Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Cuentos cortos

ALEJANDRO CORTÉS GONZÁLEZ

La tía Josefa y los poetas

La tía Josefa, que no conoce a los poetas, dice haber visto los cuellos almidonados de sus camisas, abrirse al estallido de una carcajada o de una mala palabra. A las seis de la tarde soltaba las cadenas del perro, allá, en el patio de tomates, para que desfogara con saltos y aullidos, la ira de ser encadenado durante todo el día. Ella, que nunca vio la cara de poeta alguno, dice que ellos le temen a los perros y a la sombra del árbol de tomate. Y dice que le toca lidiar con eso porque a los poetas les atrae el tinte de tinieblas de la estufa de carbón y el laberinto de las baldosas de la solana.

 Ella no vio a los poetas apretar los dientes, pero imagina su rechinar cuando asoma la cara por la ventana de su cuarto, mira hacia el patio y ve lo crecidas que están las sombras. En las mañanas limpia la estufa y brilla las baldosas, para que el sol desentuma esa bruma de poeta que se viene desde el cementerio. A mediodía le tira comida a Negro, el perro loco que suelta por las noches a correr por el patio de árboles de tomate. Se sienta sola en la mecedora a ver cómo el sol extingue sus formas sobre las baldosas. La tía Josefa dice que allí es cuando presiente la llegada de los poetas. Y no se presiente ni con los ojos ni con los oídos, sino con los velos opacos que merodean las baldosas y entran a sus huesos para acompañarla a pasar la noche.

Cuando el perro se cansa de ladrarle a las sombras del árbol de tomate, la tía Josefa se va a la cama con esa neblina de poeta que corre desde el patio hasta el cementerio. La tía Josefa, jamás tocada por hombre ni poeta, desde la ventana, le lanza besos a la bruma.

Cuento con barbero

Juan Ignacio Jáuregui, su barbero y peluquero, llega después de las nueve.

Gracias por esperarlo.

Sus clientes no necesitan leer este letrero pegado en el espejo de la barbería; simplemente, siguen y lo esperan, así sean más de las nueve. Imaginan a Juan Ignacio lavándose los pocos dientes que le quedan y moviendo con prisa sus pies cansados, para alcanzar el colectivo que pasa por las montañas de Choachí y lo lleva a la calle sexta con carrera quince, en Bogotá. Si el colectivo de las ocho va con el cupo lleno por secretarias, escolares, campesinos y gallinas, le toca esperar al de las ocho y treinta, y arrumar sus sesenta y tres años entre la puerta y el vidrio estampado con el Sagrado Corazón de Jesús. Juan Ignacio no tiembla ante los indigentes de la calle sexta, ni ante los ladrones de la carrera décima, ni ante los buseteros de la calle diecinueve.

Cruza el cilindro con listones azules y rojos de la entrada. El cliente que lo espera, duerme en la silla. Juan Ignacio se lava las manos, se pone la bata azul, prepara los paños calientes y cambia la cuchilla para la primera afeitada. El cliente se acomoda en la silla y lucha por mantenerse despierto. Cuando Juan Ignacio sostiene la cuchilla sobre un cuello ajeno, se acuerda del Parkinson, y tiembla.

Historias de perros y gatos

 Los domingos por la tarde, aunque no puedo comprar nada, vamos el hipermercado porque tiene parqueadero gratis y carritos lo bastante grandes para que la niña esté cómoda. Es ella quien me señala la fila de carritos apilados y me pide que la suba a uno de ellos. Pasamos mucho tiempo en la sección de comida para mascotas. Le cuento historias de los perros y gatos que aparecen en los empaques, le hablo de sus razas, de lo juguetones que son con los niños. Incluso me ingenio aventuras entre ellos. No saber nada de animales me da la libertad para inventarles comportamientos. Luego pasamos por las máquinas de dulces, esas que con una moneda dejan caer por un canal en espiral cinco bolitas de colores. Junta sus manos para que ninguna se le caiga. Sus dos manos unidas parecen hechas a la medida de esas cinco bolitas de dulce. No queda espacio para una sexta. Le ayudo a guardarlas en su chaqueta de Barbie y regresamos a los bultos de concentrado con fotos de perros y gatos. En mis historias, ellos no pelean. “Tiqui, tiqui”, me grita a media lengua para pedirme volver a la máquina de dulces, porque así empieza el canto que le enseñé la última noche de Halloween, cuando todavía vivíamos juntos.

Me molesta que el hipermercado ponga música tropical a tan alto volumen, pero ella baila y salta y ríe en el carrito. Es una reina sobre su carroza de cuadrículas metálicas. Trato de mantenerla alejada de las neveras de carnes y lácteos para que no agarre un resfriado. Al rato la vuelvo a pasear por la sección de comida para mascotas hasta que, cansada de reír y bailar y saltar, se duerme sobre la parrilla de aluminio. La levanto con cuidado de no despertarla. Llueve en el parqueadero. Oscurece. Abro rápido la puerta del carro, la acuesto en la silla de atrás y la cubro con mi chaqueta. Hay que conducir despacio. Llevar niños atrás sin la silla adecuada es infracción de tránsito. No tengo plata para pasear a mi hija, ni para hacer mercado, ni para la silla del carro, menos voy a tener para un comparendo. He pensado en vender el carro, pero es lo único que me queda de los buenos tiempos. Mi esposa y mi empresa ya se fueron. La primera después de la segunda. Además, necesito el carro para llevar y traer a la niña sin que sienta que las cosas cambiaron demasiado.

Estaciono frente a la casa de mis ex suegros. Mi ex esposa abre la puerta. Apenas me señala con la boca la dirección del cuarto de la niña para que la acueste y la cobije. Me despido. Nadie responde. Hay mujeres que no perdonan una mala racha, una falla en el papel del hombre como proveedor del hogar. Cuesta descubrir que quien lo miraba a uno con admiración, después solo muestre lástima y rabia por el tiempo perdido. “Tiempo perdido es el que uno pasa con un perdedor”, cómo quisiera olvidar esas palabras. Siento que me las repite cada vez que me mira. Que me las escupe cada vez que me ignora. ¿Qué soñará mi niña los domingos por la noche? Casi siempre se duerme antes de que nos despidamos. Ojalá no se acostumbre a despertar sin su papá.

¿Cierto que usted no sabe quién soy?

Después de treintaytantos años regreso a mi pueblo y veo sus casitas coloridas, sus montañas en cosecha, sus gentes tranquilas en el parque, y siento, desde el fondo de mi corazón senil, el deseo incontenible de volverlo mierda. Si supiera de armas subiría al campanario de la iglesia donde fui monaguillo y le dispararía a los que me ignoraron cuando caminaba al lado del cura. Si supiera de químicos pondría una bomba en la escuelita donde la maestra me profetizó que sería un fracasado. Si supiera boxear agarraría a trompadas a los hijos de quienes me echaron del pueblo el día que dejé plantada en la iglesia al mostrenco amorfo que el alcalde tiene por hija. Pero no sé de armas, ni de químicos, ni de nada -la maestra acertó-, y si lo supiera, no me serviría porque también me falta valor para cometer algo grande. Ni siquiera lo tuve para dejar el pueblo: me echaron. Fue lo único bueno que la gente de acá hizo por mí. Luego huí. Era de noche. La lluvia hizo lodazales los caminos. ¡Que no se escape ese desgraciado! Ladridos. Disparos. Huir no es un acto de valor. Todas las ratas huyen. Yo no era rata, y para ese entonces, tampoco era un fracasado. Ahora sí, y en parte fue por la escuela que me educó, por la iglesia que me enseñó valores, por el mostrenco amorfo que me enseñó el amor. ¡Cuántas ganas de escupir! ¿Qué puede hacer un viejo con rabia?

¿Maldecir?… No creo en nada que no vea.

¿Dar órdenes?… No hay nadie que me obedezca.

¿Insultar?… Tampoco hay alguien que me tome en serio.

Lo único que este viejo tiene para su pueblo, es una vejiga incontinente y una garganta flemática. Recorro los senderos peatonales del parque y en el arbusto más florido, donde el vendedor de algodón de azúcar estaciona su carrito, le doy libertad a mi vejiga. ¡Qué linda es la vida cuando trata de equilibrarse! ¡Qué lindo es el pueblo cuando le devuelves algo de lo que te ha dado! También mis escupitajos hacen ver linda la pared de la iglesia, y de la escuela, y de la Alcaldía. Hablo de la belleza de quien por fin ve justicia. Porque la justicia es bella; la belleza es para ser besada; el esputo es el beso del odio. Me parece que la pared de la Alcaldía necesita más belleza y ¡ahhh!…¡Qué lindo es el mundo mientras lo riegas! La belleza, el amor, las flores. Sí, vivir tiene sus momentos bonitos. “¡Oiga señor, eso es prohibido. Ponga las manos atrás que lo vamos a detener!”. “Señor policía, si pongo las manos atrás me salpico y hasta lo puedo salpicar a usted”. Me giro sin terminar de irradiar belleza. “Viejo borracho, ¡¿qué le pasa?! Esta noche va a chupar celda por mañoso”. Termino. Me intentan esposar. Cierro los ojos y me dejo caer como si sufriera un ataque. “¿Este viejo de dónde viene?”. “No sé. Nunca lo había visto”. “Debe ser un borracho de otro pueblo”. “No, mi sargento. El viejo no tiene tufo”. “Entonces ¿qué piensa, Cabo?”. “Mi sargento, mandemos a este viejo al hospital y que ellos vean qué hacen con él. ¡Qué tal se nos muera!”.

Vuelvo a abrir los ojos en la camilla del hospital. Estoy en un pasillo detrás de muchas camillas con enfermos que hacen fila para que los atiendan. Huele a muerto. Me levanto y voy al baño. Increíble que todavía sienta ganas de orinar. Me subo en la primera flota hacia la ciudad. Pasa enfrente de la escuela, la iglesia, el parque. Se detiene en la Alcaldía. Dos policías con balde y estropajos lavan la pared. Miro para otro lado. No tuve valor de poner la cara a los veinte años, menos lo voy a tener ahora. Huyo. No creo que eso sea valor. Eso lo hace cualquier rata. Pero yo no soy rata. A lo sumo soy un animal vejigoso y flemático que toma la justicia por su propia cuenta. ¿Un héroe? No sé. Dejémoslo en un justiciero que no necesita máscara. Me voy de mi pueblo. Ese lugar donde nadie supo quién soy.

Sol de diciembre

Me lancé a la calle esta mañana, y no era la misma calle. No sé si el tráfico, fluía más –tal vez, un poco- pero la sangre sí me corría con menos hielo que de costumbre. La luz sobre las latas de los carros, su procesión reptante de sombras sobre el pavimento, anunciaban la venida de un nuevo tiempo. La mañana, la luz, el deshielo. ¡De eso me hablaban mis abuelos! Llegó el sol de diciembre. Ellos, al igual que muchos que habitamos esta ciudad, entendemos ese brillo particular que el final del año le da a los días. Se empieza a sentir desde adentro, ese sol que evoca las vacaciones, los tardes de no hacer nada, las capitulaciones del año, los planes para el próximo, el juego previo a una noche de regalos, el comienzo de adviento y el regalo del tiempo para dedicarse a hacer lo que uno quiere y no lo que le toca.

Cuando llegaban las vacaciones del colegio, mi abuela me hablaba de ese sol que antes de salir por el oriente, ya nos ha calentado las venas. Todo parece más festivo. La calle, los carros, las casas. Ese sol sacudió la pátina turbia que los cubría. Miré el calendario. Lo confirmé. Era el primer día de diciembre. El quinto día de adviento. Se cumplía exactamente un año de la muerte de mi abuela. Ella decía que las penas se olvidan en noviembre y luego, vestía la casa de navidad. Yo celebraba su actitud festiva pero, navidad o no, lo que realmente me importaba era poder ver televisión, jugar en el parque y caminar por las calles del centro, que todavía me gustan tanto.

La sola evocación de la época cuando uno hacía lo que quería, basta para que la sangre se deshiele. Así lo sentían mi abuela, mi abuelo y algunos que nacimos en esta ciudad. La claridad de esta mañana conmemora el quinto día de adviento: la madrugada en que el sol de diciembre brilló con la luz del último de mis muertos.

alejandro-cortes-gonzalez

Alejandro Cortés González nació en Bogotá en 1977. En dos mil seis participó en El alma en un bolsillo, una antología de nuevos poetas auspiciada por la Casa de Poesía Silva de Bogotá. En 2009 ganó el Concurso Nacional de Novela Corta de la Universidad Central, con la novela Notas de inframundo, que fue publicada y lanzada al año siguiente en la Feria Internacional del Libro de Bogotá. En 2011 ganó el Concurso Nacional de Cuento de la Universidad Central, con el cuento Él pinta monstruos de mar, que le dio título a una antología publicada por la Universidad Central. En marzo de 2012, lanzó el libro de poesía Pero la sangre sigue fría, que contó con el prólogo de Roberto Burgos Cantor y la presentación de Álvaro Miranda. Poemas y cuentos han hecho parte de publicaciones físicas y virtuales. Ha sido invitado por la Corporación Fernando González Otraparte (Envigado), Red Internacional de Editores Independientes Edita (Itagüí), Festival de Poesía de Bogotá, Fundación Artística Casa de Hierro (Barranquilla).

Anuncios

Información

Esta entrada fue publicada el 12/08/2013 por en Narrativa.
A %d blogueros les gusta esto: