallas, y se puso a construir sus cabañas. Lo importante era tener un techo antes de la caída de la noche. Entonces, ya no se les podía desalojar sin la orden de un tribunal. Cuando la autoridad entró en razón, la colonia ya tenía nombre: sus habitantes la bautizaron Villa Esperanza. Con ese nombre apareció en la crónica local del periódico.

Tuve que llevar a mi reportero al lugar de los hechos. Sin mi ayuda nunca hubiera pasado el doble cordón de la policía y de los habitantes que rodeaban la colina.

Nos paramos a la entrada. El hombre del Este gesticulaba agitando su pasaporte. Después de un momento, la líder del grupo, una mujer llamada Ada, nos hizo entrar.

––¡Necesitamos una escuela! –explicó. Recorrimos el camino entre las cabañas hechas de tablillas y de metales. En pocos días, treinta niños nacieron en el nuevo barrio.

La capilla ya estaba abierta, y frente a la casita de la enfermería, una joven con cofia blanca regaba las plantas.

–¿Qué pasaría –me preguntó Ada– si empezáramos con clases nocturnas sin esperar la escuela?

Mi compañero cargaba con ahínco su magnetófono.

––¿Quién dirás que hizo las entrevistas? –le pregunté.

Se encogió de hombros:

––Un colega –contestó. Un compañero de Radio Free Europe.

Así pasó ese día. De nuevo, por la noche cené con mi director. Pero, antes, devolví a su hotel a mi socio del día.

––¿Y tú? –me preguntó antes de despedirse. ¿Qué será de tu vida? ¿Te quedas?

Me quedé callado.

––En tu lugar –añadió– volvería a casa. Pero, antes, escribiría la historia de los de aquí.

Mi director me esperaba a la entrada del Hilton. Mi reportaje no le interesaba. Me dio unas palmadas cariñosas, y me dijo:

––En nuestro mundo, la defensa de la propiedad privada incumbe a la policía.

***

Luego, las grandes potencias se marcharon. Volvimos a nuestro cuarto. Mi esposa lo aseó.

Más tarde, bajamos al puerto, compramos el árbol. Lo fijamos en el techo del auto, y, paso a paso, volvimos a la casa. En la calle, la Navidad ya causaba estragos. En cada semáforo, Santa Clauses sedados distribuían su publicidad.

––¿Sabes la noticia? –me preguntó mi mujer.

Yo la sabía. Al alba, las tropas de choque habían desalojado Villa Esperanza. Helicópteros habían atacado las cabañas sumergidas en sueño, y las incendiaron. La gente de Alba –dijo el reportero– huye a lo largo de la carretera.

Las sectas podían llegar. Villa Esperanza, la resistencia, fracasó. La isla volvió a ser lo que siempre ha sido: un paraíso. Por mi parte, seguí declamando en Radio Free Europe.

György Ferdinandy nació en 1935 en Budapest, Hungría. Abandonó su país después de la Revolución de 1956. Vivió en Francia y España, trabajó como obrero en la fábrica Ford de Colonia, hizo su doctorado en la Universidad de Estrasburgo. De 1964 al 2000 se desempeñó como profesor en la Universidad de Puerto Rico.

Sus primeros libros de cuentos y relatos escritos en francés, obtuvieron el Premio Del Duca y el Premio Literario Antoine de Saint-Exupéry. Durante treinta años, sus textos se publicaron en Le Monde-Dimanche y por la Editorial Denoël de París. Actualmente, su obra se edita en su país natal, donde obtuvo el Premio Nacional József Attila.

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Esta entrada fue publicada el 11/08/2012 por en Narrativa.
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