Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Martí/el espejo/Arenas

CARLOS VELAZCO

 

Aunque Reinaldo Arenas siempre buscó en José Martí primero al escritor, paradójicamente la recepción de su propia obra entre los cubanos la atraviesa su posición política. (Ya nos recuerda Pierre Bourdieu: “las autoridades de institución, lo que Pascal llama las grandeurs d’ établissement, pasan bastante bien las fronteras, porque hay una internacional de los mandarines que funciona muy bien”.1) En entrevista que le hiciera Ottmar Ette, a inicios del 1990 de su muerte, Arenas afirmaba:

Cuando tú lees los poemas de Martí, tú ves que el hombre no soporta este clima, no soporta este ambiente, no soporta el idioma, no soporta nada, y hay un momento, cuando llega a Cuba, en que tampoco soporta aquel reglamento militar. Porque si lo soportara se sentiría bien y hubiese hecho –como el Che Guevara– un diario de campaña real. Martí lo que hace es describir la mata de ceiba, la mata de jubabán –es toda una arboleda lo que él tiene en su imaginación y que a él lo deslumbra–, no aquellos ejércitos ni los afanes políticos.

Refiriéndose a ese árbol, que según Martín Buber mutaba de un “ello” a parte integrante del “yo en las palabras del creador, declaraba Eliseo Diego: “He aquí por lo que he trabajado con paciencia y esmero toda mi vida, para que nada se pierda del árbol, que ese otro pueda ‘entrar en relación con él’ haciéndolo a su vez suyo, re-creando mi experiencia. La materia es la más huidiza de todas: la palabra humana.”2 Suelen recurrir Eliseo Diego y su discípulo a un mismo recurso para plantearse el acto creativo. “No me cansaré de descubrir que el árbol de la seis de la mañana no es este de las doce del día, ni aquel cuyo halo nos consuela al anochecer. Y ese aire que en la noche avanza, ¿puede ser el mismo de la mañana?”, insiste Arenas en el prólogo de 1980 a El mundo alucinante.

  En los cantos de su novela Otra vez el mar, termina revelándose el obstinado trabajo de ficción del escritor reprimido que ha ideado la trama de la primera parte. Ello explica que en el recuento que hace la esposa de la estancia en la casa de la playa junto al hijo y el esposo, irrumpan lo mismo personajes de La Ilíada que la voz de Martí:

De entre esos árboles inmensos, emerge Héctor, radiante, mostrándomelos… Corre hasta uno que se desparrama gigantesco y fluye en llamaradas verdes. Este es el ateje de copa alta, dice. Inmediatamente salta hasta otro, estirando de flores. Este es el dágame, que da la flor más fina, anuncia… Tomándome, arrastrándome por un brazo, me deposita bajo el frescor de otro árbol enorme. Este es el jubabán de sombra leve…, dice.

Y se continúan citando fragmentos del Diario de Campaña, obra a partir de la cual Guillermo Cabrera Infante resumiera: “Martí, antes y ahora, es la personificación del escritor en el exilio, hecho escritor en el exilio, hecho grande en el exilio–, y sin embargo, su mejor libro, como se ve, su más perfecta prosa, su expresión más propia está escrita en Cuba”.3

  Una condición ineludible paraleliza las biografías (y respectivas obras) de José Martí y Reinaldo Arenas. La única Cuba que conoce Martí es la diseminada en el destierro, la isla (archipiélago, como se prefiera), es solo la que su imaginación edifica o proyecta para algún día. Su “Vindicación de Cuba” es más específicamente una apología del exilio.

  La tragedia del país es su repetitividad. Y como muy pronto, en su lejanía, deja de existir (en la anécdota, cierto que no en la esencia) la Cuba que escenifica Otra vez el mar o Arturo la estrella más brillante, y testimonia en Necesidad de libertad, en el transcurso de la década del ochenta la narrativa de Arenas se adentra en el drama del emigrado, en ese ciclo neoyorquino de “Viaje a La Habana”, El portero y secuencias de El color del verano.

  Pocos escritores cubanos han arriesgado en su vida un paralelo creativo con Martí como Arenas. Podría advertirse hasta la condición de doble –recurso que el segundo explorara en sus personajes–. Hasta el defecto de la irrupción de la política en la literatura que se le señala a Arenas se asemeja a la crítica de Carmen Zayas-Bazán a su esposo por su “incapacidad para vivir bajo ningún gobierno”. (También Arenas traía un aprendizaje de obra “comprometida” en su admiración por Miguel Hernández. Durante su prisión, en junio de 1975, la Poesía de este es uno de los libros que le encarga a la madre.)

  En una conferencia impartida en el Aula Magna de la Universidad de La Habana en 1968, Reinaldo Arenas aseguraba: “El poeta que no conoce la libertad, la imagina, y si es un genio y está ubicado en el continente americano, convierte esa visión en realidad palpable, o perece. El gran poeta de la libertad en América es José Martí, porque toda su obra, es decir, su vida, no fue más que un continuo desgarramiento –una dicha– por convertir su obsesionante visión en realidad palpable”.4

  Con epígrafes martianos, antecede varios de los “Sonetos desde el infierno” de Voluntad de vivir manifestándose, volumen en el que recoge su actualización de 1986 de un antológico poema de Martí: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche,/ sumidas ambas en un solo abismo./ Cuba o la noche (porque son lo mismo)/ me otorgan siempre el mismo reproche…” Resume allí el dolor del exilio: “rueda extraviada de un extraño coche/que se precipita en un cataclismo”. Pero si Martí sucumbía al “deber”: “Ya es hora/ De empezar a morir. La noche es buena”, Arenas propone no el “sacrificio”, sino la “victoria”, en esas hojas que arrebata al blanco: “yo otra patria espero, la de mi locura”.
 

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1 Pierre Bourdieu: “Las condiciones sociales de la circulación internacional de las ideas” [1989] en Criterios, La Habana, no. 36, 2009, p. 8. [trad. Desiderio Navarro]
2 Eliseo Diego: “Discurso de recepción del Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo” en Flechas en vuelo. Ensayos selectos (ed. Josefina de Diego y Antonio Fernández Ferrer), Editorial Verbum, Madrid, 2014, p. 204.
3 Guillermo Cabrera Infante: “El martirio de Martí” en Mea Cuba, Alfaguara, Madrid, 1999, p. 151.
4 Reinaldo Arenas: “Magia y persecución en José Martí” en La Gaceta de Cuba, no. 66, julio-agosto, 1968, p. 13.
 

Carlos Velazco (Foto de Eva M. Vergara)

Carlos Velazco
(Foto de Eva M. Vergara)

Carlos Velazco (La Habana, 1985) Autor junto a Elizabeth Mirabal de Sobre los pasos del cronista (2011), Tiempo de escuchar (2011), Buscando a Caín (2012), Hablar de Guillermo Rosales (Editorial Silueta, 2013) y Chakras. Historias de la Cuba dispersa (Editorial Verbum, 2014).

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Un comentario el “Martí/el espejo/Arenas

  1. Maria Cristina Fernández
    08/02/2015

    Muy bien por Carlos Velazco y estos apuntes tan bien hilvanados.

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Esta entrada fue publicada el 08/02/2015 por en Ensayo.
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