Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Minicrónicas de la Pequeña Habana

ERNESTO G.
 

 
En el McDonald’s de la Avenida 37
 

Tengo deseos de comer un hash brown acompañado de un vaso de leche. Me siento como un traidor a la causa de la buena salud. Hoy no hay escuela y el lugar está lleno de niños con sus abuelos. Veo a un joven sentado en una esquina. Lleva ropas sucias. A su lado derecho, apoyada en la pared, una vara de pescar. Parece homeless. Se le acerca un abuelo con su nieto y parece preguntarle algo. Luego los tres se acercan a la cajera. El abuelo le compra un desayuno al joven, se despide de él y sale del local con una sonrisa en su rostro. De la mano lleva a su nieto, que también sonríe.
 
 
 
El viejito del Parque del Dominó
 

“Cuando me muera, yo no quiero una estrella en la Calle Ocho. Mi arrogancia no llega a tanto. Yo lo que quiero es que me incineren, y con el polvo hagan un adoquín y me pongan en la acera para seguir observando la vida desde abajo y ver cómo ustedes siguen botando gordas”.
 
 
 
El recogedor de basura
 

Lo veo todas las mañanas recogiendo basura de un enorme contenedor que han colocado en los bajos de mi edificio para los desechos de una obra de construcción. Es un señor de unos ochenta años, canoso, que habla poco y se mueve con la agilidad de un adolescente. Maneja una camioneta blanca, muy maltratada por afuera pero cuyo motor parece aún estar en plena forma.
  El señor separa con mucho cuidado los cartones de los pedazos de metal que los constructores arrojan en el contenedor. Organiza la carga con mucha precisión, metódicamente: los cartones primero, los metales encima. A veces encuentra cosas de más valor que la gente del edificio, la mayoría jóvenes que se mudan de trabajo y de ciudad con mucha frecuencia, arroja a la basura en su deseo de aligerar el camión de la mudada.
  Solo le he visto sonreír una vez. Un perro que alguien llevaba a hacer sus necesidades atrapó con sus dientes una rama de un arbusto y no la quería soltar. El señor se acercó al animal con una bolsa de galletas y le puso una cerca del hocico. Ante tal tentación, el perro soltó la rama y el señor, una enorme carcajada.
  Pero generalmente no se entretiene con distracciones de ningún tipo. Hace su trabajo como si fuera invisible (o tratando de serlo) y se va luego tranquilamente a vender su mercancía.
 
 
 

 
 
El boxeador
 

Estamos sentados afuera de la barbería esperando nuestro turno mientras observamos a un hombre mayor, mulato, medio obeso, que boxea contra un enemigo invisible junto a la parada del bus de la calle 8 y la avenida 20. Era boxeador en Cuba, me dice el hombre sentado a mi lado. Aquí se volvió predicador y llegó a tener su propia iglesia hasta que le dio por la cocaína en los ochenta y lo perdió todo. Estuvo preso un tiempo y ahora duerme en el patio de una iglesia. Lo dejan porque por las mañanas lo primero que hace es barrer y mantiene los alrededores de la iglesia bien limpios, pero cuando termina se pone a caminar por toda la calle 8 a fajarse con contrincantes invisibles y narrar sus propias peleas. Una vez alguien quiso contratarlo como entrenador de boxeo pero rechazó la oferta. Según dicen, le dijo que cada hombre debe aprender a pelear por sí mismo. Es una pena porque el tipo tiene técnica, pero imagínese, también está loco.
 
 
 
Dos patrias tengo yo
 

En la mano derecha, dos papas. En la izquierda, una lata de sopa. Se aproxima a la cajera en el supermercado el Presidente de la calle ocho y empieza a hablarle. Es alto, más bien delgado, calvo, pudiera tener unos noventa años, pero habla rápido, con mucha energía. La cajera lo escucha mientras escanea sus dos productos. Él le alcanza su tarjeta de sellos de alimentos y le dice que tendrá quizás unos 8 dólares ahí, que eso debe alcanzar. Luego levanta la voz y dice: “Mi primera patria en este país fue Hialeah. Mi segunda, la Pequeña Habana. Este país me salvo la vida. Yo la verdad es que ya estoy muy viejo y nada me apura. Mejor que lleguen otros primero. Total, si ya no hay nada para mí”.
 
 
 
Breve descripción de Miami
 

El río de Miami, los puentes levadizos que lo atraviesan, la imponente manera en que el sol irrumpe a través de los rascacielos, los gatos, los miles de gatos, los perros y sus ladridos, el tráfico caótico y violento a todas horas (todos los caminos conducen a un highway paralizado), las grúas, las miles de grúas levantando nuevas dimensiones verticales a lo “Blade Runner”, los selfies en Wynwood, las fotos junto al gallo en la Pequeña Habana, los tristes suburbios donde nos almacenamos en las noches (pienso en “Cocoon”), una ciudad que se extiende desde el mar hasta el pantano, los cruceros cruzadas para el placer, los canales, los miles de canales canalizando las aguas que mantienen a la ciudad en permanente flotación (pienso en “Waterworld”), los homeless abandonando lo único que poseen (su desamparo), las manos de un Dios extraño trastocando las cosas, las cosas y las gentes de una ciudad milagro, maravilla, mutilación.
 
 
 

 
 
Entrevista con un homeless
 
  -Mr. Smith, ¿por qué usted carga dos bolsas?
  -Una es la bolsa del bien y la otra es la del mal.
  -¿Cuál pesa más?
  -Las dos pesan lo mismo, pero no al mismo tiempo.
 
 
 
El homeless de la esquina
 

Son inapreciables las secuencias del flujo, me dice el homeless de la esquina. Esa es su frase del día. Todas las mañanas crea una nueva y se pasa el día repitiéndola, cambiando la entonación, el orden de las palabras. Del flujo, secuencias son, inapreciables, dice ahora mientras acomoda un periódico en el césped para acostarse a tomar el sol. Apoya su cabeza en un diccionario Larousse y en un tomo del Book of Knowledge. Una señora mayor le trae comida todas las tardes y él le agradece el gesto repitiendo la frase del día en un tono suave, casi romántico. Ella lo mira y sonríe y dice estás más loco que una cabra, cómete la comida que se te va a enfriar. Él asiente con la cabeza y se pone a comer muy lentamente, como si no tuviera hambre y sólo comiera para hacerla feliz. Luego ella se marcha y él la sigue con la vista y dice: Son del flujo, secuencias inapreciables.
 
 
 
El dueño de la licorería
 

Ya no puedo tomar, me lo ha prohibido el médico, voy al Jackson, no tengo seguro, ahí pago una miseria y me atienden, los amigos piensan que este negocio deja mucho y no es cierto, apenas gano para pagar la renta, duermo en el cuarto de atrás, tengo espacio para una cama y un baño, nunca cocino, le compro comida a Zenaida, la señora que le da de comer al homeless de la esquina, es un alma de dios, ella, no el homeless, ese es un desvergonzado que se pone a orinar delante de todo el mundo, dice unas frases incoherentes que yo no entiendo, el asunto es que aquí la clientela es muy pobre y no compra mucho, ayer mismo vino un señor mayor con unas orejas enormes que hablaba muy alto y me compró una botella de whiskey del más barato, andaba con un hombre más joven que se mantuvo callado todo el tiempo, el asunto es que se sentaron allá afuera en el piso a hablar mierda, de libros y esas cosas, y esos son mis clientes, gente que gana apenas para comer y de vez en cuando darse un trago, y hablar mierda, eso sí, para eso tienen el uno, hay uno ahí que le dicen El bicicleta porque siempre anda en pedales, el tipo compra aguardiente y habla con una voz ronca de esas que te molestan y te dan ganas de mandarlo a callar, pero no me puedo fajar con los pocos clientes que tengo, me iba mejor cuando tenía el supermercado, era pequeño, es cierto, pero hacía buena plata porque era lo único que había por esa zona, después hicieron un supermercado Walmart y tuve que cerrar el mío, con esos precios no hay quien compita, claro, es el capitalismo, yo no me quejo, a mí me gusta así aunque me jodan porque va y un día me toca a mí joder, yo sigo soñando con ser dueño de una cadena de supermercados como Publix donde comprar es un placer y tumbar a Walmart ese, que se mete en todos lados y acaba, hoy quisiera emborracharme y sentarme allá afuera con todos esos borrachos y hablar tanta mierda como ellos porque llevo días sin dormir, preocupado por lo bajas que están las ventas este mes, lo más probable es que no me alcance para el alquiler, pero no importa, yo tengo un dinerito guardado ahí para eventualidades, bueno, en realidad lo tenía guardado para ir a Honduras a casarme, tengo una novia por allá, nos conocimos aquí pero la deportaron hace un año y yo prometí que iría a buscarla, casarnos primero, claro, y después traerla para acá, a ella y a sus dos hijos pequeños, ahí sí voy a tener que trabajar duro para alimentar tantas bocas, pero oiga, va y me pongo de suerte y el negocio levanta y abro un supermercado y acabo con el Walmart ese que jode a todo el mundo.
 
 
Ilustraciones: Ernesto G.
 
 

Ernesto G,
(foto: Tomada de Facebook)


 

Ernesto G. (La Habana, Cuba, 1967), poeta, narrador, videasta y blogger. Licenciado en Lengua y Literatura Inglesas por la Universidad de La Habana. En 1987, obtiene Primera Mención de Poesía en el Concurso 13 de Marzo. Radica en los Estados Unidos desde el año 1995. Ha colaborado con varias revistas digitales y páginas de Internet. Editor de los blogs Ernesto’s Page y Los Relatos de Maurice Sparks. Director de la compañía de cine independiente iSawFinger Productions, encaminada a la divulgación cultural en Miami. Ha publicado en narrativa Los relatos de Maurice Sparks (Editorial Silueta, 2011) y El transeúnte considerable y otros relatos (Editorial Silueta, 2016). Tiene inédito el cuaderno de poesía, “Traducir la noche”.

5 comentarios el “Minicrónicas de la Pequeña Habana

  1. 1teresoro
    23/12/2019

    Además del humor que siempre aliña sus relatos, encuentro en estos una cierta ternura que no había registrado en otros. Da gusto leerte Sparks.

  2. Maurice Sparks
    23/12/2019

    Muchas gracias por su amable comentario.

  3. Maria Cristina Fernandez
    25/12/2019

    “Breve descrición de Miami”, Entrevista con un homeless” y “El homeless de la esquina”, mis preferidos.

  4. Maurice Sparks
    26/12/2019

    Gracias, María Cristina.

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 22/12/2019 por en Narrativa.
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