Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Dos relatos de Yanitzia Canetti

YANITZIA CANETTI

Los enemigos

“…son ya más los muertos que los vivos.”
Emilio Mozo

El enemigo era lo más parecido que había a un ser humano, con la salvedad de que, en la guerra, venía del bando contrario y tenía cara de pocos amigos. A Benito no le quedaba la menor duda de que el enemigo era un ser depredador, despiadado, sanguinario y feroz —pero minúsculo y aniquilable— al que no se le debe tener absolutamente ningún miedo y al que, en caso de tener el gusto de conocerlo en persona, se le debe despedazar, demoler y hacer añicos sin contemplaciones. Pero aquel enemigo pequeño que esgrimía su arma frente a él no reunía los requisitos de un buen enemigo, incluso se parecía a… a… sí, claro, a Emetelio, el chamaquito de la calle Enramada. ¿O no?
Benito no opuso resistencia. Conocía de sobra que en casos como aquellos lo más recomendable era alzar las manos y rendirse. O —como otra posibilidad más heroica pero de escasa popularidad en el ejército— arrojarse de frente ante el inquieto cañón del enemigo y engrosar la gloriosa fila de fertilizantes en el campo de batalla.
El enemigo empuñaba el arma pero no apretaba el gatillo. Benito seguía parado como una estaca, con las manos en alto y la cabeza girando sobre su eje: “¿Dónde he visto yo al tipo éste? ¿Dónde he visto yo esa cara antes? ¿Dónde?”
—¿Benito Guerra?
—¿Emetelio Verdolaga?
Los enemigos se olvidaron de matarse o de rendirse y se abrazaron tan hondamente que ni tres bombas que estallaron cerca logró interrumpir tan efusivo abrazo. Cuando por fin ambos se decidieron a separarse, tuvieron que correr a un refugio para esquivar las balas que zumbaban para allá y para acá, sin importarles que Benito y Emetelio llevaban casi veinte años sin verse y jugaban a las bolas en el barrio de San Apapucio.
—¿Quién me iba a decir que tú ibas a ser mi enemigo en esta guerra, compadre? —decía Benito mientras mordisqueaba un casquillo de bala—¿Es tu primera guerra?
—No, qué va. Ya voy por la tercera. No, no, la cuarta —comentó Emetelio—. ¿A que ni te imaginas a quién me encontré en mi primera guerra?
—No me digas, no me digas… ¿del barrio?
—Ajá.
—¿Heriberto, el de Josefina Mendoza?
—Frío.
—¿Felipe, diente e’ conejo?
—No, estás perdido, compadre…
—¿El flaco Iturbide?
—No, viejo, a ése lo mataron en su segunda guerra. ¡A Estupiñán!
—¿Al gordo Estupiñán?
—Sí, a ese mismito.
—¡No me digas!
—Casi me mata con una granada de mano, el muy cabrón. Pero me reconoció, dice que por la cara de diarrea que puse.
—¿Y sigue con Dora Lisa?
—Creo que tuvieron problemas. Un asunto de tarros. La agarró con un tipo y…
—Ese gordo no tiene suerte con las mujeres… ¿Y qué fue de la vida de Azucena? ¿Te acuerdas de ella?
—¡Cómo no me voy a acordar…! —exclamó Emetelio como insinuando mil cosas a la vez.
—¿Tú y ella…?
—En el patio de su casa —sonrió Emetelio, quien nunca antes tuvo tiempo de anotarse aquel tanto con ningún socio.
—¿Y…?
—Ni te imaginas, compadre… Casi me mata… ¡Qué bríos! ¡Qué clase de mujer…! —rememoraba Emetelio, relamiéndose el labio superior y mordiéndose insistentemente el inferior.
La conversación no hubiera tenido para cuando acabar de no ser por el par de bombas que lanzó el imbécil del avioncito, justo en la misma entrada del refugio. Y allí se quedaron, con la palabra en la boca, Benito y su viejo enemigo de la infancia.

Una vez nada más

“…Una vez nada más

se entrega el alma” 

Agustín Lara

Lo que el torturador no soportaba era que sus víctimas chillaran al primer corrientazo, o cuando él sólo les había arrancado par de uñitas de una de las manos o por el trivial hecho de que les faltara un poco de oxígeno cuando les introducía por unos minutos la cabeza en la cubeta. Era el colmo de la blandenguería, algo que lo sacaba francamente de sus casillas. Y lo peor es que acto seguido, aquellos doblegables seres se largaban a delatar a cuanto gato había conocido en sus miserables vidas.

            —Hay personas que tienen una sola muerte en la vida y se dan el lujo de morirla sin dignidad —le comentaba el torturador al carcelero, mientras ambos merendaban animadamente en la cafetería del cuartel general.

            —De que los hay, lo hay —asintió el carcelero con la boca llena.

            —Ayer despedacé a uno porque me puso furioso. Si no le arranco  la lengua con las tenazas, delata a su mismísima madre.

            —¡Qué falta de hombría, digo yo!

            —¿Y qué me dices de los que suplican y me piden que los mate de una vez?

            —Esos son los peores. De que los hay, los hay.

            —Hay de los que se hacen los hombrecitos por un rato, pero en cuanto ven los instrumentos, empiezan a lanzar pedos en todas direcciones.

            —¡Qué manera de ventilar el miedo, digo yo!

            —La verdad es que no he podido ni agarrarle el gusto a mi trabajo, viejo. Todos se ponen a soltar la lengua apenas me ven entrar con la picana o con algún que otro juguete de rigor.

            —Te entiendo, hermano, ya no quedan hombres.

            —Te cuento que algunos han tratado de sobornarme hasta con su hermanita adolescente.

            —Ah, ni me hables de esos. De que los hay los hay.

            —Estoy harto, viejo, harto. Creo que mañana mismo renuncio. Este trabajo es una verdadera tortura.

            —Te entiendo, hermano, te entiendo.

            —Pero antes me cargo a unos cuantos, es que la semana pasada no maté a nadie. ¿Raro, no?

            —¿Y eso por qué?

            —No les voy a arruinar la única muerte que van a tener en toda su vida, viejo. Que en el fondo yo soy un tipo noble. Quiero darles la oportunidad de morir decentemente, que resistan por lo menos dos sesiones de tortura, coño.

            —Ah, ya sí, claro, te entiendo.

Terminados aquellos minutos de descanso, el carcelero regresó a su puesto con la barriga llena y el corazón contento, mientras el torturador regresó al cuarto de torturas un poco más aliviado. Hasta se animó con la idea de que tal vez en el horario de la tarde, le tocara un hombre de verdad, de esos que moría de ganas por conocer y del que tanto le hablaron sus compañeros de la Academia: un tipo duro como los que él mismo vio en todas las películas de guerra.

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Foto: Cortesía de la autora

Yanitzia Canetti (La Habana, 1967). Escritora y traductora cubana. Ha publicado tres novelas (Al otro lado, Novelita Rosa, y Adiós) y diversos libros de literatura juvenil.

Obtuvo el bachillerato en periodismo, la maestría en linguística, y el doctorado en literatura; vive en Boston, EE. UU.

www.yanitziacanetti.com
www.youtube.com/watch?v=TU3Urgr3oUc
www.facebook.com/YanitziaCanetti2
 www.twitter.com/YanitziaCanetti

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Esta entrada fue publicada el 01/03/2014 por en Narrativa.
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