Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Entre partir o quedarse

MATÍAS MONTES HUIDOBRO

 

A finales del siglo XIX, quedan la Avellaneda, Milanés y Luaces, como las figuras más representativas de la literatura dramática colonial en su sentido más estricto. Los distanciamos así de nuestro teatro vernáculo y su existencia farandulera, que en muchos casos configura un informe y efímero teatro prácticamente anónimo. Como literatura dramática en su sentido más estricto, sólo será La Avellaneda la que logre abrirse paso en la escena, aunque lo hiciera en escenarios españoles, asociados con el discurso de poder de la metrópoli, y por extensión con la burguesía cubana. Mientras que Milanés y Luaces, por mucho que apreciemos el trabajo de ambos, van a caer dentro del espacio de una dramaturgia sin escenario que impide el desarrollo de su obra, es Tula, gústenos o no, la que deja un cuerpo dramático integral detrás del cual puede sostenerse nuestra dramaturgia, no importa donde lo escribiese (motivo por el cual se fue de Cuba porque en Cuba nunca hubiera podido hacerlo).
  Básicamente, la posición de La Avellaneda y Milanés queda claramente definida a través de dos poemas que configuran un dramático contrapunto. “Al partir” es sencillamente un poema que define a la Avellaneda, especialmente si lo contrastamos con “Hijo de Cuba soy” de Milanés, con las connotaciones políticas que puedan desprenderse de ambos, aunque ciertamente las apariencias engañan. Nuestras circunstancias actuales explican que “Al partir” tenga resonancias que lo acercan con los que tomamos el camino del destierro a partir del 1959, mientras que las resonancias de “Hijo de Cuba soy” se acrecienta dentro del espacio insular. Con “Al partir”, el temperamento esproncediano y temperamental de la Avellaneda se define con claridad meridiana.

¡Perla de mar! ¡Estrella de Occidente!
¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo,
la noche cubre con su opaco velo,
como cubre el dolor mi triste frente.
¡Voy a partir…! La chusma diligente
para arrancarme del nativo suelo
las velas iza, y pronta a su desvelo
la brisa acude de tu zona ardiente.
¡Adiós, patria feliz! ¡Edén querido!
doquier que el hondo de su furor impela
tu dulce nombre halagará mi oído.
¡Ay!, que ya cruje la turgente vela,
el ancla se alza, el buque estremecido
¡Las olas corta y silenciosa vuela!

“Al partir” es un buen poema, con un buen indicativo de la autenticidad de la tristeza de la autora, aunque no de su desesperación. Se va y emotivamente se despide de su “patria feliz”, porque realmente no ve a Cuba como víctima de ninguna desgracia. La retórica exaltada de la Avellaneda, su vitalidad, su entusiasmo, se pone en evidencia, y aunque no dudamos de la sinceridad de sus sentimientos, y a pesar de sus exclamaciones jurando su amor a Cuba, es un poema extrovertido, hacia afuera y hacia adelante, y hasta superficial (“tu dulce nombre halagará mi oído”), con un énfasis romántico a lo Espronceda. Si bien implica una separación del “Edén querido”, lo que domina es el ímpetu hacia adelante, la del buque estremecido, que, como ella: “las olas corta” y “silenciosamente vuela”, aunque, realmente, no lo haga, en su caso, silenciosamente, porque la Avellaneda, pragmática y audaz, no era mujer de andar calladita por los rincones. Si lloraba, pues los vecinos tenían que enterarse, porque de lo contrario no tenía sentido. El dolor más grande de su vida fue, seguramente, la muerte de Brenilde, la hija que tiene con Tassara. Madre soltera, fue un secreto a voces, que no estuvo caracterizado por la discreción y no se queda entre las sábanas.
  “Hijo de Cuba soy…” de Milanés, es un fragmento lírico de la “Epístola a Ignacio Rodríguez Galván”, que aparece en el tomo I de la edición de las Obras completes publicadas en 1963, y que se cita independientemente con frecuencia, texto también definitorio mucho más complejo, marcado por insinuaciones y ambivalencias, y que se basan en un compromiso explícito, radical, con el destino de Cuba. No deja de ser realmente inquietante, mucho más complicado que la vuelta nacionalista que se le ha dado. Casi premonitorio, el poeta se siente unido a Cuba aunque la senda sea “horrible”, lo cual no anticipa nada bueno, opción que no creo fuera aceptable para la Avellaneda. La posición de Milanés inquieta más todavía porque insiste en un punto de vista negativo e inclusive masoquista: “ya muerda el yugo o la venganza vibre”; es decir, sea lo que sea, no importa la tortura o el tirano, y aunque le caigan a latigazos y un espíritu vengativo domine el destino de Cuba. Y no conforme con tales desgracias acepta seguir con ella “aunque la llore esclava”, con la esperanza en subjuntivo (que es un tiempo verbal que no ofrece la menor garantía) y de que algún día (puede que tarde, mal y nunca) las cosas mejoren y “la cante libre”, todo absolutamente dudoso.

Hijo de Cuba soy: a ella me liga
un destino potente, incontrastable:
con ella voy; forzoso es que la siga,
por una senda horrible o agradable.
Con ella voy sin rémora ni traba,
ya muerda el yugo o la venganza vibre.
Con ella voy mientras la llore esclava.
con ella iré cuando la cante libre.
Buscando el puerto en noche procelosa
puedo morir en la difícil vía:
más siempre voy contigo… ¡Oh, Cuba hermosa!
y apoyado en el timón, espero el día.

Lamentablemente, esto no tiene que circunscribirse a los latigazos y las infamias a los que hemos estado sometidos los cubanos durante el coloniaje, porque los mismos no terminaron en el 1902 y mucho menos en 1959, por lo menos desde nuestro punto de vista, lo que lo hace un texto premonitorio del destino nacional. Pero todo depende de la fecha de “cuando la cante libre”, y seguramente para el discurso oficial cubano, la libertad llegó en 1959, momento en el cual para Milanés llegó el día que esperaba. Ciertamente, el poema de Milanés es muy superior al de la Avellaneda, pero se basa en la aceptación no sólo de la muerte, sino de la tortura, a los efectos mantener en pie el compromiso, y esto es serio, desconcertante. La búsqueda de Milanés en la “noche procelosa” (es decir, borrascosa, tormentosa y tempestuosa) es simple y llanamente, y que se me perdone la expresión, del carajo, en espera de una jodida utopía que lo resuelva todo. A menos que se acompañe de una carga de machetes o de una invasión armada internacional, cuando de tiranías se trata, “apoyarse” en el timón no sirve de mucho, como a estas alturas todos sabemos. El amor filial que deja sentado Milanés en el primer verso, se confirma en el penúltimo casi incestuosamente, en nombre de una “mujer fatal”; es decir, “Cuba hermosa”, esclavizada o no que está a punto de hacer añicos a Milanés, como efectivamente le pasó al patético poeta cubano, apoyado en un timón, que dado el temporal, requería mayores maniobras. Naturalmente, se estaría refiriendo a la Cuba que le tocó vivir, pero si el poema se lee más allá del ámbito específico, la premonición fatalista de Milanés pone los pelos de punta, porque lo cierto es que no hemos llegado a ninguna parte.
  Aunque podríamos inclinarnos a Milanés, como poeta que caló más hondo que la Avellaneda, inclusive por mi afinidad síquica al pesimismo, su propuesta lírica es de esas que llevan al desastre, y probablemente, como lo confirmó su vida, el propio Milanés pensaría que apoyado en el timón no iba a llegar a ningún día, acabó poniéndose un tapón en la boca y no dijo ni pío. ¡Qué remedio! La Avellaneda, que sin dudas también sufrió lo suyo, particularmente en el desgarrador momento de la muerte de su hija, al que se enfrentó como toda una mujer, no era de las que apoyada en el timón esperara ningún día, porque el día y la noche se los buscaba ella.

 
 

Texto procedente del libro Del areíto a la independencia: Claves literarias de las letras cubanas, cuya presentación tendrá lugar en la Feria del Libro de Miami, el miércoles 18 de noviembre, a las 8 p. m., Room 2106 (Bldg. 2, 1st floor) durante “Homenaje a una vida creativa: Matías Montes Huidobro”, primer reconocimiento de la La Trayectoria Literaria, otorgado por la Feria del Libro de Miami, seguido de una lectura de poemas selectos y escenas escogidas de sus obras dramáticas.

 

Matías Montes Huidobro (Foto de Ulises Regueiro)

Matías Montes Huidobro
(Foto de Ulises Regueiro)

Matías Montes Huidobro (Sagua la Grande, Cuba, 1931). Dramaturgo, narrador, poeta y ensayista. Ha obtenido en teatro el Premio Prometeo por Sobre las mismas rocas, el Premio Nacional de Teatro Jose Antonio Ramos por Las vacas. Ha estrenado y publicado, en Cuba: Los acusados, La botija, Gas en los poros, El tiro por la culata. Fuera de Cuba se han estrenado y publicado La Madre y la Guillotina, Ojos para no ver, La navaja de Olofé, Fetos, Oscuro total, Su cara mitad, Un objeto de deseo, Tirando las cartas, La sal de los muertos, Exilio, antologada en Cuba en 2012. Su obra ha sido finalista en los premios Planeta, Alfaguara, Ateneo de Santander, Cáceres de Novela Corta. Obtuvo en 1997 el Premio Café Gijón de novela. Publicó recientemente: La Avellaneda una y otra vez (2014), y una nueva edición de Oscuro total. En poesía ha publicado el volumen: Un salmo quisiera ser (Linden Lane Press, 2015) que reúne su producción poética. Profesor Emérito, Universidad de Hawai.

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Esta entrada fue publicada el 07/11/2015 por en Ensayo.
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