Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Capítulo de la novela “Cuerpos al borde de una isla: mi salida de Cuba por Mariel”

REINALDO GARCÍA RAMOS

 
El Mosquito, los perros
 

Desde que nos bajamos de las guaguas y lo vimos de cerca, el lugar nos pareció siniestro. Era una base militar y pegada a la costa y rodeada de alambradas por los otros tres lados. El viaje había durado un par de horas y estábamos entumecidos y muy cansados; nos movíamos con torpeza. El soldado que había venido con nosotros nos empezó a agitar para que saliéramos del vehículo y lo dejáramos libre; seguramente lo volverían a enviar a Cuatro Ruedas para recoger más “escoria”. A medida que nos bajábamos, un oficial que estaba afuera iba pidiendo los pasaportes y los “salvoconductos”.
  –Se los damos otra vez a la salida –fue lo que explicó.
  Me resigné a soltar el mío, pero enseguida me sentí indefenso, a expensas de cualquier cosa. Todos habíamos notado enseguida que en El Mosquito, como se llamaba aquel lugar, reinaba un clima de agresividad. Había algo en el ambiente que causaba una impresión de riesgo físico.
  El aire era denso y venía cargado de rumores del mar. Pero todo lo demás estaba sumido en un pastoso silencio que nos hizo bajar el tono de las voces. Por el modo en que empezamos a murmurar entre nosotros, se habría dicho que estábamos por entrar en un hospital lleno de moribundos. Los únicos que hablaban normalmente eran los guardias; si bien a veces subían el volumen para dar alguna orden, nunca lo hicieron del modo estentóreo que habían adoptado los de Cuatro Ruedas.
  Por todos lados se veían armas de diverso tipo, incluso artillería ligera, y camionetas de combate que daban frenazos ostentosos para hacer sentir su presencia. Más allá, a cierta distancia de nuestras guaguas, vi varios pelotones que avanzaban en formación, con cascos y armas largas. Iban custodiando a varios grupos de hombres con la cabeza rapada, seguramente prisioneros recién sacados de sus celdas.
  Esos son, pensé, los viajeros que el gobierno ha elegido: los presidiarios que han visto la perspectiva del exilio como un mal menor, comparado con una prolongación de sus respectivas condenas. Llevaban amplios overoles grises y tenían aspecto sumiso, parecían autómatas adormecidos. Pero sus rostros fríos y cortantes dispersaban una filosa energía, una tácita amenaza. Al mirarlos se nos borró de golpe el tenue alivio que habíamos sentido al salir del campamento anterior.
  Sin embargo, las miradas que ellos nos lanzaron a distancia no expresaban curiosidad alguna. Nuestra presencia no les provocó ni siquiera comentarios de burla. Posiblemente ya habían visto llegar muchas otras guaguas similares a la nuestra, cargadas de rostros anónimos que los observaban con desconfianza.
  Al rato de tenernos allí parados, las guaguas vacías empezaron a irse y los guardias nos fueron custodiando hacia otra zona del campamento, más cercana al mar. Nos dejaron en una especie de pedregal, muy cerca de los arrecifes. Por suerte había varias matas de uva de caleta y enseguida me metí bajo la sombra de una de ellas lo mejor que pude, porque eran más de las 2 y el sol me estaba comiendo vivo.
  Y allí esperé. Todo en El Mosquito parecía marcado por una atmósfera de guerra. Una guerra callada, contenida, en acecho. Los movimientos y gestos de los soldados sugerían que estaba a punto de declararse un pavoroso combate; eso les daba la ocasión de exhibir todo su repertorio de ademanes bélicos; se sentían en gran medida realizados. Pero era ridículo; si había alguna guerra era virtual, era un enfrentamiento de principios, de actitud ante la vida: entre la obediencia y la rebeldía. Y también un antagonismo muy desigual: de un lado ellos,
militares adiestrados y disciplinados, provistos de botas, cinturones, pistolas y mando, y del otro lado nosotros, un montón de seres humanos desarmados, enflaquecidos y hambrientos.
  Pero lo más sobrecogedor de aquel lugar, según lo recuerdo, no fue la presencia de los presidiarios, ni de las armas largas y los cascos, ni los gestos ostentosos de los soldados. Lo más aterrador fueron los perros.
  Los vine a descubrir después de un rato de esperar junto a los arrecifes, cuando vi que llegaba un nuevo contingente de presidiarios que se empezó a bajar con torpeza del camión que los había traído. Dos de los guardias habían ido a buscar a los perros al fondo de una barraca y habían esperado la llegada del camión sin moverse, con las piernas abiertas, sujetando las traíllas con sus puños crispados. Eran como cuatro o cinco perros por traílla.
  Los perros, unos pastores alemanes muy hermosos y fuertes, daban pequeños saltos de impaciencia y a cada rato soltaban rugidos de amenaza, para saludar a los recién llegados. Siempre me habían gustado los perros, pero cuando descubrí la presencia de aquellos feroces centinelas en El Mosquito, me estremecí.
  Y para colmo, en ese momento descubrí que habían aparecido otros tres guardias con traíllas de perros muy cerca de nosotros. Uno de ellos se paseaba con orgullo a menos de diez pasos de mí. Las pupilas azuladas de aquellos animales nos miraban con una precisión metálica, emitían un destello devorador. Lanzaban gemidos de excitación desde debajo de sus bozales. Estaban muy bien amaestrados, eran la imagen misma del poder. No podían caer sobre nosotros aún, pero podían hacerlo en cualquier momento; bastaba con que el soldado interpretara erróneamente alguno de nuestros gestos. El bozal ocultaba el hocico de cada uno de ellos, pero al mismo tiempo subrayaba la capacidad destructiva de aquellos dientes.
  A veces uno de ellos se incorporaba bruscamente sobre sus patas musculosas, con las orejas erectas, como si hubiera elegido ya a una víctima entre el gentío, y nos miraba de manera más fija. Con sólo ese simple gesto quedaba demostrado que ellos eran los amos, y nosotros sus miserables siervos. Por suerte, después de un rato los mismos guardias se los llevaron para la barraca de donde los habían sacado. Todos respiramos con alivio.
  Decidí levantarme un rato y dar algunos pasitos para estirar las piernas, pero sin perder de vista el sitio que había ocupado a la sombra, para evitar que alguien me lo quitara. La tierra que rodeaba la uva de caleta era áspera y estaba llena de guijarros, pero era mejor que nada. Flexioné un poco las piernas, extasiado con el azul brillante y limpio del cielo y con el ruido estimulante del mar, hasta que sentí que alguien me llamaba:
  –Oye, tú… ¡Oye, muchacho!
  Era Cary, la amiga de Delia, que había estado sentada por allí cerca y se estaba levantando para saludarme. Cuando llegó a mi lado me dio un abrazo que agradecí.
  –¿Y qué pasó con tu amigo? –sin esperar mi respuesta me empezó a halar por un brazo hacia mi puesto debajo de la mata; se dio cuenta de que podíamos compartir la sombra.
  –No sé, desde Cuatro Ruedas no lo he visto…
  –¡Qué va, yo por suerte me libré de esas ruedas! Les hice un cuento y me trajeron para acá enseguida…
  –¿Y a Delia cómo le fue? –pensé que andaban juntas.
  –Es una boba, perdió tiempo, ¡y con estos hache pes hay que legislar a millón!
  Hablaba con tono de experta, con gracia muy suya; ya me estaba haciendo reír. A pesar de la triste situación de ambos, haberme encontrado con Cary aquel día fue una suerte inmensa, un gran consuelo.
  –Fui y les di un escándalo de madre, ¡los puse al parir! Se creyeron que estaba loca de remate y me cargaron en una camioneta enseguida, esposada y todo. Y hasta aquí no paré…
  Yo la escuchaba sonriendo y mientras ella hablaba la miré mejor. Tenía la blusa desgarrada, el rostro tiznado y el peinado “afro” hecho un desastre, pero despedía ferocidad vital.
  –Pero esto está de madre, mi amigo… –bajó de pronto la voz, mirando con precaución para todas partes– Dicen que anoche soltaron a los perros; empezaron a repartir una bazofia ahí para comer y se formó una pelotera tremenda… A una vieja por poco la matan a mordidas esos diablos.
  –Figúrate, con el hambre que estamos pasando todos… –le dije como en un suspiro, y las tripas me gruñeron cuando hablé.
  A ella le encantaba hacer cuentos y siguió hablando y hablando sin parar. Parece que hablar conmigo le daba cierto ánimo.
  Pero yo no podía dejar de pensar en los perros. Mientras escuchaba a Cary, varias veces miré hacia arriba, para ver si la mata a la que estábamos recostados tenía altura suficiente. Si había una emergencia y soltaban a los perros de nuevo, lo mejor sería treparse en el árbol más alto que hubiera por allí cerca.
 
 

Capítulo de la novela: Cuerpos al borde de una isla: mi salida de Cuba por Mariel (Editorial Silueta, 2010) de Reinaldo García Ramos.
 

Cuerpos al borde de una isla: mi salida de Cuba por Mariel (Editorial Silueta, 2010)

Cuerpos al borde de una isla: mi salida de Cuba por Mariel
(Editorial Silueta, 2010)

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Reinaldo García Ramos (Foto de Sergio de los Reyes)

Reinaldo García Ramos
(Foto de Sergio de los Reyes)

Reinaldo Garcia Ramos (Cienfuegos, 1944) publicó su primer poemario, Acta, con las Ediciones El Puente en 1962. Salió de Cuba en 1980. Entre sus libros de poesía se destacan El buen peligro (1987), Caverna fiel (1993), En la llanura (2001), Obra del fugitivo (Premio Internacional de Poesía Luys Santamarina-Ciudad de Cieza, 2006) y El ánimo animal (2008). Es autor de una novela testimonial, Cuerpos al borde de una isla; mi salida de Cuba por Mariel (2010). Rondas y presagios, una compilación de sus poemarios, apareció en 2012 por la Editorial Silueta, de Miami.

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Un comentario el “Capítulo de la novela “Cuerpos al borde de una isla: mi salida de Cuba por Mariel”

  1. Carmen Karin Aldrey
    10/06/2016

    Narración fluída y amena a pesar del tema. Testimonio de una época aterradora, la Historia te lo agradece y todos los que vivimos esas primeras décadas tan siniestras y agobiantes. Un gran abrazo, Karin

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 09/06/2016 por en Narrativa.
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