Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Tierra sin firme y otros cuentos breves

NELTON PÉREZ MARTÍNEZ

 
Cuota materna
 

Los mocos son saladitos y mejor alimento que las uñas. Son como los ostiones de uno mismo. El amor de madre es único. Papa y Toñita mi hermana están ahí, tan moribundos como mamá, pero sólo la nariz de mamá sigue fabricándolos grandes y húmedos. Algunas manías íntimas que los otros censuran como cochinadas logran mantenerte vivo.

 
 
 
Maregrama I
 

a Guillermo Vidal y Guillermo Cabrera Infante
 

a dios grasias y a la birjensita que nos recojío un barco panameño ai cuando yebábamos como siete oras de suve ola y vaja ola y vomitos cantidá que Yalli desía que el motor se mojo y por eso no aranca pero nos salbamos por ovra de un milagro dibino que jamá y nunca me meto yo en otra abentura igual, Mima cuidate y cuideme a mi pomvita Yadisleydis, tamvien a Oderreysis, que se aguante y me sepa guardar que de la vase esa de guantanamo se sale un dia y aya en la lluma arreglo papeles y las reclamo y mando fulas mientra yega ese dia lindo de bolber a estar uníos todos aí o aya a donde voy a vibir y trabajar como mulo que utéd save vien que los ijos de Ortelio izada y utéd somos terribles pál travajo un miyon de vesos mima y rese por mi porbenir y deceeme todas las noches la vendisión de toditos los santos y aga el fabor de yebarle una belita por tres biernes seguíos a la santa Barvara del centro epiritual de Aleida la de Regino no se olbide y como Yalli quiere escrivirle unas lineas a los sullos y como namá que tenemo un lapicero y un chaleco donde les escrivimo que estamos vien de salú y bivos, por eso ya me despido con un veso traquiao. MUA.
                  Ortelito 94
 
 
 
Maregrama II
 

Mamá Ofelia: pienso en esta hora la cara que habrá puesto el viejo cuando descubrió en los corrales que me llevé la conguita que él quería para paridora. Seguro que Minervo cuando tenga dos tragos les va a preguntar si la traje para echarle un verraco americano. Pero en silencio tuvo que ser. La freímos. ¿Ya Titi el curro les llevó la manteca? Hay otras cosas como la lona de poner a secar el arroz y la medallita de la Virgen del Cobre de mi hermana Dania que también me hicieron falta. Dígale a Rafe que se empine porque ahora va a ser el hombrecito de casa; no pude tampoco heredarle mi pantalón pitusa nevado ni el pullover rojo de rayas porque necesité cambiarlos por petróleo y unas latas de leche condensada para el viaje. Por cierto, vieja, que todavía estoy flojito del estómago, imagínese que me pasé casi toda la travesía ensuciando el mar. Ortelito dice que gracias a eso no se nos acercó ni un solo tiburón. Bueno discúlpeme por lo de la conguita, pronto les escribo una carta larga de esas que comienza Quiera Dios que al recibo de ésta… y les cuento de cosas lindas y buenas como que pronto voy a enviarles dinero y zapatos.
       Los quiere, Yayi.
 
 
 
Profecía
 

Abuelo con los amigos en su banco del parque que nos veía pasar y pensaba: ¿si tuviéramos esa edad, muchachos?; y su costumbre de ferroviario, todavía sin resignarse a las impuntualidades y la jubilación, chequeando por el reloj de bolsillo los pitazos del tren y el central. Mamá y los insomnios, en puro nervio yendo cada madrugada, dos y tres veces a mi cuarto. Nosotros, los mismos que ahora se mueren sobre esta balsa, con nostalgia por aquellas tardes de bostezo en el parque, cuando temíamos acabar viejos y miserables, grises y calcinados como el batey e imaginábamos, recién imaginábamos que Miami tenía las aceras rosadas y azules, tan azules como aquel cielo que mirábamos cubrir impasible las chimeneas del central donde siempre se posaban tiñosas, alertas a no sé qué. Tal vez como pronóstico de esta puta suerte.

 
 
 
Tierra sin firme
 

Un piar de gaviotas nos hizo emerger de la modorra y del sueño con una apasionada euforia. Amanecía y en el cayo rodeado por mangles enanos que entraban hasta el mar los rayos del sol comenzaban a despertarlo todo, excepto a las gaviotas que las escuchábamos piar desde hace un rato, graznar de una manera que luego nos parecería muy rara.
Remamos hasta ver los restos de una balsa en un playón de la orilla y cientos de gaviotas que revoloteaban sobre él. Nos alejamos con náuseas.

 
 
 
Historia
 

Seguro había olvidado revestir también el pistón de la cámara con tela de saco. Eso provocó que el sol lo hiciera salir disparado como un petardo. Introdujo el índice en el orificio por donde se escapaba el aire y así evitó el total naufragio. El día anterior logró casi por caridad que otras balsas, menos maltrechas que la suya –a la que sólo quedaba una cámara sin pistón y se hundía por el peso– recogieran primero a su hija y luego a su esposa. En el barco de recogida le amputaron sin perder tiempo, el renegrido dedo. Preguntaba a todos si alguien había visto a sus mujeres. Mi esposa es… y mientras enumeraba las señas particulares la recordaba el día en que decidieron casarse, las escenas más felices de su vida, juntos; la niña tiene 17 años y el pelo largo y…, venían a su mente, agolpados, las primeras palabras y travesuras de bebé. Todos negaban sin hablar, desfallecidos. Y él volvía a interrogar en voz alta, hablándose a veces a sí mismo. Quizá ya estaban en el campamento de Guantánamo Bay, le dijo un marine. Eso lo calmó por un rato. Allá tampoco nadie pudo decirle de sus mujeres. La niña tiene el pelo largo, y ya cumplió los diecisiete… y la madre, mi esposa, se llama… ¿Alguien debe, alguien tiene que haberlas visto, caballero? En la enfermería reportaron que a pesar de los somníferos la última vez que lo vieron se paseaba, sospechosamente, muy cerca de las alambradas que limitan el campo minado que hay entre la base naval y el territorio de la isla.

 
 
 
A lo Wall Street
 

Escuchar las noticias costaba doce cigarros. Un cigarro llegó a valer un dólar. En mi campamento de Guantánamo Bay había sólo un radio, propiedad de un chino de la Víbora. En la tienda éramos un equipo de fútbol. Se hacía una ponina y cada día iba alguien, que nos rotábamos, a la tienda del chino a saber qué pasaba en la isla y qué decían de nuestro futuro en Miami, para luego retransmitírnoslo todo. Rolando daba dos cigarros casi siempre y era quien más fumaba, pero nunca fue a oír la radio porque tenía mala memoria, decía, ¡Men, no retengo nada cuando pienso en mi family! Un pollo en bolsa negra para su hijo costaba dos dólares que casi nunca él tenía, recordaba: dos cigarros en La Habana no compraban nada.

 
 
 
American Dream
 

a Tony Borrego
 

De los sueños que en Guantánamo Bay oí contar, el más raro era el de un flaco peludo y desgarbado que conoció Rolando en la enfermería. Allí confesó que soñaba con comerse una ración de foot dog, necesitaba demostrarse algo a sí mismo, explicaba con vehemencia, incluso a los guardias de las garitas que se reían diciéndole cubano loco y jodedor. Daba clases de dibujo a los niños y siempre podía vérsele solo o alejándose de todos. Estuvo en nuestra tienda pocas veces. Vendía crucigramas a un periódico. Hablaba pausadamente y cuando escuchaba, que era en verdad la mayor parte del tiempo, lo hacía con la comisura derecha de los labios alzados en un gesto que ironizaba su rostro. Rolando le decía “el poeta”. El catorce de febrero se le preguntó por la radio de la base qué era el amor. Respondió que un cielo con todos los papalotes perdidos en la infancia, regresando. Después de aquello dejó de parecerme un ordinario y antipático excéntrico, pero entonces comencé a descubrirle trazos caninos que al menos para mí lo asemejaban con un espigado ovejero. Todavía me pregunto si habrá realizado su sueño.

 
 
 
Koniec
 

Cruzas la calle más importante de tu pueblo llevando a reparar el televisor ruso Kpbim-218. Acompañas a tu tío, que silencioso guía la misma bicicleta Niágara en que solía llevarte a la escuela en neblinosas y remotas mañanas de castañetear tus dientes. Tú sostienes el cuerpo cuadrado en la parrilla trasera, proteges la pantalla, imaginas que es un sarcófago. Te avergüenza un poco que muchos se enteren que en tu casa lo que había aún era un Kpbim-218. Vas sin esperanzas, por ayudar al tío que también envejeció y vas por ir, adivinando el rostro del mecánico, los gestos, las palabras que en un rato les dirá con trasfondo de pésame. Ves en algunas vitrinas las nuevas marcas de televisores y a su lado el precio en dólares; sueñas un segundo cómo habrían sido los héroes y aventuras de tu niñez en más colores que blanco y negro. Te dices que no importa, que sólo ha sido un segundo de desviación, de flacura ideológica, que a tu manera fuiste feliz. Pero entonces piensas en tu hijo, en cómo lo atraen las pantallas de televisores en colores que ha visto en otras casas. Sientes que atravesar tu pueblo con el viejo televisor ruso es algo más terrible que ir a casa del vecino en las noches a mirar telenovelas y filmes, es asistir casi inconscientemente al funeral de un sueño y una época… es vagar por los pasillos de un hospital donde se está muriendo uno mismo en Urgencias, es ser parte quieras o no de un final, de una despedida inevitable. Es ver con parturienta claridad y transparencia que no es sólo un viejo televisor ruso Kpbim-218 lo que llevas al taller, sino también a tu infancia… ¿y quién puede llevar a reparar su infancia?

 

Nelton Pérez Martínez (Foto cortesía del autor)

Nelton Pérez Martínez
(Foto cortesía del autor)

Nelton Pérez Martínez (Manatí, 1970). Narrador y poeta. Obtuvo los siguientes premios: Tercer Premio Nacional Cuentos de Amor 1994, Premio Nacional de Cuento Talleres Literarios 1998, Premio Waldo Medina, Premio de la Ciudad de Nueva Gerona 2000. Premio de novela erótica La llama doble 2004 con El enigma y el deseo. Premio Nacional de poesía Paco Mir 2005 con Epístolas insulares. Ha publicado El viaje (Ediciones Ancoras), Desvaríos mágicos (Editorial El Abra), Apuntes de Josué (Ediciones Coliseo, 1994), En la noche (Editorial El Abra) y el poemario Soledades concurridas, la puta y el poeta (Editorial Sanlope, 2005), Bitácora, un café en el Paris de entonces (Editorial El Abra, 2005). En la feria del libro del 2006 Letras Cubanas dio a conocer la novela El enigma y el deseo. Premio Internacional de poesía Eduardo Carranza, Colombia 2011, sus cuentos y poemas han sido publicados en antologías en Cuba y el extranjero.

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Esta entrada fue publicada el 27/06/2015 por en Narrativa.
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