Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Dos textos de Germán Guerra

GERMÁN GUERRA

 
Corazón
 
En el principio soñó Dios los cielos y la tierra.

Y dijo Dios en medio de su sueño: Sea la luz y el corazón del hombre. Soñó Dios un corazón que latía… caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado… en la penumbra de un cuerpo humano aún sin cara ni sexo. Y fue la luz y el corazón del hombre, y fue la tarde, la noche y la mañana el día primero. En la alta mañana de un olvidado pueblito de provincias, en el día primero de un mes y un tiempo demasiado largos, cansado de andar plazas y desesperanzas, sudoroso y flácido, buscando en los abiertos muros que ya no tienen cal ni tienen canto, parado ante la puerta y las columnas de silencio que suelta la campana del templo —morada de un encallecido Dios de compasión y sueño—, el corazón decidió crecer. Y creció, creció y colmó el parque con sus ceibas de siglos, no se vieron más los bancos de concreto ni la iglesia y los habitantes del lugar dejaron de esperar ante el milagro que tocaban. El corazón cubrió los barrios del centro, los límites del pueblo y toda la extensión de la provincia, que para entonces ya había salido del olvido; alcanzar las fronteras del país le tomó el tiempo que demoran los discursos en ser polvo sobre la frente de los hombres. El corazón fue criticado por los viejos partidos y alabado en el corazón de los humildes. Una sombra inmensa proyectaba el enorme corazón con vida propia, una sombra de carne para el hambre de todos los espíritus. Una sombra hermosa y esperada por las razas vecinas ya adentraba sus pasos en el continente y en los marinos de ambas mares era el regocijo y los deseos que se cumplen y una estrella fugaz cruzando el cielo y el vasto corazón que se inflamaba… Aurículas y ríos, ventrículos y montes, viñedos y árboles de pan brotaron en las planicies del músculo. Gaviotas y topógrafos, fundidores de acero y de ciudades fueron los primeros habitantes del lugar donde latía la esperanza. Y la Tierra quedó deshabitada, mudo mundo y tierra en la memoria de la Tierra, hermana de la Luna en su redondo viaje; y fue la Luna lo que siempre ha sido, roca de la desolación y añosa luz para el ladrido de los perros.
En el principio soñó Dios con los planetas, y fueron los planetas, y fue la tarde, la noche y la mañana el día segundo.

 
 
 
Mi padre
 
su presencia en los rincones de luz,
en la luz de todas las mañanas.
Porque lo encuentro sentado
bajo la atrocidad de cada mediodía
—la multitud ya olvida al hombre
que gesticula otra promesa en la tribuna,
en la plaza que es el centro de los pueblos.
Todos descansan su tedio y la mirada
entre las manos calladas de mi padre—
mientras afina las palomas del acto
que conocen, que roza la costumbre,
y se abre las paredes del pecho
para sacar, sangrante, un corazón
que hace estallar en el silencio
roto por las voces que ahora invocan
un milagro y el nombre del Mesías.
 
En el último plano de la escena
el podio está vacío, ya no hay voz
martillando sueños en el polvo,
sobre la frente de los hombres,
mientras sigo, en silencio, el camino
marcado en las paredes de la noche.
 

Estos textos fueron publicados en Libro de silencio (Ediciones EntreRíos, Los Angeles-Miami, 2007)

 

Germán Guerra (Foto de Alejandro Guerra)

Germán Guerra
(Foto de Alejandro Guerra)


 

Germán Guerra nació en Guantánamo, Cuba, el 13 de agosto de 1966. Poeta, fotógrafo y editor. Reside en Estados Unidos desde 1992. De sus poemarios ha publicado Dos poemas (Colección Strumento, Miami, 1998), Metal (Dylemma, Miami, 1998) y Libro de silencio (Ediciones EntreRíos, Los Ángeles–Miami, 2007). Trabaja como editor de noticias y diseñador gráfico en el periódico El Nuevo Herald de Miami.

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Esta entrada fue publicada el 01/01/2014 por en Narrativa.
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