Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Aunque no urja tu cuerpo… y otros textos

MICHELL PÉREZ ACOSTA

 
1
 

que la marea respira

sobre la línea que tracé

en el pilote,

que voy y vengo hasta allí

pero nadie sabe a dónde,

que condeno al destierro

la piedra que al mar lanzo

y que algún día

-breve será mi parábola-

nos reencontraremos

la piedra y yo.
 
 
 
2
 
El silencio

es el filo

de la rama

que corta

al viento

y le da voz
 
 
 
3
 
Similar a una grieta telúrica en formación

como una tabla el cuerpo se rajó.

C/rujía mientras.

Al verlo

el recuerdo de la queja de una grieta

telúrica

en formación

ayudó a moldear criterio

sonoro al menos

del hecho.

Siendo así

la evocación permitió superar

sin sobresaltos

el efecto resultante del contacto visual con un cuerpo

que se desmiembra

como si fuera una tabla que se raja

y c/ruje

similar a una grieta telúrica en formación.
 
 
 
4
 

En Egipto calienta el sol sobre las verdes palmeras. Los cocodrilos, tendidos en el légamo, contemplan indolentes las palmeras a orillas del río. La gran Esfinge, que es tan vieja como el mundo, habita en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes, que caminan lentamente junto a sus camellos, mientras pasan las cuentas de unos grandes rosarios de ámbar entre sus dedos; del rey de las montañas de la Luna, que es más negro que el ébano y que adora un enorme bloque de cristal; de la gran serpiente verde que dormita entre las ramas de una palmera y a la que tienen la misión de alimentar veinte sacerdotes, y de los pigmeos que navegan por un amplio lago sobre anchas hojas y están siempre guerreando con las mariposas.
(Oscar Wilde. El príncipe feliz. Fragmento)

En Egipto calienta el sol sobre las verdes palmeras. Los cocodrilos, tendidos en el légamo, contemplan indolentes las palmeras a orillas del río, alguien camina por una rambla. La gran Esfinge, que es tan vieja como el mundo, habita en el desierto y lo sabe todo; aquí está mi lugar, piensa, luego se aleja de los mercaderes, que caminan lentamente junto a sus camellos, el propósito es diluir despacio ese rostro de piedra en la muchedumbre, a cuentagotas diríamos, y sin embargo mientras pasan las cuentas de unos grandes rosarios de ámbar entre sus dedos; presiente que hay dudas insolubles, que la virtud es un arma esquiva, que el buen gusto no es un códice del rey de las montañas de la Luna, que es más negro que el ébano y que adora un enorme bloque de cristal; ¿aquí está mi lugar?, se atreve, ya de vuelta en la rambla de la gran serpiente verde que dormita entre las ramas de una palmera y a la que tienen la misión de alimentar veinte sacerdotes, veinte perfiles distintos que le rodean, sugieren: ¿habrá algo de mí en ellos, algo de ellos en mí?. Se contamina como una espora y le sienta bien. Es más pedestre que sublime su impronta mixta: de animal exótico, de piedra común y de los pigmeos que navegan por un amplio lago sobre anchas hojas y están siempre guerreando con las mariposas. Lo único que sabe de sí, es apenas algo.
Alguien camina por una rambla / aquí está mi lugar, piensa, luego se aleja / el propósito es diluir despacio ese rostro de piedra en la muchedumbre, a cuentagotas, diríamos, y sin embargo / presiente que hay dudas insolubles, que la virtud es un arma esquiva / que el buen gusto no es un códice; / ¿aquí está mi lugar?, se atreve, ya de vuelta en la rambla / veinte perfiles distintos que le rodean, sugieren: ¿habrá algo de mí en ellos, algo de ellos en mí? Se contamina como una espora y le sienta bien. Es más pedestre que sublime su impronta mixta: de animal exótico, de piedra común / Lo único que sabe de sí, es apenas algo.
 
Del libro Siluetas en la racha.
 
 
 
5
 
Así como la huella del neumático se empotra

en el pavimento

o semejante al hacha que corta la madera

de igual forma se incrusta en tus ojos el paisaje.

Cubres tus heridas con retazos de lugares donde alguna vez creaste

para ti otro mundo.

Y así comienza tu memoria a fragmentarse

a hilvanar las esquirlas que te devuelven

a las tardes de daguerrotipo.

El camino es una sierpe con forro de lentejas

la trompa hecha cantero de flores

de un elefante bajo el lodo

un sitio para arqueólogos

el engrudo de colores que a la orilla del sendero

trenza en los árboles el otoño.

Sueltas amarras porque sabes que el viento

calma será

esta lluvia de hoy

mascarilla de polvo sobre tu ausencia

tu ropa hilachas en la cola de un papalote.

Los puentes ya no alcanzan para tanta corriente

para tanto río de Heráclito

para tanto suicida.

Algo lúdico trasciende.

La eternidad es un niño al que también le llegará

por escalones

el descenso

la derrota.

Nadie preguntará por él, nadie preguntará por ti

Y sin embargo no te duele la fuga de las estaciones

sino tu ausencia cuando rebote la lluvia

la constancia del mar sin poder celebrarlo

el empeño del sol para tejer el alba.

Sirva como parte de la viñeta

el hot dog que Ignatius Reilly haría estallar

contra tu rostro de nadie

y sirva también lo que nos abandona.
 
 
 
6
 
Aunque no urja tu cuerpo

aunque el verano

– bien lo sabíamos –

nos dejó secos

entre las brumas del tiempo

quedó una estación incólume:

tu sonrisa como un ancla

mi caligrama de invierno.
 
 
 
7
 
Una cenefa vegetal divide en dos trochas de asfalto la avenida, que mata en el alquitrán su hambre de caucho. Al horizonte un sol lame el tapiz y es indicio de postrimerías, pero mañana otro nos devolverá su lengua. Así de urgente corre la vida, así la muerte. Cuando tú nacías, ya estaba el tiempo sobre la avenida. Otras manos agarraban el timón de ese claustro donde ahora proyectas en avalancha el peso de las estaciones y piensas en la corrosión que provoca su goteo. Tú viaje perpetúa la ruta. Cuando pones – el pie al embrague del recuerdo – con los ojos hacia adentro las manos al timón pero en el rostro de la madre cuarenta años atrás, vas de vuelta al sitio donde todos algún día estaremos. La perspectiva al óleo del movimiento de la avenida es solo un detalle cíclico del pastiche. El crepúsculo es la manera que el sol inventa para dibujar la estampa, acaso para despedirla bellamente. Mira como el ámbar te coloca una mascarilla, transpira en tu frente. Mira esos pliegues simultáneos del día y de la noche que al abrirse multiplican la hondura del cristal parabrisas para que puedas verte – las manos al timón – besando tu soledad en el tapiz de la avenida.
 

MichellPerezAcosta

Michell Pérez Acosta (foto: cortesía del autor)


 
 

Michell Pérez Acosta (La Habana, 1970). Ha ganado premios literarios en el género de Poesía en Cuba y España. Textos suyos aparecen en antologías, revistas literarias y otras publicaciones periódicas de Cuba, España, México, Costa Rica y Estados Unidos. Fe voluble obtuvo Mención en el Concurso Internacional de Poesía Lamás Médula (Buenos Aires, Argentina, 2013). Ha publicado: Pasajero del invierno (2001) y Fe voluble (Edidorial Silueta, 2016). Es Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana.

Información

Esta entrada fue publicada el 17/09/2023 por en Poesía, Prosa poética.