Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

El arma secreta

JOSÉ M. FERNÁNDEZ PEQUEÑO

El arma secreta

Norayagu pensó que lo conducían a la horca. Hasta ese momento, nadie entre los que sacaron de la jaula había regresado, y los soldados se burlaban luego frente a los demás cautivos imitando groseramente las últimas deyecciones de sus cuerpos mientras colgaban de la cuerda. Ya fuera, se limitó a mirar con cierta tristeza el sol de la tarde, cuya intensidad comenzaba a decrecer, e intentó caminar lo más firme que le permitían el cansancio y las ligaduras en sus muñecas. No lo llevaron al patíbulo, sin embargo. Fueron hasta las caballerizas del palacio, le echaron encima unas cubetas de agua, cambiaron sus harapos por un batón de tejido crudo y lo subieron a la torre donde habían estado las habitaciones de Azevac y sus mujeres. Aliviado por el agua y el desprecio de los dos soldados romanos, que habían desestimado volver a ponerle ligaduras, Norayagu fue asimilando el desastre sombrío de la derrota en la misma medida que su andar desfallecido atravesaba los aposentos del palacio e iba haciendo mental inventario de los desafueros: las esculturas de oro y marfil ya no estaban en el salón de los sacerdotes, el relieve enjoyado que durante al menos dos siglos había honrado el espíritu de los desiertos estaba destruido, las inscripciones que narraban el origen de los arkenios según se iba recorriendo las paredes combas del jardín interior habían sido profanadas. Siquiera quedaba a lo largo de los corredores una sola de las alfombras y las cortinas bordadas, y Norayagu prefirió atar la mirada al piso, donde sus pies descalzos y mugrientos apenas si sobresalían al andar.

La puerta se abrió tras unos rápidos golpes y dos lanceros empujaron dentro de la habitación al viejo, que cayó de rodillas sobre la alfombra dibujada en diversos tonos de violeta. Lucio Cornelio miró al hombrecito arrodillado, con la cabeza abatida, y tuvo la impresión de estar delante de una alimaña degradada, carente incluso de la ponzoñosa dignidad que solían mostrar las arañas y las serpientes de aquellas tierras. Se puso en guardia por instinto y su cuerpo logró sobreponerse al agotamiento que lo disminuía, no tanto debido a los fragores del último asalto contra la ciudad como por las dos noches posteriores en las que prácticamente no había conseguido dormir. Él había crecido haciendo la guerra; aun así, no recordaba haber estado en un sitio tan hostil como aquella habitación que había revisado palmo a palmo sin conseguir una sola pista sobre el secreto que –era seguro– escondían las decenas de juegos diseminados por todas partes. Los había de tablero adusto y cuadrado, rectangulares y a veces decorados con los paisajes más vivos, en forma de cruz, redondos y simulando una serpiente enroscada, de estructura irregular que delimitaba planos, incluso emplazados sobre algún animal tallado en madera, o esculpidos en un bloque de piedra. Todo era demasiado confuso y diverso, ausente de una lógica razonable que le diera sentido. Sin dudas por eso, por la crispada insensatez de aquel ambiente, había reaccionado con tanta cautela frente al pobre diablo arrodillado en el piso, de cuyo escaso cabello encrespado aún caían algunas gotas sobre la alfombra. Pero él era Lucio Cornelio, hijo y lugarteniente de Pompeyo El Grande, bajo cuyo mando había participado en la conquista de Siria, Cilicia y Judea cuando apenas tenía diecisiete años, y ahora podía ufanarse de ser el conquistador de Arkenia, después de lo cual hasta los más poderosos enemigos de su padre se cuidarían de levantar la voz para llamarlo bastardo. No correspondía a un hombre de su valor alarmarse ante la figura renegrida y débil que ni siquiera podía reunir el coraje necesario para levantar la mirada. Con un gesto, indicó a los lanceros que salieran y cerraran la puerta.

Desde el piso, mirando a través de sus pestañas, Norayagu veía al hombre de pie junto al Juego de los Ladrones. Nada conocía tan bien como esa habitación, la antecámara de Azevac, en la que había pasado la mayor parte de su vida enseñando al rey y sus allegados las estrategias de los juegos. Allí, arrodillado y con la cabeza baja, sintió una inmensa alegría al comprobar que el lugar no había sido saqueado. También reconoció al hombre que en un par de ocasiones se había detenido frente a la jaula repleta de prisioneros. Era Lucio Cornelio, el sitiador de Arkenia. Pero verlo sin la loriga de tiras de acero y el tahalí terciado, vestido solamente con una túnica interior y algo parecido a unas calzas largas, impresionó tanto a Norayagu como haber vuelto al único lugar donde su vida tenía razón de ser. Azevac jamás habría recibido a nadie, ni siquiera a un esclavo de confianza como Norayagu, vestido de esa manera. En aquella habitación, solos o acompañados, el que por muchos años fue rey de los arkenios siempre se había presentado como indicaba su relevancia, con la túnica de seda púrpura perfectamente ajustada en la cintura, el calzado de cuero amarrado al tobillo y las mangas de boca amplia un poco recogidas para no entorpecer la manipulación de los juegos.

–Así que tú eres uno de los sabios egipcios –inquirió afirmando Lucio Cornelio–. ¡Levanta la cabeza para que pueda ver tu cara!

–Soy un esclavo, señor. Mis antepasados fueron traídos de las tierras que se extienden mucho más allá del Egipto, más allá todavía de los desiertos. Mi nombre es Norayagu –y, dados el lugar y el momento, la voz del viejo sonó extrañamente segura.

–Ya conozco tu nombre. Solo responde lo que te pregunte.

De tanto compartir con los soldados, Lucio Cornelio había aprendido a conocer muy bien la asombrosa capacidad de los hombres para transformarse bajo el peso de las circunstancias. En esta misma expedición y no sin una curiosidad en cierto sentido pérfida, había visto cómo sus soldados se iban convirtiendo en otras personas luego que fueron internándose en el Mar de Arabia, poco conocido para ellos y lleno de peligros, en una travesía hacia la posibilidad cada vez más cierta de la muerte. Era como si necesitaran endurecerse y solo pudieran lograrlo a través del olvido, rompiendo cualquier vínculo con cuanto dejaban atrás, incluidos aquellos a quienes habían amado u odiado hasta el momento de partir. A pesar de su corta edad, Lucio Cornelio era un hombre curtido y no iba a dejarse engañar por aquella voz aparentemente en calma ni por aquel rostro envejecido y macilento que Norayagu levantó hacia él. Decidió marcharle de frente, en un ataque directo y sin contemplaciones.

–¿Y el arma dónde está? ¿Vas a decirme que tampoco sabes del arma? ¿Qué hacías tanto tiempo encerrado con Azevac y su gente en estas habitaciones?

Durante los largos y angustiosos días bajo sitio, Norayagu había sentido mucho miedo. Cuando los romanos por fin lograron vulnerar la muralla y el combate cundió por la ciudad, su miedo se diluyó en el alivio de saber que el final de la zozobra había llegado. Pasó las horas que estuvo encerrado en la jaula respirando el sopor profundo de quien nada puede hacer, atrincherado en una sorda indiferencia que solo era inquietada por las pocas noticias que podía obtener sobre Ainerka, su hija. Quien no tiene futuro nada puede temer, y él sabía que en esa renuncia radicaba su única ventaja. Para entretenerse, para no permitir que su miserable situación lo hiciera flaquear, se había concentrado en adivinar la procedencia de quienes lo rodeaban, estuvieran encerrados o pasaran frente a la jaula, poniendo atención a la lengua que hablaban. De igual modo, su intuición le indicaba ahora que nada era tan conveniente para él como insistir en su expresión sumisa. Jugador experto, Norayagu podía sentir que Lucio Cornelio estaba más inquieto que él, solo que en ese momento no alcanzaba a determinar la razón de su actitud ni de su pregunta.

–Nada conozco de armas, señor. Nunca he usado una ni he hecho otra cosa que aprender y enseñar a luchar en los juegos –respondió con la misma voz calma y un gesto de ambas manos hacia las mesas que colmaban la habitación.

Había una trampa, Lucio Cornelio sabía que no estaba equivocado. Eran muchas las veces que el general Pompeyo se había soñado mientras huía por Roma sin saber de qué, ni menos por qué su cuerpo se iba desintegrando y a su alrededor todo se desmoronaba. Luego, poco a poco, fueron llegando informaciones –las más alarmantes enviadas por el rey de Armenia– sobre un arma que los partos construían con la ayuda de sabios egipcios en algún lugar más allá de Pahlavas. Si de los varios espías enviados por Lucio Cornelio a Partia y sus alrededores solo regresaron dos y sin datos de interés, salvo los referidos a la ferocidad de las tribus sakas y a la enorme prosperidad de los arkenios, la confirmación de que la pesadilla de su padre empezaba a convertirse en una espantosa realidad llegó desde Alejandría. El eunuco Potino había encontrado en las habitaciones de la renegada Berenice un atado de tablillas donde se ilustraba cómo un pequeño grupo de guerreros partos, cinco o seis apenas, exterminaba ejércitos y ciudades completas usando un líquido capaz de pulverizar las cosas con solo bañarlas. A lo largo del escrito, que el faraón Ptolomeo había tomado al principio como hijo de la fantasía y el ocio, la ciudad de Arkenia era mencionada en seis ocasiones. Pompeyo no lo pensó más. Hizo que Lucio Cornelio buscara en Mitilene a Metelo Labieno, sacerdote de Júpiter que lo había acompañado en su expedición para limpiar de piratas el Mediterráneo. Quizás debido a su avanzada edad, el sacerdote tomó casi dos días para completar el augurio de los dioses. Si alguien no viajaba sobre el Mar de los Juncos y destruía a tiempo el arma infernal que en tierras de los persas se gestaba, la República de Roma sería pulverizada por sus enemigos, eso dijo, y Lucio Cornelio admiró una vez más la sagacidad de Pompeyo El Grande cuando este le ordenó marchar de inmediato contra Arkenia al frente de la legión que había quedado en Egipto dos años antes, luego de que Marco Antonio repusiera a Ptolomeo en el trono. La idea era simple y brillante. Si el general Craso se encontraba en Siria con cuarenta mil soldados romanos para cruzar el Éufrates, los partos tendrían que dedicar sus mejores fuerzas a combatirlo en Mesopotamia y no estarían en condiciones de ayudar a los arkenios enviando tropas en dirección contraria, más allá de su frontera este. Fue así como partió Lucio Cornelio desde Egipto con un pequeño ejército para sitiar aquella ciudad de edificaciones amaneradas que, efectivamente, se le había rendido en doce días escasos, salvo por el hecho de que, luego de haber revisado edificio por edificio y piedra por piedra, no aparecía un solo rastro del arma secreta. Lucio Cornelio no tenía la menor duda, en alguna parte había una trampa y ningún lugar resultaba tan a propósito para esconderla que aquella habitación donde todo hacía el esfuerzo por parecer demasiado inofensivo.

–Levántate –ordenó al hombre arrodillado.

Norayagu se puso de pie y por un instante creyó que caería sobre la alfombra otra vez, tan débil estaba. Pero, contrario a las apariencias, sentía una extraña alegría. Entendía que el encuentro con aquel hombre abominable seguía formando parte de la guerra que durante tantos días había zarandeado su existencia sin que él pudiera hacer algo para cambiar las cosas. Una guerra que todos daban por terminada y que sin embargo tomaba un curso inesperado para situarse en un escenario donde nadie podía superar a Norayagu, o al menos así lo creía él. Aquella habitación era su reino, no en balde había dedicado su vida a reunir allí juegos provenientes de todas partes, fueran estos antiguos o actuales, originales o variantes de otros que ya existían, elaborados con simple barro o tallados en maderas y metales preciosos. Siguiendo las búsquedas de Norayagu, por décadas Azevac había enviado emisarios a los lugares más distantes y riesgosos con el propósito de encontrar nuevos juegos y aprender las reglas para usarlos. Allí de pie, tembloroso, recordó cuando su padre le había enseñado a jugar el Ur, a una edad en que él apenas si podía lanzar los tres dados piramidales, y cuántas veces le repitió que todo juego era una guerra a la espera de quien supiera ganarla con las armas de la astucia. Por esa razón, el jugador avezado jamás comenzaba una partida antes de haber concebido una estrategia acomodada a las circunstancias y al carácter del oponente. Y en este caso él tenía la suya. Primero, hacer creer a Lucio Cornelio que estaba más débil de lo que realmente era, y luego acercarse sin levantar sospechas hasta el mueble de ébano y marfil que servía de tablero al juego de Perros y Chacales, con sus orificios y sus diez fichas de madera en forma de fino punzón. Como tantas veces antes, Auramazda, el supremo creador por nadie creado, se le manifestaba a través de regularidades, en una concatenación de sucesos inesperados que le indicaban hacia dónde debía dirigir sus pasos. Solo era preciso mantenerse atento, se dijo Norayagu. Cuando levantó la cabeza, estaba seguro de que había vivido su mansa vida de esclavo dedicado a las sutilezas de los juegos para llegar a este extraño momento en que el destino le invitaba a morir como un héroe; a él, que jamás había esgrimido una lanza ni menos tensado un arco.

–Explícame todo esto –escuchó de Lucio Cornelio la orden añorada.

No importaba la victoria o cuán valioso fuera el botín que arrancaran a los arkenios, Lucio Cornelio debía encontrar noticias sobre el arma secreta y hacerlo con la mayor urgencia, antes de que los partos pudieran enviar hombres para cortarles la retirada hacia el mar. El romano lo sabía bien, de modo que fue siguiendo atentamente la voz cansina del viejo oscuro y ruinoso que se movía entre las mesas acumuladas en la habitación. Aguzó los sentidos cuando le escuchó decir que, luego de la muerte, los antiguos egipcios debían obtener la entrada en el más allá jugando al Senet, en un combate con las deidades cuyo dramatismo era muy difícil de imaginar ante aquel hermoso tablero con incrustaciones en nácar y piezas hechas de lapislázuli. Claro que él había visto antes unos pocos de aquellos juegos, incluso podía decir que era bastante diestro apostando dinero en la Tabula pero, tras un peligroso viaje al mando de hombres proclives a los complots, más seis días de marchas amenazadas constantemente por los nómadas sakas y de un sitio siempre sobresaltado por el temor de que arkenios pudieran completar su arma y pulverizarlos en un abrir y cerrar de ojos, lo menos que Lucio Cornelio esperaba encontrar era aquella habitación disparatada por la que había vagado sin llegar a entender la fascinación que los juegos ejercían sobre él. Hasta que el interrogatorio a las esposas y las concubinas del rey Azevac había traído noticias sobre la existencia de Norayagu, que ahora le mostraba los principios de la Pettéia, usada por los griegos desde tiempos del gran Aquiles para entrenarse en tácticas militares; el Wéiqi, venido de lugares tan al Oriente que no había forma de imaginar cómo eran sino mediante la interpretación del fino equilibrio entre ataque y defensa que resultaba necesario desplegar para jugarlo; el Wari, creado para celebrar la siembra y la recolección del grano en las tierras sofocantes donde habían nacido los antepasados de Norayagu… En algún momento del periplo, Lucio Cornelio dejó de escuchar la voz del viejo. Había entendido con gran sobresalto que su perturbación no provenía de los juegos ni de su inconcebible acumulación en aquel espacio, sino de la forma confusa en que los tableros, fichas y dados inertes evocaban a las personas que alguna vez los habían usado. Era como si el escaso objetivo práctico que él encontraba en el ejercicio de jugar frente a una mesa no permitiera que las pasiones cambiadas entre aquella gente desaparecieran con su ausencia. Lucio Cornelio no pudo evitar una pregunta:

–¿Y fue para defender esto que Azevac y su gente se hicieron matar?

La pregunta sorprendió a Norayagu, que terminaba de explicar las sutilezas del Yut, aquel curioso juego de animales traído por unos comerciantes de ojos tan rasgados que no parecían tener ojos, y se situaba por fin junto al juego de Perros y Chacales. En lugar de responder lo que obviamente no necesitaba respuesta, Norayagu siguió la mirada de Lucio Cornelio, que salía por la ventana e iba a perderse en la mancha rojiza con que el atardecer prendía el horizonte. Aprovechando el instantáneo ensimismamiento del romano y la exaltación de aquella sangre crepuscular, su mano empuñó uno de los perros clavados sobre el tablero. Algo lo detuvo, sin embargo. Quizás el tono de la pregunta formulada por Lucio Cornelio, o la forma en que este miraba a lo lejos, incluso puede que alguna extraña señal venida de su espalda apenas cubierta por la fina ropa interior, el caso es que Norayagu sintió cómo aquella figura inmóvil junto a él iba perdiendo dimensión. Se trataba apenas de un hombre fuera de su lugar, sin opciones para entender, que por un momento intentaba escapar a su presumida gloria y volar lejos de aquella habitación invadida por el olor de los cadáveres incinerados.

–Está pensando en los suyos, ¿verdad señor? –preguntó Norayagu sin poder contenerse, mientras los relieves del perro esculpido en la ficha se incrustaban en la palma de su mano derecha, firmemente empuñada.

Y sí, Lucio Cornelio pensaba en su padre, pero no en el cónsul, el triunviro o el héroe que de niño había visto desfilar por las calles de Roma sobre un triunfal elefante, sino en el hombre envejecido que menos de un año atrás había llorado sin consuelo la muerte de Julia, su joven esposa; en su propia esposa y su hijo que, ahora caía en cuenta, se iba haciendo hombre sin que él hubiera tenido tiempo para sentirlo crecer; en las edificaciones de su ciudad, imponentes y orgullosas de su solidez; en los cuatro meses que habían pasado desde que partiera, un tiempo durante el cual seguramente el tiempo tampoco se habría detenido en Roma. ¿Qué estarían haciendo ahora mismo los suyos? ¿Volvería a encontrarse alguna vez con Publio, su amigo preferido, en el palacio de los Craso? ¿Llegarían alguna vez los tres hijos legítimos de Pompeyo a recibirlo como hermano? ¿Qué habrían pensado en Roma cuando se supo de su partida? Ahora mismo, ¿cómo los recordarían? Los rojos cada vez más intensos del atardecer arkenio, que entraban por la ventana, le hicieron añorar el calor de su esposa, las caricias a mitad de camino entre el deseo y el enfado que le propiciaba cuando él fingía indiferencia para provocarla, de modo que por un instante brevísimo Lucio Cornelio se preguntó si la verdadera maravilla por conquistar no habría quedado en casa. Pero claro que él no iba a decir una cosa así, y menos delante de aquel viejo esclavo que hablaba como si pudiera leer su pensamiento cuando dijo:

–Las divinidades tienen sus formas particulares de hacerse entender. A veces dan vida a lo inesperado para obligarnos a mirar las cosas de todos los días con otros ojos.

Norayagu tampoco esperó que Lucio Cornelio fuera a contestar algo. Devolvió la ficha en forma de perro a su hueco en el tablero y caminó entre los juegos silenciosos hasta la puerta de la habitación, junto a la cual se arrodilló nuevamente. Era seguro que en ese mismo momento los poetas traídos como parte de la expedición se afanaran en componer versos para perpetuar la gloriosa conquista de Arkenia. Norayagu, sin embargo, creía saber la verdad: aquel hombre todavía de pie junto al juego de Perros y Chacales moriría de no poder olvidar, y tanta sería su angustia, que un día desearía haber sido asesinado en esta antecámara, sorprendido por la mano insospechadamente firme de un viejo esclavo que nada tenía para perder. Él, Norayagu, no podía anticipar el destino pero estaba seguro de su intuición, y con eso le bastaba.

–Señor, ¿puedo servirle en algo más? –preguntó desde el suelo.

–Vendrás conmigo a Roma –ordenó Lucio Cornelio.

–Jamás traspasé los muros de Arkenia, que sus hombres han hecho inútiles. He viajado hacia todas partes sin salir de estas habitaciones, tratando de descubrir las formas en que los hombres juegan para entretenerse, por emoción o por dinero. Todo esto será pronto destruido. Le pido la gracia de la horca, señor. De lo contrario, ya encontraré una forma para quitarme la vida… hoy o mañana.

–¿Dices entonces que no hay arma secreta? –preguntó Lucio Cornelio como si no lo hubiera escuchado.

–No lo sé, ya le dije. Quizás sí, quizás la hubo pero no en la forma que usted esperaba. ¿Puedo pedirle otra gracia, señor?

–Adelante.

–Por favor, tome con usted a mi hija. Se llama Ainerka y estaba entre las concubinas de Azevac. Permita que hable con ella antes de morir y luego llévela con usted. Le servirá bien.

En la primera penumbra de la noche que se acercaba, Lucio Cornelio vio salir de la habitación al viejo enclenque, flanqueado otra vez por los lanceros. Algo en su interior le dijo que tardaría en olvidar la imagen, aunque en ese momento no podía sospechar que su vida nunca volvería a ser la misma. Al regresar a Egipto, en medio de las fanfarrias por la victoria, lloró a su amigo Publio Craso, que había muerto a manos de los partos en Carras. No viajó con el botín a Roma, Pompeyo le pidió que se dirigiera a Cartago para dar tiempo a que él pudiera calmar al Senado, molesto porque la expedición contra Arkenia se había realizado sin su consentimiento. Perdió el brazo izquierdo en Farsalia, peleando contra Julio César, y vio morir a su padre decapitado poco tiempo después, mientras desembarcaban en Alejandría para pedir ayuda al hijo de Ptolomeo. Su mujer y su hijo perecieron en un ataque de piratas mientras viajaban hacia Dirraquio para reunirse con él, y ese dolor lo empujó a unirse con los restos del ejército pompeyano en Hispania para marchar contra Julio César. En Munda resultó herido de gravedad nuevamente, esta vez en la espalda. Triste y sin recursos, se asentó en Cilicia, pues Julio César le prohibió que regresara a Dirraquio, donde solo un día de camino lo separaba de Roma. En un perdido campo, mientras escuchaba a lo lejos el canto de los hombres que cultivaban el trigo, se fue ahogando en un silencio grueso, que solo suspendía para contarme historias de sus campañas y que no alivió siquiera la noticia de que Julio César había sido asesinado en Roma.

La mañana del día en que murió, mientras jugábamos Chatrang usando unas pobres piezas de barro cocido, creí escucharle murmurar que la derrota había sido emprender aquella expedición, pero no puedo asegurarlo del todo porque fue como si Lucio Cornelio hubiera hablado hacia adentro de sí mismo, con alguien que estaba en su cabeza. Murió esa noche, a punto de cumplir los cuarenta años, aunque envejecido por un sufrimiento sin edad. Lo sé porque le cerré los ojos. Yo, Ainerka, la hija de Norayagu.

José Fernández Pequeño (Foto tomada de su blog)

José Fernández Pequeño (Foto tomada de su blog)

José Fernández Pequeño. Escritor. Cubano de origen, español de raíz, dominicano por agradecimiento. Ha sido editor, gestor cultural y profesor universitario en Cuba y República Dominicana. Vive en esa tierra firme de la edad en que ejercer la memoria resulta un privilegio.

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Esta entrada fue publicada el 12/08/2013 por en Narrativa.
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