Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

La canción de la alondra, novela de Carlos Pintado

CARLOS PINTADO

(fragmento de un capítulo de novela)

The Song of the Lark (Jules Brenes, Oil on canvas, 1884)

El camino que va o viene de Courrières ha de encontrarlos en unos minutos; ahora son dos sombras que se mueven despacio, lentas, casi resbalando con pesadez por el tortuoso camino. La penumbra las envuelve -imposible saber si es la tarde que muere o la mañana entrando-, aunque, de lejos, el disco del sol arranque de ellos algunos destellos dorados. Las mejillas de la muchacha, heladas por el frío, han pasado del blanco gris al blanco rosado, pero el viejo no sabrá esto todavía, no podrá saberlo; desde donde está él, ella es apenas una silueta a contraluz, temblando contra el aire, avanzando por el camino que viene de Courrières; desde donde está ella, el viejo remeda un campesino más de los cientos que van a Courrières a vender o comprar espejos, anillos, ropa y trigo en el mercado; tampoco sabrá que el viejo trastabilla dentro del enorme abrigo negro, maldice, escupe, gruñe unas cuantas palabras sin sentido, sólo por el placer de hacerlo; los ojos del hombre -de un azul intenso- se han achinado de tal forma que, al encontrarse minutos más tarde, ella no podrá definir el color; sabrá que son claros, nada más; recordará sin dudas el rostro desencajado, de maniático, que tiene él; ella tendrá cintura estrecha, vestirá ropas claras que absorberán, fulgurantes, la poca claridad del aire; él mirará eso y buscará también la gracia con que la tela resbala en aquel cuerpecito adolescente; dudará si alguna vez puede pintar aquella estampa de la muchacha frente a él; sabe que le será dificil atrapar la perfección de las largas mangas recogidas sobre los codos y los pliegues de la saya oscura ensuciándose con el roce de los hierbajos húmedos del camino; y esa juventud, cómo podrá llevarla al lienzo; él tendrá los cabellos rojos como los de su padre, mucho más rojos por el sol, ensortijados, con mechones que se le pegan en la frente por el sudor; el recuerdo del padre, en ese instante, hace que ella se asuste, que apure el paso, que mire a ambos lados del camino como si temiera algo; a esta hora deberá estar preguntándose  dónde se ha metido ella, piensa mientras pasa su mano derecha sobre el vientre aún liso, como corresponde a sus incipientes dos meses de embarazo; después mirará al cielo: las nubes siguen allí: intactas, oscuras, sin aire, como si el frío las hubiese pegado contra el cielo, azul sobre azul superpuesto, dice en voz baja como si hablara con ella misma, en un susurro; luego se concentra en la raya del camino que serpentea entre los pocos arbustos; pronto se encontrará con el viejo que de alguna manera le recordará a su padre; el viejo no sabrá que al menos, físicamente, guardan un parecido aunque ella nunca va a decirle; algo en los ojos, en la dejadez, en el rojo de los cabellos despeinados recuerdan al padre de la muchacha; ¿qué hace una muchacha como ella tan sola por estos parajes? ¿Se animará él a preguntarle? no es que sea tímido, pero carece de la sutileza del encanto; siempre que pregunta algo sólo logra asustar a la gente, que lo miren con mala cara, o que no lo miren; así lo ven todos: un viejo huraño perdido en sí mismo; lo mejor será seguir de largo, mirarla con el rabo del ojo, y, si acaso, gruñir un saludo que ella interpretará a su conveniencia, permitiéndole responder o no, y que ella decida; ella no sabrá si seguir como un fantasma o detenerse a hablarle al viejo, inventar cualquier excusa, decir algo que inicie una conversación en la que al menos se digan unas cuentas palabras, como antiguos amigos; podrá preguntarle qué hace allí, si va a Courrières, pero rechaza la idea pensando que el viejo mentirá como lo haría ella si le preguntaran lo mismo; dice que no, que no quiere hablar con nadie, mucho menos con ese viejo que no conoce y que verá apenas unos instantes cuando se crucen; vuelve a pasar la mano sobre el vientre y piensa en su amante, en su boca  más femenina que la de ella, una boca bellísima, hecha para ser besada, y en los ojos de él, luminosos y grandes; y ese recuerdo le fustiga el paso; mejor será no pensar en él; el viejo calcula que en unos minutos la muchacha pasará muy cerca; sentirá el prurito de adivinar qué la hace a ella andar a esa hora por estos lugares o de qué pueblo viene, pero le dará un poco de miedo saludarla: de hacerlo-piensa – ella tendrá el mismo derecho a saber quién es él, de dónde viene; ella querrá saber –por supuesto- por qué él lleva caminado más de setenta kilómetros, y para qué; y al viejo le dará vergüenza confesar que lo hace para conocer a un pintor que él admira muchísimo; ella no sabrá qué decir; él le leerá en sus ojos que esas palabras son una locura, que nadie camina tantos  kilómetros para conocer a nadie; ¿y usted, también pinta? Esta será la pregunta que no querrá responder, la que más teme; sabe que la chica lo mirará sin saber si dijo algo indebido; por unos segundos el viejo dudará; sus ojos resbalarán por la piel de ella, allí donde las telas no la cubren: el arranque del cuello, el rostro que quizá no llegue a ser totalmente bello como él la había imaginado, las piernas cortas, bien torneadas eso sí, sus pies descalzos perdiendo sus contornos en la humedad del lodo; ella seguirá esperando la respuesta a su pregunta; ¿qué edad tendrán aquellos ojos que la recorren como liebrecillas asustadas? ¿Se preguntará por qué está descalza?; sí, el viejo se lo pregunta y ella verá cómo los ojos de él se han quedado muchísimo tiempo mirando sus pies; el viejo pensará que él nunca ha visto unos pies como aquellos, pero luego le asalta otra idea: él nunca ha pintado unos pies así; la muchacha dará unos pasitos para no parecer un árbol clavado a la tierra oscura; casi a tientas – la luz no se ha intensificado aunque, a ratos, pareciera que algún fuego lejano lame brevemente sus rostros, algún rasgo o el movimiento de una mano- los dos se miran como si se aprendieran de memoria; el viejo tendrá que recordar que ella le ha hecho una pregunta y él querrá mentir, sí, él siempre querrá mentir ante ella; pero ¿y si dice que sí, que también él es pintor?; si le dice que sí yo soy pintor, ¿querrá ella saber sobre él o sobre el otro a quien él dedica el esfuerzo de casi ochenta kilómetros? La muchacha lo mirará como la hija que él no tuvo; los pasitos de ella parecen acercarla más a él; ante esa falsa cercanía él piensa decirle que sí que también es pintor; ella no dirá nada; calla para que él siga hablando; y el viejo confesará que va camino a Courrières, que verá a Jules Bretón; ella sigue mirándolo y a él se le ocurrirá á que debe presentarse, alargar una mano, rozar aquella mano que casi se desdibuja en su mano, murmurar su nombre, Vincent, Vincent van Gogh, sí, pintor también, aunque…

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6 comentarios el “La canción de la alondra, novela de Carlos Pintado

  1. Eloy Enrique
    16/07/2012

    Hermoso adelanto!!!

  2. eloynic2012
    16/07/2012

    Hermoso adelanto en una noche de domingo!!!

  3. Raul Bernas
    16/07/2012

    luminoso y bello

  4. chelylima
    18/07/2012

    Precioso, más aún: preciosista! Es un capítulo digno de quien lo escribe; pura poesía y prosa exquisita. Lo que te tenías guardado, poeta-elfo…

  5. sindo Pacheco
    20/07/2012

    muy bueno, Carlos, más preguntas que respuestas, de eso se trata. felicidades.

  6. Irene López Kuchilán
    31/07/2012

    Delicioso, Carlitos, como siempre.

    Irene López Kuchilán

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Esta entrada fue publicada el 15/07/2012 por en Narrativa.
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