Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

La lluvia

ERNESTO G.

En esta casa estamos todos muertos. Yo soy el narrador pero no omnisciente porque tengo un desperfecto mental que me impide ver la realidad como los otros la ven, de modo que la verán como yo la veo, es decir, limitadamente. Un día empezó la lluvia. No sabemos qué caía del cielo, decir lluvia es un decir mal dicho, porque aquello en realidad no se sabía qué cosa era. Ya no pudimos salir más. Entonces empezamos a morirnos, poco a poco, cada quien a su modo, el mío fue más bien radical, claro, yo soy el tarado de la familia, y nosotros morimos así, dramáticamente. Mis hermanos se resistían a morir y usaban el intelecto, jugaban ajedrez e inventaban historias o recreaban las que habían leído para retrasar lo inevitable. Recuerdo una mañana en la que intentaron abrir la puerta. El ruido de la lluvia era tan fuerte que uno de mis hermanos quedó completamente sordo. Ese fue el primero en morirse. Dejó un día de ser, es decir, estaba pero no estaba, lo veíamos sentarse en una esquina del comedor junto a una planta artificial y no se movía de ahí, al parecer meditaba, pero los muertos no meditan y tampoco se babean. Yo no estoy muy seguro de lo que estoy diciendo pero me ha tocado a mí la tarea de narrarlo todo, ellos me lo pidieron antes de que se murieran. Que me hayan dado a mí esa función es incomprensible pero más incomprensible es que la lluvia nos haya robado la vida sin que nadie interviniera para darnos una mano. Porque de pronto todo el mundo desapareció, sólo se escuchaba el ruido de la lluvia y nos preguntábamos (o se preguntaban ellos porque yo no cuestionaba nada) qué había sido de todos, qué había sido de nuestros vecinos, qué había sido de la realidad, preguntas que no supe nunca entender, así que tampoco podría responderlas. Yo sólo estoy aquí para narrar y ver qué luces pueden arrojar ustedes sobre el asunto. La lluvia empezó el primer día de aquel año y no cesó, nunca cesó. Cuando me tocó morir, hice lo que me correspondía. Salí afuera a desafiar la lluvia. Pero extrañamente no la sentí, sólo percibí un silencio muy grande. Y me dije que eso no podía ser, que tenía que haber lluvia, que toda mi familia había muerto creyendo que la había. Fue entonces que subí a la azotea y me lancé desde allí solo para que hubiera lluvia, porque tenía que haberla.

ERNESTO G.

ERNESTO G.

Ernesto G. La Habana, Cuba, 1967. Poeta, narrador, videasta y blogger. Licenciado en Lengua y Literatura Inglesas por la Universidad de la Habana. Primera mención (Poesía) en el Concurso “13 de Marzo” (1987). Ha publicado “Los relatos de Maurice Sparks” (Editorial Silueta, 2011). Codirector de revista de arte y literatura Conexos y director de iSawFinger Productions. Editor del blog http://losrelatosdemauricesparks.com/.

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Esta entrada fue publicada el 12/04/2015 por en Narrativa.
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