Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

El arma mortal

JOSÉ M. FERNÁNDEZ PEQUEÑO

 

Yo te fui desnudando de ti mismo…
Dulce María Loynaz

 

Creyó soñar que se ahogaba y despertó repleto de palabras. Las sentía burbujeándole dentro con un rumor grueso, y de vez en cuando algunas (dos, tres, cinco, a veces más palabras) subían hasta su cerebro, se acoplaban en un trallazo de sentido que brillaba como brillan las cosas recién creadas, y desaparecían enseguida, volvían a sumergirse en su interior antes de que pudiera encontrar algún recurso para retenerlas.
  El señor Vespo se sentó en la cama y comenzó a darse palmaditas suaves en el estómago, el pecho, el bajo vientre. El recuerdo de su madre se le presentó junto a una frase vertiginosa, que apenas logró comprender, algo sobre las sombras y el tacto, o las sombras del tacto… Nunca se había preocupado por las palabras, usaba las necesarias y punto, así que la novedad de aquel exceso verbal lo empujó a ponerse de pie con un presentimiento incómodo, preguntándose si aquello no sería el anuncio de algún peligro cuya dimensión no alcanzaba a medir en ese momento. Cumplió el itinerario de cada mañana vigilando no salirse un ápice de su rutina, pero a un ritmo más lento porque entre el señor Vespo y cada una de sus acciones (tomar la avena preparada desde la noche anterior, dar comida al gato, poner la cafetera…) se interponía ahora un inevitable espesor de palabras.
  Al encender el carro parqueado frente al efficiency, lo distrajo la duda de si los cuerpos no asimilarían cierto grado de inexistencia en el instante de precipitarse hacia el movimiento, y la densidad de esa reflexión, sumada a todas las pequeñas dilaciones anteriores, provocó que entrara diez minutos tarde en el banco, donde la cajera demoró otros tres minutos para comprender el servicio que solicitaba. Ah, usted quiere hacer un depósito, comentó tras escuchar la pormenorizada disquisición que el señor Vespo cerró con una afirmación tajante (Para gente como usted y yo, la ganancia es al mismo tiempo el palo y la zanahoria), y luego de tan fervorosas palabras, el tono de voz y la mueca de la mujer tiñeron el instante con una nota prosaica; o al menos eso pensaron algunos de los presentes.
  El asunto hizo crisis al llegar a la oficina. Si bien (por fortuna) sus obligaciones lo eximían de atender clientes, esa mañana el señor Vespo no encontró caminos francos para entenderse de una forma mínimamente eficaz con sus colegas. Todos parecían avanzar a otra velocidad, se movían con una premura que lo perturbaba, y acababan impacientándose por los que entendían como regodeos inútiles e inusuales en el administrador, que tan parco y exacto había sido hasta ese instante. Ya cerca de las once, el mensajero de la oficina entró al cubículo del señor Vespo para depositar unos recibos de pago. Narró su recorrido por la ciudad en aquella mañana de tráfico destemplado y parqueos imposibles, las reacciones de cada deudor a cuya puerta había acudido, los detalles más nimios de los documentos que iba entregando uno a uno, y se extrañó de que esta vez el señor Vespo no lo mirara con ojos de hasta cuándo, madre mía, ni se moviera inquieto en su asiento, ni menos exigiera el punto final de su verborrea con un Vamos, vamos, date prisa, que no hay tiempo para tanta cháchara… A la salida y siempre fiel a su natural comunicativo, el mensajero comentó:
  —Está hoy como falto de reacción, no sé… lento. Raro cantidad, cualquiera diría que tiene su atención en otra parte…
  El gerente pasó por la administración después del mediodía e interrumpió una copiosa meditación del señor Vespo sobre las repercusiones químicas que el reciente almuerzo (camarones al ajillo, papas hervidas y aderezadas con mojo de cebollín, más ensalada de brócoli) seguramente estaba provocando dentro de su cuerpo.
  —¿Cómo se siente mi administrador estrella? –preguntó, y enseguida, descendiendo a un plano más familiar, desmintió su fingida curiosidad–. Me dicen que te notan un poco distraído…
  El señor Vespo quiso responderle que se sentía bien (Es que no soporto las chapucerías, ya me conoces), pero en realidad dijo:
  —Si fuéramos a comparar la verdad con una piedra preciosa, deberíamos admitir que se trata de una muy extraña. La menor o mayor calidad de su brillo no depende de ella misma sino de las miradas que la aprecian.
  El gerente tomó una de las facturas ordenadas sobre la mesa del señor Vespo y pareció leer. Cuando arrancó a hablar, cualquiera hubiera creído que comentaría algo sobre los números escritos en el papel:
  —¿Por qué no te vas a la casa por el resto de la tarde? Puedes llevarte algún trabajo si quieres… o no, mejor deja todo aquí y así descansas. Ya verás, mañana será un mejor día –y al mirarlo, el gerente tenía dos caras al mismo tiempo, una de mirada amiga y otra de sonrisa suspicaz.
  El señor Vespo aceptó irse porque no le quedó más remedio, y esa nueva contrariedad tampoco ayudó mucho a reconciliarlo con la rutina. Durante el trayecto de regreso, quedó detenido en la intersección de Bird Road y Galloway Avenue, entorpeciendo el carril central, mientras lidiaba con la inquietante certidumbre de que en cualquier momento brotarían de su interior las palabras adecuadas para expresar toda la complejidad escondida tras aquellas tres lucescolores alternando con una regularidad implacable en el semáforo. Los golpes de unos nudillos sobre el cristal de su ventanilla lo regresaron de un tirón a la realidad de la calle que empezaba a congestionarse de bocinazos y curiosos.
  Quien así golpeaba era un hombre como de cuarenta años, en el que dos detalles atraparon inmediatamente la atención del señor Vespo: su camisa a rayas, abierta y remangada hasta los codos, que dejaba leer un God Bless America inscrito en azul sobre el pulóver blanco, y unos dientes grandes, separados, que subían y bajaban como hachas tallando los improperios. El señor Vespo se sintió obligado a responder; a fin de cuentas, no eran palabras las que le faltaban ese día. Abrió la puerta del auto, con lo cual el hombre se vio obligado a recular cuatro o cinco pasos, y salió a la calle.
  De pie, con la mano derecha agarrando todavía la puerta abierta de su auto, fue sorprendido por la visión de una multitud de aves blancas posadas sobre la armazón de tubos que sostenía el semáforo. Si bien no pudo reconocer qué tipo de aves eran (en verdad, la zoología nunca había sido uno de sus fuertes), la imagen lo llevó a reparar en el contacto muy tibio del viento, y esa sensación a su vez le hizo notar la intensidad de la luz que llenaba la tarde y parecía extraer un brillo verdeazul de los árboles alineados a ambos lados de la calle… Desprenderse de esos detalles para enfrentar al hombre parado frente a él, que seguía observándolo desafiante, le costó algún esfuerzo. Lo consiguió al fin. Convocó entonces las groserías más hirientes e incontestables entre las muchas que había escuchado a lo largo de su vida (comemierda, sapingo, mamalón…), buscó canalizar toda la ira acumulada durante ese extraño día, y gritó al rostro del hombre:
  —¡Soez!
  Su oponente empleó unas centésimas de segundo en abrir la boca y mostrar otra vez sus enormes dientes frontales, cambió luego los ojos hacia la masa de curiosos, que seguía creciendo en la acera, y cuando devolvió la mirada de nuevo al señor Vespo, su expresión era de una completa incredulidad. Soltó una carcajada, que fue a hacer eco entre los presentes y golpeó de regreso al señor Vespo detenido allí de pie, en medio de la calle. Estaba tan asombrado como el hombre, incapaz de reaccionar frente a aquellas personas (hombres y mujeres, jóvenes y viejos) que reían a mandíbula batiente mientras repetían la palabra soez y algunos hasta lo señalaban con un dedo. Subió al carro, lo puso en marcha, y se alejó tratando de no mirar hacia los espejos retrovisores.
  Llegado a su vivienda, el señor Vespo se dijo que debía elaborar un plan, una estrategia para quitar importancia al torrente de palabras que sentía murmurándole dentro. Necesitaba olvidarse de ellas, hacer de cuenta que no existían, y se entregó con todo el candor posible en un hombre de su edad a la limpieza del efficiency, el aseo personal, la preparación de la cena y del almuerzo que llevaría al día siguiente para la oficina… En algún momento sopesó la pertinencia de llamar al doctor Barrueco, su compadre, y comentarle cualquier cosa, un chisme banal que mantuviera ocupado su pensamiento.
  No lo hizo, sin embargo. Tanto esfuerzo para olvidar lo había llevado hasta un descubrimiento deplorable. Su probada habilidad para el cálculo era ahora también su más tenaz enemiga. No podía evitar que su cerebro se empeñara en operaciones tales como establecer la cantidad de combinaciones posibles dentro de una frase para decir cosas diferentes usando las mismas palabras, o las probabilidades de que cierto adjetivo apareciera colocado antes o después del sustantivo, o los grados de variación en el significado que provocaría el simple cambio de una preposición por otra… Desesperado, decidió escribir las frases que brotaban inopinadamente de su interior, irlas fijando para ver si así lograba congraciarse con ellas.
  Hora y media después, sobre el papel se desparramaban quince o veinte líneas de palabras inconexas, que habían empezado a desangrarse en el mismo momento de ser atrapadas por la escritura y, con cada minuto que transcurría, lucían más exánimes.
  Comenzó a caminar de pared a pared en la salitacomedorcocina de su efficiency. A esas alturas, solo una decisión le parecía innegociable: por nada del mundo se iría a la cama; asumir una posición yacente era como rendirse ante aquel hervor de palabras que no cesaba. Aunque se le cerraran los ojos o tropezara con las sillas, la mesita de comer, el televisor, el gato; aunque pudiera caer agotado al piso, como de hecho estuvo a punto de caer una vez… nada era peor que el miedo de quedarse dormido, descuidar la vigilancia de lo que ocurría en sus adentros, y despertar otra vez con la terrible sensación de estarse ahogando en palabras, o quizás algo peor. Primero muerto, se dijo, y la mención de la muerte produjo un fogonazo dentro de su atormentada cabeza. Sí, quizás al final no todo sea derrota, murmuró.
  Esta fue la estratagema que concibió. Se concentraría en un recuerdo bien jodido, recrearía en su mente (por ejemplo) la escena de Yumilka informándole su voluntad de separarse, vender la casa y regresar a su país con los muchachos. Un chorro de odio brotaría desde los intestinos de su alma, estaba seguro, y entonces él elegiría la palabra más afilada entre todas las que saltaran a su lengua y se cortaría el cuello. Lo encontrarían muchos días después, siguiendo el rastro del mal olor en el vecindario, como tantos casos que a veces veía en el televisor; o por las pesquisas de su oficina, que enviaría una y otra vez al mensajero para averiguar dónde se había metido; o por los maullidos del gato llamando ante su cuerpo sin vida; o no, mejor todavía, lo descubriría su casero cuando viniera a cobrar la renta; el día primero estaba cerca, y si era para cobrar, el señor Lucio era un cronómetro.
  La imagen cuajó con una nitidez asombrosa en su cerebro. El señor Lucio estupefacto delante del cadáver, temblando cuando los policías le preguntaran por la última vez que lo había visto vivo; o si, aparte del occiso, alguien más tenía llave del inmueble; pero sobre todo (y tanto miedo no cupo siquiera en la nueva exuberancia del señor Vespo para nombrar), cómo explicaba que el arma mortal no apareciera por parte alguna…
  El señor Vespo sonrió. Aunque profundamente agotado, se sentía feliz por primera vez en mucho tiempo.
 
 

José M. Fernández Pequeño (Foto de Hiram Casalí)

José M. Fernández Pequeño
(Foto de Hiram Casalí)

José M. Fernández Pequeño. Escritor cubano. Ha publicado catorce libros en géneros como la crítica literaria, la narrativa, el ensayo y la literatura infantil. Se graduó de Licenciatura en Letras por la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, y tiene una maestría en Ciencias de la Educa-ción, mención investigación, por la Universidad de Camagüey, en Cuba, y la Universidad APEC, en República Dominicana. Ha desarrollado una larga carrera como profesor universitario, editor y gestor cultural. Estuvo entre los fundadores de la Casa del Caribe de Santiago de Cuba y durante cinco años fue Gerente de Programas Culturales del Centro León, en Santiago de los Caballeros, República Dominicana. Los últimos reconocimientos recibidos por su obra son el Premio Nacional de Cuento de la República Dominicana (2013) y la medalla de oro en el Florida Book Awards (2014). Edita el blog de escritor Palabras del que no está.

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Esta entrada fue publicada el 18/03/2017 por en Narrativa.
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