Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Los cementerios y otros poemas

EMILIO GARCÍA MONTIEL

Los cementerios

No ha cesado la lluvia; desde la oscura veranda del santuario los jardines

parecen disolverse; y hacia la tarde, poco queda ya por descubrir de su

cuidada indiferencia.

La discreta torcedura de las ramas, las sogas invisibles que comban los

arbustos, los pasos desgranados en guijarros, se distinguen con la

misma claridad de su ficción.

Lejos de los portones, las luces tempranas de las casas del fondo demoran

la silueta de las tumbas, de las tablillas escritas que dan a sus ventanas.

No es demasiado el peso de la lluvia; sobre las tejas pavonadas o cenizas

corren hilos de agua que tardan en caer sobre otras tejas rotas,

amontonadas en el suelo.

Un tiempo acaso, que diríase inmóvil, aísla cada hoja, cada poro de tierra,

cada gota deslizada en las rendijas y los hace brillar por un instante,

como si nada más hubiera.

Un mismo tiempo en el que todo parece recortado de algún paisaje

enorme, de alguna cordillera filtrada por la niebla, sin envés y sin sombra

un paisaje distante donde apenas se vislumbra construcción o aliento, o un

sólo trazo desvaído y breve iluminando el techo de una casa en las faldas.

Detrás de la veranda alguien habrá de estar, o nadie; de las puertas

cerradas, del opaco esmeril de los cristales, sólo se advierte el reflejo

de la lluvia.

En las urnas, al pie de los sepulcros, se compacta la arena ennegrecida por

los restos de incienso, y algo de pétalos y barro da en flotar en la boca

de los tiestos vacíos.

No hay estatuas, ni bustos, ni mármoles crispados, sólo volúmenes

geométricos pulidos en piedra, casi mudos, casi repetidos, inútiles para

la pasión o el sufrimiento.

Dispersas, se humedecen también imágenes de dioses, en roca y musgo o

bronce bien gastado, y en los rincones, llaves de agua, baldes,

mangueras, cazos para limpiar las tumbas.

Presentación del olvido

Sobre el bochorno de la tarde hay un cielo turbio, un cielo amarillento y sin

lluvia sobre los edificios que ocultan la colina, sobre los callejones

torcidos que llevan a los templos, sobre las flores dispuestas al borde

de la acera.

Sólo lo que parece detenido parece existir: el lento deslizarse de los autos

bruñidos, el desmontar de los ciclistas ante el fulgor de los comercios,

el cúmulo de transeúntes al pie de los semáforos serían lo más cercano

a una única sombra.

No es el cielo tersamente nublado del otoño, ni el ralo resplandor con que

se anuncia la tormenta, ni la discreta bruma de esas ciudades tórridas

que se abren al mar, o a la brisa, o a ese viento cortante como las rocas

de las escolleras.

Pienso en la luz, pero bajo el cetrino cansancio de la tarde, sólo deseo un

poco más de oscuridad: una casa de madera raída, con cristales opacos,

y una mujer menuda, de caderas estrechas, sentada frente a mí,

hablando y comiendo de platos compartidos.

Sólo esa casa en la ciudad profunda, y así otras, agrietadas y grises, ni muy

cerca ni muy lejos de los trenes, entre pasajes angostos donde se

disimulan tiendas embotadas de plantas, de anuncios desvaídos de

después de la guerra.

Nada es ni ajeno ni demasiado propio, y sin embargo, todo viene a mí

como si siempre lo hubiera tenido; no es mi rostro el que se asoma por

sobre esos puentes que simulan puentes de cuando hubo canales, no

es mi lengua la que los describe.

Lejos de la imaginación o la costumbre, ignoro todo aquello que no está a

mi lado, y vislumbro paisajes destruidos, paisajes minuciosos que ahora

llamo recuerdos, y no hay en mi memoria otra ciudad sino esta ciudad

que nunca me diría suyo.

No es la noche; apenas, un poco más de oscuridad: quizás por el bochorno

de la tarde, o por su cielo ambiguo, o quizás porque siempre la quise,

como si alguna vez me hubieran obligado a amar la luz o a vivir la

eternidad de algún verano.

Entre el parpadeo de las señales y de las multitudes, nada puedo ver sino

esa casa en la ciudad profunda y esas calles estrechas y sin nombre

movidas por los árboles; las oiría desnudo, tendido en una estera,

tal vez dormido, tal vez ligeramente ebrio.

Bitácora

Nada, o más bien, muy poco, es lo que ha acontecido.

Imperceptiblemente, todo se ha comenzado a repetir y en el puerto

las velas tardan mucho más en cuadrarse ante los vientos o la calma.

Nadie parece partir ni retornar porque tal vez es más sencillo desearlo;

los batientes anuncios de tormenta son escuchados apenas, y

quienes miran al mar siguen masticando con la misma lentitud.

De algún modo, no se ha perdido la belleza, pero llegará el tiempo en

que no habrá belleza o vanidad que pueda soportar tanto deseo, y

dará igual el hilo de saliva que corre en la camisa

o los restos de aceite y de comida que han reducido el mar. Entonces,

nadie podría partir ni retornar aunque quisiese; los cuerpos se

descubrirían demasiado sordos, demasiado fláccidos

y sólo servirían para ahogarse en silencio o increpar a la familia por

tanta soledad. Si alguien tendiera una mano, tendría que ser lo

suficientemente fuerte para desterrarlos de su propia miseria;

ellos lo saben, pero aun así (¡y cuántos barcos no han varado sólo por

esperarlos!) temen que sus residuos filiales, esos que alimentaron

por su propio miedo, no se hundan del todo,

y que si quieren regresar a tierra, los vientos los desvíen, y que la

calma los detenga ante unos puertos no muy diferentes de

donde partieron.

Cuando murió, besaba un libro de John Donne

Cuando murió, besaba un libro de John Donne, y hubo que

despegar sus labios de esas páginas consteladas de versos que

él nunca imaginó escribir, pero que fueron todo lo que tuvo al

final de sus días.

Desterrado en su propia inocencia, la felicidad que alguna vez

hiciera levitar con sus palabras fue demasiado suya como para

que, al hacerlo, no dudara de ello, y no destruyera cada frase

con la misma obsesión de un aprendiz.

Yo lo vi en la casa de los muertos, cianótico, como si me observara

yo mismo en un espejo, y lo envidié por sus labios y su lengua

ya vacíos y por sus versos, que él creía sufrir sólo para

acercarse un poco más a la tierra.

Sé que lo que calló, John Donne lo hubiera dicho, porque nada en

su vida fue distinto de un alma redimida. Murió y no le

importaba; vivir nunca llegó a ser gran cosa para él, salvo por

ciertas circunstancias más o menos carnales a las que, a veces,

les llamaba amor.

En el camino que sube a los andenes

En el camino que sube a los andenes, donde las residencias se

cierran como claustros y apenas se vislumbran sus jardines, vi

una rosa erguida sobre una barda de bambú, una única rosa

iluminada por el polen de la primavera.

Debí haber visto otras flores asomando y creciendo en las

acequias, y en los tiestos al pie de las ventanas, o aun

brotando de entre los cerezos, pero nada recuerdo sino esa

única rosa, o esa flor que lo aprendido me ha hecho

imaginar como una rosa.

La vi, y sin detenerme, mis ojos se nublaron, se volvieron hacia

adentro, hacia la rosa, y si hubo alguien más en el camino

tampoco ahora puedo recordarlo; tal vez nadie más estaba

y fue esa extraña soledad, o acaso, la primavera misma.

Iba a ver la ciudad, iba a ver mi cansancio de ciudades de polvo

diluirse en el temblor de sus paredes encimadas y líquidas, de

sus cascadas de signos de neón, de sus comercios angostos y

brillantes, pródigos como un fondo marino.

Iba a ver la ciudad y estuve hasta la noche, hasta la hora de los

últimos trenes, palpando, estimando los objetos ingeniosos y

compactos que alguna vez hubieran sido géneros recamados

en oro, lacas, marfiles, sedas como labradas en agua.

Y regresé diciendo: es bello, es bello; y al bajar de la estación,

apenas detenido entre la multitud, vi unas flores sembradas

en una jardinera, unas flores blanquecinas y sobrias que lo

aprendido me ha hecho imaginar como flores sin nombre.

Y mis ojos se nublaron, y lloré; tal vez fue la tristeza de mi

soledad, o acaso, la primavera misma; o tal vez la inocencia

de estar al fin donde siempre lo quise, sin nadie a quien

demostrar creencia alguna, lejos de una patria no menos

aprendida que la rosa.

Emilio García Montiel

Emilio García Montiel

Emilio García Montiel. La Habana, 1962. Estos poemas forman parte de la compilación de la poesía de Emilio García Montiel publicada bajo el título de Presentación del olvido (Linkgua, USA, 2010).
http://www.amazon.com/Presentacion-Ediciones-Malecon-Spanish-Edition/dp/8499534961/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1355872535&sr=8-1&keywords=Presentaci%C3%B3n+del+olvido

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Un comentario el “Los cementerios y otros poemas

  1. Adalberto Guerra
    21/02/2013

    Emilio es sin duda unos de los poetas más significativos de nuestra generación, es bueno chocar con estos textos…gratos para mí en extremo. Gracias Emilio/

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 05/01/2013 por en Poesía.
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