1
Sé
que la marea respira
sobre la línea que tracé
en el pilote,
que voy y vengo hasta allí
pero nadie sabe a dónde,
que condeno al destierro
la piedra que al mar lanzo
y que algún día
-breve será mi parábola-
nos reencontraremos
la piedra y yo.
2
El silencio
es el filo
de la rama
que corta
al viento
y le da voz
3
Similar a una grieta telúrica en formación
como una tabla el cuerpo se rajó.
C/rujía mientras.
Al verlo
el recuerdo de la queja de una grieta
telúrica
en formación
ayudó a moldear criterio
sonoro al menos
del hecho.
Siendo así
la evocación permitió superar
sin sobresaltos
el efecto resultante del contacto visual con un cuerpo
que se desmiembra
como si fuera una tabla que se raja
y c/ruje
similar a una grieta telúrica en formación.
4
En Egipto calienta el sol sobre las verdes palmeras. Los cocodrilos, tendidos en el légamo, contemplan indolentes las palmeras a orillas del río, alguien camina por una rambla. La gran Esfinge, que es tan vieja como el mundo, habita en el desierto y lo sabe todo; aquí está mi lugar, piensa, luego se aleja de los mercaderes, que caminan lentamente junto a sus camellos, el propósito es diluir despacio ese rostro de piedra en la muchedumbre, a cuentagotas diríamos, y sin embargo mientras pasan las cuentas de unos grandes rosarios de ámbar entre sus dedos; presiente que hay dudas insolubles, que la virtud es un arma esquiva, que el buen gusto no es un códice del rey de las montañas de la Luna, que es más negro que el ébano y que adora un enorme bloque de cristal; ¿aquí está mi lugar?, se atreve, ya de vuelta en la rambla de la gran serpiente verde que dormita entre las ramas de una palmera y a la que tienen la misión de alimentar veinte sacerdotes, veinte perfiles distintos que le rodean, sugieren: ¿habrá algo de mí en ellos, algo de ellos en mí?. Se contamina como una espora y le sienta bien. Es más pedestre que sublime su impronta mixta: de animal exótico, de piedra común y de los pigmeos que navegan por un amplio lago sobre anchas hojas y están siempre guerreando con las mariposas. Lo único que sabe de sí, es apenas algo.
Alguien camina por una rambla / aquí está mi lugar, piensa, luego se aleja / el propósito es diluir despacio ese rostro de piedra en la muchedumbre, a cuentagotas, diríamos, y sin embargo / presiente que hay dudas insolubles, que la virtud es un arma esquiva / que el buen gusto no es un códice; / ¿aquí está mi lugar?, se atreve, ya de vuelta en la rambla / veinte perfiles distintos que le rodean, sugieren: ¿habrá algo de mí en ellos, algo de ellos en mí? Se contamina como una espora y le sienta bien. Es más pedestre que sublime su impronta mixta: de animal exótico, de piedra común / Lo único que sabe de sí, es apenas algo.
Del libro Siluetas en la racha.
5
Así como la huella del neumático se empotra
en el pavimento
o semejante al hacha que corta la madera
de igual forma se incrusta en tus ojos el paisaje.
Cubres tus heridas con retazos de lugares donde alguna vez creaste
para ti otro mundo.
Y así comienza tu memoria a fragmentarse
a hilvanar las esquirlas que te devuelven
a las tardes de daguerrotipo.
El camino es una sierpe con forro de lentejas
la trompa hecha cantero de flores
de un elefante bajo el lodo
un sitio para arqueólogos
el engrudo de colores que a la orilla del sendero
trenza en los árboles el otoño.
Sueltas amarras porque sabes que el viento
calma será
esta lluvia de hoy
mascarilla de polvo sobre tu ausencia
tu ropa hilachas en la cola de un papalote.
Los puentes ya no alcanzan para tanta corriente
para tanto río de Heráclito
para tanto suicida.
Algo lúdico trasciende.
La eternidad es un niño al que también le llegará
por escalones
el descenso
la derrota.
Nadie preguntará por él, nadie preguntará por ti
Y sin embargo no te duele la fuga de las estaciones
sino tu ausencia cuando rebote la lluvia
la constancia del mar sin poder celebrarlo
el empeño del sol para tejer el alba.
Sirva como parte de la viñeta
el hot dog que Ignatius Reilly haría estallar
contra tu rostro de nadie
y sirva también lo que nos abandona.
6
Aunque no urja tu cuerpo
aunque el verano
– bien lo sabíamos –
nos dejó secos
entre las brumas del tiempo
quedó una estación incólume:
tu sonrisa como un ancla
mi caligrama de invierno.
7
Una cenefa vegetal divide en dos trochas de asfalto la avenida, que mata en el alquitrán su hambre de caucho. Al horizonte un sol lame el tapiz y es indicio de postrimerías, pero mañana otro nos devolverá su lengua. Así de urgente corre la vida, así la muerte. Cuando tú nacías, ya estaba el tiempo sobre la avenida. Otras manos agarraban el timón de ese claustro donde ahora proyectas en avalancha el peso de las estaciones y piensas en la corrosión que provoca su goteo. Tú viaje perpetúa la ruta. Cuando pones – el pie al embrague del recuerdo – con los ojos hacia adentro las manos al timón pero en el rostro de la madre cuarenta años atrás, vas de vuelta al sitio donde todos algún día estaremos. La perspectiva al óleo del movimiento de la avenida es solo un detalle cíclico del pastiche. El crepúsculo es la manera que el sol inventa para dibujar la estampa, acaso para despedirla bellamente. Mira como el ámbar te coloca una mascarilla, transpira en tu frente. Mira esos pliegues simultáneos del día y de la noche que al abrirse multiplican la hondura del cristal parabrisas para que puedas verte – las manos al timón – besando tu soledad en el tapiz de la avenida.

Michell Pérez Acosta (foto: cortesía del autor)
Michell Pérez Acosta (La Habana, 1970). Ha ganado premios literarios en el género de Poesía en Cuba y España. Textos suyos aparecen en antologías, revistas literarias y otras publicaciones periódicas de Cuba, España, México, Costa Rica y Estados Unidos. Fe voluble obtuvo Mención en el Concurso Internacional de Poesía Lamás Médula (Buenos Aires, Argentina, 2013). Ha publicado: Pasajero del invierno (2001) y Fe voluble (Edidorial Silueta, 2016). Es Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana.