Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

La venganza

ELVIRA DE LAS CASAS

 

Gisela podía adivinar, sin abrir los ojos, cómo la claridad se filtraba por las persianas del cuarto, formando una franja de luz a sus pies, sobre el edredón de seda azul vitral. Guillermo había encendido el televisor y las noticias de un canal en español parecían advertencias para no salir de la casa: un chofer atropelló a un octogenario que trataba de atravesar la calle Flagler, el precio de la gasolina alcanzó la cifra más alta en los últimos cinco años, una niña desapareció del sitio donde esperaba el autobús escolar y las llamas de un incendio devoraron un almacén y las dos casas aledañas, provocando la muerte de varias personas.
  De pronto recordó que cumplían cuarenta años de casados. No estaba muy segura de tener motivos para celebrar.
  Cuando los muchachos aún no habían comenzado a ir a la escuela, Guillermo decidió que Gisela se quedara en la casa cuidándolos, mientras él trabajaba en la factoría, y ella renunció a la música para dedicarse en cuerpo y alma a la familia. No podía recordarlo ayudándola ni una sola vez a darle la comida a los niños, y mucho menos a cambiarles un pañal, pues casi vomitaba si los veía sucios; en la casa era lo que se dice un perfecto inútil.
  Con el tiempo Gisela aceptó llevar una vida en la que no había espacio para sus propias decisiones. Salían a comer en los restaurantes que a él le gustaban, aunque Guillermo adoraba los mariscos y ella los detestaba. Cuando iban al cine, se resignaba a ver películas de acción en lugar de las comedias románticas que hubiera preferido, y llegó a gustarle dormitar en la oscuridad de la sala, cansada de masticar palomitas de maíz. Guillermito también renunció a su sueño de estudiar diseño gráfico, porque a su padre le parecía un trabajo de afeminados, y terminó estudiando administración de empresas, sin atreverse a llevarle la contraria. El día que se graduó, le puso el diploma encima del escritorio y cuando volvieron a saber de él, ya andaba por Los Ángeles, fotografiando a las chicas que llegaban de todas partes, con la ilusión de trabajar en Hollywood. Nunca más volvieron a verlo, y de eso habían pasado más de cinco años.
  La única que no se resignó a cumplir los deseos de su padre fue Giselita. Ella siempre fue diferente.
  Cuando tenía cinco o seis años, la matricularon en las clases de ballet, pero el día que se estrenó el primer tutú se la encontraron en el patio de la casa, subiendo y bajando de la mata de aguacate y jugando a la pelota con el hermano y sus amigos. Los vuelos de tul estaban desprendidos y sucios, como si se hubiera limpiado las manos en ellos una y otra vez, y las zapatillas rosadas colgaban de una rama del árbol, mientras la niña corría descalza detrás de sus amiguitos. Gisela comprendió que hubiera sido más fácil enseñarle ballet a Mike Tyson que a su hija, y nunca entendió el drama que hizo Guillermo cuando la niña, a punto de cumplir 16 años, les dijo lo que ya todos imaginaban a esas alturas: que no le gustaban los hombres, y que si no aceptaban a su novia, ella se iría de la casa.
  Gisela sabe que debió haber defendido a Giselita de los insultos de su padre y haberla protegido en lo que quizás fue el momento más difícil de su vida. Pero en lugar de eso cedió, como siempre, y terminó permitiendo que su propia hija se fuera de su casa, a vivir quién sabía dónde, para no provocar que su marido desahogara su ira en ella. Pero el tiempo lo cura todo, y Giselita terminó perdonándola.
  Cuando se quedaba sola en la casa, Gisela desempolvaba la tapa del piano que había comprado en una tienda de segunda mano y pasaba horas tocando, con timidez y torpeza al principio, casi con rabia después, recordando la época en que soñaba con dar conciertos por todo el mundo y ganar concursos en Moscú. Llegaba a olvidarse de todo, y por unos instantes volvía a ser aquella joven que tuvo que renunciar a sus sueños y cambiarlos por biberones y pañales.
  Por aquella época Guillermo usó sus ahorros para abrir una cafetería en una funeraria. Comenzó vendiendo café y empanaditas, sin imaginarse que algún día llegaría a ser el dueño del negocio completo. En los primeros tiempos nada cambió, pero a medida que Guillermo prosperaba, comenzó a llegar cada vez más tarde a la casa. Ella no tuvo que esforzarse mucho para descubrir que la engañaba con más de una. Cuando los muchachos estaban por graduarse de la secundaria, Gisela se preguntó qué sería de su matrimonio cuando los hijos dejaran la casa y desapareciera el único vínculo que los unía como pareja. Tal vez entonces encontraría el valor suficiente para comenzar otra vez.
  Pero los hijos se fueron hace tiempo, y la vida de Gisela transcurre como en un letargo, sin nada que diferencie a un día del otro, aunque ella, tal vez de manera inconsciente, sigue esperando que algo suceda de repente y todo regrese a la normalidad.
  Ni un solo médico le ha dado esperanzas de recuperación. Por el contrario, todos se inclinan a pensar que el mal irá avanzando poco a poco, hasta dejarla postrada en la cama y sumida en ese misterioso estado mental que no permite adivinar si sabe o no lo que sucede a su alrededor.
  Guillermo salió del baño y buscó en el clóset una guayabera blanca de hilo, porque así acostumbra a vestirse los días de fiesta. Y mientras se abotonaba la camisa, se preguntó si realmente tenía motivos para celebrar.
  Durante muchos años pensó que la detestaba, pero ahora, viéndola así tan indefensa, encima de la cama, o dejándose conducir de la mano como una niña, ha llegado a compadecerla. A veces parece reconocerlo, y fija la mirada en su rostro, sin pestañear, como queriendo decirle algo que él no alcanza a comprender. Pero la mayor parte del tiempo parece perdida en un mundo lejano e incomprensible, y Guillermo se alegra de que la enfermedad le impida darse cuenta del asco que le da lavarla en la cama cuando amanece con el pañal lleno de mierda, y le dan deseos de salir corriendo y no volverla a ver jamás.
  Guillermo se siente cansado, muy cansado. De vivir pendiente de las necesidades de Gisela, sin esperanza de volver a llevar la vida de antes, pero sobre todo, se siente cansado de fingir. Lleva demasiados años fingiendo. Podría pagarle a una persona para que pasara la noche en la casa, y lo ayudara a asear a su mujer en la mañana, antes de llevarla al home donde pasa el día haciendo fisioterapia para tratar de recuperar la movilidad. Pero prefiere hacerlo él, de alguna manera piensa devolverle así todos los años que ella le dedicó, mientras él tenía aventuras con otras mujeres y apenas pasaba unas horas en casa, antes de volver a irse. Nadie puede entenderle. Nadie, excepto Lorena.
  Tan pronto como entré por primera vez en la Funeraria Rincón, me di cuenta de que casi nadie se resigna a aceptar el aspecto con el que su ser querido se va para el otro lado, y todos quieren conservar el recuerdo del fallecido en sus mejores tiempos. Yo he visto traer fotografías del muerto tal como lucía a los 40 años, con la petición de que arreglen el cuerpo y lo dejen luciendo igual, aunque al morir ya andaba por los 80.
  Con el tiempo me fui acostumbrando a esas rarezas, por eso cuando Guillermo me propuso pasar un curso para aprender a embalsamar, no lo pensé dos veces y dije que sí. Todavía estaba joven y con ganas de comerme al mundo, así es que lo único que pensé en ese momento fue en el aumento de sueldo que tendría con mi nueva posición.
Al principio soñaba con que Guillermo dejara a su esposa y se casara conmigo, hasta que me cansé de esperar y me resigné a vivir mi propia vida, la que tenía destinada desde que llegué a este mundo, porque estoy convencida de que todos venimos con los días contados y con un camino trazado de antemano. Como decía mi abuela, que en paz descanse, el que nace para pito jamás llegará a corneta. Y muy pronto tuve claro que Guillermo nunca se fijaría en mí con otras intenciones que no fueran las de índole laboral.
  La verdad es que no me puedo quejar, porque nunca me han faltado los amores. Aunque casada, lo que se dice casada con papeles firmados y todo, nunca lo he estado. A la mayoría de los hombres les repugna dormir con una mujer que se pasa el día manoseando cadáveres, yo lo comprendo.
  A Guillermo ahora lo quiero como a un hermano, y lo que son las cosas, su esposa es mi mejor amiga. Por eso nunca podría negarle nada que me pidiera, aunque sé que ahora mismo, podría estarme metiendo en el problema más grande de mi vida si Guillermo llegara a enterarse.
  Poco antes de llegar a su casa pude ver cómo dos carros de la policía se alejaban, probablemente porque él llamó a denunciar la desaparición de su esposa. Me imagino la cara que habrá puesto cuando llegó a su cuarto y encontró la cama vacía. Me sudan las manos cuando toco a la puerta y Guillermo me abre, con la cara descompuesta, vestido con una guayabera muy planchada y el pantalón de la pijama. Mientras le entrego la carta, miro de reojo en dirección al sofá de la sala, y veo a Giselita, que en lugar de estar celebrando el aniversario de boda de sus padres, como habían planeado, habrá tenido que responder las preguntas de la policía y parece estar esperando que su padre le explique qué rayos va a pasar ahora. Guillermo luce como si le hubieran caído veinte años encima. El marido de mi amiga abre la carta ansioso, sin dejar de repetir que no puede explicarse cómo esto ha podido sucederle a él. Yo no quiero perderme su reacción cuando se entere de todo, por eso entro en la sala y me siento en el sofá, al lado de Giselita, que mira a su padre con los ojos llenos de asombro, porque no tiene la menor idea de lo que está pasando.
  El rostro de Guillermo se va poniendo cada vez más pálido, mientras lee la carta de su mujer. En ella le cuenta –y lo sé, porque no pude resistir la tentación de leerla– que todo lo preparó fría y calculadamente, pero le fallaron los cálculos. Cuando planeó tirarse a morir en una cama, no contó con lo que pasaría después. Ya tenía a Guillermo pendiente de ella de día y de noche, como nunca lo estuvo antes, en todos los años que compartieron juntos. Y así hubiera seguido quién sabe hasta cuándo, haciéndose pasar por una enferma incapaz de valerse por sí misma, viendo transcurrir la vida desde la comodidad de su cama y observando cómo su marido se deterioraba cada vez más, mientras ella estaba cada vez más saludable. Hasta que Giselita tuvo la ocurrencia de llevarla al home donde conoció a Paquito, el técnico de rayos X.
  Bastaron unos minutos de conversación con él para que Gisela volviera a tomar conciencia de que estaba viva y que no valía la pena desperdiciar los años que le quedaban por delante desgastándose en una venganza sin sentido. Pero como suele suceder cada vez que se dice una mentira, la suya se hizo tan grande que la envolvió como una enorme telaraña de la que no era capaz de salir. Y ahí fue donde entré yo a jugar un papel en esta historia.
  Yo la convencí de poner tierra de por medio y comenzar una nueva vida sin mirar atrás. Que de los cobardes no se ha escrito nada, le dije. Yo le compré los pasajes de avión para Las Vegas y le llamé al taxi que la recogió esta mañana para llevarla al aeropuerto, mientras su esposo estaba en el baño preparándose para la celebración del aniversario de bodas. Y aquí estoy yo, viendo cómo a Guillermo le tiemblan las manos cuando termina de leer la carta y cómo se muerde los labios como si quisiera que el dolor lo trajera de vuelta al mundo real.
  ¿Se habrá imaginado Gisela lo que ocurriría cuando su esposo supiera la verdad? Ahora lo veo estrujar el papel entre las manos, reduciéndolo a una bolita del tamaño de una pelota de ping pong, y me preparo para escuchar los reproches, los gritos de rabia e impotencia. Pero en lugar de eso, Guillermo comienza a reír a carcajadas, echando la cabeza hacia atrás, hasta que su risa convulsa le remece la panza como un flan enorme y las lágrimas comienzan a correr por sus mejillas de tanto reír.
  Así pasa varios segundos que parecen una eternidad, sin que nadie, ni su hija ni yo, nos atrevamos a interrumpirlo. Cuando deja de reír, se limpia las lágrimas con el dorso de la mano y suspira largamente, como si con ese suspiro tratara de borrar de un plumazo cuarenta años de rencor. Después viene hacia mí, me abraza sin dejar de sonreír, y me pregunta con una dulzura que hasta ahora no le conocía: “Lorena, ¿quieres que te traiga un trago?”

 

Elvira de las Casas (Foto de Diego Rodriguez-Arche)

Elvira de las Casas
(Foto de Diego Rodriguez-Arche)


 

ELVIRA DE LAS CASAS nació en Cienfuegos, Cuba, en 1955. En 1981 se graduó de Licenciatura en Lengua y Literatura Alemanas en la Universidad de La Habana, y trabajó como traductora y periodista radial hasta 1991, cuando llegó a los Estados Unidos. Desde entonces ha trabajado como editora en varias revistas de entretenimiento. Ha publicado en narrativa: Doce mensajes a Hércules (Editorial Silueta, 2012).

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Esta entrada fue publicada el 28/06/2014 por en Narrativa.
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