Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Un sábado para Carlos M

MARCO MARTÍNEZ

 

El día  que Carlos M tuvo el accidente, despertó a las 7:32 de la mañana porque una línea delgada de claridad se filtraba por el espacio doblado de la cortina y le cruzaba la cara y el ojo izquierdo. Se dio vuelta en la cama, y como siempre hacía, miró el reloj eléctrico encima de la mesa de noche.

Abrió la puerta de la habitación y allí, reprochándole la tardanza de los sábados, su gata, María de los Ángeles, se lamentaba de hambre. Entró al baño y cerró la puerta para impedir que viniera  detrás de él, como era su costumbre.

Se vistió con unos shorts y un pullover blanco, buscó un par de medias, de las más cortas, y se calzó los tenis grises y amarillos. Entró en la cocina, abrió una lata de comida para María de los Ángeles, tomó dos tragos de jugo de naranja empinándose el envase de cartón, buscó el celular, los audífonos y las llaves, y salió a trotar como cada mañana de cada  fin de semana.

Carlos M, de lunes a viernes, entraba al gimnasio que quedaba a tres manzanas de su oficina, y hacía una hora de ejercicios.

Los lunes,  trabajaba el abdomen y  las piernas.

Los martes eran para  los brazos y algo de abdomen.

El miércoles descansaba.

Aprovechaba el tiempo para llegar primero a la oficina y preparar el café para Doris, su secretaria. Tomarlo juntos, se había convertido en un agradable paréntesis en la monotonía de las obligaciones diarias; hablaban alguna cosa personal, simple, deslizaban cualquier detalle de sus vidas particulares, hasta que comenzaban a llegar los demás. El café de los miércoles era acompañado por dos croissants de chocolate que Carlos M compraba en una dulcería francesa que se encontraba en el camino. Los días restantes, la cafetera eléctrica quedaba en un rincón a disposición  de  los clientes o los demás oficinistas.

El jueves, montaba la bicicleta estática y los veinte últimos minutos lo destinaba a la escalera, para fortalecer las piernas.

El viernes no hacía nada.

Comenzó a trotar. Atravesó una especie de solar, al lado de un barrio de casas townhouses, y buscó la vereda que serpenteaba a todo lo largo del lago. Carlos M iba escuchando su música favorita que había seleccionado y descargado en su celular. Miraba, porque le gustaba mucho, el agua del lago. Algunas veces vio peces saltando. Un día, un águila planeó sobre la superficie y con las garras, agarró un pez que se retorcía mientras el ave levantaba el vuelo. Trotaba solo por una hora.

Regresó a la casa, se duchó, puso en la lavadora la ropa sudada de correr, la toalla, recogió la toalla del otro baño y también la echó a lavar. Dejó la máquina puesta y salió de la casa.

La llave electrónica de la alarma no funcionó la primera vez cuando apretó el botón. Al segundo intento escuchó el sonido de la alarma al desconectarse. Entró al Audi A3 de color blanco y lo arrancó.

Se dirigió hacia el norte. Iba hacia el pequeño restaurante donde desayunaba los sábados. El dueño, un irlandés obeso y cordial, lo saludaba al entrar, ocupado siempre con la plancha grasienta donde preparaba los diferentes platos.

Se sentó en una mesa al fondo, y la camarera, una señora de movimientos lentos, (que voló desde Nevada hacía ya tantos años, para aterrizar en esta ciudad, como contaba ella), le sirvió una taza de café. La camarera le había ido dibujando su vida con lujos de detalles en cada visita al restaurante. Carlos M solo tenía que escuchar y entre una taza humeante y un plato con tostadas, ella hablaba y hablaba.

A Carlos M le gustaba aquella señora, le agradaba como le traía la comida sin que tuviera que recordarle nada, le gustaba cómo lo atendía, y de alguna manera lo mimaba por encima de los otros clientes.

Mientras leía los periódicos y se tomaba el segundo café, recibió el primer mensaje del día. Era su hijo Alexander. El mensaje decía: hi papi, estoy con mi mamá en Epcot Center.

Carlos M sonrió. Típico de ella, se dijo mentalmente terminando de leer un artículo en el periódico. Escribió: disfrútenlo, I love you. Recordó algunos instantes de su antigua vida con la madre de su hijo. Siempre había una mezcla de añoranza con recuerdos de peleas y gritos.

Pero hoy no quería pensar en esas cosas. Alexander le explicó que la madre se había aparecido en el campus de la universidad, arrastrándolo a ir con ella a los parques. Bueno, tampoco es tan malo, ¿no? Le dijo en el mensaje.

Pidió un jugo de naranja. Sonó el teléfono. Era Doris. Se disculpaba por molestarlo tan temprano. La cita que tenía para el lunes había sido cancelada. Después de arreglar ese asunto, colgó.

Terminó de leer los periódicos, pagó y salió.

Recibió otro mensaje. Antes de poner en movimiento el carro, lo leyó: no me quiero levantar, ni hoy, ni mañana si tú vienes y te acuestas aquí conmigo.

Era Aileen. La noche anterior, después del trabajo, habían estado juntos en su departamento. Imaginó el cuerpo tibio de ella entre las sabanas, revolcándose de un lugar a otro de la cama como solía hacer mientras  la observaba.

Entró al supermercado. Buscó un paquete de comida seca para María de los Ángeles, otro con manzanas, dos o tres latas variadas, tres botellas de agua marca Fiji, papel para el baño y salió, dirigiéndose a una licorería para seleccionar el vino con el que sorprendería a Aileen.

Al doblar hacia la izquierda, para tomar la avenida, notó que el carro tenía algo raro en la dirección. Se arrimó a la derecha, activó las luces intermitentes y se bajó a mirar. La goma de atrás, la de la izquierda, estaba desinflada. Al observarla mejor, descubrió un tornillo clavado.

Pensó en llamar a la AAA. Era miembro y nunca había requerido de sus servicios. Se hacía casi inútil, teniendo un carro nuevo. Sopesó la idea. Se demorarían más de una hora para llegar. Era demasiado por una goma ponchada. Abrió el maletero. El espacio casi vacío olía a cuero y a las bolsas de papel donde llevaba la compra.

La llanta de repuesto descansaba debajo de una pieza plana que se levantaba halando  una pequeña argolla de color rojo.

Un poco molesto por el contratiempo, cambió la goma ponchada y la suplantó con la otra. El lunes, le pediría al muchacho que venía a lavar los carros que la llevara a arreglar. Dándole una buena propina, ya se había encargado varias veces de cosas que Carlos M  detestaba, como llevarlo a cambiar el aceite o una vez que reemplazó los limpiaparabrisas, que algún desperfecto tenían, y hacían un ruido desagradable.

Guardó los instrumentos otra vez en el maletero. Antes de cerrarlo, se miró las manos sucias. Con el antebrazo y el codo, lo empujó para cerrarlo. Después se dio vuelta. Un chirrido de llantas se acercaba. Por un instante vio un auto que descontrolado, dando vueltas sobre el asfalto, se incrustaba contra él y el Audi A3.

Carlos M  logró ver la cara de terror que tenía el hombre que iba al volante. También sintió un olor amargo de caucho quemado.

Tres días después sufrió el primer paro cardiaco. Lograron revivirlo, al cabo de varios minutos que le parecieron una eternidad al equipo de doctores y enfermeras del turno de la madrugada, en el departamento de intensive care del hospital.

Todo transcurría normal dentro del cuadro clínico que presentaba, hasta que, a las pocas horas, Carlos M no pudo recuperarse del segundo ataque cardíaco.

Doris, que todo el tiempo aguardó en la salita, a unos metros de donde estaba Carlos M, había logrado, unas horas antes, comunicarse con Alexander, que había apagado el celular, molesto con la novia que no le creía que estaba en Orlando pasando unos días con su mamá.

Doris le pidió a Alexander  que la dejara cuidar de la gata de Carlos M.

Fue hasta el departamento con la llave que le entregó el hijo. El security del portón de la entrada hacia el condominio no le permitió entrar. Alegaba que allí ya no podía ir nadie sin el permiso del señor Alexander. Llamó por teléfono. Al cabo de varios minutos de conversación, abrió el portón y Doris pudo pasar.

María de los Ángeles la recibió con un bufido y huyó a esconderse.  Doris abrió una lata de comida que traía para la ocasión y el olor nauseabundo a pescado y grasa, hizo salir a la gata de su escondite.

Mientras comía, Doris abrió la lavadora y puso a secar un short, un pullover, un par de medias, un calzoncillo y dos toallas que estaban solo húmedas. Fue al cuarto y tendió la cama, acomodó las almohadas y arregló la cortina, que se había quedado doblada en un extremo. Lavó la charola del agua para la gata y la secó con papel de toalla.

Recogió una lata vacía que encontró en el piso de la cocina, de comida para gatos, que olía a podrido. La  echó  en una bolsa de plástico que encontró debajo del fregadero, junto a la que había abierto hacia unos minutos.

Tenía sed. Abrió el refrigerador.  Miró la fecha de caducidad de un envase de cartón de jugo de naranja que estaba abierto. Buscó un vaso, lo lavó en el fregadero y se sirvió. Después, vertió lo que quedaba en el envase por el desagüe, fregó el vaso de cristal, y lo puso boca abajo en el secador que estaba a un lado. Echó el envase en la bolsa que ya contenía las latas de comida de gatos y la cerró con un nudo.

Cuando la lavadora terminó su ciclo, el pitido que produjo, asustó a Doris. En ese momento, estaba encerrando a la gata en una pequeña jaula para transportarla. Sacó la ropa y la dobló encima de la mesa del comedor.

Volvió al cuarto. Acomodó las piezas aún calientes en una de las gavetas y las toallas en uno de los estantes del baño.

Antes de salir, movió el termostato del aire acondicionado hasta setenta y cinco grados, apagó las luces y cuando iba a cerrar la puerta, echó una última mirada de reconocimiento para estar segura de que todo estaba bien. Puso la gata con la jaula en el asiento a su lado y la aseguró  con el cinturón de seguridad. La bolsa la dejó en el maletero para tirarla después en la basura de su casa.

María de los Ángeles pasó dos días escondida debajo de los muebles de la nueva casa. Salió a comer en la noche, cuando todos dormían.

Al tercer día, uno de los hijos de Doris, olvidó cerrar la puerta trasera al salir al patio, y por ahí escapó. La buscaron por todo el barrio llamándola a gritos, pero nunca la encontraron.

 
Pompano Beach, diciembre  2013.
 

Marco Martinez ( La Habana 1961 ) Generación de El Mariel. Escribe periódicamente en el blog personal: Palabras http://marco1661.blogspot.com/

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Esta entrada fue publicada el 01/02/2014 por en Narrativa.
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