Revista Conexos

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Mariano Tomé: fuga de un jesuita

Por Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco

 

Mariano Tomé s.j. (Foto: E. M.)

Mariano Tomé s.j.
(Foto: E. M.)

Al Quijote y a la Autobiografía de San Ignacio de Loyola los une el parentesco de sus protagonistas. Si la afición por los libros de caballería como los de Amadís de Gaula lleva a Alonso Quijano a convertirse en Don Quijote, a Íñigo de Oñaz y Loyola la carencia de estos durante la convalecencia de las heridas sufridas en la defensa de Pamplona, lo mueve a atender por vez primera los tomos de la vida de Cristo y de los santos que tiene a mano, y todavía en sus primeros tiempos como religioso aspira a hacer por Dios hazañas similares a las del Amadís.
  El padre Mariano Tomé es un jesuita. Por tanto, no pertenece a un lugar, sino a todos. Lo primero que llama la atención de él es el sosiego, aunque su narración en esta entrevista de mediados de 2008 resuma una eternidad de trepidantes recuerdos. También ha conocido el miedo, y su compasión nos confirma cómo los victimarios hacen cierta la frase de Raymond Chandler: “Toda crueldad es una especie de miedo”. No es esta una confesión, pero quizás sea lo más parecido.

 
 
¿Por qué eligió la Compañía de Jesús?
Un misterio. Tenía más confianza con otras órdenes religiosas, por ejemplo, los claretianos y los franciscanos. Los jesuitas oficiaban donde solíamos asistir las más de las veces a misa –desde niños mi padre nos llevaba todos los días a mis hermanos y a mí–, pero suelen ser reservados, y los que conocí no pasaban de advertir mi interés en ellos, sin dar ninguna respuesta. Sacerdotes diocesanos me forzaron para que entrara a diocesano, pero la persona del jesuita me atraía. Pensaba entrar con ellos a los 17 años, pero me retrasé, porque teniendo 15, empezó la Guerra Civil. Cerraron las universidades y tampoco había noviciado en España, porque la República ilegalizó la Compañía en 1931. Al cumplir los 18, me enrolé en Artillería en septiembre de 1938, porque no permitían ingresar con menos edad. Ya la guerra se estaba acabando. Mi padre era comandante de Artillería, uno de mis hermanos era oficial y otro pertenecía a la Armada. Yo no tenía la obligación de pelear, porque dos hermanos míos combatían.
 
 
¿Qué lo motivó a sumarse al bando franquista?
Defender la fe. Los republicanos mataron a miles de curas y monjas. El primer beato cubano, José López Piteira, fue un joven diácono agustino de veinticuatro años que estudiaba en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Llegaron las tropas republicanas y encarcelaron a los religiosos que encontraron. Su caso es muy especial, porque como había nacido en Cuba, le ofrecieron liberarlo, pero él dijo que asumía el mismo destino de sus hermanos. Y lo fusilaron junto a unos cincuenta monjes. Le faltaba un año para ordenarse sacerdote.
 
 
¿Se vio en alguna situación de combate?
No. Solo sufrí el peligro de los bombardeos aéreos. Para ese momento los republicanos huían. Participé en el avance por Talavera, siguiendo a los que escaparon por Gerona a Francia, y luego volvimos a Madrid en febrero de 1939, tras los que huyeron por Valencia en barco para Francia y América.
 
 
¿Hubiese escogido otro camino distinto al de sacerdote?
Casi estuve a punto de dejarme casar como militar, pero es la única vez en la vida que me puse serio con mi padre. Al acabar la guerra, había un curso en la Academia de Artillería para salir capitán en seis meses. Él quiso que yo pasara y le contesté: “Tú sabes que quiero ser jesuita. ¿Para qué voy a quitarle el puesto a otro?” El número de plazas era limitado, y yo sabía que por ser hijo de Hermenegildo Tomé iba a entrar, pues él había sido profesor de la Academia de Segovia durante veintitrés años. Así que mi respuesta fue no.
 
 
¿Cuáles son las características comunes a un jesuita con las que se identificó?
Creo que el ansia de hacer las cosas cada vez mejor, la seriedad, la devoción. El jesuita resultaba para mí un modelo, incluso entre otras órdenes. Encontraba más perfección. Parte de esa perfección es la exigencia de abandonarlo todo. Y más libertad. También me entusiasmaban las misiones. En España, en lo referido a misiones, se hablaba de China, y pedí ir allí. Éramos poco más de cien novicios, y destinaron dos a China, cinco a Perú y catorce a Cuba. Me ofrecí para los tres sitios. Mi tesis es que hay que ofrecerse siempre, porque si no te ofreces no te pueden elegir, y si te ofreces y Dios no quiere, no te eligen. Así que lo mejor es ofrecerse y así uno está donde Dios quiere. Me escogieron para Cuba: pues Cuba.
 
 
Usted es el primer nombre que aparece en el libro del noviciado jesuita en Cuba.
Porque del grupo que llegó el 28 de noviembre de 1941 a fundar en Cienfuegos el Noviciado de las Antillas, soy el primero en hacer los votos del bienio. Eran tres hermanos y once escolares, y de estos, yo hice los votos el 27 de abril de 1942, otro en junio, otros en julio y los demás entre agosto y septiembre.
 
 
¿Qué recuerda con mayor alegría de su época de Maestrillo, como profesor en el Colegio de Belén?
Tuve un dolor, culpable, pero por lo demás, me fue siempre muy bien. Pasando yo el magisterio, los tres hermanos que llevaban la primaria organizaron una excursión a Soroa como con setenta muchachos. No tenía nada que ver con ese asunto, pero el prefecto me sumó. Los niños se regaron, y me fui quedando con los últimos del grupo, porque se rezagaban los más pequeños. Se cansaban, se les zafaban los cordones de los zapatos, y era decirles “espérate”, atárselos… Alcanzando a juntarme al resto, me avisa un niño: “Padre, mi hermano y un niño se ahogan”. No hice más que quitarme el casco y la mochila, me lancé al agua y saqué al otro enseguida. Me tiré otra vez y saqué al hermanito, que tenía siete años, y salió con vida. Murió al llegar al pueblo próximo. Otra hermana suya iba a hacer los primeros votos, una tía era monja, y los padres me estimaron muchísimo siempre. Pero lo sentí.
  Cuando el trabajo era tanto que me acostaba a las dos de la mañana sin revisar todas las libretas –enseñando a cuarenta y dos muchachos–, dividía al aula en dos bandos: Cartago y Roma, y hacía que confrontaran las respuestas de los ejercicios.
  Hubo un muchacho muy travieso, al que estaban a punto de sacarle por indisciplinado, ningún otro profesor lo asumía, y me plantearon: “Tomé, si usted lo acepta en su clase, lo dejamos, si no, lo expulsamos”. Lo acepté. No hubo problemas. Hasta de siete años tuve pupilos, aunque estaba a cargo más bien de los mayores. Me acuerdo de dos hermanos, uno de diez y otro de siete; el mayor era un santo varón, pero el pequeño, ese tenía al demonio en el cuerpo. Los padres acababan de divorciarse, y la mamá venía los jueves a verlos, les traía merienda, sobre todo por el pequeño, que estaba más afectado. Y yo: “Señora, usted verá que cuando pasen los días…” Al tercer o cuarto jueves, dijo a la mamá: “Bueno, mami, me voy a jugar pelota”, le dio un beso y se fue.
 
 
Para muchos, la mayor trascendencia de Belén es que allí estudió Fidel Castro.
A veces se habla como culpándonos. Pero Belén tiene logros mucho más grandes y graduó a numerosos profesionales, luego ilustres. Los alumnos de Belén eran bachilleres por el Colegio y por el Estado, porque iban profesores de los institutos, aplicaban los exámenes del Estado y los calificaban. Su título de bachiller era reconocido en cualquier universidad de Estados Unidos.
  Pero era un defecto grande de la Iglesia en Cuba el que no se garantizara una formación religiosa luego del bachillerato, cuando el muchacho tiene dieciséis, diecisiete años, una edad en la que se debe velar por su bien espiritual. Porque entonces pasa lo que a Fidel. Fidel era piadoso en el Colegio.
  La Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva, la fundaron los agustinos norteamericanos en 1946, pero fue una solución para las familias pudientes. En 1957, los hermanos de La Salle abrieron la Universidad Social Católica San Juan Bautista en Pinar del Río. Para ese año los jesuitas habían comprado un terreno en Habana del Este, proyectando la Universidad de Belén.
 
 
Según su opinión, ¿en qué radica la herencia pedagógica del Colegio de Belén?
Además de educar integralmente a la persona, enseñar la libertad y enseñar a discernir entre las opciones de la vida, y la responsabilidad.
 
 
¿Asumir el sacerdocio conllevó alguna congoja o insatisfacción?
Hubo un momento de contrariedad para mí cuando al acabar el Magisterio en el Colegio de Belén, teniendo pasaje para ir a estudiar Teología en España –había terminado la Filosofía en la Universidad de Comillas, en Santander– y, por tanto, ordenarme allí, me destinaron a Willowdale, Toronto. Aunque las costumbres dentro de la Compañía son las mismas dondequiera, implicó separarme de los diez compañeros con quienes llegué a Cuba en 1941. Pero, bueno, Dios me dio otras compensaciones.
 
 
¿Cuáles?
Que aprendí inglés. Y lo perfeccioné en los veranos en Nueva York, porque en vez de irme de vacaciones a un lago, asistía por casi dos meses a la Universidad de Fordham, donde me admitieron algunos créditos, y conseguí otros en un máster en Educación y Psicología. De no haber ido a Canadá, no hubiera podido hacer otras cosas. Una vez que me ordené sacerdote, trabajando en Cuba, empecé en 1956 en la Universidad de Villanueva y estudié Psicología en dos años, porque me admitieron algunos créditos de Nueva York. Así me libré un año allá y un año en La Habana.
 
 
¿Qué experimentó ante el hecho de que nadie de su familia pudiera asistir a su ordenación sacerdotal y a su primera misa en junio de 1954?
Era una gran ilusión que mi padre estuviera. Aunque hubo familias que hicieron bastante para suplir eso, y el mismo día de mi ordenación, a través de la radioemisora del Observatorio de Belén, pude darle la bendición a él y a mis dos hermanos que vivían en Santander, porque los otros dos radicaban en Madrid. Al cabo de un año, y siempre que pude ir de vacaciones a España, mi padre me ayudaba a misa, incluso siendo muy mayor.
  Mi madre se llamaba Juliana y murió con treinta y ocho años, cuando yo tenía nueve. Tengo recuerdos de ella, por supuesto. Mi padre se había vuelto a casar siendo yo jesuita, y la esposa era una persona muy religiosa que nos quería como si fuéramos sus hijos, pero no era nuestra madre. No ha fallecido más que uno de mis hermanos, así que quedamos cuatro. Todos del sindicato de los ochenta. Uno arriba a los noventa dentro de unos meses, yo cumplí 88 en septiembre, otro tiene 86, y el más pequeño, 84.
 
 
¿Cuál fue el panorama que encontró en República Dominicana al arribar en 1959?
Coincidí en el viaje con el cónsul dominicano en Cuba, porque se rompieron las relaciones bilaterales, y nada más llegar el 30 de junio, como director de la Casa de Ejercicios Espirituales Manresa-Loyola y superior de la residencia y de la Escuela Apostólica de Haina, estaba sobre el tapete que había dificultades con los jesuitas. Vivimos un momento tenso cuando el 26 de enero de 1960, el periódico El Caribe acusó a un Maestrillo jesuita cubano, Antonio Fabré de la Guardia, de infiltrado comunista y promotor de sabotajes. A fines de mes, se clausuraba la Feria Ganadera que organizaba Trujillo, y era célebre el desfile del Instituto Politécnico Loyola de San Cristóbal. El superior de la Compañía, el padre Miguel Ángel Larrucea, dirigió un telegrama a Trujillo, en el que declarábamos que el Politécnico Loyola se retiraba del programa de la Feria a menos que apareciera una retractación. Nos contestaron: “Su telegrama amenazante e irrespetuoso se da por no recibido en la oficina del generalísimo Trujillo”. Nos citaron, y Joaquín Balaguer, entonces vicepresidente, trató de convencernos de nuestra posición. Balaguer era más cercano a la Iglesia. Al mes ofrecía una misa por el padre en la Iglesia de Nuestra Señora de La Altagracia. La respuesta fue la misma. A los días, nos llama Balaguer: “No se preocupen, que el Jefe mismo va a escribir un artículo”. Trujillo escribió una carta alabando al padre Ángel Arias –quien fuera su asesor extraoficial, y también rector del Politécnico– y dedicando algunos elogios a la Compañía. No era totalmente lo que queríamos, pero tampoco con un dictador uno puede tirar tanto que se rompa la cuerda. El Nuncio Lino Zanini nos dijo luego: “A los jesuitas los botan por la ventana, pero vuelven por la puerta”.
 
 
¿Cómo explica el hipnotismo que provoca esa clase de gobernantes incluso en un pueblo oprimido?
Porque en un país muy empobrecido, asciende al poder alguien que le va dando y le va dando al pueblo, y alcanza un absolutismo tal que puede acabar con el que se le interponga. Y el pueblo se va enterando, se acoquina y no se atreve a decir nada.
  En todas las comunidades se hizo lectura pública, el 31 de enero de 1960, de la carta pastoral fechada el 25 anterior –fiesta de la Conversión de San Pablo–, en que la Iglesia denunciaba que no se respetaban los derechos humanos. Se pasaba la colecta y la gente depositaba joyas y más dinero que el usual. Muchos iban de un templo a otro para escuchar de nuevo la pastoral.
  Naturalmente, eso viró a Trujillo contra la Iglesia, a la que le había concedido muchas prebendas, como el no pagar impuestos, y cortó muchas subvenciones. Al Nuncio Zanini terminarían declarándolo persona non grata. Luego Trujillo solicitó que le nombraran Benefactor de la Iglesia. Los obispos al principio no le contestaron. Me mandó a llamar al Palacio Nacional, y delante de un periodista y de un fotógrafo, me preguntó mi opinión acerca de que se le otorgara dicho título. Me excusé: “Mire, si usted le ha preguntado a los obispos y no han contestado, no está bien que yo anticipe mi parecer”.
  También anunció la creación de una universidad, nada más que pontificia. En una columna del periódico El Caribe llamada “El Foro Público”, que era suya –se elaboraba diariamente en el mismo Palacio–, apareció que le sería entregada a los jesuitas. Como dijimos que no, a los pocos días se publicó allí mismo que los jesuitas éramos avariciosos, que ya controlábamos la Casa de Ejercicios, el Politécnico Loyola, y que le concederían la universidad a los salesianos. Los salesianos dijeron también que no. Porque no era a él a quien le correspondía crear una universidad pontificia. Sacaban un artículo que decía que los colegios religiosos no hacían más que formar homosexuales, y había que aguantarse. De esas, todas las que ustedes quieran.
 
 
¿Sintió alguna vez deseos de marcharse de República Dominicana durante la dictadura de Trujillo?
En ningún momento. Viví con la preocupación por tener la responsabilidad de todos los jesuitas, porque en mayo de 1960, el padre Larrucea, superior de la Compañía y rector del Politécnico Loyola, murió de un derrame cerebral. Lo sustituí, y la primera solicitud oficial que recibo es la de sacar a tres jesuitas del país. El sistema era este: yo preguntaba: “¿Por qué?” y el secretario de Interior y Cultos argumentaba: “Porque es un pedido de superior gobierno”.
  Escribí a Trujillo una carta en la que planteé que incluso siendo superior, no podía imponer sanción a nadie sin saber la causa, y que lamentaría, por cómo se presentaba la situación, que tras veinticinco años trabajando en República Dominicana, los jesuitas tuviésemos que marcharnos todos. Otros religiosos expresaron que no debía haberla escrito, porque era de un tono muy atrevido.
  Me llamaron a la semana: “Mire, ya no tiene que salir más que uno”. “¿Razones?” “Pedido de superior gobierno”. De esos que querían expulsar, uno había salido; al segundo, pensábamos destinarlo a Puerto Rico. O sea, que quedaba un tercero. A la otra semana, me comenta el secretario: “Usted tiene mucha influencia, me han permitido traer el expediente de ese padre, pero tiene que venir de doce a una de la tarde para verlo, porque no puedo tenerlo más tiempo”. De él decían que dirigía a un grupo de jóvenes a los que formaba para que de ellos saliera un futuro presidente de la República. Respondí: “Es un argumento muy viejo, lo he oído antes. Él es un padre pacífico, no está formando grupos violentos. Eso yo no lo admito”.
  En esa clase de gobiernos ningún secretario de Estado, asesor, general, por muy alto que sea, puede tomar decisiones. Siempre consulta “arriba”. El “superior gobierno” es “superior uno”. A poco, me recibe el ministro con los brazos abiertos: “Padre, ha ganado, no tiene que salir nadie”. Dije: “Pues ahora quiero que él salga, sabe, porque necesita un descanso. Me tiene que dar seguridad de que puede volver, porque si no, no sale”. Si al salir del país no llevabas un permiso de entrada, no podías regresar.
  De la presidencia me informaron que cualquier petición que hiciera, me la concederían. Solicité siete pasaportes. Argumenté que me interesaba enviar a seis jesuitas dominicanos a estudiar a El Salvador, y que quería sacar a otro, cuyo padre y hermano habían desaparecido. Pedir pasaporte allí era pedir la lotería. Cada uno costaba alrededor de setecientos dólares. A la semana, los tenía.
  Todo era él: Rafael Leónidas Trujillo Molina, Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva…, y todo allí se hacía por él, con él y en él. Fundó iglesias, claro, porque era el único que podía decidir hacerlas. Cuando se le antojaba, las hacía. Había que integrarse al Partido Dominicano. Si no tenías la cédula que lo demostrara, “la palmita”, como se le decía, no podías hacer nada. Había propiedad privada, pero claro, el dueño de una fábrica a inicios de mes debía hacer un cheque para alguien de la familia Trujillo, y cosas semejantes. Por otra parte, un hombre vicioso. Las muchachas en las que se detenía, tenían razones para sentir miedo.
 
 
¿En qué ocasiones solía ver personalmente a Trujillo?
Un hermano jesuita tuvo un accidente automovilístico, en el que estuvo involucrada otra persona que no recibió ningún daño. No había acusación, pero el hermano quedó preso. Fui hasta el Palacio de Justicia y dije al fiscal: “Al hermano no lo pueden apresar porque hay un concordato del gobierno con la Iglesia, y si retienen al hermano, me quedo yo”. Él estaba un poco gallito: “Usted no puede hacer eso”. Fui a casa a buscar el almuerzo, y para dar aviso al secretario de Interior y Cultos del gobierno. A las cinco de la tarde, nos recogió un jeep al hermano y a mí, para llevarnos a ver a Trujillo. Trujillo nos habló del tiempo, del paisaje, de todo, pero de nada referido al accidente. Adiós-adiós. Esa vez estaba presente el funcionario que me había facilitado los siete pasaportes, y le agradecí. “No, no, a mí no, al Jefe”, dijo. El abogado de la Iglesia me aconsejó: “Padre, sería bueno que volviera a Justicia, no sea que a lo mejor cualquier día le saquen un papelito de esto”. Vi al mismo fiscal, y él: “No, no, no, una vez que el Jefe dispone sobre algo, eso no se puede ni tocar”. Ese era el ambiente y lo que se vivía allí.
  Hubo dos sesiones de tipo general del clero con Trujillo, porque se rumoraba que se iban a arreglar los problemas. Los obispos nos citaron por telegrama. Los jesuitas fuimos por obediencia hacia ellos. No queríamos estar allí. Nos recibieron con un banquete imponente. Teníamos un coraje tal, que no entramos ni a tomar agua. Conclusiones: tuvimos que estrechar la mano de Trujillo a la entrada, y al otro día sale en “El Foro Público” que los curas eran unos comilones que no dejaban ni para los gatos.
 
 
¿Fueron extensivas al resto del clero represalias como el asedio a los obispos Francisco Panal y Thomas F. Reilly?
Eran firmantes de la carta pastoral del 25 de enero de 1960, uno andaluz y otro norteamericano. A Reilly, Trujillo le mandó un registro y un asalto a la prelatura nullius de San Juan de la Maguana. Como en el primer registro no encontraron papeles que lo comprometieran, luego le hicieron un destrozo tremendo. A Panal le mandó prostitutas borrachas mientras oficiaba misa en La Vega, y Panal se las cobró, porque Trujillo, para su campaña de ser benefactor de la Iglesia, se dedicó a visitar comunidades, y llegó a la suya, y Panal pidió desagraviar el templo, con lo cual de rodillas todo el mundo, y puso de rodillas a Trujillo. Habló en su homilía de la miseria e insalubridad que había en República Dominicana, y Trujillo se marchó furioso.
  Panal fue uno de los pocos en ver el cadáver de Trujillo. No lo mostraron a casi nadie, porque los que lo ultimaron le descargaron las ametralladoras en el cuerpo. El capitán que encontró su cadáver en aquel garaje, le dijo al padre Arias: “Por poco me desmayo cuando vi al Jefe hecho un ovillo ahí metido en el baúl de la máquina”.
  Arias había escrito una carta a Trujillo diciendo que Alfonso XIII en su destierro se quejó de que sus amigos le habían hecho creer que toda España estaba con él. Unos militares me llevaron esa carta y me cuestionaron por su causa. La suerte para ese padre fue que a los veinte días mataron a Trujillo.
  Amanecimos el 31 de mayo con las banderas a media asta, militares por la calle, y no se sabía lo que sucedía. Oficialmente me dan la noticia en la Nunciatura por la tarde. Teníamos una fiesta de despedida de la Virgen en el Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino. Pasé un mal rato, porque hubo seminaristas que dieron brincos de alegría. Claro, casi todos habían perdido a un familiar o a algún conocido.
 
 
¿Qué sintió cuando supo de la muerte de Trujillo?
Un descanso. Aunque no se supiera qué iba a pasar. Porque había presidente nominal, secretarios de Estado, jefe del ejército, de manera que Trujillo no tenía cargo ninguno, pero no se podía hacer nada sin contar con él. El pueblo comenzó a sentirse libre y empezaron las manifestaciones. Una superiora me consultó: “Padre, acabo de venir como sustituta, pero no sé si, como están las circunstancias, llevarme a todas las hermanas. ¿A usted le parece que no va a pasar nada?” “Pues si va a pasar, que pase lo que vaya a pasar”, le contesté. No se las llevó. En Navidades, se gritaba: “Balaguer, Balaguer, muñequito de papel”. Cuando le dieron el golpe de Estado, Balaguer –entonces presidente del Consejo de Estado establecido por él en diciembre de 1961– se asiló de enero a marzo de 1962 en la Nunciatura apostólica –vivía pared con pared a esta.
  Para las elecciones de diciembre de 1962, un jesuita riguroso, Láutico García, compañero mío, tres días antes de la votación, saca un artículo en el diario La Nación con la pregunta: “Juan Bosch, ¿marxista-leninista?” Bosch declaró que no se presentaría a los comicios. Y se sabía por las encuestas que iba a ganar. Desde la Nunciatura, me notificaron: “Juan Bosch pone como condición para presentarse tener una discusión con el padre por televisión”. Dije: “Mire, monseñor, a un comunista tú no le demuestras que es comunista si él no quiere. Sobre todo cuando no le conviene, porque si es comunista, se queda sin votos”. Fue una discusión de cuatro horas. Acabaron en la madrugada. Pero, claro, Láutico García no tenía pruebas de que Bosch fuera comunista. Me preocupé de que le sucediera algo. Pero no pasó nada. Después de su victoria, Juan Bosch me invitó a un almuerzo y me dijo que podía llevar dos jesuitas más. Fue una sobremesa larga, de una hora. A los siete meses, le dieron el golpe de Estado.
 
 
En la práctica, salió de la dictadura batistiana para ir a padecer la trujillista.
Mi padre llegó a Cuba a visitarme el día 19 de diciembre de 1958. Me encontró en medio de dificultades: sacando del país a un joven al que habían torturado, y escondiendo a otro enyesado de la cintura a los pies porque huyendo de la policía se lanzó de un segundo piso. El 1º de enero siguiente, me pedían ayuda batistianos atemorizados. Mi papá estuvo viendo eso, pues permaneció hasta marzo de 1959. Voy a Santo Domingo, y a los siete años, piden voluntarios para Cuba. Pero en 1966 solo podíamos entrar en Cuba vía España. Salgo de Santo Domingo, veo en España a mi padre, y él me dice: “Hijo mío, no te entiendo, sales de Batista y te metes en los líos de Trujillo, y ahora te vas a meter en Cuba… A ti te gustan los problemas”. No es que me gusten los problemas. Uno tiene los problemas que le caen.
 
 
¿Cuál cree que sea la misión de la iglesia en tiempos de dictadura?
Por lo general, cuando la Iglesia está perseguida, no suele decir nada contra el que la está persiguiendo. Ahora, la Iglesia no puede estar con ningún gobierno; y no puede estar con ningún gobierno porque la Iglesia es para todos, y nunca están todos con el mismo gobierno.
 
 
¿Qué tipo de noticias le llegaban a Santo Domingo desde Cuba?
Muy pocas. Como ahora, no sigo los noticieros, no oigo radio, tengo suficiente con mi trabajo. Cuando la invasión de Playa Girón sí, los cubanos nos agrupamos allá para mantenernos informados. La expulsión de monjas y sacerdotes en el barco Covadonga, tuvo para mí consecuencias muy buenas, porque en Santo Domingo estábamos muy mal con el clero, y nos llegaron curas muy preparados.
 
 
¿Fue expulsado algún jesuita de Cuba?
No tanto como expulsado. Hubo uno al que le dieron la opción: o cárcel o fuera. Él dijo “cárcel”, pero el superior dijo “fuera”. Ese padre guiaba espiritualmente a un grupo de muchachos en Cienfuegos a los que llevaron al servicio militar obligatorio. Ellos, cuando salían de pase, conversaban con el padre. Los acusaron de revelar secretos militares, los juzgaron y los condenaron a ocho años.
 
 
¿Cómo encontró al país a su regreso tras siete años de ausencia?
Comencé como párroco de cuatro comunidades: Manicaragua, Cumanayagua, Cienfuegos-Montserrat y Ranchuelo. Me encontré un país militarizado y con muchas dificultades económicas. Muchos no iban a la iglesia porque hasta los hijos podían pagar las consecuencias, el que no los admitieran en una beca o por el estilo. Cosas que el gobierno concedió solo cuando se preparaba la visita del Papa Juan Pablo II en 1998, eran impensables: la Navidad feriada, las procesiones y las casas de oración. Fuera del templo, no podía haber reuniones ni para celebrar misas. Sentí a la gente coartada, pero se podía trabajar y había mucho trabajo que hacer. Fui rector del Seminario San Basilio Magno de Santiago de Cuba durante diecisiete años, viví diez años en La Habana y dieciséis en Camagüey.
 
 
¿Por qué regresó?
Porque pidieron voluntarios. Y yo siempre me ofrezco. Se dificultaba mucho la entrada de religiosos al país y esa vez admitirían a tres jesuitas. Vinimos dos. El tercero que se brindó no estaba en condiciones, había salido expulsado en el Covadonga, ¿cómo iba a regresar?, y era un hombre mayor, nervioso, además. Mis compañeros se molestaron de que volviera, yo ocupaba muchos cargos en República Dominicana y me decían: “Vas a Cuba, donde no hay nada que hacer porque no dejan hacer nada”. Y es falso, porque he tenido siempre mucho trabajo.
 
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Julio 8, 2008

 

Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco (Foto de Ernesto Fernandez)

Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco
(Foto de Ernesto Fernandez)

Elizabeth Mirabal (1986) y Carlos Velazco (1985). Autores de Sobre los pasos del cronista (2011), Tiempo de escuchar (2011), Buscando a Caín (2012), Hablar de Guillermo Rosales (Editorial Silueta, 2013) y Chakras. Historias de la Cuba dispersa (2014). Mirabal mereció el Premio Iberoamericano Verbum 2014 por su novela La isla de las mujeres tristes. Velazco preparó la selección de textos José Martí: el ojo del canario (2011), sobre el filme de Fernando Pérez, y compiló y prologó los cuentos de René Jordán en La angustia del sábado (Editorial Silueta, 2015).

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Esta entrada fue publicada el 07/11/2015 por en Entrevistas.
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