Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Notas perdidas

 EVA M. VERGARA

a Asunción Álvarez

La bicicleta se estrella contra el muro colindante a la casa. El grupo de niñas le da alcance a la ciclista de turno, la ayudan, el pantalón prendido a la catalina, tratan de soltarlo moviendo la rueda trasera en sentido contrario. Se mira los codos, las rodillas, sólo rasguños. Desde lejos un niño las observa; ellas, lo confrontan, ¡mira lo que hiciste!,… ¡Me caí por tu culpa! Él, las interpela con voz autoritaria, eso, para que no pasen más por mi casa. Este discurso se ha convertido en acostumbrado ritual. Pero hoy, tal vez, llegó muy lejos. Hoy abandonó los patines, suiza en mano tras ellas, azotando el aire con cortante silbido de goma. Las niñas, formando una barricada, van acortando la distancia que las separa de su enemigo. El muchacho, sabiéndose en desventaja, retrocede poco a poco, dándoles la espalda y comienza a correr, piedras resonando a su lado. Pequeñas piedras disparadas al azar con temor, con manos temblorosas desacostumbradas al oficio. Él, comprendiéndolo, se da vuelta. Perseguido contra perseguidores, diablillo rubio de ojos carnívoros, devorando terreno, repartiendo latigazos con desenfreno. La barrera se rompe, soldados a la desbandada. Una piedra alzando vuelo, planeando el espacio, una piedra silenciosa encuentra su objetivo. El grito suspende la acción. La mano levantada, dedos buscando ansiosos, dedos que se pierden en la suavidad viscosa. La sangre comienza a correr desde el nacimiento del pelo, cara paralizada de terror, el llanto no se retrasa, la carrera precipitada. Carrera en sentido opuesto, corredores disparados compitiendo por desigual meta.

Espantadas entran en la casa, vuelan más que corren hasta el patio. Cuchichean, atropellándoseles las palabras en las bocas resecas, el pecho sin aliento, ¿quién fue?, ¿quién lanzó la culpable piedra? La llamada a la puerta, las voces enojadas, sorprendidas. La madre del niño que visita la casa por primera vez, dando quejas, amenazando, prohibiendo otro acercamiento.

***

Siempre que pasaba por allí no podía reprimir mi curiosidad. De reojo observaba la casa y a mi mente acudía aquel día tantos años atrás con todos sus detalles. En esta ocasión contrariamente tuve que esforzarme hasta reconocer la antigua casa. La fachada, silenciosa delatora de tiempos duros, se mostraba de un color indefinido, la descascarada pintura daba paso a una confusión de colores; amarillo, rosado.

Me gustaba visitar aquella casa con puntales de madera, portal ancho donde enormes sillones ocupaban sólo una pequeña porción. Sentarme en el balancín, las grandes ventanas enrejadas abiertas a la calle dejando escapar las notas de aquel piano, único objeto fugitivo. Fugitivo de otro tiempo, otro espacio, violado, sacudido. El hermoso instrumento conservaba esa dignidad misteriosa que tanto aborrecimiento despertaba en los ahora años nuevos, años nuevos para la generación nueva. Mantenía mis ojos cerrados mientras me impulsaba. Imaginaba el instrumento, a su dueña acariciando las formas blancas y negras, integrándose al teclado en una unión mágica. La música resbalaba por sus dedos, se vertía del piano al piso, ascendía por las paredes, muebles, cuadros, retratos que sonreían ante tal torrente de luz; notas arrastrándose, sin peligro de contaminación, notas cubriendo, abarcando acaparadoras todo objeto, todo sentido, todo silencio hasta llegar a mí que aguardaba su posesión. La melodía traspasaba algo tan profundo en mí que dolía.

Aquella voz cortó mi ensoñación, ¿mamá dónde dejaste mi saya?, sobresaltada volvía a la realidad del portal, las ventanas por donde segundos antes se escapaban los acordes del instrumento ahora dejaban escuchar una voz chillona. Volví el rostro, por entre los barrotes podía distinguir a Eugenia avanzar hasta detenerse junto a su madre; con manos torpes cerrar el teclado, al mismo tiempo que repetía la pregunta ¿dónde pusiste mi saya, ya la terminaste? Abuelita se levanta, mira a su hija y luego dirige la mirada hacia la ventana, unos ojos cómplices la observan, su boca entreabierta pareciera querer formular una réplica, mas se detiene. Ignorando los modales de su hija, decide buscar la pieza ella misma. Camina hasta la habitación contigua donde colgada del pomo de la puerta descansa una saya de confección casera. Hace días ocupa largas horas frente a la vieja máquina Singer. Esta labor consigue distraerla, sus hábiles manos miden, cortan, sujetan, juegan con los hilos, los moldes. Al final el regocijo ante la prenda inesperada, sacada, arrancada a la fuerza del tejido.

Abandoné el portal prometiéndome no regresar jamás. Sin embargo, la atracción que ejercía Abuelita sobre mí era demasiado fuerte para ignorarla. Sentía que existía un pacto entre nosotras, un pacto sellado desde aquel día que según me contara mi madre, yo escapara gateando de la casa y Abuelita me viera, me levantara en sus brazos, llevándome de regreso. Cada semana volvía a su encuentro, allí estaban Eugenia y su hijo, este último a la caza de cualquier ocasión para molestarme, lo mismo hacía cuando jugaba con mis primas por el vecindario. Abuelita se mostraba defensora mía, salía en mi rescate enviando al nieto por mandados, recados, encargos que le tomaran todo el lapso de mi visita.

Con el tiempo las veladas ya no podían acompañarse con música, Abuelita dejó de tocar. El instrumento permaneció mudo, avergonzado, oculto bajo un tapiz blanco que corría por sus formas llegando sus esquinas a descansar sobre el suelo. Flores, libros, vinieron a completar su atuendo. Algunas tardes, después de grandes súplicas y promesas, Eugenia de mala gana tecleaba con desgano. Abuelita la escuchaba en silencio, yo a su lado temblaba. A cuánto hubiese renunciado por el placer del dominio, el conocimiento, la habilidad de descifrar los símbolos sobre el papel. Las líneas marcando espacios, indicando pausas, movimientos, cuánto hubiese dado por un segundo frente al instrumento como instrumento mismo, no inútil espectadora.

***

Desde aquel día, me estuvo prohibido visitar a Abuelita. Cuando junto a mi madre pasaba por aquella casa, apresurábamos el paso, en otras ocasiones nos desviábamos y cruzábamos la avenida. Nunca más regresé, nunca más vi a Abuelita. Caminaba por la acera, mi mirada perdida entre los barrotes, buscando su figura, los sentidos alertas al silencio, en espera siempre de alguna nota escapada para mí. Crecí vigilante de su casa, ésta fue transformándose con el tiempo. El portal perdió su encanto, los sillones desaparecieron, los ventanales reemplazados por modernas ventanas estilo «Miami». El altar donde antes reinara el Viejo Lázaro quedó vacío, nunca supe quién decretó su exilio, no se me hizo necesario averiguarlo.

Siempre que pasaba por allí no podía reprimir mi curiosidad. De reojo observaba la casa y a mi mente acudía aquel día tantos años atrás. Hoy, desconozco su silueta, me detengo unos segundos, alguien me mira entre los cristales, mi voz escapa rebelde, incomprendida, con ferocidad agravada respondo a los ojos más allá de la ventana, también ustedes serán mutilados de sus ídolos.

Anuncios

Información

Esta entrada fue publicada el 25/08/2012 por en Narrativa.
A %d blogueros les gusta esto: