Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

No Way José

JOAQUÍN BADAJOZ

El mejicanito caminaba rumbo al Texas Taco Bistro.  Hacía apenas veinte minutos que había hablado con los juanes: Juan Madrid, Guadalupe Juan Hinojosa y Juan Nepomuseno. Sólo él les llamaba los juanes. Para los demás son El Benny, Lupillo y Harry. Alcanzaba a verlos sentados en una mesa exterior. El Benny le hacía señas con un vaso de tequila. Un José Cuervo, podía adivinar… El Benny (Juan Madrid) es moreno y sobre el cuello tiene un tatuaje de La Raza.  Lupillo está rapado y tiene un aro sobre la ceja derecha y un pin en el labio inferior. El del pañuelo y las botas sobre la baranda es Harry, un fanático de la música grupera y de Selena y los Kumbia Kings. En la camiseta lleva estampado un número 55… y bajo la camiseta una 45 automática. Tampoco el mejicanito es un santo. A la altura de la pantorrilla llega camuflada la Beretta. Hace tres días mataron a José.

No Way …  José. Como el anuncio del tequila. José no estaba en nada, era el hermano menor del mejicanito. Un mancito que se reventaba de las ganas de vivir. Alguien le disparó por la nuca cuando estaba estacionado en un intercepción. Apenas un  ruido más dentro del viejo Chevy destartalado  que vibraba con las sacudidas de los parlantes dentro del baúl. Eran las cinco de la tarde y el asesino tuvo la sangre fría de colocarle los estacionarios al auto, y subirle el brazo hasta la altura de la cabeza, ocultando el orificio por el que sangraba como un toro degollado. Con un sadismo ilimitado le colocó un cigarrillo encendido en los labios, alzo el hood y colocó la varilla. Así estuvo casi una hora José con los labios cianóticos y chamuscados, indiferente a los claxones y las maldiciones. Como quien espera una grúa  para trasladar su auto averiado.

No Way…José. Margarita y José Cuervo. La güerita nica que había conocido la noche anterior lo tenía soñando. Margarita, le había dicho era su nombre. Pues estamos listos para mezclarnos, mi nombre es José. José Cuervo, como el tequila, añadió sonriendo. Y era un bello ejemplar moreno que media casi seis pies y joven e ingenuo y Margarita, fresca y deliciosa, como acabada de salir de la coctelera de un barman, empezó a pensar que sí, que tenía suerte después de todo.

Ella era porrista de los Raven. Bueno realmente no, pero podía haberlo sido porque de hecho estuvo en la preselección; y de todas formas era una mentirilla inocua. Tampoco tenía que decirle que aquella misma noche, en aquella misma discoteca, había roto con su amigo; bueno su novio, y que adonde quiera que se movía sentía su mirada que le quemaba la espalda. A que tanto afán, se irían conociendo y se reirían de las mutuas mentiras. También José le dijo que tenía 21 años cuando realmente no pasaba los 18, y por supuesto que no habló de Patricia, su novia hondureña que unos meses atrás se había ido a estudiar a New York. Compró una botella de tequila con la identificación de su hermano y la arrastró a la playa de los perros, en Key Biscayne, pensando cada cual que la vida era bella… a pesar de todo.

No Way… José. Margarita le había contado temblorosa toda la historia mientras el mejicanito miraba hacia al vacío. No le había dicho a José por miedo; puro miedo. Ella quería estar al margen de las gangas, quería sentir con José que la vida podía vivirse de otro modo. Estaba aterrada. Viva del miedo. Después el mejicanito echó a andar sin decir ni una palabra, arrancó su trucketa y ya no fue más que una hormiga dentro del tráfico y el espejismo del asfalto.

Iba llegando al Texas Taco Bistro. Los tres juanes le hablaban, le daban golpes por los hombros, lo zarandeaban, se sobaban las armas. Se sentó y se sirvió un trago de tequila. A él no le gustaba aquella mierda; prefería un llavazo de coca. Pero su hermano siempre pedía tequila. Se sentía orgulloso de ser José…  José Cuervo. No tenía grandes sueños: un tallercito de mecánica, para ayudar a la jefa y para que sus hijos fueran a la universidad. Gente sin ambición, pensó el mejicanito, que ya con sus veintitrés años tenía más heridas en combate que un general. La vida es una mierda.

No Way… José. La muerte es poco. Quería meterlo en una máquina de moler. Picarlo como una cebolla. Estrangularlo, quemarlo, ahogarlo, dispararle, guillotinarlo. Todo a un tiempo. Apagó el cigarro sobre la mesa, se metió la tajada de limón dentro de la boca, bajó de un trago el resto del tequila y escupió entonces el limón que cayó dando vueltas en medio de la avenida. No Way … Josito. Tú lo hubieras querido de otra forma pero ni modo bróder.

Aquella noche había desfile de drag queen. Llegaban como los actores del teatro Kabuki. Esculturales, bellísimas algunas, con la estatura de una yegua de raza. También habían trannys, seres andróginos que no respetaban las leyes naturales. Ni la de la gravedad. El mejicanito tomó a Amber por la cintura; la chica sobre tacones le superaba en media cabeza su tamaño. Canadiense-francesa, 34-27-32. Bastaba que se saliesen de aquel circo para que pasara entre la multitud de mujeres, levantando más de una docena de miradas de envidia. Amber era un error de Dios, pensó el mejicanito mientras dejaba correr la mano hacia las nalgas duras y miraba pecaminoso la curva blanquísima del seno que se insinuaba bajo el escote.

Salían desde hacía casi un mes. La había descubierto caminando sola rumbo a Ocean Drive. Era una chica desconsolada que se escurría de la multitud. El venía de discotequear, andaba alucinado buscando un vacilón, y se dijo aquí me la puso Dios. La siguió por todo el boulevard Lincoln Road, en South Beach, y luego hasta Ocean Drive. La vio cruzar entre patinadores y autos y gays y vejetes con perros y le parecía que flotaba escapándose como una sombra aterrorizada por el encantamiento a punto de romperse. La observó desde la otra acera sacarse los tacones, avanzar por la arena dejando el rastro firme y delicado de una aparición y penetrar en el mar. No podría explicarse que impulso instintivo lo hizo distinguir aquella belleza triste que se alejaba de la turbamulta, siguiendo sin rumbo fijo la brisa del Atlántico. Mientras la seguía pensó que como él era quizás un ser hastiado de la barahúnda y el sofoco. Y así, con la mente en blanco, se sintió persiguiendo un rastro que por momentos era solo el vuelo de una falda, el destello de un pendiente, el cabello rebelde que el viento batía y que hacía que lo recogiera con la mano junto a la nuca, dejando descubierto un cuello perfecto. La esperó en la orilla un tiempo prudencial hasta que comenzó a impacientarse y casi sin darse casi cuenta estaba ya a su lado, tomándola del pelo, arrastrándola hacia afuera.

—Lo que me faltaba princesa, una sirena—. Ella apenas tenía fuerzas para sonreír.

Estuvieron un rato así húmedos, uno junto al otro y luego echaron a caminar hacia ninguna parte, internándose en la noche. A lo lejos se escuchaban las risas y la música. Ella era un mujer joven, triste, con esa epidemia de desgano que afecta a los que viven en las grandes ciudades. Él un hombre joven, demasiado brioso, capaz todavía de cabalgar a un animal salvaje por puro placer como una bestia en celo. Terminaron amándose con la  insistencia  de quienes han tocado el borde del abismo y respiran la vida una vez más. Y fue muy tarde, después de muchos rones y llavazos de coca, que descubrió que apuntando a una paloma había cobrado un águila real.

Para entonces ya era tarde. Era un hombre enamorado de una mujer que no existía; de la mujer que otro hombre había imaginado y dejado ser para su perdición. En fin, se consolaba el mejicanito, tampoco las mujeres son poco más que una imagen que reproduce peligrosamente la idea que quisieran tener de ellas mismas. Una imagen vendida a través de los años de contrabando y fantasía. ¿Acaso no vivían presas del make up, las siliconas, las cirugías? Se resistía a pensar que debajo de aquella piel que amaba pudo haber algún día un adolescente tímido y confundido que ocultaba los senos que le comenzaban a abultar y evitaba compartir los baños públicos. Todos terminamos pagando por los errores de Dios, era todo cuanto podía decir a esas alturas. Él mismo a veces pensaba que el mejicanito era un invento suyo; solo Ismael Cuervo era real, un joven desorientado que se había tenido que hacer fuerte, inescrupuloso, y que escondía un miedo terrible detrás de un valor inexistente. Todo cuanto había hecho en la vida se le aparecía como resultado de su falta de voluntad. José sí tenía carácter, incluso para imponerse a los demás, andar solo, menospreciar la ganga: Los Latin Hunters, la raza, la droga. ¿Pero de qué le había valido?

Aunque estaba perversamente enamorado continuaba manteniendo en secreto su relación. Sobre todo de los juanes, que lo habrían mirado con suspicacia y hasta se hubieran atrevido a hacer, verdes de envidia, algún comentario depravado de descubrir un leve rasgo varonil en el cuerpo perfecto de Amber. Pero ni mirando con lupa alguien descubriría que aquella hembra despampanante era una metamorfosis. Por eso el rato se torno en adicción y las escapadas se hicieron frecuentes; porque encontraba en ella una paz de espíritu y una fantasía que lo mantenían enajenado. Nunca el pecado le había producido tanta tranquilidad y parecía dispuesto a defender ese limbo suyo aún a costa del ridículo. Amber era una geisha, una mujer que salía de las sombras, embadurnando la testosterona con rimel y pintura labial; no era un hombrín de cara chupada con esas caídas de párpados que daban náuseas; sino una hembra natural, de pechos firmes, caderas balanceadas, vientre terso y rostro femenino. Truculencias que tiene la vida.

También tenía el recato de permanecer junto al mejicanito mientras duraba el desfile. Ajena al carnaval; como quien ha conseguido pasar desapercibida al disfraz  y  que la máscara encarne sin estridencias.

—Esta mierda me asquea— dijo él, llevándola aparte. Ella asintió y se dejó conducir hasta el parqueo mirando sobre el hombro mientras dejaba atrás la vulgaridad, el ridículo, el maquillaje, la euforia con que las locas se divertían entre ellas impotentes de poder hacerlo mejor.

Caminaron hacia Level, la mejor discoteca, y ya entonces estuvo segura de que el mejicanito la amaba como a ninguna otra mujer, y le recostó la cara sobre el hombro, tibia, besándolo en la mejilla como un roce, un beso que se escapa con el aliento.

No Way… José. Él le había dado a la policía todos los datos que había obtenido de la Margarita. Cuando sentía esa violencia, esas ganas de destruir a un tipo a puñaladas, romperlo, ripiarlo, pulverizarlo, sabía que lo mejor era tomar distancia.

Ahora no se trataba de venganza, sino de dolor. Un dolor profundo que lo quemaba, lo hacía sentirse incómodo, inseguro. Todo por aquella mierda de los presentimientos. No hay mejor tequila para la “margarita”  que José… José Cuervo —le había dicho su hermano, con esa sonrisa medio estúpida que tienen todos los hombres cuando se enamoran, al presentarle a la güerita. Una adolescente sin pechos y con caderas rectas.  Menuda belleza anoréxica que parecía la doble de Kate Moss. Esta es la mujer de mi talla le había comentado aquella noche antes de meterse a la cama. Órale, le dijo el mejicanito, sin darle importancia, metido en sus propios problemas, mientras apagaba la luz de la lámpara sobre la mesa de noche y permanecía despierto mirando en la penumbra el trozo de ciudad que desde su ventana se introducía en la madrugada. Apenas una semana después estaban enterrando a su hermano; e Ismael Cuervo —esos pinches errores de Dios— miraba ahora con las luces encendidas los trofeos del soccer, las fotos de Middle School y el diploma de High que los compañeros le habían hecho enmarcar, junto con una banda negra en la que se leía con letras doradas: Only The Good Die Young.

No Way…  José. Cien años voy a durar, si es por esto.

Ya en Level, entrecerrando los ojos para acostumbrarse a la oscuridad y el humo, el mejicanito y Amber  caminaron a la barra. Pidió un vodka, el zar de los vodkas y una margarita… si con José, anyway —dijo después de una pausa. Comenzaron a bailar lejos del mundo, apretando la cintura de Amber y pensando que la vida era buena a pesar de todo.

No Way… José. Los tres juanes —Harry en la trucketa del mejicanito y el Benny y Lupillo en el viejo Chevy que fuera de José— cerraron un Ford Mustang rojo, del 95, obligándolo a salirse hasta un terreno baldío. A punta de pistola bajaron al joven. Después de aturdirlo a golpes le ataron una pierna a la trucketa y la otra al Chevy y arrancaron a velocidad. —Ahora vas a saber lo que es el castigo de Carlitos el grande, hijoeputa— gritaba Harry acelerando con las gomas patinando sobre el pedregal. Dejaron los trozos tirados en un canal y escribieron con spray en el parabrisas: No Way… José.  Terminada la vendetta devolvieron los autos y se fueron a un tugurio cerca del Texas Taco Bistro emborrachándose hasta el amanecer. Luego se fueron por unos tacos y se quedaron en una mesita exterior terminando el tequila pasado de contrabando en vasos plásticos y esperando al mejicanito, que no lo hubiera querido de ese modo por respeto a José, y quien les contó —porque se lo había dicho la Margarita, llorosa, hecha un nervio— que habían encontrado a su ex destrozado dentro de un canal.

—Temeroso de la Justicia de Dios—, dijo el mejicanito, cuando apagó el cigarro en la mesa, se dio el último trago, lanzó la tajada de limón sobre la baranda y la vio dando vueltas en la avenida hasta que un auto la aplastó contra el asfalto. José tenía razón, nada es más terrible que la venganza de Dios. Pinche mierda tomarse la justicia por la mano.

—Uno es un niño de teta al lado de Dios—, repitió como hablando consigo mismo cuando salía, sin despedirse, pensando aterrorizado… “el amor es canijo, José”.

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Esta entrada fue publicada el 11/08/2012 por en Narrativa.
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