Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

La piñata

JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ CORONEL

 

Por la mañana mataron el puerco. Se quedó allí meneando las patas y berreando, mientras los niños reían. Uno le metió un palo en la boca; la mujer, con las rodillas sobre el cuello de la bestia, le gritó algo y el niño entonces se agachó a mirar cómo la sangre seguía escupiéndose por la herida.
  Cuando ya estuvo quieto, trajeron agua caliente y empezaron a pelarlo. Se fue un tajazo y la mujer se lamentó, que el puerco era sólo grasa y no podría freír tanta carne para fin de año.
  –La carne está dentro, Cuqui –dijo el hombre, y volvió a pedir agua caliente–. Oye, y con la rifa tú sí tienes carne para el año entero.
  Siguió lo mismo. Pusieron el puerco en una mesa y entre dos lo abrieron. El tripaje fue a dar en un cubo. La mujer sacó una palangana y exprimió los mondongos. Para entonces, ya habían limpiado el coágulo de sangre en la paleta. El cuchillo apenas había alcanzado el corazón.
  –Bota los sesos –pidió Cuqui–. No me gusta ver los sesos.
  Con dos cubos de agua terminaron de bañarlo. Trajeron un martillo y astillaron la columna. Engancharon las dos mitades en la mata de naranjas. Los niños, cuando los mazacotes dejaron de interesarles, volvieron a la calle; Mirian preguntó a Cuqui si habían completado los cien números: faltaban siete. A su vez, Cuqui le preguntó: su lista sí estaba llena. Y tuvo que dejar gente afuera.
  –Mirian, tú estás loca… ¿Cómo se te ocurrió eso?
  –Ya otras lo han hecho. Es sólo una rifa.
  –¿Y el que gane?
  –Se lleva el premio –dijo Mirian, observando cómo el aire mecía las dos mitades del puerco. Tenía deseos de quedarse. El patio aquel le gustaba. De niña jugó en él, y esa mata de naranjas nunca se puso chiquita: seguía con ese tamaño ni grande ni chico, una estatura interna, en la mirada.
  –¿Y si la policía te coge?
  –Me jodí.
  Empezó el ajetreo de la carne y las cazuelas. Mirian permaneció un rato; luego, al cruzar la sala para irse, vio en el televisor a los enanitos de Blancanieves, utilizados en una canción, y se quedó de pie ante los muñequitos norteamericanos.
  –¿Qué –se le acercó Yoyi, el hijo de Cuqui–, ahora vas a trabajar en un círculo?
  –No chives –y se sentó a verlos.
  Cerca estaba Jacinta, en el sillón diario, regurgitando tiempo. La miró como si fuera a decirle algo, pero no fue más allá de ese gesto de los viejos, que parecen acumular en un movimiento de mandíbula el puente de sus días.
  Era incómodo escuchar la canción y tener a la vieja clavada en el costado. Tenía que ponerse la mano en la sien izquierda y, aun así, los ojos hurgaban. ¿Por qué los viejos tendrán que mirar con tanta insistencia? Y hoy, precisamente, días antes de Año Nuevo, podía ver aquellos muñequitos, siete años que no veía la película, y tenía la vieja que sentarse en la sala, ella que el año entero se lo pasa en el portal, viendo gotear la vida.
  Cruzó la pierna y se arrellanó en un rinconcito del butacón. Recordaba la pregunta de Yoyi, esa forma de hablar: ahora esto, ahora aquello, como si todo en la vida fuese una sucesión de instantes separados y los días no tuvieran una puerta secreta para comunicar las desgracias de uno al otro. Se frotó el codo izquierdo, cansada de la misma posición. Si al menos lo que uno piensa hoy, mañana no lo recordara…, pero hay que cargar cada día con el peso de los otros, y la gente que siempre hablará.
  Desde el patio venía el Gran Combo de Puerto Rico y la voz de Ernesto con sus proezas de la compra y traslado del puerco, la risa chocarrera de Yoyi que aprovechaba las pausas para intercalar algún chiste fugitivo, superponerlo a otros cuando no había silencios, o pegarlos a las valoraciones sociales de Ernesto, su papá, que se elevaban como las espirales decapitadas de un papalote sin rabo.
  Pero, incluso con ese escándalo, era bueno estar en casa. Estar allí y creer que estaba en su casa, de espaldas a la calle, sin ver la puerta de su cuarto, donde bostezaban, sin abrir la boca, el televisor roto y las persianas que debía desentumecer una a una. Bueno estar en casa de Cuqui con tanto aire y sombra y aquellos butacones tan cómodos.
  Ernesto había ayudado a Papi a levantar el cuarto, cuando Papi vino del central y le dijeron que allí podía tener su casa. Buscaron la madera, chapearon, consiguieron cemento, tuberías, focos y metieron cerca alrededor del cuarto. Ya estaba hecho al aparecer Mami y se juntaron: vino ella, la primera, luego Rafael y Julián, que ahora están casados y se ven en la calle. Papi iba hasta el patio de Ernesto por el caminito de lajas, a un costado de la casa, y ahí se les iba el tiempo sentados bajo la mata de naranjas, o en el portal, jugando dominó con los vecinos, mientras ella y sus hermanos jugaban en la calle, y Mami hablaba con otras mujeres o se mantenían alrededor de la mesa, junto a sus maridos.
  Su enamorado venía a casa a jugar al médico. Se metían bajo la mesa y ella le decía que estaba enferma, él preguntaba y ella que su enamorado era una persona muy linda y vivía cerca pero no se fijaba en ella y por eso iba a casarse con otro, y él entonces que era una boba y él lo conocía muy bien pero éste ignoraba si ella lo quería y necesitaba una prueba, y la prueba era un beso, ella no sabía y el médico le enseñaba, luego repasaban y a veces, al despedirse, le dolía un brazo o una pierna y la visita continuaba.
  Su enamorado ya era médico de verdad y se había casado con otra, vivía en la casa-consultorio del barrio y varias veces la había atendido.   Era amiga de la esposa, amiga de puerta afuera, porque visitarla, eso una vez y fue con él. Su cuarto, después que Mami murió y Papi se fue a vivir con otra, no parecía lugar visitable para alguna gente, luego de casarse ella y divorciarse dos veces y trabajar como guía de campo.
  –¿Cuqui está? –preguntó un hombre, desde la puerta. Vino Cuqui, hablando bajito y, cuando se fue, apuntó algo en un papel.
  –Ahora faltan seis –le dijo sonriente, y volvió a la cocina.
  Así que rifaban un puerco. ¡Qué idea esa!… Bueno, tan extraña no era cuando ella misma había organizado otra. Cien números, a diez pesos cada uno, y el que saliera se llevaba el puerco. Esa noche, por la radio extranjera cantarían los tres números: quien tuviese el primero cargaba con su comida de fin de año.
  Volvió a tocarse el codo. Allí estaba la marca. A principios de mes, una tarde, peinándose, vio en el espejo cómo subía y bajaba aquella línea morada, y observó de cerca que tenía forma de cruz. Los que se habían fijado, le habían dicho que eso les pasaba a los creyentes muy fieles, y que tal vez resultaría ella una de las mártires de este pueblo, en los últimos años del siglo. Pero si a la iglesia había ido fue el año pasado, a esperar las Navidades, y porque se sentía sola y ni en su cuarto hallaría aquella niebla de acogimiento. En las pocas reuniones a que asistiera, pudo encontrar la base para su pregunta de qué había en una reunión de misa que las gentes andaban como sobre un bordado muy fino; aunque también se dieran la mano en el templo los mismos que al saludarse, parecían reafirmar su espalda a la cruz y en la calle poco les faltaba para andar todo el día con un martillo desenclavante.
  Se acabó la canción y Blancanieves fue a vivir con su priíncipe, feliz en el castillo. En el butacón, Mirian seguía atorada por aquel pedazo de manzana, sin féretro de cristal ni enanos que la cuidaran.
  Deseos no tenía de salir. Conocía esos momentos en que deseaba echarse como una perra y calentar sus cachorros. Pudiera tener los suyos, pero los hombres que frecuentó no le hacían pensar en niños, y si algo se había prometido desde los trece años es que al mundo no traería hijos a vivir en cuarto menguante. Abortos, cuantos vinieran; luna hueca, ninguno.
  Conocía esos momentos en que se ovillaba y se acariciaba las piernas y deseaba que pudieran sus manos borrarla lentamente, diluir sus años y parirla de nuevo, vivir otra infancia con otros padres, o los mismos, pero sentirse querida y no mirar Mami con tanta lástima por los abusos del padre. Esos momentos en que odiaba a los hombres y las mujeres y tampoco buscaba amor en los animales, porque si ellos pensaran se parecerían a las personas y también habría que lamentar sus miserias.
  El Gran Combo de Puerto Rico sacaba desde el patio a Juan Cabeza Dura y lo paseaba por el barrio a semejanza de una procesión. Algunos hombros y caderas se prendían y goteaban el sebo de sus movimientos; Mirian, con los ojos en la pantalla y la mirada atravesando las noticias del locutor, se preguntaba por qué sentía tan dentro esa canción.
  –No estará bueno pero entona el día –oyó la voz de Cuqui, y un vaso con batido de mamey a su lado esperaba por su mano.
  Cierto, frío no estaba, pero ¡qué bien le venía aquel sabor, recorriéndole el vientre con una sensación de caricia interna!
  Algo fallaba, y recordó su lista. Cuqui, en menos de una semana, haría mil pesos. La gente, cuando se enteró de que rifaban un puerco y sólo por diez pesos tendrían carne para rato, no se demoraron con el dinero, y el puerco, que sólo costó trescientos a la familia, se multiplicaba. Al día siguiente, por la mañana, lo matarían y asunto hecho; al otro día, por la mañana también, Mirian habría terminado el suyo y con mil pesos tenía asegurado el año que empezaba. Lo que no entendía era la gente, ella misma dentro de la gente. Si para Cuqui vinieron en menos de una semana, en cuestión de días tuvo Mirian su lista hecha. Y los que no pudieron apuntarse intentaron extra, pero ya el vómito se le estaba formando y les dijo que buscaran otra. Hasta mujeres casadas vinieron.
  Se sentó en el portal. Pasaba Esmirna, vestida para La Habana, con sus cosas de la beca en el bolso. Se saludaron y Mirian contempló el pelo de Esmirna, recortado como en los egipcios que viera en los libros de primaria.
  Algo fallaba. Algo parecido a la excitación de los hombres alrededor de gallos peleando, semejante al gusto con que se suena una ficha en el tablero de dominó y se mira prepotente a la pareja contraria y hasta al mismo compañero, orgulloso de mostrar una combinación íntima y a nadie quedarle ficha con qué responder. Algo, no sabía qué, y no sería ella quien hallar la solución, pero a veces le dolía su vida. Bien podía estar peinada a la egipcia y estudiar en La Habana, un novio que la quisiera y esperar otro año realmente nuevo sin el recuerdo de aquella rifa. No recorrer la calle, sin deseos de caminar, mucho menos hoy que desde cualquier rincón del pueblo habría unos ojos recordándole que, esa noche, cantarían un número y ella debía servir al dueño. Quisiera hoy parecerse a tía Angélica, con su delirio de novia abandonada y su énfasis al señalar que un arete se le ha caído, recogerlo y ponérselo en aquella oreja donde la muerte se disfraza de vida. Quisiera, pero la rifa estaba organizada y nadie aceptaría el dinero sin la posibilidad de haberlo disfrutado.
  Quería llorar. Ni Cuqui ni los que estaban cerca sabrían consolarla. Existía alguien, ahora o hacía mucho tiempo antes de su nacimiento o después de su muerte, que sabría consolarla: no se habían encontrado y tal vez ya no lo harían, porque el aire se estaba calentando y esa noche no estaba segura de lo que haría. Todo tiene su límite, y la vida pudiera ser el juego de cada uno llegar, a su modo, al límite de sus posibilidades; después, se abría una extensión, una pradera donde la posibilidad se desnudaría en realizaciones luminosas. Pero hoy Mirian estaba en el portal, con esa lista en la cabeza, y en el patio seguían trucidando el puerco.
  Le dijo a Cuqui que se iba a descansar un rato. Al cruzar la calle, miró el auto de Calixto, el español casado con Kenia. Se mojó la cabeza y, sin quitarse las sandalias, se tiró en la cama. Cuando se despertó, ya el sol colaba por las persianas un baño dorado. Le dolía la cabeza. Quería irse, el cuerpo seguía echado.
  No saldría. Como mismo estaba, escucharía la radio. Encendió la luz y se preguntó si una noche, al ver el cuarto a oscuras, sabiendo que ella estaba dentro y sola, se acercarían preocupados por si le había ocurrido algo. Recogió sus piernas y observó el vestido hasta dejar al aire sus muslos… ¿Qué número saldría? Recorrió los rostros. De la indiferencia pasaba al asco, se erizaba, hacía un choronguito con la sábana, la mano sobre el vientre, bajo la nuca. La luz de un poste desplazaba al sol, los muñequitos reían, Roberto Carlos hoy le gustaba más: un gato en la oscuridad acariciaba su cuello.
  ¡60-40-81!… Cigarro, arroz, cañonazo; cura, sangre propia; hijo, ingenio. ¿No podía salir otro número?… Todo el pueblo lo escuchó. Tantos números: gallo, piña grande, paloma, huevo, calabaza, y tenía que salir el 60. Todo el pueblo lo escuchó. Pronto, en casa de Cuqui, estaría el que compró ese número y se llevaría el puerco o vendría mañana a cargarlo ya destripado y listo para cocinar. Diez pesos por el puerco, y Cuqui se había hecho de mil en menos de una semana. En días, Mirian hizo el mismo capital, y pronto llamaría a su puerta el dueño del número, y tendría que pagar.
  Miró la marca en el codo y permaneció acostada, como si afuera el mundo se redujese a una ilusión. Se levantó, llegó al baño, se miró en el espejo, preparó la maquinita de afeitar, se desnudó, se afeitó las axilas, se sentó en un cubo volteado y bajo la llave limpió sus piernas hasta que semejaron de porcelana. Recordó el dorado del sol e imaginó su pelo fundiéndose con esa luz que espolvoreaba motas en cada orificio de su cuerpo.
  Volvió a mirarse en el espejo. ¡60!… Aquel viejo pronto llamaría a su puerta, tendría que besar el churre y la baba de setenta años mal cuidados, abrirse a la verga que, aun sin penetrar, estaría pegajondeándosele al sexo de regocijos anteriores. No importa que otras hayan hecho la misma rifa y pagado al que las ganó y al día siguiente hubiese concluido todo y quedaran los mil pesos. Ella no era las otras y debía ahora abrirse al viejo, como una piñata que vierte sobre los niños los regalos de su mirada al cielo: luego queda la soledad del vientre desfigurado por los hilos tirados en la alegría de un juego.
  Cuando el viejo empezó a golpear duro la puerta, Cuqui lo llamó. Le explicó y fueron a ver. Mirian estaba en el baño. Cerca, una botella de jugo de manzana conservaba restos de creolina.

 

Enero 1991-Enero 1999
Güines

 
Este texto pertenece al libro Inkarrí (Editorial Unicornio, 2006)
 

José Antonio Martínez Coronel (Foto cortesía del autor)

José Antonio Martínez Coronel
(Foto cortesía del autor)

José Antonio Martínez Coronel (Güines, 1966). Narrador e investigador. Licenciad en Lengua y Literatura francesas por la Universidad de La Habana. Miembro de la UNEAC. Premio Hemingway, 1992 y 1995 por el cuaderno de cuentos Alguien va a tocar el timbre y por el cuento Naturaleza muerta en re menor. Premio Calendario, 1997 por el cuaderno de cuentos Edipo y la esfinge. Premio Proyecto Habanero, 2006 por el ensayo Antropología de las formas: Güines a través de su arquitectura, entre otros premios y menciones en eventos nacionales y provinciales. Tiene publicado Los hijos del silencio, Letras Cubanas, 1997; Edipo y la esfinge, Editorial Abril, 1998; Quiéreme mucho, Editorial Unicornio, 2000. Además de otras publicaciones en antologías, revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

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Esta entrada fue publicada el 08/02/2015 por en Narrativa.
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