Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Fábula del poeta inédito

JORGE DOMINGO CUADRIELLO

Escribir para la gaveta es escribir para la policía.
Bujarin

Los manuscritos no arden.
Bulgakov

A Rogelio Fabio Hurtado

 

Desde niño comprendió que su destino no estaría en el agotador terreno del deporte ni en la engañosa precisión de las ciencias, sino en el espacio especulativo de la literatura. A los nueve años le escribió un soneto a cada una de sus compañeras de aula y a los doce sorprendió a sus profesores con una “Oda a la Enseñanza Elemental”, que por sus méritos morales fue leída en el acto de fin de curso y recibió el aplauso de la Inspectora Municipal de Gramática y Literatura Preceptiva. En las veladas hogareñas que organizaba su padre, el notario del pueblo, en los cumpleaños y en las bodas, con motivo de la Navidad o de la Semana Santa, se le pedía una composición poética y en cuestión de minutos creaba un romance a los bucles de sus hermanas o unas coplas a Melchor, Gaspar y Baltazar. Después recibía con orgullo las felicitaciones y se decía que esto no era más que el inicio de su carrera de poeta.
  Mientras cursaba el Bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana leyó con denuedo las obras de Amado Nervo, Julio Flórez y Juan de Dios Peza, alcanzó un mayor dominio de diferentes formas métricas como la octava real y la silva y una tarde en el bar El Lucero se atrevió a saludar y a mostrarle uno de sus poemas a Santos Chocano, quien lo palmeó en el hombro y le aseguró que sería uno de los poetas más grandes de Cuba. En 1915 su canto épico “La invasión gloriosa” recibió el reconocimiento de uno de los miembros del jurado de los Juegos Florales de Güines y varios días después en la revista La floresta güinera apareció un suelto con la noticia y unas palabras de estímulo del cronista social.
  Tras graduase de Bachiller decidió matricular la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana, pero su padre se opuso tenazmente y casi a la fuerza lo hizo ingresar en la Licenciatura en Derecho Mercantil. Para el criterio pragmático del notario eso de hacer poemas era un buen entretenimiento en las reuniones de sociedad y hasta un recurso apropiado en la conquista del afecto de una señorita, mas un rotundo fracaso de convertirse en actividad profesional.
  Sin energías para oponerse a la rígida voluntad paterna, marchó de Los Palos rumbo a la capital con algunas mudas de ropa en la maleta, sus doscientos mejores poemas y el aliciente de que ya había llegado el momento de darse a conocer como poeta a toda la nación. Durante las primeras semanas recorrió imprentas y redacciones de diarios y de revistas con el fin de divulgar sus poemas y de incorporarse a los cenáculos literarios habaneros, pero los impresores le exigieron una elevada suma por la publicación del libro y tan solo un periodista asturiano, director del mensuario El Centollo, aceptó incluir en el siguiente número un fragmento de su extensa loa “A la Santina”. Para su desdicha, pocos días después fue clausurada la revista por difundir literatura ácrata y su director expulsado del país bajo la acusación de “extranjero pernicioso”.
  También durante las primeras semanas el recinto universitario lo llenó de emoción y escribió decenas de composiciones sentado bajo los laureles del Parque Central, a la caída de la tarde. Al cabo de algunos meses, las exigencias de los estudios y las constantes recomendaciones de su padre lo hicieron sumergirse en la maraña de los procedimientos legales y en los tratados de jurisprudencia y reservar para el descanso dominical el esbozo de sus poemas. Dejó de frecuentar las redacciones de los diarios con su cuaderno bajo el brazo y de reunirse por las noches con un grupo de jóvenes bohemios para tomar chocolate y hablar de poesía en los cafés del Paseo del Prado. Y después de haber enviado sus versos a distintos certámenes literarios sin recibir reconocimiento alguno, desistió de buscar cada día en la prensa la convocatoria a participar en los Juegos Florales de las ciudades del interior del país.
  Gracias a las gestiones de su padre, quien lo colmó de felicitaciones y le regaló un reloj de oro, una vez graduado de Doctor en Derecho Mercantil ingresó en una empresa norteamericana ubicada en el puerto habanero. A los pocos días ya su mesa estaba cubierta de papeles, libros de contabilidad y protocolos notariales y a cada instante venían a darle órdenes o hacerle alguna consulta. Sin embargo, en las horas muertas del mediodía, cuando sus compañeros se recostaban en la silla a dormir la siesta o a fumar un cigarro, él podía dedicarse a contemplar la entrada de los barcos en la bahía y el resplandor de las aguas que lamían los viejos pilotes. Entonces dejaba a un lado los procedimientos judiciales para escribir una elegía al malogrado poeta René López o una décima a los botes que cruzaban en dirección a Casablanca. A diferencia de años anteriores, ahora le resultaba más difícil encontrar la rima adecuada y calibrar la medida exacta de los versos y hasta se espantó una vez al comprobar que en un soneto había empleado los términos susodicho, edicto y codicilo. En la tranquilidad de su cuarto, por las noches, lograba en cambio pulir sus poemas y ordenarlos para que estuvieran listos cuando, por fin, llegara el momento propicio de publicarlos.
  La crisis económica de 1929 hizo quebrar la empresa y lo lanzó de improviso a la calle. Confiado en hallar pronto otro puesto de trabajo, en los meses siguientes se dedicó a recorrer diferentes industrias y casas comerciales de la capital y a buscar ofertas de empleo en las páginas de El país y del Diario de la Marina. Sin embargo, su búsqueda fue en vano. Y al ver disminuir a gran velocidad sus ahorros comprendió que lo más aconsejable en su caso –soltero, sin hijos y a punto de cumplir cuarenta años– era regresar a la casa de sus padres. Allí no le faltaría el techo protector, el plato de comida y el afecto de sus familiares, y así podría esperar a que la situación en La Habana mejorase, surgieran nuevos empleos y cesara la agitación de huelgas obreras y manifestaciones estudiantiles que asustaba a la ciudadanía.
  Con algunas mudas de ropa en la maleta, sus mejores quinientos poemas y el criterio de que ahora, con mayor sosiego, podría engrandecer su obra, una mañana de invierno descendió en la estación de trenes de Los Palos. El pueblo apenas había sufrido transformación y en las calles polvorientas y tristes se asombró de encontrar a viejos amigos de la infancia que lo saludaron emocionados. La madre y las hermanas también lo recibieron con mucho cariño, pero en el rostro adusto del padre reconoció la expresión elemental de reproche por su fracaso.
  En los primeros días halló comprensión para su estado y no le faltaron invitaciones para tomar un café o una copa de ginebra y conversar sobre la difícil situación política del país. Sin embargo, al cabo de varias semanas los viejos amigos comenzaron a eludir su encuentro cuando lo veían en la calle, sus antiguas condiscípulas, muchas de ellas casadas y con hijos, demostraban no reconocerlo en sus paseos dominicales y en hogar sus hermanas, mientras recibían la visita periódica e sus pretendientes, se dedicaron a preguntarle con enojosa insistencia cuándo regresaría a La Habana.
  Sin poder encontrar una salida a la creciente hostilidad que lo acechaba, en un inicio buscó refugio en los bancos más apartados del parque; después se trasladó a una de las mesas del café La Campana. Desde allí, entre vasos de ajenjo, la lectura de alguna página de Vargas Vila y la composición de poemas marcados por el desencanto y la derrota, veía transcurrir las horas con un gesto de desdén que cada día se fue haciendo más intenso. Así fue dilapidando sus últimos ahorros y el dinero obtenido por la venta de su reloj de oro; de esta forma su tiempo se fue evaporando.
  De nada valieron las agrias recriminaciones del padre y las humildes súplicas de la madre. A grandes pasos se adentró en una completa soledad. Ya no buscaba el diálogo con sus familiares ni esperaba los “buenos días” de los vecinos o el saludo de nadie. Muy avanzada la noche, cuando tan solo algún perro sin amo cruzaba las calles desiertas y mal iluminadas, regresaba a la casa dando tumbos con un puñado de papeles doblados en los bolsillos de su traje sucio y raído.
  En la mañana del jueves 16 de marzo de 1933 se le vio descender los escalones del portal de su casa y caminar por las angostas aceras con su aire grave y ausente, bajo la mirada indiscreta de varias vecinas. A la hora del mediodía casi había tomado una botella de aguardiente, observaba con expresión de desprecio a los que le rodeaban y sin decir palabra daba puñetazos sobre la mesa de mármol. Horas después salió a la calle con paso inseguro y mientras se alejaba comenzó a extraer papeles de los bolsillos y a romperlos en pedazos muy pequeños.
  Al amanecer del siguiente día fue encontrado inconsciente ante las puertas de la iglesia católica de Nueva Paz. Las palmas y las voces de reanimación de un guardajurado y de un carretonero resultaron inútiles. Entre ambos lo subieron a un coche de caballos y lo trasladaron al consultorio de un médico, quien después de reconocerlo minuciosamente, con un crucifijo entre las manos, falleció a las ocho de la noche. En los bolsillos sólo le encontraron doce centavos, un lápiz con la punta partida, un sucio pañuelo con sus iniciales y el retrato borroso de una muchacha desconocida. A la mañana siguiente, sin despedida de duelo ni ceremonia adicional, fue sepultado en el humilde cementerio de la localidad.
  Los años transcurren. El martes 2 de julio de 1957 su sobrino, José Ignacio de la Torre, estudiante de cuarto año de la carrera de Filosofía y Letras de la Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva, encuentra en el desván de su casa una olvidada caja de libros que pertenecieron a su tío, el que hacía versos, era muy inteligente y murió víctima del alcohol, las malas compañías y una vida desordenada. En su interior descubre, al lado de libros de Rubén Darío, Hilarió Cabrisas y Gustavo Sánchez Galarraga, una voluminosa carpeta que contiene gran cantidad de poemas escritos por su tío.
Con asombro, con admiración, José Ignacio de la Torre lee y relee los papales guardados por su madre tras la muerte del poeta y descubre valores insospechados, imágenes novedosas y un gran dominio de la métrica en esos versos inéditos que nadie ha conocido. Aunque tardíamente, por desgracia, considera justo que se publiquen en forma de libro, pues encierran un aporte indudable a la literatura cubana. Y por su vínculo familiar con el autor se siente llamado a encabezar la reparación histórica que entraña difundir esa obra poética desconocida.
  Dominado por la emoción, realiza una búsqueda minuciosa de otros manuscritos a través de todos los baúles, escaparates y gavetas que existen en la casa, indaga por medio de su madre y de otros parientes la vida del poeta, se traslada a Los Palos y se entrevista con muchos que lo conocieron, busca datos en periódicos y en revistas de la época e invierte sus vacaciones en compilar un centenar de poemas de calidad intachable que por último decide publicar bajo el título de Versos del bohemio. Antes de llevar el libro a un taller de impresión recaba la ayuda monetaria de toda la familia, escribe un extenso prólogo que ofrece información sobre la trayectoria desdichada de su tío y análisis de sus más sobresalientes composiciones y, con el fin de adicionar una iconografía, extrae de los álbumes familiares una docena de fotos en las que aparece el poeta en distintos momentos de su existencia. Una fría mañana de enero de 1958 entrega el manuscrito a la naciente imprenta Rocinante para ser publicado por un módico precio.
  Dos meses más tarde, José Ignacio de la Torre es llamado por el joven tipógrafo dueño de la imprenta, quien muy complaciente pone en sus manos un ejemplar de Versos del boemio. A la indignación provocada por el error ortográfico del título ha de sumarse el disgusto causado por las erratas que aparecen en los poemas, por la alteración del orden de algunas estofas, la repetición de algunos cuadernillos y los cambios en los pies de fotos. Tras largas y acaloradas discusiones que se prolongan durante varias semanas, ambas partes llegan al acuerdo de destruir por completo la edición y realizar una nueva, bien revisada, a cambio de un moderado aporte económico de José Ignacio de la Torre.
  En el mes de octubre de 1958, cuando ya el libro está a punto de salir impreso, a la Quinta Estación de Policía de La Habana llega una delación que asegura que en la imprenta Rocinante se hacen octavillas y carteles revolucionarios. Pocas horas después un numeroso grupo de agentes batistianos asalta el establecimiento, rompe los tipos y las máquinas, incauta los manuscritos y todos los papeles impresos y tras llevarse esposados a cuatro operarios deja una guardia permanente en el local. El joven tipógrafo, ausente en el momento del asalto, recibe el aviso a tiempo y se sumerge en la clandestinidad.
  Ajeno a todo lo ocurrido, José Ignacio de la Torre se presenta al día siguiente en la imprenta para conocer el estado en que se halla la edición de Versos del bohemio. De inmediato es detenido, encerrado en un calabozo bajo la acusación de terrorismo, golpeado y, a pesar de sus vehementes protestas, amenazado con ser muerto de un disparo en la cabeza si no confiesa de inmediato el nombre de sus cómplices y dónde tienen escondidas las armas. Gracias a las gestiones de la Iglesia Católica, que intercede a su favor, es liberado una semana más tarde. Lleno de terror, pocos días después abandona el país rumbo a los Estados Unidos y nunca más regresa a Cuba.
  Confundidos con arengas revolucionarias y panfletos antibatistianos, los manuscritos del poeta y las páginas impresas de su libro fueron incinerados. Tal vez algún poema se salvó y hoy, aún inédito, reposa en los sótanos de una estación de policía.

 
PortadaFabulas sin (contra) sentido
 

Jorge Domingo Cuadriello (Foto cortesía del autor)

Jorge Domingo Cuadriello
(Foto cortesía del autor)

Jorge Domingo Cuadriello (La Habana, 1954). Investigador literario y narrador. Graduado del Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona en 1977, a continuación impartió clases de literatura cubana durante cuatro años en el Instituto Superior Pedagógico de Holguín. Desde 1989 se desempeña como investigador literario en el Instituto de Literatura y Lingüística, de La Habana. Ha publicado los cuadernos de cuento La sombra en el muro (1993) y Diacronía y otros sucesos (1996), así como el Nuevo Diccionario cubano de seudónimos (Barcelona, 2000), que confeccionó junto con Ricardo Hernández Otero, Los españoles en las letras cubanas durante el siglo XX. Diccionario bio-bibliográfico (Sevilla, 2003) y Españoles en Cuba en el siglo XX (Sevilla, 2004).

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Esta entrada fue publicada el 10/01/2015 por en Narrativa.
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