Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

La playa

ENRIQUE RODRÍGUEZ-ARAÚJO

 

Llegaron en un pequeño automóvil azul muy viejo. Parecía como salido de un cuento de niños; tenía los faroles delanteros redonditos y saltones como los ojos de un sapo. Los de atrás parecían dos almendras gigantes cubier-tas de caramelo rojo. Le quedaban como grandes. Todo parecía quedarle grande al autito ese. Hasta ellos, que venían dentro, como dos siluetas de cartón que se salían por los bordes del vidrio panorámico. Avanzaron por el camino descampado dando saltos. Finalmente llegaron a la casa, y comenzaron a desempacar. Primero se bajó él, con un morral en la mano. Miró la casa de arriba abajo, sacó unas llaves del bolsillo del pantalón y avanzó hasta la puerta. Al rato salió sin el morral, le hizo una seña a la muchacha y volvió a entrar. Ella era menudita, con el pelo largo cogido en una cola de caballo que le llegaba hasta la cintura. La ropa le quedaba grande; llevaba un pantalón color arena con bolsillos en todos lados y una camisa blanca que flotaba sobre sus hombros. El muchacho era más alto que ella, un poco más grueso de cuerpo, y tenía el pelo castaño. Acabaron de desempacar sus cosas y al cabo de un rato salieron hacia la playa.
  La casa era vieja. Había tenido varios dueños antes de que yo viniera a vivir aquí con mi hermana y mi sobrina. Cuando se fue el turismo, se quedó medio abandonada. Apenas venía un señor que se encargaba de verificar que no se la hubieran tomado, le dejaba un par de billetes grandes a don Alejo el del estanco y se iba rapidito. Como ve, esto es apenas un caserío. Le faltan demasiadas cosas para ser algo. Parece más bien un pueblito de mentiras, como hecho a propósito para darles gusto a los turistas con eso de la cosa tropical, las casitas de cal y canto, los techos de tejas rojas. Por eso siempre me pareció que la casa esta le quedaba demasiado grande al paisaje. Como si la hubieran dejado caer ahí, en medio del arenal, durante un trasteo a las carreras. En todo caso era bonita, con su balcón de madera que le daba la vuelta y sus ventanas de anjeo.
  No se metían con nadie, pero eran amables. Le compraban lo del diario a don Alejo, y viajaban a la ciudad una vez al mes. Nunca supimos a qué se dedicaban. Tampoco nos importaba. Usted dirá que en estos lares la gente es chismosa y entrometida, pero es que nosotros somos distintos. Ya casi no somos gente. Nos conformamos con habitar el espacio que al fin nos reconocieron, después de tantos años y huesos exhumados.
  La muchacha se pasaba el día pintando o tomando fotografías que luego revelaba ella misma en su pequeño laboratorio junto a la casa. En realidad, el pequeño cuarto era la antigua letrina , que algún antiguo dueño había ampliado un poco por el lado izquierdo para convertirla en una casa de muñecas que pronto fue depósito de herramientas. Cuando la pareja llegó, tenía las ventanas clausuradas con láminas de triples medio podridas, pero ellos se encargaron de devolverle su antigua gracia. La muchacha entraba con sus aparatos, prendía una luz roja y luego cerraba las cortinas, que eran muy gruesas y negras. Más tarde salía con las fotografías, se las mostraba a su compañero, y luego él las enmarcaba para adornar las paredes de la casa. Cuando ya no hubo sitio, comenzaron a regalárselas a don Alejo para que decorara su establecimiento. Se veían lindas las fotos, y entonces la tiendita se convirtió en el lugar más visitado por nosotros. Era como estar en todas partes al mismo tiempo. Como si al revelarse sobre el papel nuestro caserío hubiese adquirido cierta memoria, el rastro de un tiempo pasado y feliz que se diluía en nuestros corazones.
  Eran felices aquellos dos. Jugueteaban en la playa como si fuera el primer día de sus vidas a la orilla del mar. Todo lo que hacían tenía su ritual; desde el desayuno hasta la comida, y luego, cuando se quedaban en la terraza viendo subir la luna. Encendían velitas de colores; quemaban cosas que olían delicioso; brindaban con vino.
  Un día llegaron ellos. El más viejo parecía cura; bajito, medio calvo, panzón. Usaba unas gafas redondas de marco delgado y una cachucha de cuero que se quitaba a cada rato para echarse fresco. El otro era más joven, alto y delgado. Tenía los huesos grandes y los ojos hundidos. Siempre andaba con las manos en los bolsillos. De vez en cuando las sacaba y las agitaba expresivamente para apoyarse durante la conversación. Vestía una camiseta roja muy desteñida y estrecha que le forraba la espalda encorvada y ancha, y un pantalón de dril azul claro que se le arrugaba en las caderas. No era musculoso, pero su gran esqueleto lo hacía parecer fuerte. Tenía la piel oscura y áspera, como sucia de un polvo grisáceo.
  Estábamos de fiesta ese día. Había puestos de comida y dulces por todas partes. El estanco de Alejo estaba lleno, y parecía como si las demás casas del pueblo se hubieran convertido en cantinas, con las mesas y las sillas en las aceras. Nuestras fiestas eran muy agradables. Nosotros preparábamos un lechón grande y lo poníamos a competir en su bandeja con una manzana roja en la boca y unas gafas oscuras de juguete. Me gustaba ver a los lechones en sus bandejas a lo largo de la calle luciendo florecitas de papel en las orejas y frutas de colores alrededor. Lo más divertido eran las gafas negras; se veían muy elegantes, dorados y sonrientes, como tomando el sol en un hotel de lujo.
  A nuestras fiestas no venían muchos turistas. La mayoría éramos nosotros mismos, que salíamos a la calle a vendernos lechón asado y dulcecitos. Después jugábamos dominó frente de la casa, nos íbamos a tomar cerveza a donde Alejo, o a donde fuera que una patrona estuviera vendiendo licor. Un día antes, las señoras salían con las hijas y unas cuantas vecinas a decorar las calles con banderitas de papel y faroles. Otros se encargaban de ponerle bombillos de colores a los arbolitos. En la plaza se ponía don Rogelio con su escenario. Le tomaba dos días armar todo el montaje, aunque su esposa y sus hijos le ayudaban en todo. El viejo había sido actor de teatro alguna vez, por allá en la capital. Le fue muy bien hasta que los de la televisión se tomaron por entero el negocio del entretenimiento. Entonces nadie quiso volver al teatro; preferían ver a los hembrones medio en cueros en la pantalla, que muy poco sabían de actuación, y rápidamente se olvidaron de las viejas estrellas. Algunas se dedicaron al vicio en las calles de la ciudad; otras intentaron adaptarse al nuevo régimen, pero ya era demasiado tarde; los muslos pelados y las tetas grandes le habían ganado al talento. Sin tener derecho a una pensión por no haber cotizado cuando debían, o por haberse gastado hasta el último centavo en lujos y viajes, muchos terminaron en casas de beneficencia o en hospitales psiquiátricos. De vez en cuando, los de la televisión se acordaban de alguno, y corrían con sus cámaras a dar cuenta de la triste condición en que vivían los viejos maestros del vodevil. A veces los sacaban de su miseria y les daban algún papel secundario en una novela pero, en general, los niveles de audiencia no se mantenían en alto mostrando abuelitos tiernos dando consejo a la tetuda estelar. Don Rogelio, en cambio, no fue pendejo. Aquí llegó con lo poco que le quedaba y se casó con la que después fue la madre de sus cinco hijos. Montó el mercadito que ve usted en la esquina de allá, y se olvidó del teatro hasta cuando nacieron sus hijos, que le heredaron la cosa. Entonces los enseñó cómo era, y montó el espectáculo. Ese día la función consistía en un homenaje a los héroes patrios. Como era la primera vez que la presentaba, casi todos fuimos a verla.
  Primero salieron los pelaos en una carroza forrada en papel mache con letreros y dibujos que nadie entendió, pero que se veían bonitos. Los niños iban vestidos como angelitos y decían adiós con una sonrisa. La carroza la iba jalando el mayor, Andrés Roberto, disfrazado de cavernícola, con peluca y todo. Luego volvieron a salir haciendo como si tocaran trompetas y flautas mientras una música sonaba desde la carroza. Al final salieron todos, incluida la mamá y don Rogelio, disfrazados de soldados con sombreros de tres puntas adornados con plumas azules, bancas y rojas. Traían fusiles de madera pintados de negro, y hacían como que disparaban al aire mientras sonaban tiros en las bocinas escondidas en la carroza. Luego prendieron una rueda de pólvora, echaron voladores, y nos regalaron canasticos de dulces adornados con cintas de colores. Digo yo que eso debió costarle un ojo de la cara, pero lo cierto es que le quedó muy bien, y nosotros le agradecimos mucho. El que parecía cura y el flaco se hicieron a los canasticos, y se quedaron todo el tiempo que duró la función. La muchacha estaba feliz tomándole fotos a lo de don Rogelio y sus hijos. Entraba, salía, se agachaba… Y el muchacho detrás, con una sonrisa de oreja a oreja que no le cabía en la cara. De pronto fue que les tiró un par de fotos a los dos forasteros, porque se pusieron serios y fueron a decirle algo. El cura la agarró del brazo, y cuando el muchacho quiso ayudarla, el largo se le puso en frente. La cosa se iba a poner fea, pero don Rogelio intervino con sus hijos y logró que todo terminara en sonrisas, aunque bien falsas. La verdad es que los forasteros se alejaron porque se dieron cuenta de que estaban llamando mucho la atención. No los volvimos a ver más. Después, todo fue baile y cerveza hasta las tres de la madrugada.
  Ese día yo venía tarde de la pesca. Bregué y bregué toda la mañana y no sacaba nada. Cuando entendí que ya no valía la pena seguir tirando la red me salieron el hambre y el cansancio. Para cortar camino me metí por el lado de la casita de muñecas y así fue que los escuché como discutiendo. Jamás se me habría ocurrido pensar que esos dos pudieran pelear por algo. Pasé despacito por detrás de la casita, pero no alcancé distinguir lo que se decían. Cuando ya me hallaba un poquito lejos, salió la muchacha con unas fotografías en la mano y entró a la casa. Luego salió el muchacho, pero se detuvo a medio camino con las manos en la cintura. Suspiró un par de veces, y se quedó mirando al suelo. Se veía como un globo desinflado. Yo me hice el loco y seguí andando.
  Llegó a la tienda de Alejo dando gritos como un loco. Nos preguntaba por ella, pero nadie sabía responderle. Luego salió a la calle. Daba lástima verlo así, caminando de un lado a otro, agarrándose la cabeza. La buscó varias veces en cada rincón; gritaba su nombre en medio de la plaza y luego volvía a buscarla. Nosotros lo dejamos hacer; que revisara hasta el último sitio antes de caer exhausto en las aceras o en la plaza. Las mujeres le daban infusiones para que se calmara; Alejo le sacó una botella de ron, pero nada. Entonces decidió marchar hasta la ciudad. Agarró el carrito de juguete y salió a toda velocidad por el camino de tierra. Regresó tres días después. Paró el carrito frente a la casa y se desplomó como un saco de papas. Tenía la cara rota y las costillas llenas de morados. Le habían desgarrado la camisa y los pantalones; estaba descalzo. Lo tuvimos varios días recuperándose en casa de don Rogelio. Al fin tuvo fuerzas para levantarse y volvió a la casona. Se encerró un tiempo y luego volvió a salir, pero para meterse de lleno en donde Alejo a beber todos los días. No hacía nada más. Salía de la casa y se metía al estanco a beber. A veces se quedaba tirado por ahí, en cualquier calle, o donde la borrachera lo derribara. Jamás volvió a hablar. Ahora teníamos nuestro propio indigente, nuestro propio muerto en vida; como una premonición que nunca entendimos.
  Un día, los forasteros regresaron. Entraron a la plaza marchando con una tropa de quinientos hombres uniformados y armados hasta los dientes. Se tomaron las calles; cerraron el estanco de Alejo, y nos repartieron una cartilla de cuatro páginas. Luego llevaron una camioneta hasta la plaza, y una mona con voz de pito comenzó a gritar cosas por un megáfono. Decía que ahora éramos libres, y que para mantenernos así debíamos obedecer lo que decía en el librito de cuatro páginas. Para empezar, se desterraría a los vagos y borrachines que alteraran el orden. Agarraron al pobre muchacho que andaba dormido junto al negocio de don Rogelio, lo encueraron y lo bañaron con agua fría. Después le dieron unos azotes y lo dejaron amarrado en un cepo que montaron en medio de la plaza. El pobre quedó como un guiñapo, botando sangre por las espaldas. No dejaron que nadie se arrimara a darle agua o primeros auxilios. De vez en cuando se acercaban para confirmar que no hubiera muerto, y al otro día, en la madrugada, lo dejaron libre. Mi hermana y unas señoras fueron a ayudarlo, pero les advirtieron que el ciudadano debía marcharse del pueblo cuanto antes. Lo atendieron lo mejor que se pudo. Le dieron una mochila con comida y agua. Luego lo acompañaron hasta la carretera, y no pudieron aguantar el llanto mientras lo veían perderse en el horizonte como un alma en pena. Ni siquiera lo dejaron quedarse con el carrito, aunque tampoco hubiera podido manejarlo. Se lo cogieron para ellos diciendo que había sido “recuperado”. Eso jamás lo entendimos, a pesar de las griterías que daba la mona por su megáfono. Tampoco importó mucho no entender nada de lo que hacían, porque a los seis meses llegó una tropa diferente, mejor armada y uniformada, y se inició una batalla espantosa que duró cuatro días. No quedó nada en pie.
  El negro de la noche comenzaba a diluirse lentamente. Un viento helado se llevó las últimas palabras. Puso los dedos sobre sus párpados y luego los deslizó con fuerza. Abrió grande los ojos, pero no vio nada. Donde antes se dibujaba el cuerpo de un hombre sentado había una mancha alargada que se desprendía con la humedad. Tal vez el hambre y el cansancio se habían juntado para jugarle una broma. Tal vez se quedó rendido de sueño en aquella casa deshabitada que se le cruzó en el camino después de andar horas y horas. Tal vez no era cierto que un hombre de tez morena lo había invitado a pasar la noche allí mientras llegaba el día y reanudaba su camino.
 
 
De Mujer Policía y otros relatos (Editorial Casa Vacía, 2017).
 
 

Mujer Policía y otros relatos
(Editorial Casa Vacía, 2017)


 
 

Enrique Rodríguez-Araújo (Bogotá, 1972). Narrador. Ha publicado los libros Héroes (2007) y Pájaro violento (2011). Su escritura intenta encontrar maneras de describir e interpretar el mundo urbano, la urbe cibernáutica que ha nacido gracias a las tecnologías de la comunicación y la Internet. Ha trabajado con artistas audiovisuales y digitales en la realización de textos curatoriales, experiencia que incorpora a la experimentación narrativa.

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Esta entrada fue publicada el 18/03/2017 por en Narrativa.
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