Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Mariscos

AHMEL ECHEVARRÍA PERÉ

 
No esperé a que me sorprendieran las primeras arqueadas sentado en mi cama. Me levanté, fui al baño, cerré la puerta e incluso apagué la luz. Pero mi kodama, que tiene un oído muy delicado, me escuchó y abrió la puerta:
  —¡Qué carajo estás haciendo!
  Me miraba con unos ojos duros, encendidos. Dos pequeñas teas. Demasiado mal genio en tan solo un metro y diez centímetros de estatura.
  Volvieron las arqueadas. Quise tapar mi boca y me sorprendió el primer buche de aquella flema de un ligero sabor salado. Miré hacia la puerta, mi kodama todavía estaba parado en el umbral, no dejaba de observarme. Yo trataba de aprovechar la penumbra del baño, hacerle creer que simplemente tenía náuseas, pero un hachazo de luz llegaba desde la lámpara de la sala y caía sobre mí.
  Intenté respirar profundamente, con calma, olvidarme de la saliva que estaba segregando, olvidarme de las arqueadas. Pero al parecer mi kodama ya sospechaba. No tenía sentido ocultarle nada más.
  —¡Qué cojones estás haciendo! —gritó.
  Y me sorprendieron las últimas arqueadas.
  Me hinqué de rodillas en la bañadera cuidando tener mi boca cerca del tragante. Primero saldría aquel líquido blanquecino, espeso y ligeramente salado, luego vendría lo peor, para después terminar con otra largada de ese líquido.
  Con un gesto le pedí que me dejara solo.
  Asintió.
  Cerró la puerta y quedé a oscuras. Era mejor así.
  Mi kodama esperó a que yo terminara, incluso dejó que pasaran varios minutos antes de llamar a la puerta.
  —¿Puedo entrar, bellezo?
  Le dije que sí y entró. Encendió la luz. Con sus manitas me obligó a echarme a un lado.
  Me dolía el vientre.
  El esófago y la garganta ardían.
  Demasiado.
  —¡Vaya! —dijo.
  Cerré los ojos. Sé que al menos estuve cerca de quince minutos acostado en la bañera hecho un ovillo. Mi kodama se agachó. Me dio unos golpecitos en la mejilla, la espalda. Entonces arrancó un pedazo de papel sanitario y secó mis lágrimas, también limpió el hilo de saliva que caía desde la comisura de mis labios.
  —¿Te sientes mejor?
  Con un leve gesto le hice saber que sí.
  —Ya pasó todo.
  Sentí unas suaves palmadas en mi hombro.
  —¿No quieres ver? —dijo—. Deberías hacerlo.
  Traté de incorporarme. Mi kodama me tomó por un brazo y logré sentarme con la espalda apoyada en los azulejos. Y miré hacia el tragante: dos pequeñas mujeres se movían dentro del charco de flema. Tenían la piel muy clara, el cabello a la altura de los hombros, húmedo —cabellos rizados y oscuros a pesar del color blanquecino de la flema, oscuros y rizados como los vellos del pubis—. Una chica ámbar y una chica topacio moviéndose erráticas, tragando pequeñas bocanadas de aire. Las dos embadurnadas de ese líquido espeso. Sentía un suave olor salado, un ligero olor a mariscos.
  —Sabes que te entiendo —dijo mientras acercaba su mano a una de las chicas: a la chica topacio—, pero estas son preciosas y están vivas. ¿Ya sabes qué vas a hacer con ellas?
  Me encogí de hombros.
  Necesitaba escupir. Demasiada saliva acumulándose. Y me incliné sobre el inodoro. Arranqué otro pedazo de papel sanitario y limpié mis labios.
  Decidí levantarme. Podía hacerlo a pesar del dolor, además debía enjuagarme la boca, tenía ese lejano sabor a cangrejos. Puse bastante pasta dental en el cepillo, incluso después de cepillarme dejé un poco de dentífrico en mi lengua.
  —Todavía no me has dicho qué vas a hacer.
  Miré hacia la bañera. La chica topacio se había sentado, la de color ámbar comenzaba a gatear y parecía ir a su encuentro. Respiraban con más calma.
  —Cualquier cosa que decidas hacer estará bien para mí —dijo y me tomó del brazo—, pero debo decirte que ahora sí sería un crimen.
  Mi kodama volvía a tener los ojos duros. Encendidos. Como dos pequeñas teas.
  Me incliné sobre la bañera. Con la punta de mi dedo toqué a la chica ámbar y se apuró en llegar y tumbarse junto a la otra. La sentí tibia. A pesar de la flema estaba tibia. Acerqué mi dedo a la chica topacio. Me miró, pero la luz de la lámpara la obligó a bajar la cabeza. Toqué su pequeño vientre, el pubis húmedo, metí mi dedo entre sus rodillas. Quería abrir sus piernas, sin embargo desistí.
  Limpié el dedo en mi short.
  —Ahora es diferente, ahora sí que es diferente y lo sabes.
  Escupí.
  Fui a mi cuarto.
  Necesitaba descansar.
  Me sentía agotado, me dolía el vientre. Mucho. El esófago y la garganta ardían. Decidí acostarme.
  Mi kodama entró a la habitación y me cubrió con una sábana.
  —Tienes razón, sería un crimen —dije.
  Sentí unas suaves palmadas en mi hombro.
  —¿No te parece que son muy bellas? No te preocupes, bellezo, me encargaré de todo.
  —Gracias. Hablaremos mañana.
  —Descansa.
  Y lo vi sonreír.
  Apagó la luz, salió del cuarto.
  Era mejor estar así, en penumbras, a solas. A pesar del dentífrico pasaría la madrugada sintiendo el maldito sabor a cangrejos. Toda la madrugada. Lo sabía.

 
 

Ahmel Echevarría Peré

Ahmel Echevarría Peré


 

Ahmel Echevarría Peré (La Habana, 1974). Narrador. Miembro del Latin American Studies Association (LASA). Tiene publicado los libros Inventario (Premio David 2004 de cuento, UNION, 2007), Esquirlas (Premio Pinos Nuevos 2005, novela, Letras Cubanas, 2006), Días de entrenamiento (Premio Franz Kafka de Novelas de Gaveta 2010, FRA, República Checa, 2012), Búfalos camino al matadero (Premio José Soler Puig de Novela 2012, Oriente, 2013) y La noria (Premio de Novela Ítalo Calvino, 2012, UNION, 2013) galardonada con el Premio de la Crítica Literaria de 2013. Fue columnista del sitio web Cuba Contemporánea. Textos críticos suyos aparecen de manera mensual en la revista digital Hypermedia Magazine. Actualmente trabaja como editor del sitio web Centronelio.

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Esta entrada fue publicada el 18/03/2017 por en Narrativa.
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