Revista Conexos

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Réquiem por Frosien y Morir en Cuba

EDUARDO MESA

 
Réquiem por Frosien
 

Frosien llegó mojada y como era tan fina se le ocurrió decir que se había dado tremendo “mojón”. Son las cosas del verbo mojar; el aula se fue abajo y la profesora tuvo que suspender la clase porque Frosien salió corriendo. Anduvo por los baños sin consuelo, hecha un mar de lágrimas, hasta que Musulungo la encontró y regresó con ella. Ese día le cambiamos el obligado nombrete de “Frozen” por el de “Mojón”.
  El Jabao Musulungo quería cuadrar con Frosien, pero ella lo evitaba. Musulungo la miraba despacio, con deleite y yo me preguntaba qué coño le veía, verdad que para gustos se han hecho los colores, o los sincolores, porque Frosien casi era transparente. Muchachita muy fina, con la saya muy larga, escribía poemas y escuchaba canciones en portugués. Se quedaba con los ojos lelos ante Raimundo el fuerte, que no le hacía nunca el menor caso, a no ser que tuviéramos “pregunta escrita” o algún examen, entonces Raimundo se le pegaba en la mesa y la dejaba soñar, porque Frosien era una quemaita y Raimundo copiaba como un loco.
  Todo el tiempo del Pre estuvimos en la misma aula, pero nunca intentó sacar guara conmigo porque sabía que yo le daba cuero y le decía “hermanita Frosien”. Ella tenía la peculiar costumbre de decirle “hermanita” y “hermanito” a todo el mundo. Yo no soy hermanito tuyo Frosien, el que quiere ser hermanito tuyo es Musulungo. Entonces Frosien ponía los ojos en otra parte de la galaxia y no me hablaba en dos semanas.
  A veces tuve alguna sensación de culpa por joder tanto a Frosien, era un chorrito e plomo pero nunca se metió con nadie. Cuando uno es un muchacho la coge con la gente y se pasa. Frosien, librito bajo el brazo, tan fina con sus versos y sus citas, nos soportaba con estoicismo.
Musulungo no la perdía de vista, cada vez que tenía un chance se le arrimaba. Frosien le huía al mulato y ni le dirigía la palabra. Los dos vivían en el Vedado, solo que Frosien vivía en una casa y Musulungo en unas accesorias en la frontera con el Cementerio. Oye Musulungo ¿cómo están los muertos? Acostaos mi hermano, acostaos. Aunque hay un muerto que sale de noche, respondía Musulungo y nos reíamos todos, menos Frosien, que ni siquiera viraba la cabeza.
  En estos veinte años me he acordado de Frosien alguna que otra vez, por el dichoso cuento del “Mojón”, pero no supe más nunca de ella, hasta que el otro día el Jabao Musulungo, que ahora es fotógrafo y vive en Barcelona, me mandó por email un PDF que contenía la más reciente novela de Frosien nuestra compañera del Pre.
  “La novia de Changó” en su primer capítulo me dejó anonadado. Frosien se había convertido en escritora, narradora potente de historias solariegas, en las que su heroína Yunaikita la Crazy dispara a un policía, consume cocaína en un velorio y tiene sexo con veintitres negrones.
  Musulungo me llamó desde Madrid esa tarde, no salía del asombro. Viste eso mi hermano, tremendo puntico la Frosien. Si compadre, me he quedado frío… Viste, yo estaba claro cuando quería jamármela. Si, parece que sí, estabas claro.
  Al colgar el teléfono escribí este epitafio a mis escrúpulos: Naufragaron los versos y las citas, el pudor apurado, la mirada imprecisa. Terminó para siempre cualquier remordimiento por fastidiar a Frosien. En realidad nuestra “hermanita” nunca existió o murió a manos de su propia heroína: Yunaikita la Crazy.
Amén.
 
 
 
Morir en Cuba
 

Anoche velaron a Mayito Meneses en una funeraria que está frente al Versalles. Fue un velorio cubano de viernes para sábado, sin prisas de semana, con los hombres de traje o guayabera negra que contrastaba con los vasitos blancos de las coladas. La foto que pusieron al lado de la caja era la imagen de Mayito joven, que en pose de estudio fotográfico lucía como un cantante de boleros.
  Mayito desde niño trabajó en la farmacia del pueblo, tener ” farmacia propia” fue su sueño. Al ver “el giro” que tomaba aquello presentó la salida. Llegó a Miami a mediados de los sesenta con su mujer y su hijo, después de tres años de espera, castigado en el campo mientras “le autorizaban la salida definitiva”.
  El signo de Mayito era trabajar como un mulo, ejerció para ganarse la vida en este pueblo ejerció oficios muy diversos, se jubiló en Winn-Dixie. Previsor y ahorrativo pagó su casa en la Pequeña Habana, ayudó a pagar los estudios del hijo y era famoso en la familia porque movía como pocos los ahorros de una cuenta hacía otra buscando beneficios. Todos los movimientos de este hombre conservaban el sello de su primer oficio: método y precisión.
  No abandonó nunca la quimera de volver a su pueblo y fundar la farmacia que soñó desde niño. Estaba convencido de su regreso a Cuba y cada Noche Buena con una copa en alto celebraba la vuelta. Era tan firme su deseo de volver que ni el almanaque, ni las decepciones lo hicieron dudar. No hizo mella en su fe la muerte de Mas Canosa, ni el regreso de Elián, ni el diagnóstico que le hiciera el oncólogo, cuando hace un par de años, en una revisión de rutina, apareció el cáncer.
  Ante los golpes de la quimioterapia Mayito conservó su serena alegría y el deseo de volver a su pueblo, al menos, para morir allí. Era un hombre delgado, casi endeble, no fundó empresas, ni escribió libros, hubiera pasado inadvertido por esta vida de no haber sido tan buen padre y esposo; servicial al extremo con los amigos. Tenía la gracia de aparecer en el momento preciso, siempre dispuesto a resolver esas pequeñas cosas que se agradecen.
  Lo único en esta vida que no previó Mayito Meneses fue su muerte en Miami, estaba convencido que moriría en Cuba, que su descanso estaba asegurado en el panteón de la familia, que el velorio sería en la sala de aquella casa grande donde vivieron sus predecesores y donde vive todavía un sobrino suyo. Una casa de espacioso portal para recibir a la familia y los amigos en postrera visita.
  Ese fue acaso el único imprevisto de Mayito en esta vida, pero los suyos, aunque eran deudores de su sentido práctico ante las cosas pagaron las exequias poco antes de su muerte, no se atrevieron nunca a recordarle que también existía la “previsión” de no morir en Cuba.
 

Eduardo Mesa (Foto cortesía del autor)

Eduardo Mesa
(Foto cortesía del autor)

Eduardo Mesa (La Habana, 1969), fue fundador de la revista Espacios, dedicada a promover la participación social del laico. Coordinó la revista Justicia y Paz, Órgano Oficial de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba y el boletín Aquí la Iglesia. Formó parte de los consejos de redacción de las revistas Palabra Nueva y Vivarium. Ganador de los premios de poesía “Ada Elba Pérez” y “Juan Francisco Manzano”. En la actualidad colabora con las revistas Convivencia, Misceláneas de Cuba e Ideal y edita el blog La Casa Cuba, donde trata temas relacionados con la fe, la sociedad y la cultura. Ha publicado en narrativa El bronce vale y otras crónicas (Editorial Silueta, 2011). Reside en los Estados Unidos desde el 2005.

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2 comentarios el “Réquiem por Frosien y Morir en Cuba

  1. elvicasas
    23/04/2016

    El cuento de la Frozien y Yunaikita la Crazy me ha gustado tanto que hubiera querido que se me ocurriera a mí. Gracias, Eduardo, como siempre, por tus relatos.

  2. Eduardo Mesa
    24/04/2016

    Gracias Elvira, me alegro que te haya gustado.

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 22/04/2016 por en Narrativa.
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