Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

La caja y La araña

ELVIRA DE LAS CASAS

 
La caja

El hombre vio el cartel de letras rojas, colgando de la marquesina de la tienda, y se detuvo ante la puerta.
  “Se venden tarambuchas, cuchufletas y pingollos”, decía el letrero. Y aunque no tenía ni la menor idea de para qué servirían aquellas cosas, al ver la cara de contentura con la que salían todos de la tienda, empujó la puerta y entró.
  Había allí personas de ambos sexos y de todas las edades, pero quien más le llamó la atención fue una niña de cabello rubio, peinado en una trenza. La niña, que aparentaba tener unos diez años, no paraba de sonreír, y él no supo explicarse si lo hacía por un genuino motivo de alegría o simplemente porque los dientes, demasiado grandes para su cara, no le cabían del todo en la boca.
  “¿Qué has comprado?”, le dijo en voz baja, porque le daba un poco de vergüenza que los demás clientes notaran su confusión, o peor aún, se burlaran de su ignorancia.
  “Uno de cada uno”, le contestó sin dejar de sonreír.
  “¿Y para qué sirven?”
  “Depende…”
  “Depende, ¿de qué?”
  “Para qué lo necesitas”, volvió a responder. Pero esta vez abrazó la caja con fuerza, como preparándose para salir corriendo si aquel desconocido se atrevía a arrebatarle su compra.
  “Y… ¿cuál es el precio?”
  “Pues, lo que puedas pagar”.
  La niña trató de salir de la tienda, pero él se le paró delante, impidiéndole el paso, y susurró la última pregunta:
  “¿Me lo dejas ver?”
  Entonces la chiquilla soltó una carcajada, como si le divirtiera que un hombre de aquel tamaño le hiciera semejante petición. Con un hábil movimiento de los dedos desató la cinta alrededor de la caja y retiró la tapa, permitiendo que él pudiera mirar en su interior. Después le dijo adiós con la mano y se alejó con la caja bajo el brazo.
  El hombre nunca supo qué le hizo acercarse al mostrador y pedir:
  “Uno de cada uno, por favor”.
  Tomó la caja, atada con una cinta azul, y cuando preguntó el precio, el empleado respondió:
  “No tiene que pagar. Ahí lleva lo que necesita”.
  Al parecer tenía razón, porque nunca en su vida el hombre se había sentido tan feliz como aquel día. Tan feliz que ni siquiera esperó el autobús para regresar a su casa, y caminó casi veinte cuadras sin dejar de sonreír, abrazado a la caja. Hacía mucho tiempo que no caminaba, y casi había olvidado cómo lucían las calles de la ciudad. A cada paso se detenía para ver la fachada recién pintada de un edificio nuevo, o para admirar los tulipanes que bordeaban la avenida principal.
  Llegó de noche a su casa, pero ni siquiera cenó, porque no sentía hambre. Tenía la certeza de que en aquella caja había todo lo que siempre había buscado. Se acostó y pronto se quedó dormido, con una sonrisa incrustada en los labios. A su lado, en la almohada, descansaba la caja vacía.

 
 
 
La araña

La anciana estaba en la cocina, llenando de agua la cafetera, poco antes de amanecer. Hacía muchos años que no se quedaba en la cama hasta la salida del sol, porque el sueño se le escapaba de la almohada después de dormir cinco o seis horas. Nunca había sido de levantarse tarde; al que madruga, Dios le ayuda, solía decirle su madre, y ella se acostumbró a dejar la cama de madrugada, aunque se hubiera acostado tarde. Lo malo era que, de joven, no le alcanzaban las horas del día para todo lo que tenía que hacer: mantener la casa limpia, cocinar, llevar a los niños a la escuela y traerlos de vuelta a casa por la tarde, tener la ropa en orden, leer el periódico y esperar al marido con la cena lista cuando regresaba del trabajo. Pero los hijos habían crecido y ahora se ocupaban de sus propios hijos. El marido había muerto hacía un par de años, a ella le sobraba espacio en la casa y tiempo para hacer lo que antes le tomaba todo el día, y aunque siempre le había gustado acostarse temprano para amanecer descansada, ahora cada vez se acostaba más tarde, porque su cuerpo no parecía darse cuenta de que era hora de reposar. Los nietos la visitaban los fines de semana, hablando hasta por los codos y apenas prestando atención a las historias que ella repetía una y otra vez, porque olvidaba haberlas contado antes. Desde hacía algún tiempo había comenzado a hablar en alta voz, recordando episodios antiguos de su larga vida, a falta de alguien con quien comentarlos.
“Hoy hace veinte años que nació Marquitos, mi segundo nieto. Era flaco como una lagartija, pero lloraba con la fuerza de un huracán”, se decía, dejando asomar los pocos dientes que le quedaban en una sonrisa tan dulce como aquella que le saltó a los labios el día que cargó al chiquillo acabado de nacer. “Las orquídeas florecieron. ¿Te acuerdas, la noche que me visitaste por primera vez? Me regalaste una morada, parecida a estas que tengo junto a la ventana del cuarto”. Y ni siquiera se daba cuenta de que el marido no podía escucharla, y mucho menos responderle, porque ya no la miraba con los ojos húmedos de emoción como cuando eran jóvenes, sino con la mirada fija y seca de la fotografía en la mesa de noche.
  El café comenzaba a borbotear en la cafetera cuando la anciana sintió un leve roce en el escote y un cosquilleo que le recorrió el pecho, hasta perderse debajo de uno de sus senos arrugados. El instinto le hizo darse un manotazo para sacudirse aquello que se le había introducido debajo de la ropa, pero al volver a sentir el cosquilleo, como de diminutas patitas paseándose por su piel, se abrió el botón de la blusa y la vio. Era una araña pequeñísima, con extremidades demasiado largas para el tamaño de su cuerpo, que le hicieron recordar de nuevo al nieto adulto ya, el día que nació, agitando las piernitas flacas para reclamar su alimento.
  “Hola, Nena”, le dijo. Y desde ese día no volvió a ser una araña vulgar y corriente, sino Nena, su inseparable compañera.
  Martita, su vecina por los últimos veinte años, no se asombró demasiado cuando ella le presentó a su rara mascota. “¿Y para qué quieres un bicho que no puede seguirte a ninguna parte? Mejor adopta un perrito”, le dijo, pero ella no se molestó en contestar, limitándose a volver a ponerse la araña en el escote, donde el animalito parecía sentirse muy a gusto, porque corrió a refugiarse entre sus pechos desganados. “Esos animales pueden ser muy peligrosos”, insinuó la enfermera que la visitaba una vez por semana para medirle la presión y comprobar que se estaba tomando los medicamentos. “La mordedura puede ser venenosa, y en algunos casos puede causar la muerte”, agregó con cautela, porque había visto la ternura con la que la anciana se colocaba la araña en un brazo y la dejaba recorrerle la piel.
  Pero el que peor reaccionó fue su hijo, quien después de contarle todo tipo de historias macabras relacionadas con enfermedades transmitidas por la mordedura de un arácnido, llegó a amenazarla con tirar el animal en la basura. Intención que tuvo que abandonar de inmediato, al reconocer en la mirada de su madre aquella determinación con la que lo forzaba a hacer las tareas escolares o a disculparse con un amiguito cuando se negaba a compartir sus juguetes.
  Al llegar la noche, la anciana se quedaba dormida mientras le hablaba a su mascota, y comenzó a dormir de un tirón como en los viejos tiempos, sin necesidad de tomar las píldoras que le había recetado el médico para el insomnio. “Anoche soñé con el mar, Nena. ¿Tú conoces el mar?” La idea comenzó a tomar forma en su cabeza, y al final del día ya lo había decidido: llevaría la araña a la casa de la familia en la playa. Después de todo, no estaba tan lejos de la ciudad. Era una cabaña pequeña pero muy cómoda, que su marido había comprado para llevar a los niños en el verano. Hacía mucho que no la visitaba; en realidad no había vuelto desde que él murió, pero sabía muy bien cómo llegar en tren. A Nena le encantaría el viaje, con el paisaje tan hermoso que verían por la ventanilla.
  Los demás pasajeros ni siquiera repararon en la anciana que habló sola durante todo el trayecto, explicándole a su compañera de viaje los detalles de cada uno de los lugares donde había paradas. Posiblemente pensaron que hablaba por teléfono, con uno de esos aparatitos que se colocan en el oído para tener las manos desocupadas.
  La casa estaba tal y como ella la había decorado muchos años atrás, y aunque olía un poco a humedad, estaba perfectamente limpia, porque su nuera se encargaba de mantenerla lista para albergar a la familia en los meses de verano. La anciana bebió de prisa un vaso de agua y salió de la casa con rumbo a la playa.
  El mar estaba tranquilo, el sol creaba destellos multicolores en la arena y la brisa soplaba alborotando el cabello blanco de la mujer, que no paraba de sonreír. “¿Ves aquel muelle, Nena? Allí le conté a mi Pancho que estaba embarazada la primera vez. Se puso tan nervioso que resbaló y se cayó en el mar”. La araña se desplazaba libremente por el pecho arrugado y casi desnudo de la anciana, que se había quedado en traje de baño y yacía en la arena con los ojos semicerrados. “¿Te gusta la playa, Nena? Si te portas bien, te vuelvo a traer la próxima semana”.
  De pronto sintió deseos de dormir. Sentía los párpados tan pesados que no podía mantenerlos abiertos por más que se esforzara. Decidió guardar la araña en el escote y regresar a la casa para tirarse un rato en la cama antes de regresar a la ciudad, pero los músculos se negaron a responderle cuando intentó levantarse.
  Dos horas más tarde, el salvavidas la encontró en la arena, todavía con los ojos abiertos, y llamó a los paramédicos para que se ocuparan del traslado del cuerpo y de avisar a los familiares. La ambulancia se detuvo a unos pasos de allí, y cuando cargaron el cuerpo de la anciana, que ya comenzaba a mostrar signos de rigidez, uno de los brazos se descolgó por fuera de la camilla. Ninguno de los dos enfermeros reparó en el fino hilo que pendía de uno de los dedos, al final del cual se balanceaba una diminuta araña de patas demasiado largas para el tamaño de su cuerpo.

 

Elvira de las Casas (Foto: Diego Rodríguez-Arche)

Elvira de las Casas
(Foto: Diego Rodríguez-Arche)

Elvira de las Casas nació en Cienfuegos, Cuba, en 1955. En 1981 se graduó de Licenciatura en Lengua y Literatura Alemanas en la Universidad de La Habana, y trabajó como traductora y periodista radial hasta 1991, cuando llegó a los Estados Unidos. Desde entonces ha trabajado como editora en varias revistas de entretenimiento. Ha publicado la novela Doce mensajes a Hercules (Editorial Silueta, 2012).

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5 comentarios el “La caja y La araña

  1. Maria Cristina Fernández
    01/09/2015

    Aunque llevan la impronta de ese ingenio chispeante que tienes al escribir, estos textos destilan una melancolía que antes no había percibido en ti. Saludos, Elvira.

    • Carmen K. Aldrey
      01/09/2015

      De acuerdo, María Cristina, sentí esa melancolía. Me gustaron mucho los dos!

  2. Elvira de las Casas
    01/09/2015

    Gracias, María Cristina y Karin, por sus comentarios. La melancolía no es un rasgo que me distingue, y tampoco a lo que escribo, pero al parecer está ahí, esperando el momento propicio para salir. Me agrada que la hayan percibido.

  3. Juan Carlos valls
    02/09/2015

    Excelentes cuentos, los disfruté mucho, ambos tienen implícita esa sorpresa que con el transcurso de la vida se va extinguiendo y que se convierte en un anhelo hasta el fin de los días. …..quiero comprar tarambuchas, cuchufletas y piringollos para que cuando llegue la araña ,el cuento de mi vida tenga resuelta su playa y su caja vacía…..

  4. Elvira de las Casas
    02/09/2015

    Gracias, Juan Carlos, el cuento de tu vida está repleto de poesía y de bondad. Seguramente tendrá un final feliz.

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 31/08/2015 por en Narrativa.
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